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<rss xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" version="2.0"><channel><atom:link href="https://atomarporsaco.blogia.com/feed.xml" rel="self" type="application/rss+xml"/><title>Atomarporsaco</title><description>Es un nombre que me extra&#xF1;a que no hubiera sido cogido</description><link>https://atomarporsaco.blogia.com</link><language>es</language><lastBuildDate>Sun, 10 Dec 2023 12:02:20 +0000</lastBuildDate><generator>Blogia</generator><item><title>Bienvenido</title><link>https://atomarporsaco.blogia.com/2008/011501-bienvenido.php</link><guid isPermaLink="true">https://atomarporsaco.blogia.com/2008/011501-bienvenido.php</guid><description><![CDATA[<p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p><br />EL TERCER OJO</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>TUESDAY LOBSANG RAMPA</p><p>&nbsp;</p><p><br />&nbsp;<br />&nbsp;</p><p><br />&nbsp;<br />&Iacute;NDICE</p><p>PR&Oacute;LOGO DEL AUTOR</p><p>CAP&Iacute;TULO PRIMERO: PRIMEROS A&Ntilde;OS EN CASA<br />CAP&Iacute;TULO SEGUNDO: FIN DE MI INFANCIA<br />CAP&Iacute;TULO TERCERO: &Uacute;LTIMOS D&Iacute;AS EN MI CASA<br />CAP&Iacute;TULO CUARTO: A LAS PUERTAS DEL TEMPLO<br />CAP&Iacute;TULO QUINTO: MI VIDA DE CHELA<br />CAP&Iacute;TULO SEXTO: VIDA EN LA LAMASER&Iacute;A<br />CAP&Iacute;TULO S&Eacute;PTIMO: LA APERTURA DEL TERCER OJO<br />CAP&Iacute;TULO OCTAVO: EL POTALA<br />CAP&Iacute;TULO NOVENO: EN LA VALLA DE LA ROSA SILVESTRE<br />CAP&Iacute;TULO D&Eacute;CIMO: CREENCIAS TIBETANAS<br />CAP&Iacute;TULO DECIMOPRIMERO: TRAPPA<br />CAP&Iacute;TULO DECIMOSEGUNDO: HIERBAS Y COMETAS<br />CAP&Iacute;TULO DECIMOTERCERO: PRIMERA VISITA A CASA<br />CAP&Iacute;TULO DECIMOCUARTO: USANDO EL TERCER OJO<br />CAP&Iacute;TULO DECIMOQUINTO: EL NORTE SECRETO... Y LOS YETIS<br />CAP&Iacute;TULO DECIMOSEXTO: LAMA<br />CAP&Iacute;TULO DECIMOS&Eacute;PTIMO: &Uacute;LTIMA INICIACI&Oacute;N<br />CAP&Iacute;TULO DECIMOCTAVO: &iexcl;ADI&Oacute;S, TIBET!</p><p>PR&Oacute;LOGO DEL AUTOR.</p><p>Soy tibetano; uno de los pocos que han llegado a este extra&ntilde;o mundo occidental. La construcci&oacute;n y la gram&aacute;tica de este libro dejan mucho que desear, pero nunca me han ense&ntilde;ado el ingl&eacute;s de un modo sistem&aacute;tico. Para aprenderlo no tuve m&aacute;s academia que un campo de prisioneros japon&eacute;s, donde me sirvieron de maestras unas prisioneras brit&aacute;nicas y norteamericanas pacientes m&iacute;as. Aprend&iacute; a escribir en ingl&eacute;s por el procedimiento de probar y equivocarme.<br />Ahora est&aacute; invadido mi querido pa&iacute;s -como se hab&iacute;a predicho- por las hordas comunistas. S&oacute;lo por esta raz&oacute;n he disfrazado mi verdadero nombre y el de mis amigos. Por haber hecho yo tanto contra el comunismo, s&eacute; que mis amigos residentes en pa&iacute;ses comunistas sufrir&iacute;an si se descubriese mi identidad. Como quiera que he estado en manos comunistas y en poder de los japoneses, s&eacute; por experiencia personal lo que puede lograrse mediante la tortura, pero este libro no lo he escrito sobre la tortura, sino sobre un pa&iacute;s amante de la paz que ha sido muy mal interpretado y del que durante mucho tiempo se ha tenido una idea falsa.<br />Me aseguran que algunas de mis afirmaciones es muy posible que no sean cre&iacute;das. Est&aacute;n ustedes en su pleno derecho de creer y no creer, pero no olviden que el T&iacute;bet es un pa&iacute;s desconocido para el resto del mundo. Del hombre que escribi&oacute;, refiri&eacute;ndose a otro pa&iacute;s, que "la gente navegaba por el mar en tortugas", se ri&oacute; todo el mundo. Y lo mismo le sucedi&oacute; al que afirm&oacute; haber visto unos peces que eran &ldquo;f&oacute;siles vivos". Sin embargo, es innegable que estos &uacute;ltimos han sido descubiertos recientemente y que llevaron a los Estados Unidos un ejemplar para ser estudiado all&iacute;. Nadie crey&oacute; a los hombres. Pero lleg&oacute; el momento en que se demostr&oacute; que hab&iacute;an dicho la verdad. Esto me ocurrir&aacute; a m&iacute;.<br />T. LOBSANG RAMPA.<br />Escrito en el A&ntilde;o del Cordero de la Madera.</p><p>CAP&Iacute;TULO PRIMERO.</p><p>PRIMEROS A&Ntilde;OS EN CASA.</p><p>&mdash; &iexcl;O&eacute;h! &iexcl;Con cuatro a&ntilde;os ya, no es capaz de sostenerse sobre un caballo!<br />&iexcl;Nunca ser&aacute;s un hombre! &iquest;Qu&eacute; dir&aacute; tu noble padre?<br />Con estas palabras, el viejo Tzu atiz&oacute; al pony -y al desdichado jinete- un buen trancazo en las ancas y escupi&oacute; en el polvo.<br />Los dorados tejados y c&uacute;pulas del Potala reluc&iacute;an deslumbrantes con el sol. M&aacute;s cerca, las aguas azules del lago del Templo de la Serpiente se rizaban al paso de las aves acu&aacute;ticas. A lo lejos, en el camino de piedra, sonaban los gritos de los que daban prisa a los pesados y lentos yaks que sal&iacute;an de Lhasa. Y tambi&eacute;n sonaban por all&iacute; los bmmm, bmmm, bmmm de las trompetas, de un bajo profundo, con las que ensayaban los monjes-m&uacute;sicos en las afueras, apartados de los curiosos.<br />Pero yo no pod&iacute;a prestar atenci&oacute;n a estos detalles de la vida cotidiana.<br />Todo mi cuidado era poco para poder mantenerme en equilibrio sobre mi rebelde caballito. Nakkim pensaba en otras cosas. Por lo pronto, en librarse de su jinete y poder as&iacute; pastar, correr y patalear a sus anchas por los prados.<br />El viejo Tzu era un ayo duro e inabordable. Toda su vida hab&iacute;a sido inflexible y &aacute;spero, y ahora, como custodio y maestro de equitaci&oacute;n de un chico de cuatro a&ntilde;os, perd&iacute;a muchas veces la paciencia. Tanto &eacute;l como otros hombres de Kham hab&iacute;an sido elegidos por su estatura y fuerza. Med&iacute;a sus buenos dos metros y era muy ancho. Las abultadas hombreras le acentuaban esa anchura. En el T&iacute;bet oriental hay una regi&oacute;n en la que los hombres son de enorme estatura y corpulencia. Muchos de ellos sobrepasan los dos metros en diez y hasta quince cent&iacute;metros. Y &eacute;stos eran elegidos para actuar de monjes-polic&iacute;as en los monasterios.<br />Se pon&iacute;an aquellas hombreras abultadas para hacer a&uacute;n m&aacute;s imponente su aspecto, se ennegrec&iacute;an el rostro para resultar m&aacute;s feroces y llevaban largos garrotes que no vacilaban en utilizar en cuanto alg&uacute;n malhechor se les pon&iacute;a a mano.<br />Tzu hab&iacute;a sido monje-polic&iacute;a, &iexcl;y se ve&iacute;a reducido a la condici&oacute;n de nurse de un peque&ntilde;o pr&iacute;ncipe! Inv&aacute;lido ya para andar demasiado, ten&iacute;a que montar a caballo cada vez que se desplazaba un poco lejos. En 1904 los ingleses, bajo el mando del coronel Younghusband, invadieron el T&iacute;bet y causaron grandes da&ntilde;os. Por lo visto, pensaban que la manera m&aacute;s adecuada de granjearse nuestra amistad era bombardeando nuestras casas y matando a nuestra gente. Tzu hab&iacute;a sido uno de nuestros defensores y en una de las batallas le partieron una cadera.<br />Mi padre era una de las principales figuras del Gobierno tibetano. Su familia y la de mi madre estaban entre las diez familias m&aacute;s ilustres del pa&iacute;s, de modo que, entre los dos, mis padres ejerc&iacute;an una considerable influencia en los asuntos del pa&iacute;s. M&aacute;s adelante dar&eacute; algunos detalles sobre nuestra forma de Gobierno Mi padre era corpulento y med&iacute;a m&aacute;s de 1,80 metros de estatura. Pose&iacute;a una fuerza enorme. En su juventud pod&iacute;a levantar del suelo un caballo peque&ntilde;o y era uno de los pocos capaces de vencer a los Hombres de Kham.<br />La mayor&iacute;a de los tibetanos tienen el cabello negro y los ojos de color casta&ntilde;o oscuro. Mi padre era en esto una excepci&oacute;n, pues ten&iacute;a el cabello casta&ntilde;o y los ojos grises. A menudo se irritaba terriblemente sin que pudi&eacute;ramos adivinar la causa.<br />No ve&iacute;amos mucho a pap&aacute;. El T&iacute;bet hab&iacute;a pasado por tiempos muy revueltos. Los ingleses nos hab&iacute;an invadido en 1904 y el Dalai Lama hab&iacute;a huido a Mogolia, dejando encargados del Gobierno a mi padre y a otros ministros. En 1910, los chinos, animados por el buen &eacute;xito de la invasi&oacute;n inglesa, cayeron sobre Lhasa. El Dalai Lama volvi&oacute; a ausentarse. Esta vez se refugi&oacute; en la India. Los chinos tuvieron que retirarse de Lhasa durante la Revoluci&oacute;n china, pero antes cometieron espantosos cr&iacute;menes contra nuestro pueblo.<br />En 1912 el Dalai Lama regres&oacute; a Lhasa. Durante todo el tiempo que dur&oacute; su ausencia, en aquellos d&iacute;as tan dif&iacute;ciles, mi querido padre y los dem&aacute;s ministros cargaron con la pesada carga de gobernar al T&iacute;bet. Mi madre sol&iacute;a decir que el car&aacute;cter de mi padre nunca volvi&oacute; a ser el mismo. Por supuesto no le quedaba tiempo para atender a sus hijos, y por ello hemos carecido del afecto paterno. Yo, muy especialmente, despertaba sus iras y por eso me dejaba a merced del intratable Tzu, a quien le hab&iacute;a dado plenos poderes para mi educaci&oacute;n.<br />Tzu tomaba como un insulto personal mi fracaso en la equitaci&oacute;n.<br />En el T&iacute;bet, los ni&ntilde;os de las clases altas aprenden a montar casi antes de saber andar. Dominar la equitaci&oacute;n es imprescindible en un pa&iacute;s como el T&iacute;bet, donde todos los viajes se hacen a pie o a caballo. Los nobles tibetanos practican la equitaci&oacute;n continuamente. Se mantienen f&aacute;cilmente en pie sobre una estrecha silla de madera mientras el caballo galopa y, en plena carrera, disparan con fusil contra un blanco movedizo para cambiar luego de arma y tirar flechas con el arco. Y todo esto a galope tendido y yendo de pie sobre la silla. A veces, los mejores jinetes recorren al galope las llanuras, en formaci&oacute;n, y cambian de caballo saltando de silla a silla. &iexcl;Fig&uacute;rense ustedes qu&eacute; concepto tendr&iacute;a Tzu de m&iacute;, un ni&ntilde;o de cuatro a&ntilde;os que ni siquiera se sosten&iacute;a a&uacute;n sentado en la silla!<br />Mi pony, Nakkim, era peludo y con una larga cola. Su estrecha cabeza ten&iacute;a una expresi&oacute;n inteligente. Sab&iacute;a un asombroso n&uacute;mero de procedimientos para sacudirse de encima al jinete... si era un jinete tan inseguro como yo. Uno de sus trucos favoritos era dar una carrerilla, pararse en seco y agachar la cabeza. Luego, cuando ya me hab&iacute;a resbalado hasta su cuello, lo levantaba de pronto y esta sacudida me hac&iacute;a dar una vuelta de campana antes de caer en el suelo. Despu&eacute;s se me quedaba mirando con maliciosa complacencia. Los tibetanos nunca cabalgan al trote; los ponies son peque&ntilde;os y un jinete resulta rid&iacute;culo sobre un pony que trote.<br />El T&iacute;bet era un pa&iacute;s organizado teocr&aacute;ticamente. Nada nos interesaba el &ldquo;progreso&rdquo; del mundo exterior. S&oacute;lo quer&iacute;amos poder meditar y vencer las limitaciones que impone la carne. Nuestros sabios hab&iacute;an comprendido, desde hac&iacute;a mucho tiempo, que el Oeste codiciaba las riquezas del T&iacute;bet, y sab&iacute;an por experiencia cuando llegaban los extranjeros se acababa la paz.<br />Ahora, la llegada de los comunistas lo ha confirmado.<br />Ten&iacute;amos la casa en la ciudad de Lhasa, en el barrio distinguido, el de Lingkhor, junto a la carretera circular que rodea a Lhasa y a la sombra del Pico. Hay tres c&iacute;rculos de caminos, y el exterior, Lingkhor, lo utilizan muchos peregrinos. Como todas las casas de Lhasa, la nuestra -cuando yo nac&iacute;- era de dos pisos por la parte que daba a la carretera. Nadie ha de mirar hacia abajo al Dalai Lama y por eso se establece un l&iacute;mite de dos pisos para todas las casas. Ahora bien, como esta prohibici&oacute;n s&oacute;lo se aplica en realidad a una procesi&oacute;n al a&ntilde;o, muchas casas llevan durante once meses al a&ntilde;o un piso de madera, que es f&aacute;cilmente desmontable, encima de sus tejados planos.<br />Nuestra casa era de piedra y hab&iacute;a sido construida hac&iacute;a muchos a&ntilde;os.<br />Ten&iacute;a forma cuadrada con un gran patio interior. Nuestros animales estaban en la planta baja y nosotros habit&aacute;bamos en el piso de arriba. Por suerte, disfrut&aacute;bamos de una escalera de piedra. La mayor&iacute;a de los tibetanos utilizan una escalera de mano y, los campesinos, un largo palo con hendiduras con el que hay el peligro de romperse la cabeza. Estas p&eacute;rtigas se ponen tan resbaladizas con el uso a fuerza de agarrarse a ellas las manos manchadas con manteca de yak que, cuando los campesinos lo olvidan, se caen con suma facilidad.<br />En 1910, durante la invasi&oacute;n de los chinos, nuestra casa qued&oacute; derruida en parte. El muro trasero se hab&iacute;a venido abajo. Mi padre reconstruy&oacute; la casa, haci&eacute;ndola de cuatro pisos. No dominaba al Anillo, de modo que no pod&iacute;amos mirar hacia abajo a la cabeza del Dalai Lama cuando pasaba en la procesi&oacute;n anual. De manera que no hubo quejas.<br />La puerta por donde se entraba al patio central era de dos hojas muy pesadas y se hab&iacute;an ennegrecido con los a&ntilde;os. Los invasores chinos no hab&iacute;an podido con ella. Al ver que no consegu&iacute;an partirla, la emprendieron con los muros interiores. Encima de esa entrada estaba el "despacho" del mayordomo. Pod&iacute;a ver a todos los que entraban y sal&iacute;an. El mayordomo estaba encargado de tomar y despedir a la servidumbre, y de cuidar de que la casa estuviese atendida como era debido. Debajo de su balc&oacute;n, cuando sonaban las trompetas de los monasterios, se situaban los mendigos de Lhasa para pedir la comida que les sostendr&iacute;a durante las tinieblas de la noche.<br />Todos los nobles m&aacute;s ilustres atend&iacute;an a la alimentaci&oacute;n de los pobres de su distrito. A veces acud&iacute;an incluso presos encadenados, ya que en el T&iacute;bet hay pocas c&aacute;rceles y los condenados vagaban por las calles arrastrando sus cadenas y mendigando comida.<br />En el T&iacute;bet no se considera a los condenados como seres despreciables.<br />Comprendemos que la mayor&iacute;a de nosotros podr&iacute;amos ser condenados si se nos descubrieran nuestros delitos; as&iacute; que tratamos razonablemente a los que han sido menos afortunados.<br />En dos habitaciones situadas a la derecha de la del mayordomo viv&iacute;an dos monjes. Estos eran nuestros monjes dom&eacute;sticos, que rezaban diariamente para que la divinidad aprobase nuestras actividades. Los nobles de menos importancia dispon&iacute;an de un solo monje, pero nuestra posici&oacute;n requer&iacute;a dos. Antes de cualquier acontecimiento notable, estos sacerdotes eran consultados y se les ped&iacute;a que impetrasen el favor de los dioses con sus plegarias. Cada tres a&ntilde;os regresaban los monjes a sus lamaser&iacute;as y eran sustituidos por otros.<br />En cada ala de nuestra casa hab&iacute;a una capilla. Las l&aacute;mparas, alimentadas con manteca, ard&iacute;an sin cesar ante el altar de madera labrada. Los siete cuencos de agua sagrada eran limpiados y vueltos a llenar varias veces al d&iacute;a. Ten&iacute;an que estar limpios, pues pudiera apetec&eacute;rseles a los dioses ir a beber en ellos. Los sacerdotes estaban bien alimentados, ya que com&iacute;an lo mismo que la familia, para poder rezar mejor y decirles a los dioses que nuestra comida era buena.<br />A la izquierda del mayordomo viv&iacute;a el jurisconsulto, cuya tarea consist&iacute;a en cuidar de que la vida de la casa marchase dentro de la ley. Los tibetanos se atienen estrictamente a las leyes en todas sus actividades y mi padre deb&iacute;a dar ejemplo como buen cumplidor de lo que estaba legislado.<br />Nosotros, los ni&ntilde;os, mi hermano Palj&oacute;r, mi hermana Yasodhara y yo, habit&aacute;bamos en la parte nueva de la casa, en el lado del cuadrado m&aacute;s distante de la carretera. A la izquierda ten&iacute;amos una capilla y a la derecha la escuela, a la que tambi&eacute;n asist&iacute;an los hijos de los criados. Nuestras lecciones eran largas y variadas. Palj&oacute;r no vivi&oacute; mucho tiempo con nosotros. Era d&eacute;bil y no estaba dotado para resistir la vida tan dura que ambos ten&iacute;amos que llevar. Antes de cumplir los siete a&ntilde;os nos abandon&oacute; y regres&oacute; a la Tierra de Muchos Templos. Yaso ten&iacute;a seis a&ntilde;os cuando desapareci&oacute; Palj&oacute;r, y yo cuatro. A&uacute;n recuerdo cuando fueron a buscarlo. Estaba all&iacute;, tendido, como una vaina vac&iacute;a, y los Hombres de la Muerte se lo llevaron para descuartizarlo y darlo a las aves de rapi&ntilde;a para que lo devorasen. Esta era la costumbre.<br />Al convertirme en Heredero de la Familia, se intensific&oacute; mi entrenamiento.<br />Ya he dicho que a los cuatro a&ntilde;os no hab&iacute;a conseguido a&uacute;n ser un buen jinete. Mi padre era muy severo y exigente en todo. Como Pr&iacute;ncipe de la Iglesia se esforzaba para lograr que su hijo fuese muy disciplinado y constituyera un ejemplo vivo de c&oacute;mo deb&iacute;an ser educados los ni&ntilde;os.<br />En mi pa&iacute;s, la educaci&oacute;n infantil es m&aacute;s severa a medida que el ni&ntilde;o es de mejor familia. Algunos nobles empezaban a pensar que los chicos deb&iacute;an de llevar una vida m&aacute;s agradable, pero mi padre era de la vieja escuela.<br />Razonaba de este modo: un ni&ntilde;o pobre no puede esperar una compensaci&oacute;n en su vida de adulto as&iacute; que hemos de rodearle de afecto y consideraci&oacute;n durante su infancia. En cambio, los hijos de las familias pudientes disfrutar&aacute;n de toda clase de comodidades, por su riqueza, cuando sean mayores, de manera que han de pasar malos ratos y preocuparse por el bienestar de los dem&aacute;s mientras son ni&ntilde;os. Tambi&eacute;n era &eacute;sta la actitud oficial.<br />Sometidos a una educaci&oacute;n tan dura, los d&eacute;biles no sobreviv&iacute;an, pero los que sal&iacute;an adelante se hallaban entrenados para resistirlo casi todo.<br />Tzu ocupaba una habitaci&oacute;n en la planta baja, muy cerca de la puerta principal. Durante muchos a&ntilde;os hab&iacute;a podido conocer a toda clase de personas mientras fue monje-polic&iacute;a, y ahora no pod&iacute;a soportar encontrarse recluido, apartado del bullicio. Su habitaci&oacute;n estaba junto a las cuadras, donde ten&iacute;a mi padre sus veinte caballos, sus ponies y los animales de tiro.<br />Los mozos de la cuadra detestaban a Tzu por su oficiosidad. Siempre estaba fiscaliz&aacute;ndoles el trabajo. Cuando mi padre sal&iacute;a de caza, se llevaba una escolta de seis hombres armados. Estos iban de uniforme y Tzu les pasaba revista para asegurarse de que no les faltaba un detalle en su atav&iacute;o.<br />No s&eacute; por qu&eacute;, pero estos seis hombres sol&iacute;an poner a sus caballos de grupas a la pared, y en cuanto aparec&iacute;a mi padre, cabalgando ya, se lanzaban todos a la vez a su encuentro en una brav&iacute;sima carga de caballer&iacute;a.<br />Descubr&iacute; que, asom&aacute;ndome por la ventana de un almac&eacute;n, pod&iacute;a tocar a uno de los jinetes. Un d&iacute;a se me ocurri&oacute; pasarle una cuerda por su grueso cintur&oacute;n de cuero. Lo hice con extremada cautela y no se dio cuenta. At&eacute; los dos cabos a un gancho que hab&iacute;a por dentro de la ventana. Apareci&oacute; mi padre y, como de costumbre, los jinetes se precipitaron a su encuentro. S&oacute;lo cinco de ellos. El sexto qued&oacute; atado a la ventana. Gritaba que los demonios se hab&iacute;an apoderado de &eacute;l. Se le solt&oacute; el cintur&oacute;n y, en la algarab&iacute;a que se form&oacute;, logr&eacute; huir inadvertido. Luego me divert&iacute;a extraordinariamente dici&eacute;ndole: "&iexcl;As&iacute;, que tampoco t&uacute;, Ne-tuk, sabes montar!<br />De las veinticuatro horas del d&iacute;a, nos pas&aacute;bamos dieciocho despiertos.<br />Eran unos d&iacute;as de trabajo intensivo. Los tibetanos creen que es una insensatez dormir mientras hay luz natural, pues los demonios del d&iacute;a podr&iacute;an llev&aacute;rselo a uno. Incluso los beb&eacute;s han de estar despiertos para que los demonios no puedan atacarlos. Y ha de cuidarse de que los enfermos no se duerman durante el d&iacute;a. Un monje se encarga de mantenerlos despiertos mientras hay luz natural. Nadie se libra de esto; ni siquiera los moribundos, a los que hay que tener despiertos a partir del alba y hasta bien anochecido.<br />El caso de los moribundos es especialmente peligroso, pues si se durmiesen de d&iacute;a, poco antes de morirse, no podr&iacute;an encontrar el camino que, cruzando las tierras fronterizas, les conducir&aacute; al otro mundo.<br />En las escuelas nos hac&iacute;an estudiar idiomas: tibetano y chino. El tibetano no es &uacute;nicamente nuestro idioma patrio, sino dos distintos: el ordinario y el honor&iacute;fico. Emple&aacute;bamos la lengua vulgar para dirigirnos a la servidumbre y a otras personas de clase baja, y el honor&iacute;fico para hablar con personas de nuestra misma o superior condici&oacute;n social. Es m&aacute;s: &iexcl;al caballo de un noble hab&iacute;a que hablarle en estilo honor&iacute;fico! Uno de nuestros criados, al encontrar a nuestro aristocr&aacute;tico gato en el patio, deb&iacute;a dirigirse a &eacute;l de este modo: " Querr&iacute;a dignarse el honorable Minino venir a beber esta indigna leche?" Por supuesto, era in&uacute;til emplear el tratamiento si el honorable Minino prefer&iacute;a quedarse donde estaba.<br />Nuestra escuela era un local muy espacioso. En tiempos hab&iacute;a servido de refectorio para los monjes que nos visitaban, pero desde que terminaron la reconstrucci&oacute;n de la casa, convirtieron aquella estancia en escuela del Estado. Asist&iacute;amos a las clases por lo menos sesenta ni&ntilde;os. Permanec&iacute;amos sentados en el suelo con las piernas cruzadas y tambi&eacute;n en un banco muy largo y muy bajo. Nos sent&aacute;bamos dando la espalda al maestro para que no pudi&eacute;ramos saber cu&aacute;ndo nos estaba mirando. Nos hac&iacute;a trabajar sin perder un minuto. El papel tibetano est&aacute; hecho a mano y es muy caro, demasiado para d&aacute;rselo a un ni&ntilde;o. Por eso us&aacute;bamos pizarras. Nuestros "l&aacute;pices" eran tizas duras que pod&iacute;an encontrarse en los montes Tsu La, que dominaban a Lhasa con sus 3.700 metros. Y Lhasa est&aacute; a su vez a casi 3.700 metros sobre el nivel del mar. Yo procuraba encontrar tizas de color rojizo, pero a mi hermana Yaso le gustaban much&iacute;simo las de color morado. Pod&iacute;amos obtener una variada gama de colores: rojos, amarillos, verdes, azules, con gran riqueza de matices. Creo que algunos de los colores se deb&iacute;an a la presencia de unos yacimientos met&aacute;licos en la base de tiza suave.<br />La verdad es que la aritm&eacute;tica me fastidiaba. Si setecientos ochenta y tres monjes beb&iacute;an cada uno cincuenta y dos copas de tsampa al d&iacute;a, y cada copa conten&iacute;a cinco octavos de medio litro, &iquest;qu&eacute; tama&ntilde;o deb&iacute;a tener la vasija necesaria para la provisi&oacute;n de una semana? Mi hermana Yaso resolv&iacute;a estos enigmas con asombrosa facilidad. Yo no era tan listo.<br />En cambio, me vi en lo m&iacute;o en cuanto empezamos a tallar en madera.<br />Esto me gustaba y lo hac&iacute;a bastante bien. En el T&iacute;bet se hace toda la impresi&oacute;n con planchas de madera grabada. De ah&iacute; que el arte de labrar la madera tuviese una buena salida. Pero a los ni&ntilde;os no nos permit&iacute;an gastar madera, que estaba muy cara y hab&iacute;a que traerla de la India. La madera tibetana era demasiado basta y carec&iacute;a de la adecuada granulaci&oacute;n. Us&aacute;bamos una especie de piedra p&oacute;mez que se pod&iacute;a cortar f&aacute;cilmente con un cuchilo bien afilado. &iexcl;Y a veces emple&aacute;bamos queso rancio de yak!<br />Lo que nunca se dejaba de hacer era recitar las Leyes. Ten&iacute;amos que decirlas en cuanto entr&aacute;bamos en la escuela y al terminar la clase, para que nos permitieran marcharnos. Estas leyes eran:</p><p>Devuelve bien por bien.<br />No luches con personas amables.<br />Lee las Escrituras y enti&eacute;ndelas.<br />Ayuda a tus vecinos.<br />La ley es dura con los ricos para ense&ntilde;arles comprensi&oacute;n y equidad.<br />La ley es amable con el pobre para que &eacute;ste disfrute de la compasi&oacute;n.<br />Paga tus deudas en seguida.</p><p>Para que no hubiera posibilidad de olvidar las leyes, estaban grabadas en unas banderolas fijadas en las cuatro esquinas de nuestra escuela.<br />Sin embargo, la vida no era s&oacute;lo estudio y malos ratos; jug&aacute;bamos con tanta intensidad como estudi&aacute;bamos. Todos nuestros juegos estaban orientados hacia nuestro fortalecimiento, con el objeto de capacitamos para resistir las extremadas temperaturas del T&iacute;bet. En el verano, a mediod&iacute;a, la temperatura llega a ser muchas veces de ochenta y cinco grados Fahrenheit, pero en la noche de ese mismo d&iacute;a puede descender a cuarenta grados bajo cero. Y en invierno, naturalmente, a&uacute;n es m&aacute;s baja.<br />El manejo del arco resultaba muy divertido y desarrollaba la musculatura.<br />Us&aacute;bamos arcos hechos de tejo importado de la India y a veces los hac&iacute;amos con madera tibetana. Nuestra religi&oacute;n budista nos prohib&iacute;a disparar contra blancos vivos. Unos criados escondidos tiraban de una larga cuerda, haciendo as&iacute; que se moviera un blanco que brincaba y sal&iacute;a en direcciones que no pod&iacute;amos prever. Muchos de mis compa&ntilde;eros eran capaces de disparar mientras se manten&iacute;an en pie sobre un pony en pleno galope.<br />&iexcl;Yo nunca me pude sostener mucho tiempo! Los saltos de longitud eran otra cosa. No me preocupaba por que no hab&iacute;a caballo de por medio. Corr&iacute;amos lo m&aacute;s r&aacute;pidamente que pod&iacute;amos llevando en cada mano una p&eacute;rtiga de cuatro metros y medio y, cuando hab&iacute;amos adquirido el suficiente impulso, salt&aacute;bamos con ayuda de la p&eacute;rtiga. Yo sol&iacute;a decir que los dem&aacute;s, a fuerza de cabalgar tanto, hab&iacute;an perdido el vigor de sus piernas. En cambio yo, que no era buen jinete, saltaba muy bien. Era un buen sistema para cruzar r&iacute;os y me divert&iacute;a mucho ver c&oacute;mo mis compa&ntilde;eros ca&iacute;an al agua uno tras otro.<br />Otra de nuestras diversiones era andar en zancos. Nos disfraz&aacute;bamos de gigantes y a veces organiz&aacute;bamos luchas en zancos. El que se ca&iacute;a, perd&iacute;a.<br />Hac&iacute;amos los zancos en casa. Emple&aacute;bamos toda nuestra persuasi&oacute;n para convencer al encargado del almac&eacute;n y lograr que nos diese la madera que necesit&aacute;bamos. Ten&iacute;a que estar limpia de nudos. Luego, lo m&aacute;s dif&iacute;cil era conseguir unas buenas cu&ntilde;as para apoyar los pies. Como la madera estaba muy escasa y no pod&iacute;a desperdiciarse, nos ve&iacute;amos obligados a esperar una buena ocasi&oacute;n.<br />Las ni&ntilde;as y las mujeres j&oacute;venes jugaban a una especie de lanzadera.<br />Era un pedazo peque&ntilde;o de madera con agujeros en la parte superior, y plumas metidas por &eacute;stos, y lo lanzaban por el aire con los pies. Para este juego, la jovencita se levantaba la falda hasta una altura que le permitiese una libertad de movimientos s&oacute;lo usaba los pies. Si se tocaba con la mano el trozo de madera, la jugadora quedaba descalificada. Las que dominaban este juego manten&iacute;an en el aire aquel extra&ntilde;o objeto durante diez minutos seguidos sin fallar un golpe.<br />Pero lo que apasionaba a todos en el T&iacute;bet, o por lo menos en el distrito de &Uuml;, que es a donde pertenece Lhasa, eran las cometas. Podr&iacute;amos llamarle el deporte nacional. S&oacute;lo pod&iacute;amos permit&iacute;rnoslo en ciertas &eacute;pocas del a&ntilde;o. Ya hac&iacute;a muchos a&ntilde;os que se hab&iacute;a descubierto que si se hac&iacute;an volar cometas en las monta&ntilde;as, llov&iacute;a torrencialmente y en aquel tiempo se pensaba que los dioses de la Lluvia estaban irritados. As&iacute; que s&oacute;lo nos permit&iacute;an jugar con las cometas en el oto&ntilde;o, que en el T&iacute;bet es la &eacute;poca de sequ&iacute;a. Durante ciertos meses del a&ntilde;o, no se puede gritar en las monta&ntilde;as porque se teme que la vibraci&oacute;n de las voces sea causa de que las nubes supersaturadas de la India descarguen demasiado pronto y caiga lluvia donde ser&iacute;a perjudicial. El primer d&iacute;a de oto&ntilde;o se elevaba una corneta solitaria desde el tejado del Potala. Pocos minutos despu&eacute;s, cometas de todos los tama&ntilde;os, formas y colores se remontaban sobre Lhasa agit&aacute;ndose en la fuerte brisa.<br />Me gustaba mucho jugar con las cometas, y siempre hac&iacute;a por que mi corneta fuera una de las primeras en elevarse. Todos nos hac&iacute;amos las nuestras, por lo general con una armaz&oacute;n de bamb&uacute;, cubri&eacute;ndola casi siempre con fina seda. No nos era dif&iacute;cil conseguir este buen material y constitu&iacute;a un orgullo para mi casa que nuestra corneta fuera de la mejor clase.<br />Sol&iacute;amos hacerlas en forma de caja y con frecuencia la adorn&aacute;bamos con una feroz cabeza de drag&oacute;n y una cola.<br />Organiz&aacute;bamos batallas en que cada uno trataba de derribar la cometa de sus rivales. Cubr&iacute;amos parte de la cuerda con cola y la salpic&aacute;bamos con vidrio machacado que quedaba adherido. Con ello esper&aacute;bamos cortar las cuerdas de los dem&aacute;s y apoderarnos as&iacute; de las cometas que se cayeran.<br />A veces nos desliz&aacute;bamos sigilosamente fuera de casa por la noche y elev&aacute;bamos nuestras cometas con lamparitas dentro. Los ojos del drag&oacute;n reluc&iacute;an rojos y del cuerpo sal&iacute;an diversos colores realzados sobre la negrura de la noche. Sobre todo nos encantaba y hacerlo cuando se esperaban las interminables caravanas de yaks procedentes del distrito de Lho-dzong.<br />En nuestra infantil inocencia cre&iacute;amos que los ignorantes nativos de aquella apartada regi&oacute;n no conoc&iacute;an inventos tan "modernos" como nuestras cometas y que as&iacute; les dar&iacute;amos un susto formidable.<br />Uno de nuestros trucos era poner tres conchas de diferente tama&ntilde;o en las cometas de manera que cuando las bat&iacute;a el viento, produc&iacute;an un l&uacute;gubre sonido como un largo e impresionante lamento. Dec&iacute;amos que parec&iacute;an dragones que lanzaban llamas y se retorc&iacute;an en la noche y supon&iacute;amos que ejerc&iacute;an un saludable influjo sobre los mercaderes. Nos resultaba delicioso figurarnos a aquellos desgraciados encogidos de espanto en sus jergones mientras nuestras cometas se balanceaban all&aacute; arriba.<br />Aunque yo entonces no lo sab&iacute;a, mi juego de cometas iba a servirme de mucho para cuando, mucho m&aacute;s adelante, me hubiese de subir en ellas.<br />Entonces era s&oacute;lo un juego, aunque muy divertido y apasionante. Y en una de sus modalidades pudo haber sido muy peligroso: hac&iacute;amos unas cometas muy grandes con alas que les sal&iacute;an de los lados. Las coloc&aacute;bamos en terreno llano cerca de alg&uacute;n barranco en que hubiera una fuerte corriente de aire. Mont&aacute;bamos en nuestros ponies at&aacute;ndonos un extremo de la cuerda a la cintura y luego arranc&aacute;bamos al galope. La cometa daba un brinco y se elevaba r&aacute;pidamente hasta que pas&aacute;bamos por delante del barranco y nos envolv&iacute;a la corriente. Entonces el tir&oacute;n de la cuerda era tan fuerte que desmontaba al jinete elev&aacute;ndolo m&aacute;s de tres metros en el aire. Luego descend&iacute; amos lentamente sobre la tierra. Algunos infelices casi se quebraban si olvidaban sacar los pies de los estribos. Por mi parte, yo estaba tan acostumbrado a caerme del caballo que me parec&iacute;a incluso un alivio que me sacaran de &eacute;l tan suavemente. Mi loco af&aacute;n de aventuras me hizo descubrir que, tirando de la cuerda en el momento de elevarme, a&uacute;n sub&iacute;a m&aacute;s y si tiraba de ella unas cuantas veces, pod&iacute;a prolongar mi permanencia en el aire En una ocasi&oacute;n lo hice tan bien que fui a aterrizar en el tejado de la casa de unos campesinos. All&iacute; arriba ten&iacute;an almacenado el combustible para el invierno.<br />Los campesinos tibetanos viven en casas de tejados planos con un peque&ntilde;o parapeto donde se guarda la bo&ntilde;iga de los yaks. Una vez seca se utiliza como combustible. Aquella casa a que me refiero era de barro cocido en vez de piedra como en lo corriente carec&iacute;a de chimenea. Una abertura en el tejado hac&iacute;a sus veces. Mi repentina llegada agarrado a una cuerda arrastr&oacute; el esti&eacute;rcol hasta el boquete de ventilaci&oacute;n haci&eacute;ndole caer por &eacute;l al interior de la casa y poner perdidos de porquer&iacute;a a sus habitantes. No me acogieron precisamente con regocijo. Al caer tambi&eacute;n yo por el boquete, me recibieron con gritos de rabia, y despu&eacute;s de darme una buena paliza, el campesino, furioso, me llev&oacute; a mi casa para que mi padre me administrase otro serio correctivo, &iexcl;Aquella noche tuve que dormir boca abajo!<br />Al d&iacute;a siguiente me ten&iacute;an reservada una tarea molest&iacute;sima recoger bo&ntilde;iga de yak de nuestras cuadras, llevarla a casa del campesino y subirla al tejado. Este trabajo no es lo m&aacute;s propio para un ni&ntilde;o menor de seis a&ntilde;os, como era yo entonces. Sin embargo, a todos les produc&iacute;a un gran regocijo, todos estaban muy satisfechos.., excepto yo. Los dem&aacute;s ni&ntilde;os se re&iacute;an de m&iacute;, el campesino acab&oacute; teniendo doble cantidad de combustible y mi padre se enorgullec&iacute;a de haber demostrado ser un hombre justo y severo. En cuanto a m&iacute;, tambi&eacute;n hube de pasarme la segunda no .<br />Quiz&aacute;s piensen ustedes que &eacute;sta era una vida insoportable para una criatura, pero no hay que olvidar que en el T&iacute;bet no hay sitio para los enclenques.<br />Lhasa est&aacute; situada a casi tres mil setecientos metros de altitud, y su temperatura es extremada. Otros distritos del T&iacute;bet se hallan a&uacute;n a mayor altitud y en condiciones mucho m&aacute;s duras, de manera que los d&eacute;biles pueden poner en peligro a los dem&aacute;s. A esto se deb&iacute;a, y no a crueldad, aquella preparaci&oacute;n f&eacute;rrea.<br />En los lugares de mayor altitud la gente met&iacute;a en corrientes heladas a los reci&eacute;n nacidos para ver si eran lo bastante resistentes. He visto con mucha frecuencia las peque&ntilde;as procesiones que se organizaban para ir al r&iacute;o (que a veces flu&iacute;a a m&aacute;s de cuatro mil metros de altitud). Al llegar a la orilla se deten&iacute;a la comitiva y la abuela cog&iacute;a al reci&eacute;n nacido. Junto a ella estaba la familia: el padre, la madre y los parientes m&aacute;s cercanos. Desnudaban al beb&eacute;, la abuela se arrodillaba y sumerg&iacute;a a la criatura dej&aacute;ndole fuera s&oacute;lo la cabeza, hasta la boca, para que respirase. Con aquel fr&iacute;o tan terrible, el ni&ntilde;o se pon&iacute;a rojo, luego azul y por fin dejaba de berrear. Parece que est&aacute; muerto, pero la abuela tiene gran experiencia en esas cosas y al poco tiempo saca del agua al peque&ntilde;o y vuelve a vestirlo despu&eacute;s de secarlo bien. Si el ni&ntilde;o sobrevive a esta prueba, est&aacute; clara la voluntad de los dioses.<br />Si muere, es que los dioses han querido evitarle lo mucho que iba a haber sufrido en esta tierra. No cabe duda que esta costumbre es la mayor prueba de compasi&oacute;n y cari&ntilde;o que puedan dar los habitantes de regiones tan inh&oacute;spitas.<br />Preferible es que mueran unos cuantos ni&ntilde;os a que sean unos inv&aacute;lidos incurables en un pa&iacute;s donde apenas hay servicio m&eacute;dico.<br />Con la muerte de mi hermano fue necesario que yo intensificase mis estudios, ya que cuando cumpliese los siete a&ntilde;os tendr&iacute;a prepararme para la carrera que eligiesen para m&iacute; los astr&oacute;logos. En el T&iacute;bet todo lo decide la astrolog&iacute;a, desde la compra de un yak hasta la profesi&oacute;n de una persona. Se acercaba ese momento en que, al cumplir los siete a&ntilde;os, mi madre dar&iacute;a una gran fiesta a la que estar&iacute;an invitados los de m&aacute;s alta alcurnia del pa&iacute;s.<br />Durante esa fiesta se dar&iacute;a a conocer la decisi&oacute;n de los astr&oacute;logos respecto a mi porvenir.<br />Mam&aacute; era regordeta, con una cara redonda y el cabello negro. Las mujeres tibetanas llevan una especie de marco de madera en que se les encuadra la cabeza y sobre &eacute;l adaptan el cabello para que resulte lo m&aacute;s ornamental posible. Estos marcos son muy complicados. Suelen ser de laca de color carmes&iacute;, y en &eacute;l van engarzadas piedras semipreciosas e incrustaciones de jade y coral. Todo esto, con el cabello bien aceitado, produce un efecto muy brillante.<br />Las mujeres tibetanas usan vestidos muy alegres, hechos de muchos verdes, rojos y amarillos. En la mayor&iacute;a de los casos llevan un delantal de un color vivo con una franja horizontal haciendo contraste, pero muy armoniosamente.<br />En la oreja izquierda se ponen un pendiente, cuyo tama&ntilde;o depende de la categor&iacute;a social de la mujer. Mi madre, por ser de una de las primeras familias del pa&iacute;s, luc&iacute;a un pendiente de quince cent&iacute;metros.<br />Cre&iacute;amos que las mujeres deb&iacute;an tener los mismos derechos que los hombres, pero en el manejo de nuestra casa, mi madre iba a&uacute;n m&aacute;s all&aacute; y era una dictadora del hogar, una aut&oacute;crata que sab&iacute;a lo que quer&iacute;a y siempre se sal&iacute;a con la suya.<br />Se encontraba en su elemento cuando se trataba de preparar una fiesta.<br />Le encantaba dar &oacute;rdenes e idear nuevos detalles que dejasen asombrados a nuestros vecinos, incapaces de igualar a nuestra casa en brillantez social.<br />Mam&aacute; hab&iacute;a viajado mucho con mi padre (estuvieron en la India, en Pek&iacute;n y en Shanghai) y sab&iacute;a c&oacute;mo se hac&iacute;an las cosas en el extranjero.<br />Una vez fijada la fecha en que hab&iacute;a de celebrarse la gran fiesta en mi honor, se repartieron las invitaciones que hab&iacute;an escrito cuidadosamente los monjes-escribas en un papel grueso, hecho a mano, que siempre us&aacute;bamos para las comunicaciones de importancia. Cada invitaci&oacute;n med&iacute;a 24x60 cent&iacute;metros y llevaba el sello de la familia de mi padre, pero como mi madre pertenec&iacute;a tambi&eacute;n a una de las diez mejores familias del pa&iacute;s, figuraba tambi&eacute;n su sello en cada tarjet&oacute;n. Adem&aacute;s, mis padres ten&iacute;an un sello conjunto, de manera que se estampaban en la invitaci&oacute;n tres sellos. Resultaban unos documentos de imponente aspecto. A m&iacute; me asustaba pensar que todo aquel revuelo era por mi causa. No sab&iacute;a yo por entonces que mi papel en todo aquello era secundario y que lo primero de todo, en realidad, era el Acontecimiento Social. Mi edad no me permit&iacute;a entender que la magnificencia de la fiesta serv&iacute;a para aumentar el prestigio de mis padres.<br />Hab&iacute;amos contratado a unos mensajeros especiales para repartir las invitaciones; cada uno de estos hombres montaba un caballo pura sangre.<br />Cada uno llevaba en la mano derecha una especie de bast&oacute;n hendido en el extremo superior y en esa hendidura iba fijada la invitaci&oacute;n para que la vieran todos. El bast&oacute;n estaba adornado alegremente con cintas donde figuraban impresas algunas plegarias. Ondeaban al viento. Mientras los mensajeros se preparaban en nuestro patio para salir a cumplir su cometido, hab&iacute;a gran algazara. Los lacayos gritaban con todas sus fuerzas, los caballos relinchaban y los enormes mastines negros ladraban como locos. A &uacute;ltima hora les daban a los mensajeros un buen trago de cerveza tibetana. Luego, los criados pon&iacute;an todas las jarras a la vez en el suelo, con un gran ruido, y abr&iacute;an la puerta principal. La tropa de mensajeros sal&iacute;a al galope con un salvaje griter&iacute;o.<br />En el T&iacute;bet los mensajeros entregan un mensaje escrito, pero tambi&eacute;n dan una versi&oacute;n oral que puede ser completamente distinta. Hace muchos a&ntilde;os, los bandidos apresaban a los mensajeros y comet&iacute;an sus fechor&iacute;as bas&aacute;ndose en las noticias que le&iacute;an.<br />As&iacute;, atacaban una casa mal defendida o una procesi&oacute;n. De ah&iacute; la costumbre de escribir un mensaje falso para despistar a los bandidos. Todav&iacute;a perdura esa antigua costumbre del doble mensaje: oral y escrito, de contenido diferente. Incluso ahora, la versi&oacute;n que se acepta como verdadera es la oral.<br />Dentro de la casa todo era un puro torbellino. Limpiaban o volv&iacute;an a pintar las paredes, raspaban los suelos de madera y les sacaban brillo hasta que resultaba peligroso andar por ellos. Los altares de madera labrada que hab&iacute;a en las habitaciones principales eran pulidos y se les daban nuevas capas de baca. Se tra&iacute;an muchas l&aacute;mparas alimentadas con manteca. Algunas de estas l&aacute;mparas eran de oro y otras de plata, pero les sacaban tanto brillo que no se pod&iacute;a distinguir entre ambas clases. Mam&aacute; y el mayordomo corr&iacute;an sin cesar de un lado a otro, criticando una cosa, ordenando otra y, en general, haci&eacute;ndoles la vida imposible a los pobres criados. Ten&iacute;amos m&aacute;s de cincuenta servidores por entonces, pero hubo que aumentar el n&uacute;mero para la fiesta. Trabajaban dos ellos afanosamente y con buena voluntad. El patio lo limpiaron tan concienzudamente que las losas de piedra quedaron relucientes y parec&iacute;an reci&eacute;n puestas. Llenaron los intersticios con una pasta de color y el efecto era muy bonito y alegre. Terminada toda esta labor, los pobres criados, llamados a presencia de mi madre, recibieron la orden de limpiarse los trajes hasta dejarlos como nuevos.<br />En las cocinas hab&iacute;a una tremenda actividad: prepararon enormes cantidades de alimentos. El T&iacute;bet es un refrigerador natural, de modo que es posible preparar la comida y conservarla en excelente estado durante un tiempo indefinido. El clima es extraordinariamente fr&iacute;o y seco. Pero incluso cuando sube la temperatura, la sequedad de la atm&oacute;sfera conserva muy bien los alimentos. La carne puede guardarse durante un a&ntilde;o entero sin que se estropee y los cereales duran siglos.<br />Los budistas no matan; as&iacute; que la &uacute;nica carne disponible es de animales muertos de muerte natural, que se han ca&iacute;do por precipicios o a los que han matado accidentalmente. Nuestra despensa estaba bien provista de carne de tal procedencia. Hay carniceros en el T&iacute;bet, pero son de una casta "intocable" y las familias m&aacute;s ortodoxas consideran como una deshonra tratar con ellos.<br />Mi madre hab&iacute;a decidido ofrecerles a los invitados las cosas m&aacute;s raras y costosas. Se propuso darles flores de rododendros en conserva. Con varias semanas de antelaci&oacute;n, nuestros criados fueron a las estribaciones del Himalaya donde se encuentran los mejores rododendros. En nuestro pa&iacute;s estos &aacute;rboles crecen a enorme altura y dan una asombrosa variedad de tonos y aromas.<br />Los capullos que no han florecido del todo son arrancados y lavados cuidadosamente. Este cuidado se debe a que la menor ara&ntilde;adura impide que se conserven. Luego sumergen cada flor en una mezcla de agua y miel en un gran jarro de cristal y lo cierran herm&eacute;ticamente. Los jarros de cristal quedan expuestos al sol durante varias semanas, d&aacute;ndoles vueltas para que todas las partes de la flor reciban la luz por igual. La flor va creciendo lentamente y se impregna del n&eacute;ctar fabricado con el agua y la miel. A alguna gente le gusta exponer las flores al aire durante unos d&iacute;as antes de com&eacute;rselas para que se sequen y se ricen un poco, pero sin perder su sabor ni su aspecto.<br />Tambi&eacute;n suelen espolvorear con az&uacute;car los p&eacute;talos para imitar la nieve. A mi padre le parec&iacute;a esto un dispendio in&uacute;til. Dec&iacute;a: "Con lo que hemos gastado en esas flores ten&iacute;amos para comprar diez yaks con sus hembras&rdquo;. La respuesta de mi madre era t&iacute;picamente femenina: "&iexcl;No seas est&uacute;pido! Tenemos que quedar bien ante la gente y, adem&aacute;s, esto es cuesti&oacute;n m&iacute;a. Soy yo quien lleva la casa, &iquest;no?&rdquo;<br />Otro bocado exquisito era la aleta de tibur&oacute;n. Las tra&iacute;an de China y, desmenuz&aacute;ndolas, hac&iacute;an con ellas una sopa. Alguien ha dicho que "la sopa de aleta de tibur&oacute;n es el plato m&aacute;s exquisito que pueda concebir el gastr&oacute;nomo m&aacute;s exigente". A m&iacute; me parec&iacute;a horrible, sobre todo teniendo en cuenta que cuando llegaba de China estaba ya en malas condiciones. Para decirlo delicadamente, estaba un poco "pasado". Pero a mucha gente le gustaba m&aacute;s as&iacute;.<br />En el T&iacute;bet son los hombres quienes llevan la cocina. Las mujeres no saben mover la tsampa ni hacer las mezclas adecuadas. Las mujeres toman un pu&ntilde;adito de esto, una cucharada de lo otro, y lo sazonan al buen tunt&uacute;n con la esperanza de que les salga bien. En cambio, los cocineros son m&aacute;s conscientes, se toman un mayor trabajo y los platos les salen incomparablemente mejor. Las mujeres sirven para barrer, charlar y, naturalmente, para otras cosas, aunque no muy variadas. Pero no sirven para hacer tsampa La tsampa es el alimento nacional del T&iacute;bet. Muchos tibetanos se alimentan toda su vida exclusivamente con tsampa y t&eacute;. Se hace con cebada que se tuesta hasta darle un tono dorado oscuro. Luego se tritura el grano para sacarle la harina y se vuelve a tostar. La harina se coloca entonces en una escudilla y se le a&ntilde;ade t&eacute; caliente con manteca. Se remueve esta mezcla hasta que adquiere la consistencia de una pasta. Se a&ntilde;ade, a gusto de cada cual, sal, b&oacute;rax y manteca de yak. De todo ello resulta la tsampa, que puede presentarse en tortas o como pasteles y d&aacute;rsele las formas m&aacute;s decorativas.<br />La tsampa puede parecer mon&oacute;tona si se toma sola, pero en realidad es un alimento muy compacto y concentrado capaz de sostener a una persona en todos los climas y bajo cualesquiera circunstancias.<br />Mientras un grupo de nuestros criados hac&iacute;a la tsampa, otros hac&iacute;an la manteca. El sistema tibetano para fabricar la manteca no es muy recomendable desde el punto de vista de la higiene. Nuestras mantequer&iacute;as eran grandes bolsas de piel de macho cabr&iacute;o con los pelos hacia dentro. Se llenaban de leche de yak o de cabra y se les retorc&iacute;a el cuello para atarlo luego con fuerza y lograr as&iacute; que no se saliese ni una gota. Despu&eacute;s se les daban grandes golpes y se les zarandeaba violentamente hasta que se formaba la manteca. Dispon&iacute;amos de un suelo especial para hacerla, con salientes de piedra de unos cincuenta cent&iacute;metros de altura. Las bolsas llenas de leche eran levantadas para dejarlas caer luego sobre esas protuberancias que serv&iacute;an para batir el l&iacute;quido. Resultaba mon&oacute;tono ver y o&iacute;r a unos diez criados levantando y dejando caer continuamente las bolsas hora tras hora. Al levantarlas tomaban aliento con un aaaab un&aacute;nime y luego sonaba el ruido sordo de la bolsa al caer. A veces estallaba alguna bolsa por estar ya demasiado vieja o porque la manejaban sin cuidado. Recuerdo a un tipo muy forzudo que presum&iacute;a de sus m&uacute;sculos. Trabajaba con doble rapidez que sus compa&ntilde;eros y se le hinchaban las venas con el esfuerzo. Uno le dijo:<br />"Te est&aacute;s volviendo viejo, Timon; trabajas m&aacute;s despacio que antes." Timon lanz&oacute; un gru&ntilde;ido, cogi&oacute; una bolsa por el cuello con sus potentes manos y la lanz&oacute; por el aire. Cuando a&uacute;n ten&iacute;a Timon las manos en el aire, cay&oacute; la bolsa de lleno sobre la protuberancia de piedra. Al instante brot&oacute; un chorro de manteca a medio hacer. El chorro fue a parar directamente a la cara de Timon, y se le desliz&oacute; luego por el cuerpo empap&aacute;ndole de grasa.<br />Mi madre, al o&iacute;r el ruido, acudi&oacute; presurosa. Es la primera vez que la he visto sin habla. Quiz&aacute; fuera de rabia por la manteca desperdiciada o quiz&aacute; porque se figurase que Timon se estaba asfixiando con la manteca que tragaba, pero lo cierto es que, rasgando el pellejo ya roto, azot&oacute; al pobre hombre con &eacute;l. Le daba especialmente en la cabeza. Timon perdi&oacute; el equilibrio en el suelo tan resbaladizo y se cay&oacute; cuan largo era en un charco de grasa.<br />Los torpes como Timon pod&iacute;an estropear la manteca. Si no cuidaban de que el pellejo cayese bien sobre el saliente de piedra, los pelos del interior se soltaban y se mezclaban con la manteca. Todos est&aacute;bamos acostumbrados a encontrar en ella unos cuantos pelos, pero a nadie le gustaba tener que quitar verdaderos mechones. La manteca estropeada se dejaba aparte para las l&aacute;mparas o para darla a los mendigos, que la calentaban y la colaban a trav&eacute;s de un pedazo de tela. Tambi&eacute;n se reservaban a los mendigos los "errores" culinarios. Entonces estos afortunados iban a otra casa contando lo bien que hab&iacute;an comido. Estos vecinos respond&iacute;an a su vez a estas alabanzas d&aacute;ndoles de comer, si pod&iacute;an, mejor que lo hab&iacute;an hecho en la casa anterior. De manera que ser mendigo en el T&iacute;bet es una gran suerte.<br />Nunca pasan necesidad; si saben emplear "los trucos de su oficio", lo pasan estupendamente. En verdad, la mendicidad no es considerada como una desgracia en la mayor&iacute;a de los pa&iacute;ses orientales. Muchos monjes no comen sino lo que sacan de ir pidiendo de lamaser&iacute;a en lamaser&iacute;a. Para que ustedes se den cuenta de lo bien considerado que est&aacute;, en gran parte de Oriente, ser mendigo, les bastar&aacute; saber que viene a ser lo mismo que cuando en Occidente unas personas distinguidas hacen una colecta para los necesitados.<br />La &uacute;nica diferencia es que el mendigo pide para s&iacute; mismo, pero esta diferencia no se ve all&iacute;. Alimentar a un monje mendicante se considera como una buena acci&oacute;n digna de todo elogio.<br />Los mendigos se atienen a su c&oacute;digo. Si alguien le da algo a un mendigo, &eacute;ste se apartar&aacute; de su benefactor durante un cierto tiempo y no volver&aacute; a acerc&aacute;rsele bajo pretexto alguno.<br />Los dos monjes agregados a nuestra familia tambi&eacute;n trabajaron mucho en los preparativos para el gran acontecimiento que se avecinaba. Delante de cada una de las reses muertas conservadas en nuestra despensa, rezaban por las almas que las hab&iacute;an habitado. Cre&iacute;amos que si un animal era matado -incluso accidentalmente- y comido por seres humanos, &eacute;stos se hallaban en deuda respecto a aquel animal. La &uacute;nica manera de pagar esta deuda era que un sacerdote rezase ante el cad&aacute;ver del animal con objeto de que &eacute;ste reencarnase en una condici&oacute;n m&aacute;s elevada cuando volviese a vivir sobre la tierra. En las lamaser&iacute;as y en los templos hab&iacute;a monjes dedicados exclusivamente a rezar por animales. En casa, nuestros monjes dom&eacute;sticos ten&iacute;an que rezar por los caballos cada vez que emprend&iacute;an un largo viaje para que no se cansaran demasiado. Por eso cuid&aacute;bamos mucho de no utilizar un mismo caballo m&aacute;s que un s&oacute;lo d&iacute;a. El que hab&iacute;a corrido mucho un d&iacute;a determinado, hab&iacute;a de descansar al d&iacute;a siguiente. Y lo mismo se aplicaba a los animales de labranza y de tiro. Lo m&aacute;s curioso es que los propios animales estaban enterados de esta norma. Si por alguna circunstancia se pretend&iacute;a utilizar un d&iacute;a al caballo que ya hab&iacute;a corrido el d&iacute;a anterior, se quedaba inm&oacute;vil y no hab&iacute;a manera de obligarlo. Cuando por fin se le quitaba la silla, se alejaba moviendo la cabeza como si dijese: "&iexcl;Por fin se ha evitado una terrible injusticia!&rdquo; Los asnos eran a&uacute;n peores. Esperaban a que los cargasen y entonces se tumbaban y trataban de quitarse de encima los fardos.<br />Ten&iacute;amos tres gatos que estaban de servicio continuo. Uno de ellos viv&iacute;a en las cuadras y ejerc&iacute;a una eficac&iacute;sima vigilancia sobre los ratones.<br />Casi ninguno se libraba de sus garras si se atrev&iacute;a a dar un paseo. Otro gato viv&iacute;a en la cocina. Era viejo y un poco tonto. Su madre, cuando lo ten&iacute;a en el vientre, se hab&iacute;a asustado con los ca&ntilde;onazos de la expedici&oacute;n Younghusband, en 1904. El gatito naci&oacute; prematuramente y fue el &uacute;nico de la camada que se salv&oacute;. Por eso lo llamaban "Younghusband". El tercer gato era.., una gata, una respetable matrona que viv&iacute;a con nosotros. Era un modelo de madre sacrificada a su deber y hac&iacute;a todo lo posible para que no disminuyese la poblaci&oacute;n gatuna. Cuando no estaba ocupada alimentando a sus mininos, segu&iacute;a a mi madre por todas las habitaciones. Era peque&ntilde;a y negra y a pesar de disfrutar de un envidiable apetito, parec&iacute;a un esqueleto ambulante. Los animales tibetanos no son en ning&uacute;n caso mimados, pero tampoco son esclavos. Son sencillamente seres con los mismos derechos que los humanos. Seg&uacute;n las creencias budistas, todos los animales, todas las criaturas -humanas o no- tienen alma y vuelven a vivir en la tierra encarnados en nuevos seres de condici&oacute;n cada vez m&aacute;s elevada.<br />Pronto empezaron a llegar las respuestas a nuestras invitaciones. Llegaban jinetes galopando hasta nuestra puerta blandiendo los bastones de los mensajeros. El mayordomo descend&iacute;a de su habitaci&oacute;n para rendir pleites&iacute;a al mensajero de los nobles. El hombre, ya descabalgado, arrancaba el papel que tra&iacute;a en lo alto del palo y recitaba la versi&oacute;n oral. Luego hac&iacute;a un gesto de gran cansancio y fing&iacute;a que las piernas se le doblaban hasta tenerse que tumbar en el suelo, indicando as&iacute; con exquisito arte histri&oacute;nico que hab&iacute;a realizado el mayor esfuerzo de que era capaz para entregar su mensaje en la Casa de Rampa. Nuestros criados representaban tambi&eacute;n su papel rodeando al mensajero y exclamando: "&iexcl;Pobrecillo, qu&eacute; viaje tan r&aacute;pido ha hecho!<br />Seguro que le ha estallado el coraz&oacute;n con tanta velocidad. &iexcl;Qu&eacute; hombre tan admirable!&rdquo; Una vez se me ocurri&oacute; comentar, con gran indignaci&oacute;n de los que me o&iacute;an: &ldquo;No, no; le he visto descansar poco m&aacute;s all&aacute; para poder llegar aqu&iacute; en el galope m&aacute;s r&aacute;pido." Ser&aacute; preferible que no describa la penosa escena que se produjo entonces.<br />Por fin lleg&oacute; el d&iacute;a grande. Era el d&iacute;a m&aacute;s temido por m&iacute;, aquel en que hab&iacute;a de decidirse mi carrera sin intervenci&oacute;n alguna por mi parte. Los primeros rayos del sol sal&iacute;an ya por encima de las distantes monta&ntilde;as cuando un criado entr&oacute; en mi habitaci&oacute;n. "&iquest;C&oacute;mo? &iquest;A&uacute;n no est&aacute;s levantado, Martes Lobsang Rampa? &iexcl;Eres un dormil&oacute;n como no hay otro! Son las cuatro de la ma&ntilde;ana y tenemos mucho trabajo. &iexcl;Arriba!" En seguida apart&eacute; la manta y me levant&eacute;. Este d&iacute;a iba a descubrirme el camino que seguir&iacute;a mi vida.<br />En el T&iacute;bet cada persona tiene dos nombres. El primero es el d&iacute;a de la semana en que uno ha nacido. Yo nac&iacute; un martes; as&iacute; que me llamaba Martes y Lobsang, que era el nombre propio que me hab&iacute;an puesto mis padres.<br />Pero si un muchacho entraba en una lamaser&iacute;a, le pon&iacute;an un tercer nombre, su "nombre de monje". &iquest;Llegar&iacute;a yo a tenerlo? Aquel mismo d&iacute;a me lo dir&iacute;a.<br />Yo, a los siete a&ntilde;os, quer&iacute;a ser un barquero de los que navegan por el r&iacute;o Tsang-Po, a sesenta y cinco kil&oacute;metros de distancia de Lhasa. Pero, pens&aacute;ndolo mejor, llegu&eacute; en seguida a la conclusi&oacute;n de que en realidad no me gustaba ser barquero, ya que &eacute;stos son forzosamente de baja casta porque usan lanchas de cuero de yak con una armaz&oacute;n de madera. &iexcl;Qu&eacute; horror, pertenecer a una casta baja! &iexcl;No, lo que yo quer&iacute;a era ser un profesional en el deporte de las cometas! Esto era mucho mejor. As&iacute; ser&iacute;a un hombre libre como el aire. Un "volador" de cometas, eso ser&iacute;a, y me pasar&iacute;a toda la vida construyendo cometas con enormes cabezas y ojos relucientes. Pero, en fin, lo que fuese lo decidir&iacute;an los monjes-astr&oacute;logos. Quiz&aacute;s hab&iacute;a dejado mi fuga para demasiado tarde, pues ya no me pod&iacute;a escapar por la ventana. Mi padre enviar&iacute;a a sus hombres en mi busca. No; despu&eacute;s de todo, yo era un Rampa y me ve&iacute;a obligado a seguir la tradici&oacute;n. A lo mejor los astr&oacute;logos decid&iacute;an que fuese "volador" de cometas. No tendr&iacute;a que esperar mucho para saberlo.</p><p>CAP&Iacute;TULO SEGUNDO.</p><p>FIN DE MI INFANCIA.</p><p>-&iexcl;Ay, Yulgye, no me des esos tirones de pelo! &iexcl;Si sigues as&iacute;, me quedar&eacute; m&aacute;s calvo que un monje!<br />&mdash;Est&aacute;te quieto, Martes Lobsang. Has de tener la coleta bien tiesa y engrasada. Si no, tu Honorable Madre me ajustar&aacute; las cuentas.<br />&mdash;Pero, Yulgye, no es preciso que seas tan rudo. Me est&aacute;s arrancando la cabeza.<br />&mdash;No puedo hacerlo con m&aacute;s suavidad con la prisa que tengo.<br />Y all&iacute; estaba yo, sentado en el suelo, mientras un zafio criado me retorc&iacute;a la coleta, que estaba ya m&aacute;s tiesa que un yak helado y m&aacute;s brillante que el agua del lago cuando refleja la luz de la luna.<br />Mam&aacute; se mov&iacute;a con tal rapidez y hac&iacute;a tantas cosas a la vez que me daba la sensaci&oacute;n de tener varias madres. A &uacute;ltima hora hab&iacute;a mucho que hacer; &oacute;rdenes, preparativos, y, sobre todo, mucho parloteo. Yaso, dos a&ntilde;os mayor que yo, se afanaba por la casa como una mujer de cuarenta a&ntilde;os. Mi padre se hab&iacute;a encerrado en su habitaci&oacute;n particular y se libraba as&iacute; de la fenomenal algarab&iacute;a. &iexcl;Ojal&aacute; me hubiese permitido quedarme con &eacute;l!<br />No s&eacute; por qu&eacute;, pero mi madre hab&iacute;a dispuesto que fu&eacute;semos a la catedral de Lhasa, el Jo-kang. Por lo visto, hab&iacute;a que rodear de cierto ambiente religioso el comienzo de la fiesta. A eso de las diez de la ma&ntilde;ana (el tiempo es muy el&aacute;stico en el T&iacute;bet) un gong de tres tonos nos llamaba desde el punto en que hab&iacute;amos de reunirnos todos. Y todos &iacute;bamos montados en ponies: pap&aacute;, mam&aacute;, Yaso, y cinco m&aacute;s, incluy&eacute;ndome a m&iacute;. Cruzamos la carretera de Lingkhor y torcimos a la izquierda hasta el pie del Potala. &Eacute;ste es un monte de edificios. Mide m&aacute;s de ciento veinte metros de altura y tiene una longitud de unos ciento cincuenta. Seguimos hasta m&aacute;s all&aacute; del pueblecito de Sh&oacute;, a lo largo de la llanura del Kyi Chu, y media hora despu&eacute;s est&aacute;bamos frente al Jo En torno a esta catedral se api&ntilde;aban casitas, tiendas y puestos callejeros para tentar a los peregrinos. La catedral llevaba all&iacute; unos mil trescientos a&ntilde;os para acoger a los devotos. En su interior, su suelo de piedra presentaba el desgaste -varios cent&iacute;metros- causado por los pies de los peregrinos durante muchos siglos. Los peregrinos daban vueltas con toda reverencia en torno al Circuito Interior, y a la vez hac&iacute;an girar los molinillos de las oraciones repitiendo sin cesar el mantra: Om! Mani padme Hurn!<br />Enormes vigas de madera, ennegrecidas por el tiempo, soportaban el techo, y el denso olor del incienso continuamente quemado se elevaba como las nubecillas del verano en la cumbre de la monta&ntilde;a. Adosadas a los muros estaban las doradas estatuas de nuestras deidades. Unas fuertes pantallas de basta tela met&aacute;lica proteg&iacute;an las sagradas im&aacute;genes de aquellos cuya codicia pudiera superar a su devoci&oacute;n. La mayor&iacute;a de las estatuas m&aacute;s familiares estaban casi enterradas en montones de piedras preciosas acumuladas all&iacute; por los fieles que hab&iacute;an pedido alg&uacute;n favor. En candelabros de oro macizo luc&iacute;an constantemente unas velas cuya luz no se hab&iacute;a extinguido ni una sola vez durante los mil trescientos a&ntilde;os pasados. De los oscuros rincones nos llegaban los sonidos de las campanas, los gongs y los bajos profundos de las bocinas de concha. Recorrimos el Circuito como lo exig&iacute;a la tradici&oacute;n.<br />Una vez cumplido el rito, subimos a la terraza del edificio. S&oacute;lo pod&iacute;an hacerlo unos cuantos privilegiados. Mi padre ten&iacute;a derecho a subir al tejado por ser uno de los Custodios.<br />Nuestra forma de gobiernos (s&iacute;, en plural) puede resultar interesante.<br />Hela aqu&iacute;:<br />A la cabeza del Estado y de la Iglesia, que es el definitivo Tribunal de Apelaci&oacute;n, se hallaba el Dalai Lama. Cualquier tibetano pod&iacute;a acudir a &eacute;l con una petici&oacute;n. Si &eacute;sta era justa, o si trataba de reparar una injusticia, el Dalai Lama ordenaba que se atendiera a la petici&oacute;n o que se hiciese justicia.<br />Bien puede asegurarse que todos los tibetanos, probablemente sin excepci&oacute;n alguna, lo amaban e incluso lo adoraban. Era un aut&oacute;crata; usaba de su poder y su dominio, pero nunca para obtener una ganancia personal, sino para el bien del pa&iacute;s. Sab&iacute;a que llegar&iacute;a la invasi&oacute;n comunista. S&iacute;, lo supo muchos a&ntilde;os antes de que ocurriese y convencido de que la libertad se eclipsar&iacute;a durante alg&uacute;n tiempo, dispuso que un peque&ntilde;o n&uacute;mero de entre nosotros fuese preparado especialmente para que el arte y la ciencia del sacerdocio no se olvidasen.<br />Despu&eacute;s del Dalai Lama hab&iacute;a dos Consejos y por eso escrib&iacute; antes "gobiernos" en plural. El primero era el Consejo Eclesi&aacute;stico. Estaba constituido por cuatro monjes con categor&iacute;a de lamas. Eran responsables, ante El M&aacute;s Profundo, de cuanto se refer&iacute;a a las lamaser&iacute;as y a los conventos de monjas. Depend&iacute;an de ellos todos los asuntos eclesi&aacute;sticos.<br />Le segu&iacute;a en importancia el Consejo de Ministros, con cuatro miembros -tres seglares y un cl&eacute;rigo- que se ocupaban en los asuntos generales del pa&iacute;s y eran responsables de la relaci&oacute;n estrecha entre la Iglesia y el Estado.<br />Dos altos funcionarios, que bien podr&iacute;amos llamar Primeros Ministros, actuaban como "agentes de enlace" entre los dos Consejos y expon&iacute;an los puntos de vista de ambos ante el Dalai Lama. Estos enlaces ten&iacute;an una extraordinaria importancia durante las escasas reuniones de la Asamblea Nacional. Esta se hallaba formada por cincuenta hombres que representaban a las m&aacute;s ilustres familias y lamaser&iacute;as de Lhasa. S&oacute;lo se reun&iacute;an en casos de gran gravedad para el pa&iacute;s. Por ejemplo, en 1904, cuando el Dalai Lama tuvo que huir a Mogolia al invadir los ingleses Lhasa. Y, a prop&oacute;sito, debo decir que muchos occidentales han cre&iacute;do muy err&oacute;neamente que El M&aacute;s Profundo "huy&oacute; cobardemente". El Dalai Lama no huy&oacute;. Las guerras en el T&iacute;bet pueden compararse a una partida de ajedrez. Si el rey cae, la partida se ha perdido. El Dalai Lama era el "rey" de nuestro ajedrez. Sin &eacute;l nada habr&iacute;a quedado por qu&eacute; combatir; era imprescindible que se pusiera a salvo para que el pa&iacute;s no se desintegrase. Los que le acusan de cobard&iacute;a en cualquier sentido no saben lo que dicen.<br />La Asamblea Nacional pod&iacute;a aumentarse hasta casi cuatrocientos miembros cuando llegaban todos los dirigentes de nuestras provincias. Hay cinco provincias: la Capital -como suele llam&aacute;rsela a Lhasa- se hallaba en la provincia del Centro, &Uuml;-Tsang. Shigatse est&aacute; en el mismo distrito. Cartok es el T&iacute;bet occidental; Chang, el T&iacute;bet septentrional, mientras que Kham y Lho-dzong son, respectivamente, las provincias del Este y del Sur. Con el transcurso del tiempo aument&oacute; el poder del Dalai Lama y cada vez decid&iacute;a m&aacute;s cosas sin la intervenci&oacute;n de los Consejos ni de la Asamblea. Y nunca estuvo el pa&iacute;s mejor gobernado.<br />La vista desde el tejado del templo era magn&iacute;fica. Hacia el este se extend&iacute;a la llanura de Lhasa, de un verde reluciente y con bastantes &aacute;rboles.<br />El agua destellaba por entre los &aacute;rboles. Los r&iacute;os de Lhasa van a afluir al Tsang Po, a unos sesenta kil&oacute;metros de distancia. Al norte y al sur se elevan las enormes cadenas monta&ntilde;osas que cierran nuestro valle y lo a&iacute;slan del resto del mundo.<br />En las estribaciones abundan las lamaser&iacute;as. M&aacute;s arriba, unas peque&ntilde;as ermitas se asoman peligrosamente a los precipicios. Hacia el oeste se ven las monta&ntilde;as gemelas de Potala y Chakpori, conocida esta &uacute;ltima con el nombre de Templo de la Medicina.<br />Entre estas monta&ntilde;as, la Puerta Occidental brillaba con la fr&iacute;a luz de la ma&ntilde;ana. El cielo estaba amoratado, color que resaltaba contra la blanca pureza de la nieve de las lejanas monta&ntilde;as. Unas nubecillas algodonosas se alejaban. Mucho m&aacute;s cerca, en la ciudad propiamente dicha, ve&iacute;amos el palacio del Consejo pegado al muro norte de la catedral. El Tesoro quedaba muy cerca y lo rodeaba el Mercado con los tenderetes de los mercaderes, en que se pod&iacute;a comprar casi todo. M&aacute;s ac&aacute;, un poco hacia el este, un convento de monjas casi tocaba al edificio de los Eliminadores de los Muertos.<br />En el recinto de la catedral hab&iacute;a un incesante ir y venir de visitantes de este templo, que es uno de los lugares m&aacute;s sagrados del budismo.<br />Hasta all&aacute; arriba nos llegaba el runr&uacute;n de las charlas de los peregrinos que hab&iacute;an recorrido inmensas distancias y que tra&iacute;an presentes para nuestros dioses con la esperanza de obtener la bendici&oacute;n divina. Algunos tra&iacute;an animales que hab&iacute;an salvado de los carniceros y que compraron sacrificando el escaso dinero que pose&iacute;an. Salvar una vida, sea de un animal o de un hombre, representa un gran m&eacute;rito y los dioses lo tienen muy en cuenta.<br />Mientras contempl&aacute;bamos estas escenas antiqu&iacute;simas y siempre nuevas, o&iacute;mos c&oacute;mo sub&iacute;an y bajaban las voces de los monjes en una salmodia mezcl&aacute;ndose el bajo profundo de los ancianos con la voz tr&eacute;mula y aguda de los ac&oacute;litos. Sonaban los tambores y las doradas voces de las trompetas.<br />Se o&iacute;an sollozos contenidos, murmullos y rezos, formando todo ello una extra&ntilde;a mezcla que nos ten&iacute;a como hipnotizados.<br />Los monjes daban muestras de gran actividad y pasaban constantemente de un lado a otro. Algunos vest&iacute;an h&aacute;bitos amarillos, y otros, morados, pero la mayor&iacute;a llevaba una t&uacute;nica marr&oacute;n rojizo. &Eacute;stos eran los monjes "ordinarios". Los que luc&iacute;an mucha ornamentaci&oacute;n dorada proced&iacute;an del Potala y lo mismo los que se cubr&iacute;an con vestiduras color cereza. Los ac&oacute;litos iban de blanco y los monjes-polic&iacute;as, de rojo oscuro. Todos ellos, o casi todos, ten&iacute;an algo en com&uacute;n: que por muy nuevas que fueran sus t&uacute;nicas llevaban en ellas remiendos que eran r&eacute;plicas de los remiendos de la t&uacute;nica de Buda. Los extranjeros que han monjes tibetanos o retratos de ellos, suelen hablar de su "ropa remendada". Ignoran que esos remiendos forman parte de la vestimenta por muy lujosa que &eacute;sta sea. Los monjes de la lamaser&iacute;a de Ne-Sar, que existe desde hace mil doscientos a&ntilde;os, lo hacen tan bien que aplican sobre sus h&aacute;bitos unos parches m&aacute;s claros para que se vean bien.<br />Los monjes llevan los h&aacute;bitos rojos de la Orden; hay muchos tonos de rojo seg&uacute;n el sistema que se emplee para te&ntilde;ir el pa&ntilde;o de lana. Desde el marr&oacute;n rojizo hasta el rojo ladrillo, todo ello es "rojo". Ciertos monjes con cargos oficiales, que ejercen sus funciones en Potala, usan unas chaquetas doradas sin mangas encima de sus t&uacute;nicas rojas. El oro es un color sagrado en el T&iacute;bet -el oro es siempre puro e inalterable- y es el color oficial del Dalai Lama. Algunos monjes o altos lamas del s&eacute;quito personal del Dalai Lama est&aacute;n autorizados para llevar t&uacute;nicas de oro sobre las rojas corrientes.<br />Desde la alta terraza del Jo-kang pod&iacute;amos ver muchas de estas figuras con chaquetas de oro y apenas alguna de los altos funcionarios del Pico.<br />Mir&aacute;bamos hacia arriba y ve&iacute;amos ondear las banderas donde est&aacute;n inscritas las oraciones, y tambi&eacute;n admir&aacute;bamos las relucientes c&uacute;pulas de la catedral.<br />El cielo estaba muy hermoso con sus tintes morados y sus jirones de nubecillas, como si un artista hubiera pasado a la ligera un pincel cargado de blanco por el lienzo del cielo. Mi madre rompi&oacute; el hechizo: &ldquo;Bueno, estamos perdiendo el tiempo. Me echo a temblar cada vez que pienso en lo que estar&aacute;n haciendo los criados. Tenemos que darnos prisa". De modo que emprendimos precipitadamente la retirada y, montados en nuestros pacientes ponies, nos dirigimos por la carretera de Lingkhor hacia lo que yo llamaba la "gran prueba", pero que mi madre hab&iacute;a considerado como su D&iacute;a Grande.<br />Una vez de regreso en casa, mam&aacute; repas&oacute; por &uacute;ltima vez todo lo que se hab&iacute;a preparado y comimos para fortalecernos en vista de los acontecimientos.<br />De sobra sab&iacute;amos que en estas ocasiones los invitados se quedan ah&iacute;tos, pero que los pobres anfitriones no prueban bocado. Despu&eacute;s no tendr&iacute;amos tiempo para comer.<br />Por fin llegaron los monjes-m&uacute;sicos con su banda estruendosa. Los hicieron pasar a los jardines. Ven&iacute;an cargados de trompetas, clarinetes, gongs y tambores. Tra&iacute;an colgados sus c&iacute;mbalos del cuello. Entraron en los jardines con gran estr&eacute;pito, producido por sus instrumentos que entrechocaban a cada instante. Pidieron cerveza para ponerse a tono e inspirarse.<br />Durante la media hora siguiente se produjo una horrible algarab&iacute;a de estridencias mientras los monjes afinaban sus instrumentos.<br />Cuando el primero de los invitados apareci&oacute; a lo lejos estall&oacute; una gran griter&iacute;a en el patio. El invitado llegaba seguido por una cabalgata de hombres armados y de abanderados. Abrieron de par en par las puertas y dos columnas de criados nuestros se alinearon a cada lado para darles la bienvenida a los reci&eacute;n llegados. El mayordomo se adelant&oacute; con sus ayudantes, que llevaban un buen surtido de esos pa&ntilde;uelos de seda que regalamos en el T&iacute;bet a manera de saludo y bienvenida. Hay ocho clases de pa&ntilde;uelos y es de la mayor importancia no confundirse y darle a cada cual el que le corresponde, si no, el invitado se ofender&aacute; para toda la vida. El Dalai Lama da y recibe solamente pa&ntilde;uelos de la primera categor&iacute;a. A &eacute;stos les llamamos kbata y la manera de presentarlos es la siguiente: el donante, si es de igual condici&oacute;n social que el que lo recibe, se mantiene bastante apartado y con los brazos completamente extendidos. El destinatario queda tambi&eacute;n con los brazos extendidos mientras el otro se inclina levemente y, acerc&aacute;ndose, coloca el pa&ntilde;uelo sobre las mu&ntilde;ecas del destinatario. &Eacute;ste se inclina a su vez, coge el pa&ntilde;uelo, le da una vuelta con una se&ntilde;al de aprobaci&oacute;n y se lo entrega a un criado.<br />En el caso de que un donante regale un pa&ntilde;uelo a una persona de condici&oacute;n social mucho m&aacute;s elevada, &eacute;l o ella se arrodilla con la lengua fuera (saludo tibetano equivalente a quitarse el sombrero) y colocan los kbata a los pies del destinatario. Este coloca entonces su pa&ntilde;uelo en torno al cuello del donante. En el T&iacute;bet todo regalo debe ir acompa&ntilde;ado siempre por los kbata adecuados y lo mismo las cartas de felicitaci&oacute;n. El Gobierno usa pa&ntilde;uelos amarillos en vez de los blancos corrientes. Cuando el Dalai Lama desea manifestar que una persona merece el m&aacute;s alto honor, coloca personalmente un kbata al cuello de la persona en cuesti&oacute;n y le ata un hilo rojo de seda, con un triple nudo, sujetando el kbata.<br />El colmo del honor, en este caso, es cuando el Dalai Lama levanta despu&eacute;s sus manos con las palmas hacia fuera. Los tibetanos creemos firmemente que la historia de cada persona est&aacute; escrita en la palma de su mano y el Dalai Lama, al mostrar as&iacute; las suyas, demuestra que tiene la mayor confianza en la persona a la que confiere este honor. M&aacute;s adelante iba yo a tener este honor.<br />Nuestro mayordomo permanec&iacute;a, pues, a la entrada con un ayudante a cada lado. Se inclinaba ante los reci&eacute;n llegados, aceptaba sus kbata y se los pasaba al ayudante que ten&iacute;a a la izquierda.<br />El ayudante de la derecha le iba dando mientras la categor&iacute;a de pa&ntilde;uelo que correspond&iacute;a a cada invitado para devolver la atenci&oacute;n. Se lo pon&iacute;a sobre las mu&ntilde;ecas extendidas o al cuello (seg&uacute;n el rango) del invitado. Todos estos pa&ntilde;uelos eran utilizados innumerables veces.<br />El mayordomo y sus ayudantes apenas pod&iacute;an atender a tantos invitados como llegaban. De las provincias, de la ciudad de Lhasa y de sus alrededores llegaban galopando por la carretera sombra del Potala. Las damas que hab&iacute;an viajado a caballo recorriendo una gran distancia llevaban una careta de cuero para proteger del polvo su piel. Con frecuencia estas caretas presentaban un rudimentario parecido con las aut&eacute;nticas facciones. Llegada a su destino, la dama se quitaba la careta, as&iacute; como la capa de piel de yak en que se envolv&iacute;a. Mientras m&aacute;s feas y m&aacute;s viejas eran las mujeres, m&aacute;s hermosos y j&oacute;venes eran los rostros fingidos en las caretas.<br />En nuestra casa hab&iacute;a una gran actividad. Los criados tra&iacute;an continuamente m&aacute;s almohadones. En el T&iacute;bet no usamos sillas, sino que nos sentamos con las piernas cruzadas sobre almohadones con un grosor de casi veinticinco cent&iacute;metros y bastante amplios. Los mismos almohadones se usan para dormir, pero entonces, naturalmente, hay que poner varios juntos.<br />Nos resultan mucho m&aacute;s c&oacute;modos que las sillas o las camas.<br />Primero se les ofrec&iacute;a a los invitados t&eacute; con manteca y se les conduc&iacute;a a una espaciosa estancia convertida en refectorio. All&iacute; pod&iacute;an tomar unos refrescos, que les entretuvieran hasta que empezase la fiesta propiamente dicha. Hab&iacute;an llegado unas cuarenta mujeres de las primeras familias de Lhasa, cada una con su s&eacute;quito femenino. Mam&aacute; atend&iacute;a a algunas de estas se&ntilde;oras, mientras que otras recorr&iacute;an la casa examinando los muebles y ornamentos y calculando su valor. Me asombraba ver juntas tantas mujeres de tan diversa edad, tama&ntilde;o y tipos. Surg&iacute;an de todos los rincones de la casa y no vacilaban en preguntarles a los criados dos veces, qu&eacute; costaba esto, o cu&aacute;nto pod&iacute;a valer aquello. En fin, se conduc&iacute;an como cualesquiera mujeres de cualquier pa&iacute;s del mundo, aunque quiz&aacute; con mayor espontaneidad.<br />Mi hermana Yaso iba de un lado a otro con su vestido nuevo y con un peinado que ella consideraba como de &uacute;ltima moda, pero a m&iacute; me parec&iacute;a horrible , aunque en todo lo que respecta a la mujer, no hab&iacute;a que hacerme mucho caso, pues ten&iacute;a arraigados prejuicios. Desde luego, aquel era el d&iacute;a grande para las mujeres.<br />Algunas de ellas complicaban las cosas: me refiero a las damas de alta sociedad del T&iacute;bet, que estaban obligadas a poseer una gran variedad de vestidos y muchas joyas. Ten&iacute;an que lucir unos y otras y como esto las habr&iacute;a obligado a estarse mudando a cada de Lingkhor para tomar finalmente nuestro camino privado a la momento -cosa dif&iacute;cil en visita- se hac&iacute;an acompa&ntilde;ar por muchachas que actuaban de modelos como en las casas de modas occidentales. Estas eran las chicas chung. Desfilaban ataviadas con los vestidos y joyas de mi madre, se sentaban y beb&iacute;an innumerables tazas de t&eacute; con manteca y de vez en cuando pasaban a cambiarse de vestido y de joyas. Charlaban con los invitados y actuaban en realidad como anfitrionas ayudantes de mi madre.<br />Durante el d&iacute;a, estas j&oacute;venes se cambiaban de atav&iacute;o de cinco a seis veces.<br />A los hombres les interesaban m&aacute;s las distracciones de los jardines.<br />Mis padres hab&iacute;an contratado a una Troupe de acr&oacute;batas Tres de ellos sosten&iacute;an una p&eacute;rtiga de casi cinco metros de altura. Otro acr&oacute;bata trepaba por el palo y se colocaba cabeza abajo sobre el extremo. Luego, sus compa&ntilde;eros retiraban violentamente la p&eacute;rtiga y le dejaban caer dando vueltas hasta aterrizar de pie con felina agilidad. Unos chicos que contemplaban el espect&aacute;culo se fueron a un rinc&oacute;n apartado para ejecutar por su cuenta aquella acrobacia. Encontraron una p&eacute;rtiga de unos tres metros de altura, la sostuvieron vertical y el m&aacute;s atrevido trep&oacute; por ella e intent&oacute; ponerse cabeza abajo. Se dio un gran batacazo, cayendo sobre los dem&aacute;s. Pero como todos ten&iacute;an la cabeza muy dura no sufrieron con la aventura m&aacute;s que unos chichones del tama&ntilde;o de un huevo.<br />Apareci&oacute; mi madre, que conduc&iacute;a a las se&ntilde;oras para que admirasen el espect&aacute;culo y escuchasen la m&uacute;sica. Esta flu&iacute;a sin cesar porque los monjes-m&uacute;sicos estaban ya bien caldeados gracias a las grandes cantidades de cerveza tibetana que hab&iacute;an ingerido.<br />Para esta ocasi&oacute;n extraordinaria se hab&iacute;a vestido mam&aacute; con m&aacute;s lujo que nunca. Llevaba una falda rojo oscuro de lana de yak que le llegaba casi a los tobillos. Sus botas de fieltro tibetano -unas botas altas- eran de una extremada blancura, con suelas de un rojo vivo. Su chaqueta, del tipo bolero, era de un amarillo rojizo, un extra&ntilde;o color parecido al del h&aacute;bito de monje de mi padre. Cuando m&aacute;s adelante me dediqu&eacute; a la medicina podr&iacute;a haber descrito ese color como "yodo en una venda". Debajo llevaba una blusa de seda morada. Todos esos colores armonizaban y hab&iacute;an sido escogidos para presentar diferentes clases de vestidos monacales.<br />Cruz&aacute;ndole el hombro derecho, luc&iacute;a una banda de brocado de seda sujeta en el lado izquierdo de la cintura por un broche de oro macizo. Desde el hombro hasta la cintura era la banda de un rojo-sangre, pero desde este punto iba pasando de un amarillo lim&oacute;n p&aacute;lido a un azafr&aacute;n oscuro, cerca ya del borde de la falda.<br />Le rodeaba el cuello un cord&oacute;n de oro que sosten&iacute;a los tres amuletos que siempre llevaba. Se los hab&iacute;an regalado cuando se cas&oacute;. Uno era de la familia de ella, otro de la familia de mi padre, y el tercero -honor rar&iacute;simo- se lo hab&iacute;a dado el propio Dalai Lama. Luc&iacute;a muchas joyas, porque en las mujeres tibetanas el uso de las joyas y los ornamentos se&ntilde;ala la importancia de su condici&oacute;n social. Cada vez que un marido sube de categor&iacute;a en la escala social est&aacute; obligado a comprarle a su mujer nuevas joyas y adornos.<br />Mam&aacute; se hab&iacute;a pasado varios d&iacute;as prepar&aacute;ndose un peinado excepcional de ciento ocho peque&ntilde;as trenzas, cada una de ellas no m&aacute;s gruesa que una cuerda de l&aacute;tigo. Ciento ocho es un n&uacute;mero sagrado tibetano y las damas con el cabello suficiente para hac&eacute;rselas todas ellas son envidiadas como las mujeres m&aacute;s afortunadas del mundo. El cabello, dividido a estilo "madonna", quedaba sujeto por un marco llevado sobre la cabeza como un sombrero. En este marco de madera laqueada estaban engarzados diamantes, jade y discos de oro. El cabello se esparc&iacute;a sobre &eacute;l como las rosas sobre un enrejado.<br />Mi madre ten&iacute;a unos pendientes de coral de un peso tan grande que se ve&iacute;a obligada a usar un hilo rojo para sujet&aacute;rselos bien a las orejas y evitar el peligro de que se le rasgase el l&oacute;bulo. Estos pendientes le llegaban casi a la cintura. Me produc&iacute;a verdadero pasmo verla mover la cabeza.<br />Los invitados se paseaban admirando los jardines o se sentaban en grupos para hablar de pol&iacute;tica. Las se&ntilde;oras no dejaban de charlar de sus cosas:<br />"S&iacute;, querida, la se&ntilde;ora Doring est&aacute; poniendo un suelo nuevo. Ha encontrado unos guijarros muy bien pulimentados que tienen un brillo precioso.<br />"&iquest;No han o&iacute;do ustedes hablar de ese joven lama al que han visto tanto con la se&ntilde;ora Roakasha?", etc. Pero, en realidad, todos hac&iacute;an tiempo hasta que llegara el gran acontecimiento del d&iacute;a. Todo aquello no era sino una manera de caldear el ambiente para el gran momento de la fiesta en que los sacerdotes-astr&oacute;logos predecir&iacute;an mi futuro y se&ntilde;alar&iacute;an el camino que yo habr&iacute;a de tomar en la vida.<br />A medida que atardec&iacute;a se aplacaban las actividades de los invitados.<br />Estaban ya ah&iacute;tos de bebida y comida y dispuestos a escuchar. Cuando las pilas de alimentos disminu&iacute;an, los criados volv&iacute;an a reponerlas; pero todo esto fue par&aacute;ndose. Los acr&oacute;batas, cansados ya, se retiraban uno a uno a las cocinas para poder descansar y beber m&aacute;s jarros de cerveza.<br />Los m&uacute;sicos segu&iacute;an tocando con todo entusiasmo y formaban un ensordecedor estruendo con sus trompetas, c&iacute;mbalos y tambo res. Los p&aacute;jaros que sol&iacute;an refugiarse en nuestro jard&iacute;n hab&iacute;an desaparecido, asustados por aquel ins&oacute;lito estr&eacute;pito. Y no solamente los p&aacute;jaros eran los asustados: los gatos se escondieron no s&eacute; d&oacute;nde desde que aparecieron los primeros invitados.<br />Incluso los gigantescos mastines negros que guardaban nuestra casa se hab&iacute;an dormido. Hab&iacute;an tenido buen cuidado de atiborrarlos de comida para que no estropeasen la fiesta ladrando y mordiendo a la gente.<br />En nuestros amurallados jardines, a medida que oscurec&iacute;a surg&iacute;an chicos jugando como gnomos por entre los &aacute;rboles, balanceando los farolillos encendidos y quemando incienso. Saltaban de rama en rama como p&aacute;jaros.<br />Rodeando la casa hab&iacute;an instalado unos incensarios dorados de los que se elevaban gruesas columnas de humo fragante. Cuidaban de ellos unas viejas que, a la vez, hac&iacute;an girar los molinillos de plegarias -que hacen un ruido de carraca- y que a cada giro env&iacute;an al cielo miles de oraciones.<br />Mi padre se hallaba en un susto continuo. Sus jardines amurallados eran famosos en todo el pa&iacute;s por las car&iacute;simas plantas importadas que conten&iacute;a.<br />En este D&iacute;a Grande, aquello parec&iacute;a un parque zool&oacute;gico sin guardias ni rejas. Pap&aacute; se paseaba nervioso retorci&eacute;ndose las manos y lanzaba leves gemidos de angustia cada vez que un invitado se deten&iacute;a ante una planta y arrancaba tranquilamente una flor. Corr&iacute;an mayor peligro los perales y albaricoqueros y los manzanos enanos. Los &aacute;rboles m&aacute;s grandes -&aacute;lamos, sauces, jun&iacute;peros, abedules y cipreses estaban festoneados con banderitas que llevaban inscritas las plegarias y que flameaban en la leve brisa de la tarde.<br />Por fin se puso el sol tras los distantes picos del Himalaya. De las lamaser&iacute;as nos llegaba el sonido de las trompetas que anunciaban el paso de otro d&iacute;a y por todas partes se encend&iacute;an centenares de lamparillas. Colgaban de las ramas, se balanceaban en los bordes de los aleros, muy salientes, de las casas y otras flotaban sobre las pl&aacute;cidas aguas del lago ornamental.<br />Unas parec&iacute;an sostenidas por las joyas de los lirios acu&aacute;ticos y eran arrastradas hacia los cisnes que buscaban refugio cerca de la isla.<br />Son&oacute; un gong de tono muy grave y todos se dispusieron a contemplar el paso de la procesi&oacute;n. En los jardines hab&iacute;an erigido un amplio estrado con un lado completamente abierto. Dentro hab&iacute;an instalado una alta tarima y, sobre ella, cuatro sillas tibetanas. La procesi&oacute;n se acercaba a esta tribuna.<br />Cuatro criados llevaban verticalmente unos palos con banderas en su extremo superior. Luego aparecieron cuatro trompeteros con trompetas de plata. Sigui&eacute;ndoles iban mi padre y mi madre. Llegados ante la tribuna subieron al estrado. Detr&aacute;s, dos ancianos de una edad incalculable, que hab&iacute;an venido de la lamaser&iacute;a del Or&aacute;culo del Estado, en Nechung y que eran los astr&oacute;logos m&aacute;s sabios del pa&iacute;s. Hab&iacute;an acertado en sus predicciones repetidas veces. La semana anterior los hab&iacute;an llamado para que le hicieran un vaticinio al propio Dalai Lama. Ahora se dispon&iacute;an a hacer lo mismo para un chico de siete a&ntilde;os. Se hab&iacute;an pasado varios d&iacute;as estudiando sus papeles y haciendo c&aacute;lculos. Hab&iacute;an discutido interminablemente sobre trinas, ecl&iacute;pticas, sesquicuadrantes y las influencias opuestas de esto o de lo otro. Ya me ocupar&eacute; de astrolog&iacute;a en otro cap&iacute;tulo.<br />Dos lamas llevaban las anotaciones y cartas de los astr&oacute;logos. Otros dos se adelantaron para ayudar a los ancianos a subir los escalones de la tribuna. Los dos viejos estaban muy juntos, y parec&iacute;an dos antiguos relieves en marfil. Sus deslumbrantes t&uacute;nicas de brocado chino amarillo acentuaban su vejez. Sobre la cabeza llevaban alt&iacute;simo s sombreros sacerdotales, bajo cuyo peso parec&iacute;an hundirse sus arrugad&iacute;simos cuellos.<br />La gente se api&ntilde;&oacute; en torno a la tribuna, sent&aacute;ndose sobre los almohadones que llevaron los criados. Cesaron las charlas, ya que todos estaban pendientes, con enorme expectaci&oacute;n, de la cascada voz del astr&oacute;logo jefe.<br />Este dijo: "Lha dre mi cho-nang-chig" (Dioses, diablos y hombres, todos ellos se conducen de la misma manera), y as&iacute; pod&iacute;an empezar ya a predecir el futuro. Pero a&uacute;n ten&iacute;a que hablar una hora seguida. Luego se concedi&oacute; a s&iacute; mismo diez minutos de descanso, para estarse luego otra hora exponiendo las l&iacute;neas generales del porvenir "Ha-le! Ha-le!" (extraordinario, extraordinario!), exclamaba el p&uacute;blico entusiasmado.<br />Y de aquel prolijo discurso sobre el futuro en general y el de un chico de siete a&ntilde;os en particular, se deduc&iacute;a en resumidas cuentas que yo deb&iacute;a entrar en una lamaser&iacute;a despu&eacute;s de dar una clara prueba de resistencia y que luego me preparar&iacute;an para la carrera de sacerdote-cirujano. Esto significaba sufrir grandes penalidades, abandonar la patria y vivir entre gente extranjera, perderlo todo, empezar de nuevo a cero y quiz&aacute; triunfar a la larga.<br />Paulatinamente fue dispers&aacute;ndose la multitud. Los que hab&iacute;an venido de muy lejos pasar&iacute;an la noche en nuestra casa y se marchar&iacute;an a la ma&ntilde;ana siguiente. Otros part&iacute;an ya con sus s&eacute;quitos y con antorchas. Con mucho caracoleo de caballos, roncos gritos de los criados, &oacute;rdenes e imprecaciones, se fueron formando las comitivas en el patio. De nuevo se abri&oacute; la inmensa puerta y empez&oacute; a salir la gente. Se fueron haciendo m&aacute;s d&eacute;biles a lo lejos el plop-plop de los caballos y la voz de los jinetes hasta que s&oacute;lo hubo silencio en la noche.</p><p>CAP&Iacute;TULO TERCERO.</p><p>&Uacute;LTIMOS D&Iacute;AS EN MI CASA.</p><p>En casa hab&iacute;a a&uacute;n gran actividad. El t&eacute; se consum&iacute;a en cantidades incre&iacute;bles y los alimentos empezaron a desaparecer de nuevo cuando los invitados que se quedaban a pasar la noche creyeron conveniente fortalecerse para el sue&ntilde;o. Todas las habitaciones estaban ocupadas y no hab&iacute;a sitio para m&iacute;. As&iacute;, vagaba yo por mi casa, desconsolado, sin saber qu&eacute; hacer.<br />Cuando encontraba algo por el suelo le daba un puntapi&eacute;, pero ni aun as&iacute; me ven&iacute;a la inspiraci&oacute;n. Nadie se fijaba en m&iacute;. Los invitados estaban cansados y felices, y los criados, cansados e irritables. Me dije: "Los caballos son m&aacute;s sensibles. Me ir&eacute; a dormir con ellos.&rdquo;<br />En las cuadras hab&iacute;a un calorcillo muy agradable. El forraje estaba suave, pero yo no lograba conciliar el sue&ntilde;o. Cada vez que me adormilaba se acercaba alg&uacute;n caballo a olerme o me despertaba un s&uacute;bito ruido de la casa. Poco a poco se fueron callando todos all&aacute; arriba. Me incorpor&eacute; y vi por la ventana c&oacute;mo se iban apagando las luces, una tras otra, hasta no quedar m&aacute;s que la fr&iacute;a luz azul de la luna reflejada vivamente por las mo nta&ntilde;as cubiertas de nieve. Los caballos se hab&iacute;an dormido, unos en pie y otros tumbados de costado. Tambi&eacute;n yo consegu&iacute; dormirme. A la ma&ntilde;ana siguiente me despert&oacute; una sacudida y una voz que me dec&iacute;a: "Lev&aacute;ntate, Martes Lobsang. Tengo que sacar los caballos y me estorbas." As&iacute; que me levant&eacute; y entr&eacute; en la casa en busca de comida. Hab&iacute;a mucho movimiento.<br />Los rezagados se preparaban para partir y mam&aacute; revoloteaba de un grupo a otro para aprovechar bien la charla de &uacute;ltima hora. Mi padre discut&iacute;a con un amigo sobre las mejoras que quer&iacute;a introducir en la casa y en los jardines.<br />Le dec&iacute;a que pensaba importar cristal de la India para encristalar las ventanas. En el T&iacute;bet no hab&iacute;a cristal, y traerlo de la India costaba much&iacute;simo.<br />Las ventanas tibetanas tienen marcos sobre los cuales se extiende un papel encerado y transl&uacute;cido, pero no transparente. Por fuera, las ventanas estaban protegidas por unos gruesos postigos de madera cuya finalidad no era tanto impedir la entrada de los ladrones como evitar la entrada en la casa de la arena arrastrada por los fuertes vientos. Esta arenilla (a veces tambi&eacute;n arrastraba piedrecillas) rasgaba las ventanas de papel no protegidas por postigos. Y tambi&eacute;n causaba ara&ntilde;azos y peque&ntilde;as heridas en caras y manos; as&iacute; que en la &eacute;poca de los vendavales, los viajes resultaban muy peligrosos. La gente de Lhasa sol&iacute;a vigilar temerosa el Pico, y cuando se cubr&iacute;a repentinamente con una neblina negra, todos corr&iacute;an a refugiarse antes de que les azotara este viento cargado de cortante arenilla y grava. Y no s&oacute;lo estaban alerta los seres humanos, sino tambi&eacute;n los animales. No era raro ver a los caballos y a los perros adelantarse a hombres, mujeres y ni&ntilde;os en la precipitada b&uacute;squeda de un refugio. A los gatos nunca los sorprend&iacute;a el vendaval, y en cuanto a los yaks, estaban completamente inmunizados contra ese azote.<br />Cuando se hubo marchado el &uacute;ltimo de los invitados, me llam&oacute; mi padre y me dijo:<br />&mdash;Ve a las tiendas y compra todo lo que necesites. Tzu sabe lo que te hace falta.<br />Pens&eacute; en las cosas que necesitaba: una escudilla de madera para la tsampa, una taza y un rosario. La taza se compondr&iacute;a de tres partes: un pie, la tapa propiamente dicha, y el borde, que hab&iacute;a de ser de plata. El rosario ser&iacute;a de madera con sus ciento ocho cuentas muy bru&ntilde;idas. El n&uacute;mero sagrado ciento ocho indica tambi&eacute;n las cosas que un monje ha de recordar.<br />Partimos, Tzu en su caballo y yo en mi pony. Al salir del patio torc imos a la derecha y luego otra vez a la derecha hasta que salimos del Camino Circular y dejamos atr&aacute;s el Potala. Mir&eacute; al rededor como si viese la ciudad por primera vez. &iexcl;Y es que mucho tem&iacute;a estarla viendo por &uacute;ltima vez!<br />Las tiendas estaban atestadas de ruidosos mercaderes que acababan de llegar a Lhasa. Unos tra&iacute;an t&eacute; de China, y otros telas de la India. Nos abrimos paso por entre la multitud hasta las tiendas que dese&aacute;bamos visitar. A cada momento saludaba Tzu a alg&uacute;n viejo amigo de sus buenos tiempos.<br />Ten&iacute;a que comprarme una t&uacute;nica de color marr&oacute;n rojizo. Deb&iacute;a compr&aacute;rmela de un tama&ntilde;o superior a mi medida y no s&oacute;lo porque estaba creciendo, sino por otro motivo igualmente pr&aacute;ctico. En el T&iacute;bet los hombres llevan una vestidura voluminosa atada estrechamente por la cintura. La parte de arriba se abullona y forma como un bols&oacute;n donde el var&oacute;n tibetano lleva todas las cosas que necesita fuera de casa. Un monje, por ejemplo, lleva la escudilla para la tsampa, una taza, un cuchillo, varios amuletos, un rosario, una bolsita con cebada tostada y, muchas veces, una buena provisi&oacute;n de tsampa. Pero no olviden ustedes que un monje lleva encima todo lo que posee en este mundo. Mis peque&ntilde;as y conmovedoras compras fueron supervisadas severamente por Tzu, que s&oacute;lo me permiti&oacute; adquirir lo imprescindible y, en todo caso, art&iacute;culos de mala calidad, como conven&iacute;a a un "pobre ac&oacute;lito": sandalias con suelas de cuero de yak, una bolsita de cuero para llevar la cebada tostada, una escudilla de madera para la tsampa, una taza de madera -&iexcl;nada de plata con que yo hab&iacute;a so&ntilde;ado!- y un cuchillo corriente. Estos objetos, m&aacute;s un vulgar rosario que yo mismo tendr&iacute;a que pulimentar, constituir&iacute;an mis &uacute;nicas posesiones. Mi padre era varias veces millonario, due&ntilde;o de inmensas fincas en todo el pa&iacute;s, y atesoraba valios&iacute;simas joyas y, desde luego, mucho oro. Yo, mientras me estuviese educando en vida de mi padre, no ser&iacute;a m&aacute;s que un monje pobre. Volv&iacute; a mirar la calle con sus casas de dos pisos y aleros muy salientes. Y tambi&eacute;n volv&iacute; a fijar la atenci&oacute;n en las tiendas que expon&iacute;an sus g&eacute;neros en tenderetes a la puerta:<br />aletas de tibur&oacute;n, sillas de montar y dem&aacute;s cosas tan dispares como &eacute;stas.<br />Escuch&eacute; una vez m&aacute;s la ch&aacute;chara de los mercaderes y de sus clientes, que regateaban con buen talante los precios. Nunca me hab&iacute;a parecido tan atractiva la calle y pens&eacute; en los afortunados que la ve&iacute;an a diario y que seguir&iacute;an vi&eacute;ndola. Unos perros sin due&ntilde;o vagaban por all&iacute; olfateando y salud&aacute;ndose con gru&ntilde;idos, y los caballos relinchaban bajo, como habl&aacute;ndose unos a otros para entenderse, mientras esperaban a sus amos. Los yaks lanzaban sus profundos gemidos mientras se abr&iacute;an paso por entre la gente, por en medio de la calle. Y detr&aacute;s de aquellas ventanas tapadas con papel encerado, &iexcl;cu&aacute;ntos misterios me atra&iacute;an! &iexcl;Cu&aacute;ntos g&eacute;neros maravillosos procedentes de todas las partes del mundo habr&iacute;an entrado por aquellas macizas puertas de madera y qu&eacute; historias contar&iacute;an estas casas si pudiesen hablar!<br />Miraba yo todo esto como se mira a un viejo amigo. No me pasaba por la cabeza que pudiese ver de nuevo estas calles, aunque s&oacute;lo fuera de tarde en tarde. Pens&eacute; en las cosas que me habr&iacute;a gustado haber hecho y en las cosas que habr&iacute;a querido comprar. Pero mi enso&ntilde;aci&oacute;n fue interrumpida tajantemente. Una mano inmensa y amenazadora cay&oacute; sobre m&iacute;, me cogi&oacute; la oreja y me la retorci&oacute; brutalmente mientras que la voz de Tzu gritaba para que todo el mundo pudiese o&iacute;rlo: " Martes Lobsang! Acaso te has dormido en pie? No s&eacute; que os pasa a los chicos de hoy. No eran as&iacute; en mi infancia.&rdquo;<br />A Tzu no parec&iacute;a preocuparle si me dejaba atr&aacute;s sin mi oreja o si le segu&iacute;a al ritmo de sus tirones. Naturalmente, no hab&iacute;a m&aacute;s soluci&oacute;n que irme tras &eacute;l. Todo el camino de regreso fue rezongando y protestando entre dientes contra la generaci&oacute;n actual, gentecilla in&uacute;til que se pasa el tiempo pensando en las musara&ntilde;as, como atontada. Por lo menos, hubo algo que me sali&oacute; bien: cuando tomamos la carretera de Lingkhor, se levant&oacute; un viento muy desagradable, y Tzu, que iba delante de m&iacute;, me proteg&iacute;a con su corpach&oacute;n.<br />En casa, mi madre estuvo examinando las cosas que hab&iacute;amos comprado.<br />Luego me llev&oacute; de visita a las dem&aacute;s casas ilustres de Lhasa para que presentara mis respetos a los notables de la ciudad. Y la verdad es que aquel d&iacute;a no me sent&iacute;a muy respetuoso.<br />A mam&aacute; le encantaba la vida social y el visiteo y disfrut&oacute; mucho en aquella ronda de visitas. Hablaba sin cesar de menudencias y dimes y diretes, mientras yo me aburr&iacute;a inmensamente. A m&iacute; todo aquello me era insoportable, pues no estoy hecho de la madera de los que aguantan a los tontos con absoluta resignaci&oacute;n. Mi &uacute;nico deseo era divertirme un poco, en los pocos d&iacute;as que me quedaban, y&eacute;ndome a lanzar cometas, saltar con mi p&eacute;rtiga, y disparar con el arco. En cambio, me ve&iacute;a obligado a dejarme exhibir como un yak premiado para que me dijeran estupideces todas aquellas ancianas que no ten&iacute;an m&aacute;s que hacer en todo el d&iacute;a que estarse sentadas en sus almohadas de seda y llamar a una criada cada vez que les hac&iacute;a falta la cosa m&aacute;s insignificante.<br />Pero no fue s&oacute;lo mi madre la que me fastidi&oacute;. Pap&aacute; ten&iacute;a que vis itar la lamaser&iacute;a de Drebung y me llev&oacute; para que la conociese. Drebung es la mayor lamaser&iacute;a del mundo con sus diez mil monjes, sus enormes templos, sus casitas de piedra y los edificios con terrazas que se elevan escalonadamente.<br />Esta comunidad era como una ciudad amurallada y, como toda buena ciudad, se manten&iacute;a a s&iacute; misma. Drebung significa "mont&oacute;n de arroz" y desde lejos parece, efectivamente, un mont&oacute;n de arroz. Sus torres y c&uacute;pulas brillan extraordinariamente. En aquella ocasi&oacute;n no me hallaba yo en condiciones de apreciar la belleza arquitect&oacute;nica: lo &uacute;nico que me preocupaba era estar perdiendo lastimosamente el poco tiempo de que dispon&iacute;a, un tiempo precioso.<br />Mi padre conversaba con el abad y sus ayudantes mientras yo vagaba desconsolado de un lado a otro. Tembl&eacute; de espanto cuando vi c&oacute;mo trataban a algunos novicios de los m&aacute;s peque&ntilde;os. El Mont&oacute;n de Arroz era, en realidad, no una sola lamaser&iacute;a, sino siete reunidas; siete &oacute;rdenes distintas, siete colegios independientes que se hab&iacute;an agrupado. Era tan inmensa que no bastaba con un solo hombre para regirla. La gobernaban catorce abades, que por cierto eran de una riguros&iacute;sima severidad en cuanto a la disciplina.<br />Me alegr&eacute; cuando este "agradable pase&iacute;to por la soleada llanura" -y cito palabras de mi padre- se acab&oacute; por fin, pero a&uacute;n m&aacute;s me alegr&oacute; saber que no me destinar&iacute;an a Drebung, ni a Sera, que est&aacute; a cuatro kil&oacute;metros y me dio al norte de Lhasa.<br />Por fin termin&oacute; la semana. Me quitaron las cometas y las regalaron a otros ni&ntilde;os; mis arcos y mis flechas tan lindamente adornados con plumas fueron partidos en un acto simb&oacute;lico para indicar con ello que yo hab&iacute;a dejado de ser ni&ntilde;o y no era propio que perdiera el tiempo con esos juegos.<br />Sent&iacute; que a la vez me part&iacute;an el coraz&oacute;n, pero a nadie pareci&oacute; importarle.<br />Por la noche envi&oacute; mi padre a buscarme. Acud&iacute; a su despacho, una habitaci&oacute;n maravillosamente adornada y con muchos libros antiguos y valiosos en las estanter&iacute;as que llenaban las paredes. Pap&aacute; se sent&oacute; a un lado del altar principal de la casa que, correspond&iacute;a, estaba en su habitaci&oacute;n, y me orden&oacute; que me arrodillase ante &eacute;l. As&iacute; empezaba la ceremonia llamada de la Apertura del Libro. En este descomunal volumen, apaisado (de un metro de anchura por unos veinticinco cent&iacute;metros de altura) se hallaban consignados todos los detalles de la historia de nuestra familia durante muchos siglos. All&iacute; constaban los nombres de los fundadores de nuestro linaje y los hechos que les ha b&iacute;an valido ascender a la categor&iacute;a de nobles. Tambi&eacute;n pod&iacute;an leerse en sus p&aacute;ginas los servicios que hab&iacute;a prestado mi familia a nuestro pa&iacute;s y a nuestro Gu&iacute;a. En aquellas p&aacute;ginas tan viejas y amarillentas se encerraba una viva lecci&oacute;n de historia. Ahora, por segunda vez, se abr&iacute;a el Libro para algo que me concern&iacute;a directamente. La primera vez fue cuando hubo que inscribir mi concepci&oacute;n y mi nacimiento, al ocurrir este &uacute;ltimo. All&iacute; estaban todos los detalles de que se hab&iacute;an valido los astr&oacute;logos para sus predicciones. Ahora ten&iacute;a que firmar yo el Libro, ya que ma&ntilde;ana empezaba para m&iacute; una nueva vida al ingresar en la lamaser&iacute;a.<br />Las tapas, de madera art&iacute;sticamente labrada, volvieron a cerrarse. Mi padre cerr&oacute; solemnemente los broches de oro que aprisionaban las gruesas hojas de papel de jun&iacute;pero hechas mano. El libro era tan pesado que incluso mi padre vacil&oacute; un poco al levantarlo para volverlo a colocar en el cofre de oro donde lo guardaba. Con toda reverencia introdujo el cofre en el peque&ntilde;o foso de piedra que hab&iacute;a debajo del altar. Calent&oacute; cera en un peque&ntilde;o brasero de plata, la verti&oacute; sobre los bordes de piedra e impuso en ella su sello para tener la seguridad de que el libro no ser&iacute;a tocado por nadie.<br />Se volvi&oacute; hacia m&iacute; y se instal&oacute; c&oacute;modamente sobre unos almohadones.<br />Toc&oacute; el gong y al instante apareci&oacute; un criado que te n&iacute;a ya preparado el t&eacute;. Despu&eacute;s de un largo silencio, me cont&oacute; mi padre la historia secreta del T&iacute;bet, la historia que se remonta a miles y miles de a&ntilde;os, la historia que ya era muy antigua cuando se produjo la Inundaci&oacute;n. Me cont&oacute; lo que hab&iacute;a sucedido cuando todo el T&iacute;bet fue barrido por un mar antiguo y que esto no era una invenci&oacute;n sino un hecho real que hab&iacute;a sido confirmado por las excavaciones. "Incluso ahora -me dijo-, cualquiera que excave cerca de Lhasa podr&aacute; sacar a luz f&oacute;siles marinos y extra&ntilde;as conchas." Adem&aacute;s, se han encontrado artefactos de metales desconocidos y de los que no pod&iacute;a saberse para qu&eacute; sirvieron. A veces los monjes que visitaban ciertas cuevas en estedistrito descubr&iacute;an objetos y se los llevaban a mi padre. Me en se&ntilde;&oacute; algunos. Luego cambi&oacute; de tono:<br />&mdash;La Ley ordena que a los hijos de familias nobles se les imponga la mayor austeridad, mientras que a los de clase baja se les tendr&aacute; compasi&oacute;n.<br />Pasar&aacute;s por duras pruebas antes de que se te permita ingresar en la lamaser&iacute;a.<br />Me insisti&oacute; en la absoluta necesidad de obedecer todas las &oacute;rdenes que me dieran. Sus &uacute;ltimas instrucciones no eran precisamente las m&aacute;s apropiadas para tranquilizarme. Dijo:<br />&mdash;Hijo m&iacute;o, crees que soy duro y que no me preocupa lo que puedas sufrir, pero no olvides que mi primera preocupaci&oacute;n es mantener limpio el nombre de nuestra familia. Por eso te digo: si fracasas en esta prueba a que has de someterte para ingresar en la lamaser&iacute;a, no vuelvas a esta casa. Ser&aacute;s un extra&ntilde;o para nosotros.<br />Y sin pronunciar una palabra m&aacute;s me despidi&oacute; con un ges to.<br />A primera hora de la tarde me desped&iacute; de mi hermana Yaso. Se emocion&oacute; mucho. &iexcl;Hab&iacute;amos jugado tanto juntos! Y no ten&iacute;a m&aacute;s que nueve a&ntilde;os, mientras que yo cumplir&iacute;a siete al d&iacute;a siguiente.<br />A mi madre no pude verla. Se hab&iacute;a acostado y ni siquiera pude decirle adi&oacute;s. Entr&eacute; en mi habitaci&oacute;n por &uacute;ltima vez y arregl&eacute; los almohadones que formaban mi cama. Me acost&eacute;, pero no pude dormir. Me pas&eacute; mucho tiempo pensando en las cosas que me hab&iacute;a dicho mi padre. Pens&eacute; en lo mucho que le molestaban los ni&ntilde;os a pap&aacute;. Me espantaba la idea de que al d&iacute;a siguiente tendr&iacute;a que dormir por primera vez fuera de mi casa. Paulatinamente fue cruzando la luna el cielo. Un p&aacute;jaro nocturno se pos&oacute; en el alf&eacute;izar de la ventana. Desde el tejado me llegaba el flap-flap de los banderines de las preces que el viento bat&iacute;a. Por fin me qued&eacute; dormido, pero en cuanto los primeros rayos del sol sustituyeron a la luz de la luna me despert&oacute; un criado que me tra&iacute;a una escudilla de tsampa y una taza de t&eacute; con manteca.<br />Mientras me tomaba este sobrio des ayuno, Tzu entr&oacute; en mi cuarto y me dijo:<br />&mdash;Bueno, muchacho; nuestros caminos van a separarse. Estoy muy contento porque por fin podr&eacute; dedicarme a mis caballos. Espero que te las arreglar&aacute;s bien. Recuerda todo lo que te he ense&ntilde;ado.<br />Y, sin m&aacute;s, dio la vuelta y sali&oacute; de la habitaci&oacute;n.<br />Aunque entonces no pod&iacute;a yo comprenderlo, este sistema es el mejor.<br />Las despedidas emotivas me habr&iacute;an hecho mucho m&aacute;s di f&iacute;cil salir de casa por primera vez y para siempre, como pensaba yo por entonces. Si mam&aacute; hubiera salido para despedirme es indudable que habr&iacute;a yo hecho todo lo posible para convencerla para que no me dejara partir de casa. Muchos ni&ntilde;os tibetanos llevan vidas muy tranquilas y agradables, mientras que la m&iacute;a era de lo m&aacute;s dura; y m&aacute;s adelante pude enterarme de que la falta de despedidas la hab&iacute;a ordenado mi padre para hacerme inculcar desde muy pe que&ntilde;o la disciplina, el sacrificio y la firmeza.<br />Termin&eacute; el desayuno, me guard&eacute; la escudilla de tsampa y la taza en la parte delantera superior de mi t&uacute;nica e hice un paquete con una t&uacute;nica de repuesto y un par de botas de fieltro. Cuando sal&iacute; de mi habitaci&oacute;n me esperaba un criado encargado de advertirme que no deb&iacute;a hacer ruido para no despertar a la gente de la casa. Recorr&iacute; el pasillo. Me abrieron la puerta. El falso amanecer hab&iacute;a sido sustituido por la oscuridad que precede a la verdadera alba. Ya estaba en la calle. De este modo sal&iacute; de mi casa, solo, asustado, con el coraz&oacute;n oprimido.</p><p>CAP&Iacute;TULO CUARTO.</p><p>A LAS PUERTAS DEL TEMPLO.</p><p><br />La carretera conduc&iacute;a directamente a la lamaser&iacute;a de Chakpori, el Templo de la Medicina Tibetana. &iexcl;Qu&eacute; dura escuela hab&iacute;a de ser &eacute;sta! Anduve aquellos kil&oacute;metros mientras la luz del d&iacute;a se hac&iacute;a m&aacute;s intensa. A la puerta del recinto exterior encontr&eacute; a otros dos ni&ntilde;os que tambi&eacute;n ped&iacute;an entrada. Nos miramos con curiosidad y me atrevo a asegurar que a ninguno de nosotros le preocup&oacute; mucho lo que vio en los otros dos. Pens&aacute;bamos que ten&iacute;amos que ser sociables si quer&iacute;amos aliviar en algo la dureza del tratamiento a que nos someter&iacute;an.<br />Estuvimos alg&uacute;n tiempo llamando a la puerta t&iacute;midamente, pero nadie respondi&oacute;. Entonces uno de los otros dos se agach&oacute;, cogi&oacute; una piedra de buen tama&ntilde;o y la arroj&oacute; con fuerza. Hizo el suficiente ruido para que se presentara en seguida un monje blandiendo un bast&oacute;n que nuestro espanto ve&iacute;a tan largo como un arbolillo.<br />&mdash; &iquest;Qu&eacute; quer&eacute;is, diablejos? -exclam&oacute; -. &iquest;Acaso cre&eacute;is que no tengo nada que hacer sino abrir la puerta a unos cr&iacute;os como vosotros?<br />&mdash;Queremos ser monjes -repliqu&eacute;.<br />&mdash;M&aacute;s me parec&eacute;is unos monos que unos monjes. Bueno, esperad aqu&iacute; y no os mov&aacute;is. El Maestro de los Ac&oacute;litos os ver&aacute; cuando pueda.<br />Cerr&oacute; de un portazo y casi deja en el sitio a uno de los chicos que se hab&iacute;a acercado imprudentemente. Nos sentamos en el suelo, cansados. La gente entraba y sal&iacute;a del monasterio. Nos llegaba un agradable olor a comida a trav&eacute;s de un ventanuco produci&eacute;ndonos un verdadero suplicio, ya que ten&iacute;amos un hambre terrible. Por fin se abri&oacute; la puerta con violencia y un hombre alto y de extremada delgadez apareci&oacute; en el umbral.<br />&mdash;&iexcl;Vamos a ver &mdash;rugi&oacute;&mdash; qu&eacute; quieren estos miserables vagabundos!<br />&mdash;Queremos ser monjes &mdash;dijimos a coro.<br />&mdash;&iexcl;Qu&eacute; pena! &mdash;exclam&oacute;&mdash;. &iexcl;Qu&eacute; basura nos mandan ahora!<br />Nos hizo se&ntilde;al de que entr&aacute;semos en el recinto amurallado que formaba el per&iacute;metro de la lamaser&iacute;a. Nos pregunt&oacute; qui&eacute;nes &eacute;ramos y por qu&eacute; &iacute;bamos all&iacute;. Comprendimos sin dificultad que no nos daba la menor importancia.<br />A uno de mis compa&ntilde;eros, hijo de un pastor, le dijo:<br />&mdash;Entra, y si sales bien de tus pruebas podr&aacute;s quedarte.<br />Y al otro:<br />&mdash;Y t&uacute;, chico, &iquest;dijiste que eras hijo de un carnicero? &iquest;Un cortador de carne? &iquest;Un transgresor de las leyes de Buda? &iquest;Y te atreves a pisar este suelo?<br />M&aacute;rchate corriendo si no quieres que vaya detr&aacute;s de ti d&aacute;ndote latigazos por todo el camino.<br />El desgraciado olvid&oacute; su cansancio y sali&oacute; disparado mientras el mo nje le segu&iacute;a amenazando. Sus pies apenas tocaban el suelo.<br />Me qued&eacute; solo. Mal empezaba mi s&eacute;ptimo aniversario. El monje me mir&oacute; feroz y casi estuve a punto de desmayarme de puro miedo. Levant&oacute; su bast&oacute;n como para pegarme.<br />&mdash;Y t&uacute;, &iquest;qu&eacute; me has dicho que eres...? &iexcl;Aj&aacute;, un joven pr&iacute;ncipe que quiere entrar en religi&oacute;n! Primero tenemos que ver de qu&eacute; madera est&aacute;s hecho. Aqu&iacute; no hay sitio para los pr&iacute;ncipes enclenques y mimados. Ahora mis mo vas a dar cuarenta pasos hacia atr&aacute;s y te sentar&aacute;s en actitud contemplativa hasta que yo te avise. Pero, &oacute;yeme bien: no mover&aacute;s ni siquiera los p&aacute;rpados.<br />Pronunciadas estas sobrecogedoras palabras, se volvi&oacute; bruscamente y se march&oacute;. Con gran tristeza recog&iacute; mi paquetito y anduve cuarenta pasos de espaldas. Me arrodill&eacute; y luego me sent&eacute; con las piernas cruzadas como me hab&iacute;an ordenado. As&iacute; me pas&eacute; todo el d&iacute;a, absolutamente inm&oacute;vil. El viento me azotaba formando montoncitos de tierra en las palmas de mis manos, que manten&iacute;a vueltas hacia arriba. La tierra, adem&aacute;s, se apilaba sobre mis hombros y se met&iacute;a entre mis cabellos. Cuando el sol empez&oacute; a ponerse, el hambre me torturaba ya de un modo insoportable y la sed me resecaba la garganta. Desde el amanecer no hab&iacute;a probado alimento ni bebida.<br />Con gran frecuencia pasaban monjes que ni siquiera me miraban. Los perros vagabundos se paraban a olisquearme con curiosidad, pero todos se marchaban sin molestarme. Pas&oacute; un grupo de ni&ntilde;os y uno de ellos me arroj&oacute; una piedra que me dio en un lado de la cabeza caus&aacute;ndome una herida.<br />Me brot&oacute; la sangre, pero ni siquiera me mov&iacute;. La idea de un fracaso me espantaba.<br />Porque si fracasaba en esta prueba mi padre no me dejar&iacute;a entrar m&aacute;s en casa y no ten&iacute;a ad&oacute;nde ir ni hubiera sabido qu&eacute; hacer para ganarme la vida. As&iacute; que no ten&iacute;a m&aacute;s remedio que permanecer inm&oacute;vil como una estatua, con todo el cuerpo dolorido y con las articulaciones anquilosadas.<br />El sol se escondi&oacute; detr&aacute;s de las monta&ntilde;as y el cielo se oscureci&oacute;. Empezaron a brillar estrellas en la negrura del cielo, y a trav&eacute;s de las ventanas de la lamaser&iacute;a vi como se encend&iacute;an miles de lamparillas. Soplaba un viento helado que silbaba en las hojas de los sauces y empezaron a rodearme todos estos misteriosos sonidos que forman la extra&ntilde;a m&uacute;sica de la noche.<br />Continu&eacute; inm&oacute;vil y no s&oacute;lo por el miedo que ten&iacute;a a moverme y a las consecuencias de un fracaso, sino porque estaba ya tan anquilosado que no pod&iacute;a moverme. Por fin o&iacute; el suave ruido de las sandalias de los monjes que se acercaban por el sendero enarenado. Luego comprend&iacute; que eran los pasos de un solo hombre, de un anciano que avanzaba a tientas por la oscuridad arrastrando los pies. Apareci&oacute; ante m&iacute; una silueta, la de un anciano monje retorcido como un &aacute;rbol muy viejo. Le temblaban las manos, cosa que me preocup&oacute; porque estaba derramando el t&eacute; que me tra&iacute;a. En la otra mano llevaba una escudilla de tsampa. Me entreg&oacute; las dos cosas. Al principio no pude moverme para cogerlas. Adivin&aacute;ndome el pensamiento, dijo:<br />&mdash;T&oacute;mate esto, hijo m&iacute;o, porque durante las horas de oscuridad se te permite que te muevas.<br />Beb&iacute; el t&eacute; y pas&eacute; la tsampa a mi propia escudilla. El monje sigui&oacute; habl&aacute;ndome:<br />&mdash;Ahora duerme, pero en cuanto lance el sol sus primeros rayos vuelve a tomar la misma posici&oacute;n porque es ta es una prueba, hijo m&iacute;o, y no la caprichosa crueldad que puedes creer. Solamente aquellos que triunfen en esta prueba podr&aacute;n ingresar en nuestra Orden y aspirar a sus m&aacute;s elevados puestos.<br />El anciano recogi&oacute; la taza y la escudilla y se march&oacute;. Me puse en pie y estir&eacute; las piernas; luego me ech&eacute; de lado y acab&eacute; de comerme la tsampa.<br />Estaba cansad&iacute;simo. Me apresur&eacute; a buscar una depresi&oacute;n del suelo para acomodar en ella la cadera y, colocando debajo de la cabeza como almohada mi t&uacute;nica de repuesto enrollada, intent&eacute; dormirme.<br />Mis siete a&ntilde;os no hab&iacute;an sido f&aacute;ciles. Ni por un solo momento dej&oacute; mi padre de aplicarme las normas m&aacute;s f&eacute;rreas, pero a&uacute;n as&iacute;, &eacute;sta era la primera noche que pasaba fuera de casa y hab&iacute;a permanecido el d&iacute;a entero inm&oacute;vil, hambriento, con una sed terrible. Todo hab&iacute;a de parecerme forzosamente agradable en contraste con estas penalidades. No ten&iacute;a idea de lo que pudiera traerme el d&iacute;a siguiente, ni qu&eacute; m&aacute;s exigir&iacute;an de m&iacute;. Ahora ten&iacute;a que dormirme solo bajo un cielo fr&iacute;o, aterrorizado por las tinieblas y angustiado por el futuro inmediato.<br />Me parec&iacute;a que acababa de cerrar los ojos cuando me despert&oacute; el toque de una trompeta. Al abrir los ojos vi que era el falso amanecer con la primera luz del ya cercano d&iacute;a reflejada en el cielo por detr&aacute;s de las monta&ntilde;as.<br />Sobresaltado, me incorpor&eacute; y volv&iacute; a adoptar la actitud contemplativa sentado con las piernas cruzadas. Poco a poco fue anim&aacute;ndose el monasterio.<br />Poco antes ten&iacute;a el aspecto de una ciudad dormida, una masa inerte.<br />Luego empez&oacute; a respirar suavemente y a agitarse con peque&ntilde;os movimientos como cuando una persona se despierta. Minutos despu&eacute;s era ya un murmullo que se fue transformando en un fuerte zumbido como el de un enjambre de abejas en el calor del verano. De vez en cuando se o&iacute;a alguna trompeta, como el chillido de un p&aacute;jaro distante, o sonaba el bajo ronquido de una caracola que me recordaba a las ranas llam&aacute;ndose unas a otras en el pantano. Al aumentar la claridad vi pasar grupos de cabezas afeitadas, por detr&aacute;s de las abiertas ventanas, aquellas ventanas que a la luz del crep&uacute;sculo matutino parec&iacute;an las cuencas vac&iacute;as de una monda calavera.<br />A medida que el d&iacute;a avanzaba se me iban poniendo r&iacute;gidas las articulaciones, pero no me atrev&iacute;a a moverme. Luchaba denodadamente contra el sue&ntilde;o, porque si me mov&iacute;a y fracasaba en mi prueba, no tendr&iacute;a ad&oacute;nde ir ni de qu&eacute; vivir. Mi padre hab&iacute;a dicho bien claro que si no me aceptaban en la lamaser&iacute;a, tampoco me admitir&iacute;a &eacute;l en casa. Peque&ntilde;os grupos de monjes sal&iacute;an de los diversos edificios dirigi&eacute;ndose a cumplir con sus misteriosas funciones. Pasaban ni&ntilde;os que a veces me lanzaban pu&ntilde;ados de tierra y piedrecitas o me insultaban groseramente. Pero mi inmovilidad acababa cans&aacute;ndolos y se alejaban. Otra vez, al anochecer, empezaron a encenderse las l&aacute;mparas y de nuevo vi aparecer las estrellas, ya que la luna se levantaba tarde. Sol&iacute;amos decir que en esos d&iacute;as la luna era joven y no pod&iacute;a viajar con rapidez.<br />Un nuevo temor aumentaba mis sufrimientos: &iquest;me habr&iacute;an olvidado?<br />&iquest;Era una nueva prueba, la de que me pasara sin t&eacute; ni tsampa m&aacute;s de un d&iacute;a?<br />Hac&iacute;a m&aacute;s de veinticuatro horas que no hab&iacute;a probado alimento alguno y ni una sola gota de l&iacute;quido. De pronto algo despert&oacute; en m&iacute; la esperanza y tuve que contenerme para no ponerme de pie de un salto. Sonaba un ruido por el sendero, como de pasos. Pero pronto vi que era un enorme mast&iacute;n negro que arrastraba algo. Ni siquiera se fij&oacute; en m&iacute;, sino que continu&oacute; con su misi&oacute;n nocturna. Se me hundi&oacute; la poca esperanza que ten&iacute;a. Estaba a punto de llorar. Me repet&iacute;a continuamente a m&iacute; mismo que esa debilidad la ten&iacute;an s&oacute;lo las ni&ntilde;as y las mujeres.<br />Por fin o&iacute; claramente que se acercaba el anciano monje. Esta vez me trat&oacute; a&uacute;n con m&aacute;s benevolencia.<br />&mdash;Aqu&iacute; tienes comida y bebida, hijo m&iacute;o, pero todav&iacute;a no ha llegado el final. A&uacute;n te queda ma&ntilde;ana y haz todo lo posible por no moverte, pues la mayor&iacute;a fracasan en el &uacute;ltimo instante.<br />Con estas palabras se volvi&oacute; y se alej&oacute;. Mientras me hablaba me beb&iacute; el t&eacute; y com&iacute; la tsampa que hab&iacute;a pasado a mi escudilla. Despu&eacute;s me tumb&eacute; tan inc&oacute;modamente como la noche anterior y d&aacute;ndole vueltas en mi cabeza a todo aquello, en mi insomnio llegu&eacute; a la conclusi&oacute;n de que era una gran injusticia que me obligasen a sufrir tanto, ya que no deseaba en absoluto ser monje de ninguna secta. Me hab&iacute;an colocado en una situaci&oacute;n en que me era tan dif&iacute;cil elegir como un animal de carga al que hacen pasar por una estrecha senda al borde de un precipicio. Por fin me dorm&iacute;.<br />Al d&iacute;a siguiente, que era el tercero, y mientras persist&iacute;a en mi inmovilidad contemplativa, not&eacute; que hab&iacute;a aumentado mi debilidad hasta el punto de sentir mareos. Los edificios que ten&iacute;a ante m&iacute; flotaban en una neblina en que se mezclaban las ventanas, los colores, las monta&ntilde;as y los monjes. Con un tremendo esfuerzo pude superar este ataque de v&eacute;rtigo. Me aterraba la perspectiva de un fracaso despu&eacute;s de lo mucho que hab&iacute;a resistido. El suelo pedregoso en que estaba sentado me parec&iacute;a lleno de cuchillos que me destrozaban la parte m&aacute;s delicada de mi piel. En uno de los escasos momentos de buen humor (fomentados por m&iacute; conscientemente para darme &aacute;nimos) pens&eacute; en la gran suerte que hab&iacute;a tenido de no ser una gallina, incubando huevos, porque entonces tendr&iacute;a que haberme pasado mucho m&aacute;s tiempo sentado de aquel modo.<br />Me parec&iacute;a que el sol no se mov&iacute;a; el d&iacute;a era interminable, pero lleg&oacute; por fin el crep&uacute;sculo. El viento de la tarde jugaba con una pluma que cerca de m&iacute; hab&iacute;a dejado caer un p&aacute;jaro. Una vez m&aacute;s empezaron a encenderse las lucecitas, una tras otra, en las ventanas. &laquo;Ojal&aacute; muera esta noche &mdash; pens&eacute;&mdash;; porque esto no podr&eacute; seguir resisti&eacute;ndolo.&raquo; Y en aquel preciso instante apareci&oacute; ante m&iacute; el Maestro de los Ac&oacute;litos.<br />&mdash;&iexcl;Ven muchacho! &mdash;me dijo. Intent&eacute; levantarme, pero s&oacute;lo consegu&iacute; caerme de bruces, de cara al suelo&mdash;. &iexcl;Muchacho, si quieres descansar, te pasar&aacute;s ah&iacute; otra noche! No puedo esperar m&aacute;s.<br />Me apresur&eacute; a coger mi paquete y consegu&iacute; dar unos pasos vacilantes hacia el Maestro de los Ac&oacute;litos.<br />&mdash;Entra &mdash;me dijo&mdash;. Atiende al servicio nocturno, y ya me ver&aacute;s por la ma&ntilde;ana.<br />Dentro hac&iacute;a una temperatura agradable y el olor del incienso me reconfortaba.<br />Mis sentidos, aguzados por el hambre, me indicaban que hab&iacute;a comida cerca; de modo que segu&iacute; a un numeroso grupo de monjes que se dirig&iacute;a hacia la derecha. As&iacute; llegu&eacute; hasta la comida: tsampa y t&eacute; con manteca.<br />Me abr&iacute; paso hasta la primera fila, como si ya tuviera toda una vida de pr&aacute;ctica. Los monjes trataban de agarrarme por la coleta, pero fallaban y no consiguieron impedir que me colase por entre sus piernas. La comida t iraba de m&iacute; con una fuerza irresistible.<br />En cuanto com&iacute; un poco me sent&iacute; algo mejor y segu&iacute; a los monjes, que se dirig&iacute;an al templo para el servicio nocturno. Me encontraba demasiado cansado para saber lo que hac&iacute;a, pero nadie se fij&oacute; en m&iacute;. Cuando se alejaron los monjes me ech&eacute; detr&aacute;s de una columna gigantesca y all&iacute;, sobre el suelo de piedra y con mi l&iacute;o debajo dela cabaeza, me qued&eacute; profundamente dormido.<br />Un estampido horroroso, como si me hubiera estallado la cabeza, y un griter&iacute;o.<br />&mdash;&iquest;Un chico nuevo, es un hijo de nobles! &iexcl;Vamos a colgarlo! Uno de los ac&oacute;litos agitaba como una bandera la t&uacute;nica que me hab&iacute;a quitado de debajo de la cabeza y otro ten&iacute;a mis botas de fieltro. Me tiraron a la cara unos pu&ntilde;ados de tsampa. No qued&oacute; uno de ellos que no me atizara pu&ntilde;etazos y patadas a granel, pero no me resist&iacute;, creyendo que aquello ser&iacute;a una nueva prueba para ver si obedec&iacute;a la decimosexta de las Leyes que ordenaba:<br />&laquo;Soporta los sufrimientos y las desgracias con paciencia y humildad.&raquo; De pronto se oy&oacute; un potente grito y esta pregunta:<br />&mdash;&iquest;Qu&eacute; pasa ah&iacute;?<br />Los chicos murmuraron, aterrados:<br />&mdash;&iquest;Es el viejo Sacudehuesos, que est&aacute; de ronda!<br />Mientras me quitaban la tsampa de los ojos, se me acerc&oacute; el Maestro de los Ac&oacute;litos y me hizo levantar tir&aacute;ndome de la coleta:<br />&mdash; &iexcl;Cobarde! &iquest;Y t&uacute; eres el que quiere ser uno de nuestros futuros dirigentes?<br />&iexcl;Bah, toma, para que aprendas! &mdash;Y me atiz&oacute; una serie de golpes infinitamente m&aacute;s dolorosos que los que acababan de darme los ac&oacute;litos&mdash;.<br />&iexcl;Desgraciado, cobard&oacute;n; ni siquiera intentas defenderte!<br />Aquella paliza no ten&iacute;a trazas de acabarse. Record&eacute; las palabras del viejo Tzu cuando se despidi&oacute; de m&iacute;: &ldquo;(Recuerda todo lo que te he ense&ntilde;ado&rdquo;<br />Inmediatamente y casi sin saber lo que hac&iacute;a le apliqu&eacute; al monje una peque&ntilde;a presi&oacute;n que Tzu me hab&iacute;a ense&ntilde;ado. El Maestro, cogido por sorpresa, lanz&oacute; un grito de dolor y pasando por encima de mi cabeza cay&oacute; de bruces contra el suelo de piedra, despellej&aacute;ndose la nariz mientras se deslizaba, hasta que le inmoviliz&oacute; el choque de su cabeza con una columna de piedra. Se oy&oacute; claramente este ruido: jonk. &laquo;Ahora s&iacute; que me matan &mdash; pens&eacute;&mdash;; ya se acabaron todas mis preocupaciones.&rdquo;<br />Parec&iacute;a como si todo el mundo se hubiera inmovilizado. Los dem&aacute;s chicos conten&iacute;an la respiraci&oacute;n, horrorizados. El huesudo monje se levant&oacute; por fin. Su alta estatura parec&iacute;a a&uacute;n m&aacute;s imponente. Le brotaba sangre de la nariz. Pero, con gran asombro por mi parte, sus rugidos eran ahora de risa:<br />&mdash;&iquest;Qui&eacute;n eres t&uacute;, jovencito: un gallito de pelea o una rata acorralada?<br />Eso es lo que vamos a averiguar.<br />Se volvi&oacute; hacia el grupo de los chicos y se&ntilde;alando a un muchacho de catorce a&ntilde;os, alto y desgarbado, le dijo:<br />&mdash;T&uacute;, Ngawang, que eres el gran mat&oacute;n de esta lamaser&iacute;a, procura demostrar que el hijo de un carretero vale m&aacute;s que el hijo de un pr&iacute;ncipe cuando se trata de luchar.<br />Por primera vez me sent&iacute; agradecido a Tzu, el viejo monje- polic&iacute;a. En los d&iacute;as de su juventud hab&iacute;a sido campe&oacute;n de judo de Kham. 1 Me hab&iacute;a ense&ntilde;ado, como &eacute;l dec&iacute;a, &ldquo;todo lo que sab&iacute;a&rdquo;. Hab&iacute;a tenido yo que luchar con hombres adultos y puedo asegurar que en esta cient&iacute;fica lucha, en que no cuentan la fuerza ni la edad, hab&iacute;a llegado a ser uno de los mejores.<br />Ahora, al saber que todo mi futuro depend&iacute;a del resultado de esta lucha, me sent&iacute;a muy seguro de m&iacute; mismo.<br />Ngawang era un muchacho fuerte, pero de movimientos muy desgarbados.<br />Comprend&iacute; en seguida que estaba acostumbrado a luchar de un modo directo para sacarle el mayor partido posible a su fuerza f&iacute;sica. Se lanz&oacute; contra m&iacute; intentando inmovilizarme. Pero gracias a Tzu y al entrenamiento a que me hab&iacute;a sometido, sab&iacute;a muy bien qu&eacute; hacer. En el momento en que Ngawang lleg&oacute; a donde yo estaba, me apart&eacute; un poco y le retorc&iacute; ligeramente el brazo. Entonces se resbal&oacute;, dio media vuelta y acab&oacute; cayendo de cabeza. Estuvo unos minutos gimiendo en el suelo, pero en seguida se levant&oacute; de un salto y se lanz&oacute; de nuevo contra m&iacute;. A la vez que &eacute;l hac&iacute;a este movimiento, me tiraba yo al suelo y le retorc&iacute;a una pierna. Esta vez cay&oacute; sobre su hombro izquierdo. Pero tampoco esta vez se dio por vencido. Tras unos pasos vacilantes salt&oacute; hacia un lado, agarr&oacute; un pesado incensario y empez&oacute; a imprimirle velocidad, agarr&aacute;ndolo por las cadenas. Esta arma es de dif&iacute;cil manejo; demasiado pesada y muy f&aacute;cil de evitar. Mientras &eacute;l se dispon&iacute;a a arrojarme el incensario corr&iacute; a meterme debajo de sus brazos y le apret&eacute; levemente con un dedo en la base del cuello, tal como Tzu me hab&iacute;a ense&ntilde;ado. El efecto fue fulminante. Como una roca desde lo alto de una monta&ntilde;a cay&oacute; Ngawang despu&eacute;s de haber soltado el incensario, que estuvo a punto de matar a algunos de los monjes y chicos que contemplaban la pelea.<br />Mi rival se pas&oacute; casi media hora en absoluta inconsciencia. El &ldquo;toque&rdquo;<br />especial que yo le hab&iacute;a aplicado se usa frecuentemente para liberar del cuerpo al esp&iacute;ritu y facilitarle un buen viaje astral y para otros fines semejantes.<br />1 El sistema tibetano es diferente y m&aacute;s avanzado de loqueen el mundo suele conocerse por ajudo&raquo;; pero lo llamo as&iacute; en este libro porque ci nombre tibetano nada significa para los lectores occidentales.<br />El Maestro de los Ac&oacute;litos se me acerc&oacute;, me dio una palmada en la espalda que casi me tir&oacute; al suelo e hizo esta afirmaci&oacute;n que casi parec&iacute;a una contradicci&oacute;n:<br />&mdash;Ni&ntilde;o, eres un hombre.<br />A esto repliqu&eacute; con unas palabras que podr&iacute;an haber parecido desvergonzadas:<br />&mdash;Entonces, &iquest;tengo derecho a comer algo, se&ntilde;or? Apenas he comido en estos &uacute;ltimos d&iacute;as.<br />&mdash;Hijo m&iacute;o, come y bebe cuanto quieras y luego le dir&aacute;s a cualquiera de &eacute;stos, pues a partir de ahora eres el jefe de ellos, que te lleve adonde yo estoy.<br />El anciano monje que me hab&iacute;a dado de comer y beber durante mi prueba vino a hablarme:<br />&mdash;Hijo m&iacute;o, has hecho muy bien d&aacute;ndole su merecido a NgaWang, que era el mat&oacute;n de los ac&oacute;litos. Ahora ocupar&aacute;s su lugar y dirigir&aacute;s a tu grupo con amabilidad y compasi&oacute;n. Te han ense&ntilde;ado bien. Procura utilizar bien tus conocimientos y no los pongas al servicio de malos fines. Ven conmigo y te dar&eacute; comida y bebida.<br />El Maestro de los Ac&oacute;litos me acogi&oacute; con toda amabilidad cuando fui a su habitaci&oacute;n:<br />&mdash;Si&eacute;ntate, muchacho, si&eacute;ntate. Tengo que ver ahora si tus proezas en la educaci&oacute;n est&aacute;n a la altura de tus facultades f&iacute;sicas. Te prevengo que har&eacute; todo lo posible para cogerte en falta; as&iacute; que mucha atenci&oacute;n.<br />Me hizo un gran n&uacute;mero de preguntas, orales unas, y otras por escrito.<br />Durante seis horas estuvimos sentados uno frente a otro en los almohadones hasta que por fin el Maestro se dio por satisfecho. Se puso en pie y me dijo:<br />&mdash;Muchacho, s&iacute;gueme. Voy a llevarte ante la presencia del Abad. Es una hora impropia, pero ya sabr&aacute;s por qu&eacute; vamos ahora.<br />Le segu&iacute; por los anchos corredores. Dejamos atr&aacute;s las oficinas, los templos interiores y las escuelas. Subimos unas escaleras, recorrimos a&uacute;n m&aacute;s pasillos, dejamos a un lado los Vest&iacute;bulos de los Dioses y los almacenes de hierbas. A&uacute;n m&aacute;s escaleras, hasta que por fin salimos a la terraza y nos dirigimos hacia la casa del se&ntilde;or Abad, que estaba edificada sobre ella.<br />Cruzando la puerta de oro, dejando atr&aacute;s al Buda de oro y dando la vuelta al S&iacute;mbolo de la Medicina, entramos por fin en la habitaci&oacute;n particular del Abad.<br />&mdash;Incl&iacute;nate, muchacho, incl&iacute;nate y haz lo que yo haga &mdash;me dijo el Maestro en voz baja; y luego, dirigi&eacute;ndose al Abad&mdash;: Se&ntilde;or, aqu&iacute; est&aacute; el muchacho llamado Martes Lobsang Rampa.<br />Una vez pronunciadas estas palabras, el Maes tro de los Ac&oacute;litos se inclin&oacute; tres veces y luego se postr&oacute; en el suelo. Yo hice igual, poniendo una atenci&oacute;n desesperada para hacerlo todo acertadamente.<br />El impasible Abad nos mir&oacute; y dijo:<br />&mdash;Sentaos.<br />As&iacute; lo hicimos. Nos instalamos en los almohadones a la manera tibetana.<br />El Abad se pas&oacute; un gran rato mir&aacute;ndonos fijamente, si hablar. Luego dijo:<br />&mdash;Martes Lobsang Rampa, estoy enterado de todo lo que han predicho sobre ti. Tu prueba de resistencia ha sido dura, pero por un buen motivo.<br />Este motivo lo conocer&aacute;s dentro de algunos a&ntilde;os. Ahora debe bastarte saber que de cada mil monjes, solamente uno est&aacute; dotado para las altas empresas, para alcanzar el m&aacute;s completo desarrollo espiritual. Los dem&aacute;s se limitan a desempe&ntilde;ar su tarea diaria. Son obreros manuales, los encargados de hacer girar los molinillos de las preces sin preguntarse el por qu&eacute;. De &eacute;sos no nos faltan; en cambio, escasean los que sean capaces de preservar nuestra sabidur&iacute;a cuando, dentro de un cierto n&uacute;mero de a&ntilde;os, se cierna sobre nuestro pa&iacute;s una nube extranjera. T&uacute; ser&aacute;s educado especialmente. Te someteremos a una preparaci&oacute;n intensiva, y dentro de pocos a&ntilde;os habr&aacute;s adquirido m&aacute;s conocimientos de los que logra tener un lama normalmente en toda su vida. El Camino ser&aacute; muy dif&iacute;cil y con frecuencia doloroso. Forzar la clarividencia cuesta muchos sufrimientos y para viajar por los planos astrales se requieren nervios inalterables y una voluntad tan dura como una roca.<br />Escuch&eacute; con todos mis sentidos. Todo aquello me parec&iacute;a demasiado dif&iacute;cil. Desde luego no me cre&iacute;a capaz de semejante energ&iacute;a. El Abad prosigui&oacute;:<br />&mdash;Aprender&aacute;s aqu&iacute; la medicina y la astrolog&iacute;a. Te ayudaremos con todos nuestros medios. Tambi&eacute;n ser&aacute;s iniciado en las artes esot&eacute;ricas. Tu camino figura ya en el mapa que te corresponde, Martes Lobsang Rampa.<br />Aunque s&oacute;lo tengas siete a&ntilde;os de edad, te hablo como a un hombre, pues como hombre te han educado.<br />Inclin&oacute; la cabeza y el Maestro de los Ac&oacute;litos se levant&oacute; e hizo una profunda reverencia. Yo le imit&eacute; y salimos juntos. Hasta que no estuvimos de nuevo en su habitaci&oacute;n, no rompi&oacute; el Maestro el silencio.<br />&mdash;Muchacho, tendr&aacute;s que trabajar agotadoramente y de un modo incesante.<br />Pero te ayudaremos cuanto podamos. Ahora voy a hacer que te afeiten la cabeza.<br />En el T&iacute;bet, cuando un muchacho ingresa en la vida monacal le afeitan la cabeza dej&aacute;ndole un solo mech&oacute;n. Este mech&oacute;n se lo quitan cuando le imponen su &laquo;nombre sacerdotal&rdquo; y pierde el suyo de familia; pero de todo esto hablaremos m&aacute;s adelante.<br />El Maestro de los Ac&oacute;litos me condujo, haci&eacute;ndome recorrer tortuosos pasillos, a una peque&ntilde;a habitaci&oacute;n: la &laquo;peluquer&iacute;a&raquo;.<br />All&iacute; me ordenaron sentarme en el suelo.<br />&mdash;Tam-ch&uuml; &mdash;dijo el Maestro&mdash;, af&eacute;itale la cabeza a este ni&ntilde;o. Qu&iacute;tale tambi&eacute;n el mech&oacute;n del nombre porque se lo vamos a imponer inmediatamente.<br />Tam-ch&oacute; se inclin&oacute;, me agarr&oacute; la coleta con la mano derecha y la levant&oacute; verticalmente, diciendo:<br />&mdash;&iexcl;Vaya muchacho, qu&eacute; magn&iacute;fica coleta tienes! &iexcl;Qu&eacute; bien engrasada y cuidada! Da gusto cortarla.<br />Sac&oacute; no s&eacute; de d&oacute;nde unas tijeras grandes de las que se emplean para el jard&iacute;n y grit&oacute;:<br />&mdash;Tishe, ven ac&aacute; y sost&eacute;n esta coleta.<br />Tishe, el ayudante del peluquero, lleg&oacute; corriendo y me sostuvo la coleta tiesa tirando tan fuerte de ella que estuvo a punto de levantarme en vilo.<br />Con la lengua fuera y emitiendo extra&ntilde;os gru&ntilde;idos manipul&oacute; Tam-ch&oacute; aquellas enormes tijeras, deplorablemente romas, hasta que logr&oacute; cortarme la coleta, pero esto no era m&aacute;s que el principio. El ayudante trajo un cacharro con agua caliente, tan caliente que me hizo tirarme al suelo cuando me la ech&oacute; por la cabeza.<br />&mdash;&iquest;Qu&eacute; te pasa, chico? &iquest;Te he quemado?<br />Le dije que s&iacute;, y procur&oacute; tranquilizarme:<br />&mdash;Eso no tiene importancia, as&iacute; me ser&aacute; mucho m&aacute;s f&aacute;cil afeitarte la cabeza.<br />Cogi&oacute; una navaja de afeitar de tres filos, instrumento muy parecido al que ten&iacute;amos en casa para raspar los suelos de madera. Al cabo de lo que me pareci&oacute; una eternidad qued&oacute; mi cabeza tan lisa como una piedra.<br />&mdash;Ven conmigo &mdash;me dijo el Maestro. Me condujo a su habitaci&oacute;n y me ense&ntilde;&oacute; un libro&mdash;. Vamos a ver, &iquest;c&oacute;mo te llamaremos?<br />&mdash;Estuvo murmurando algo entre dientes y de pronto exclam&oacute;&mdash;:<br />Ya est&aacute;, de ahora en adelante te llamar&aacute;s Yza-mig -dmar-Lah-lu. Sin embargo, en este libro seguir&eacute; usando el nombre de Martes Lobsang Rampa, porque es m&aacute;s f&aacute;cil para el lector occidental. Me sent&iacute;a tan desnudo como un huevo reci&eacute;n puesto mientras me llevaron a una clase. Con la magn&iacute;fica educaci&oacute;n que me ha b&iacute;an dado en casa me pusieron en la clase de los ac&oacute;litos de diecisiete a&ntilde;os. Me sent&iacute;a como un enano entre gigantes.<br />Mis compa &ntilde;eros me hab&iacute;an visto vencer a Ngawang, de manera que no me molestaron. Todo fue muy bien y no hubo m&aacute;s que un incidente con un grandull&oacute;n est&uacute;pido que se puso detr&aacute;s de m&iacute; y me frot&oacute; el cuero cabelludo, que a&uacute;n ten&iacute;a muy dolorido. Para m&iacute; fue un asunto muy sencillo. Le met&iacute; los dedos por las junturas de los codos y le hice dar alaridos de dolor. Tzu me hab&iacute;a ense&ntilde;ado muchos recursos infalibles como aqu&eacute;l. Todos los instructores de judo a quienes hube de conocer m&aacute;s adelante conoc&iacute;an a Tzu y todos ellos dec&iacute;an que era el mejor luchador de judo de todo el T&iacute;bet. No volvi&oacute; a molestarme ning&uacute;n muchacho. Nuestro profesor, que estaba vuelto de espaldas cuando el grandull&oacute;n me frot&oacute; la cabeza, se dio cuenta en seguida de lo que estaba sucediendo. Se ri&oacute; tanto que no pudo continuar la clase.<br />Eran casi las ocho y media de la tarde y nos quedaban tres cuartos de hora antes del servicio religioso, que empezaba a las nueve y cuarto. Pero me dur&oacute; poco la alegr&iacute;a. Cuando salimos de la clase me hizo se&ntilde;as un lama.<br />Me acerqu&eacute; a &eacute;l y me dijo:<br />&mdash;Ven conmigo.<br />Le segu&iacute;, pregunt&aacute;ndome qu&eacute; nuevo fastidio me estaba reservado. Me llev&oacute; a una sala de m&uacute;sica donde hab&iacute;a veinte ni&ntilde;os reci&eacute;n ingresados como yo. Tres m&uacute;sicos estaban sentados ante sus instrumentos: uno ante un tambor, el otro con una caracola y el tercero con una trompeta de plata. Dijo el lama:<br />&mdash;Cantaremos para probar vuestras voces y ver los que sirven para el coro.<br />Los m&uacute;sicos tocaron un aire muy conocido para que todos pudi&eacute;ramos cantarlo. El maestro de m&uacute;sica, en cuanto empezamos a cantar, hizo un gesto de estupefacci&oacute;n que se convirti&oacute; en una mueca de pena. Levant&oacute; ambos brazos y grit&oacute;:<br />&mdash;&iexcl; Ya basta; esto no podr&iacute;an resistirlo ni los propios dioses! Emp ezad de nuevo, pero ahora cantad en serio.<br />De nuevo empezamos y otra vez nos interrumpi&oacute;. Esta vez el maestro de m&uacute;sica se dirigi&oacute; a m&iacute;:<br />&mdash;Ni&ntilde;o, &iquest;te quieres burlar de m&iacute;? Los m&uacute;sicos van a tocar ahora para que cantes t&uacute; solo.<br />De nuevo empez&oacute; a sonar la m&uacute;sica y yo a cantar. Pero no tard&oacute; en mandarme callar el maestro, que me dijo, fren&eacute;tico:<br />&mdash;Martes Lobsang, entre tus talentos no se incluye la m&uacute;sica. En los cincuenta y cinco a&ntilde;os que llevo aqu&iacute; nunca he o&iacute;do a nadie que cantase tan mal. A la hora en que demos clase de m&uacute;sica te dedicar&aacute;s a estudiar otras cosas. Durante los servicios religiosos no cantar&aacute;s, porque si no, estropear&iacute;as los coros mejor conjuntados. &iexcl;Vete de aqu&iacute;, enemigo de la m&uacute;sica!<br />Me estuve paseando hasta que las trompetas anunciaron que hab&iacute;a llegado la hora del &uacute;ltimo servicio religioso. &iquest;Era posible que la noche anterior hubiera entrado yo en la lamaser&iacute;a? Me parec&iacute;a que llevaba all&iacute; una eternidad. Ten&iacute;a la sensaci&oacute;n de estar flotando en el vac&iacute;o o andando en sue&ntilde;os y sent&iacute;a un hambre horrorosa. M&aacute;s val&iacute;a as&iacute;, pues si hubiera comido me habr&iacute;a dormido al instante. Alguien me agarr&oacute; por la t&uacute;nica y me levant&oacute; en volandas. Un gigantesco lama, de cara simp&aacute;tica, me levantaba hasta su hombro y me dec&iacute;a:<br />&mdash;Vamos, chico, que llegar&aacute;s tarde al servicio y te la vas a ganar. Debes saber que si llegas tarde te quedar&aacute;s sin cenar y te sentir&aacute;s tan vac&iacute;o como un tambor. &mdash;Entr&oacute; en el templo llev&aacute;ndome a&uacute;n en alto y se sent&oacute; detr&aacute;s de los ni&ntilde;os. Con todo cuidado me coloc&oacute; en un almohad&oacute;n frente a &eacute;l&mdash;: No apartes tu vista de m&iacute; y pronuncia las mismas respuestas que yo, pero cuando cante... &iexcl;ja, ja!... est&aacute;te calladito.<br />Le agradec&iacute; mucho su ayuda. &iexcl;Hab&iacute;a recibido tan pocas muestras de amabilidad! Hasta entonces todo me lo hab&iacute;an en se&ntilde;ado a gritos o a golpes.<br />Deb&iacute; de adormilarme porque de pronto me di cuenta con un sobresalto de que hab&iacute;a terminado el servicio religioso y el gran lama me hab&iacute;a llevado dormido al refectorio y me hab&iacute;a puesto delante una taza de t&eacute;, tsampa y unas verduras hervidas.<br />&mdash;Come, muchacho, y vete luego a la cama. Ya te ense&ntilde;ar&eacute; d&oacute;nde dormir&aacute;s. Esta noche puedes dormir hasta las cinco de la ma&ntilde;ana y luego ven a verme.<br />Estas palabras fueron las &uacute;ltimas que o&iacute; hasta que a las cinco de la ma&ntilde;ana me despert&oacute; con gran dificultad un chico que me hab&iacute;a tratado con simpat&iacute;a el d&iacute;a anterior. Vi que me hallaba en una habitaci&oacute;n muy espaciosa echado sobre tres almohadones.<br />&mdash;El lama Mingyar Dondup me ha encargado que te despierte a las cinco &mdash;me dijo el muchacho.<br />Me levant&eacute; y apil&eacute; los almohadones contra la pared como vi que hab&iacute;an hecho los otros. Mis compa&ntilde;eros sal&iacute;an y el que me hab&iacute;a despertado a&ntilde;adi&oacute;:<br />&mdash;Tenemos que darnos prisa para desayunar y luego he de llevarte ante el lama Mingyar Dondup.<br />Me estaba acostumbrando a vivir all&iacute;, pero esto no quiere decir, ni mucho menos, que estuviese a gusto ni que deseara continuar en la lamaser&iacute;a. Sin embargo, pensaba que, como no ten&iacute;a opci&oacute;n, lo mejor que pod&iacute;a hacer era no complicarme a&uacute;n m&aacute;s la vida.<br />Durante el desayuno, el Lector estuvo recitando algo de uno de los ciento doce vol&uacute;menes del Kan-gyur, o sea, las Escrituras budistas. Debi&oacute; de comprender que yo estaba distra&iacute;do porque, interrumpi&eacute;ndose, me ri&ntilde;&oacute;:<br />&mdash;&iexcl;A ver, ese chico nuevo! Qu&eacute; acabo de decir? D&iacute;melo en seguida.<br />&mdash;Se&ntilde;or, dijo usted: &laquo;Ese chico no est&aacute; escuchando, le dar&eacute; su merecido &raquo; &mdash;contest&eacute; inmediatamente y casi sin saber lo que dec&iacute;a. Todos se rieron y hasta el Lector sonri&oacute;, cosa rara, y aclar&oacute; que me hab&iacute;a preguntado por el texto de las Escrituras, pero que por esta vez me perdonaba.<br />Durante todas las comidas los Lectores permanecen ante un atril, donde tienen abiertos los libros sagrados y leen en ellos. Los monjes no pueden hablar durante las comidas ni pensar en el alimento que est&aacute;n tomando. Se considera esencial que ingieran los sagrados conocimientos a la vez que la comida. Todos est&aacute;bamos sentados en los almohadones, y la mesa que ten&iacute;amos ante nosotros era de medio metro de altura. No se nos permit&iacute;a hacer ruido alguno a la hora de comer y se nos prohib&iacute;a rigurosamente apoyar los codos sobre la mesa.<br />Desde luego, la disciplina era f&eacute;rrea en Chakpori. Este nombre significa Monta&ntilde;a de Hierro. En la mayor parte de las lama ser&iacute;as hab&iacute;a poca disciplina, ni siquiera una rutina. Los monjes pod&iacute;an trabajar u holgar, como quisieran. Quiz&aacute;s uno de cada mil deseara progresar, y &eacute;stos eran los &uacute;nicos que llegaban a ser lamas, pues lama significa &laquo;superior&raquo; y esta palabra no se puede aplicar a todos los monjes. En cambio, en nuestra lamaser&iacute;a la disciplina era ferozmente estricta, &iacute;bamos a ser especialistas, dirigentes de nuestra clase, y se consideraba que para nosotros eran esenciales el orden y la disciplina m&aacute;s severos. A los muchachos no se nos permit&iacute;a usar los h&aacute;bitos blancos normales en los ac&oacute;litos, sino que deb&iacute;amos llevar las ropas rojas oscuras de los monjes admitidos. Tambi&eacute;n ten&iacute;amos unos monjescriados que se ocupaban en las funciones dom&eacute;sticas de la lamaser&iacute;a. A nosotros mismos se nos obligaba a ocuparnos por turno en las tareas dom&eacute;sticas.<br />Con ello se procuraba que no nos exalt&aacute;semos demasiado. Ten&iacute;amos que recordar siempre el viejo mandato budista:<br />&ldquo;Como t&uacute; eres el ejemplo, haz s&oacute;lo el bien de los dem&aacute;s y no lescauses da&ntilde;o alguno. &Eacute;sta es la esencia de la ense&ntilde;anza de Buda.&rdquo;<br />Nuestro Abad, el larna Cham-pa La, era tan severo como mi padre y exig&iacute;a una obediencia ciega e instant&aacute;nea. Uno de sus dichos favoritos era:<br />&laquo;La lectura y la escritura son las puertas de todas las buenas cualidades&raquo;; de manera que nos hartamos de leer y de escribir.</p><p>CAP&Iacute;TULO QUINTO.</p><p>MI VIDA DE CHELA.</p><p>Nuestro &laquo;d&iacute;a&raquo; comenzaba a medianoche en Chakpori. Cuando sonaba la trompeta de medianoche atronando los corredores d&eacute;bilmente iluminados sal&iacute;amos rodando, medio dormidos a&uacute;n, de nuestra cama de almohadones y busc&aacute;bamos a tientas en la oscuridad nuestros h&aacute;bitos. Todos dorm&iacute;amos completamente desnudos, sistema habitual en el T&iacute;bet, donde no hay falso pudor. Una vez puestas las t&uacute;nicas y despu&eacute;s de guardar nuestras cosas en la abullonada delantera de la parte superior, sal&iacute;amos corriendo, bastante malhumorados, por los largos pasillos. Uno de nuestros mandamientos era:<br />&laquo;M&aacute;s vale reposar con la conciencia tranquila que estarse sentado como Buda y rezar cuando se est&aacute; de mal humor.&raquo; Yo esto no lo comprend&iacute;a muy bien y con frecuencia me permit&iacute;a pensar esta irreverencia: &laquo;&iquest;Entonces, por qu&eacute; no nos dejan descansar tranquilamente? &iexcl;Esta broma de sacarnos del sue&ntilde;o a medianoche me irrita!&raquo; Pero nadie pudo aclararme aquel misterio y no me quedaba m&aacute;s remedio que ir con los otros al Vest&iacute;bulo de las Oraciones.<br />All&iacute;, las innumerables lamparillas luchaban por filtrar sus d&eacute;biles rayos por entre las movedizas nubes del humo de incienso. En esta vacilante luz llena de sombras temblorosas las gigantescas figuras sagradas parec&iacute;an cobrar vida, inclinarse y balancearse al comp&aacute;s de nuestra salmodia.<br />Los centenares de monjes y ni&ntilde;os se sentaban con las piernas cruzadas sobre los almohadones esparcidos por el suelo. Form&aacute;bamos filas a todo lo largo del vest&iacute;bulo. En cada par de filas una quedaba frente a la otra, de modo que la primera y la segunda estaban cara a cara, la segunda y la tercera d&aacute;ndose la espalda, y as&iacute; suces ivamente. Nuestras salmodias y cantos sagrados utilizaban escalas tonales especiales, ya que en Oriente se considera que los sonidos tienen un poder. Lo mismo que una nota musical puede romper un cristal, una combinaci&oacute;n de notas puede constituir una energ&iacute;a metaf&iacute;sica. Tambi&eacute;n se le&iacute;a en el Kangyur. Era un espect&aacute;culo impresionante ver a estos centenares de hombres, con sus t&uacute;nicas rojas y sus estolas doradas, balance&aacute;ndose y salmodiando al un&iacute;sono con el tintineo argentino de las campanillas y el latido de los tambores. Unas nubes azules de incienso se enroscaban en las rodillas de los dioses y de vez en cuando nos parec&iacute;a, en aquella luz incierta, que una u otra de las enormes figuras nos miraban a los ojos.<br />El servicio religioso duraba aproximadamente una hora y luego regres&aacute;bamos a nuestro lecho hasta las cuatro de la ma&ntilde;ana. A las cuatro y cuarto comenzaba otro servicio. A las cinco desayun&aacute;bamos tsampa y t&eacute; con mantequilla. Ya en esta primera comida el Lector ronroneaba las sagradas palabras mientras el Disciplinario vigilaba a su lado para que ninguno de nosotros hablase ni se moviese. A esta hora era cuando nos transmit&iacute;an las &oacute;rdenes especiales o la informaci&oacute;n que tuviesen que darnos. Por ejemplo, pod&iacute;a haber algo que necesitaran en Lhasa y entonces dec&iacute;an durante el desayuno los nombres de los monjes que deb&iacute;an hacer el encargo. Se les daba permiso para ausentarse de la lamaser&iacute;a durante un cierto tiempo y de faltar, por tanto, a un determinado n&uacute;mero de servicios religiosos.<br />A las seis ten&iacute;amos que estar en nuestras clases dispuestos para la primera sesi&oacute;n de estudio. La segunda de nuestras leyes tibetanas era:<br />&laquo;Cumplir&aacute;s con tus deberes religiosos y estudiar&aacute;s.&raquo; En la ignorancia de mis siete a&ntilde;os no comprend&iacute;a por qu&eacute; deb&iacute;a obedecer esta ley cuando la quinta, &laquo;Honrar&aacute;s a tus mayores y a los de elevada condici&oacute;n social&raquo;, se incumpl&iacute;a con toda tranquilidad. Mi experiencia me hab&iacute;a llevado a creer que hab&iacute;a algo vergonzoso en ser de &laquo;elevada condici&oacute;n&raquo;.<br />Desde luego, me hab&iacute;an hecho sufrir mucho por ese motivo. No se me ocurr&iacute;a entonces pensar que no es el linaje lo importante, sino lo que es la persona.<br />Asist&iacute;amos a otro servicio a las nueve de la ma&ntilde;ana interrumpiendo nuestros estudios durante cuarenta minutos. Este descanso constitu&iacute;a un alivio para nosotros, pero a las diez menos cuarto ten&iacute;amos que estar otra vez en clase. Empez&aacute;bamos entonces con otra materia hasta la una de la tarde. Pero tampoco entonces pod&iacute;amos comer; ven&iacute;a luego un servicio religioso de media hora y despu&eacute;s nos daban por fin la tsampa y el t&eacute;. Segu&iacute;a una hora de trabajo manual para que nos ejercit&aacute;ramos y aprendi&eacute;semos a ser humildes. A m&iacute; me tocaba siempre el trabajo m&aacute;s desagradable.<br />A las tres nos obligaban a descansar durante una hora. Era un descanso forzoso en que no pod&iacute;amos hablar ni movernos. Deb&iacute;amos permanecer tumbados e inm&oacute;viles. A todos nos fastidiaba esta hora porque era demasiado poco para dormir y demasiado para estarse sin hacer nada. &iexcl;Con las cosas que podr&iacute;amos haber hecho para divertirnos! A las cuatro, despu&eacute;s de este reposo, volv&iacute;amos a clase. Esto era lo peor del d&iacute;a: cinco horas trabajando sin interrupci&oacute;n, sin poder salir de clase absolutamente para nada bajo la pena de los m&aacute;s terribles castigos. Nuestros profesores nos vapuleaban con sus recios bastones a la menor distracci&oacute;n y algunos de ellos se ensa&ntilde;aban violentamente.<br />A las nueve nos soltaban para tomar la &uacute;ltima comida del d&iacute;a: otra vez t&eacute; y tsampa. A veces -muy pocas- nos daban verduras, o sea unas rodajas de nabos o unos guisantes muy peque&ntilde;os. Estaban crudos, pero nuestra hambre lo aceptaba todo. Nunca se me olvidar&aacute; cuando, teniendo yo ocho a&ntilde;os, nos dieron unas nueces. Me gustaban mucho y en casa sol&iacute;a comerlas con frecuencia. Insensatamente quise hacer un cambio con otro chico: yo le dar&iacute;a mi t&uacute;nica de repuesto a cambio de sus nueces. El Disciplinario se enter&oacute; de aquello y me hicieron salir al centro del Vest&iacute;bulo y confesar mi pecado.<br />Como castigo por mi &laquo;codicia&raquo; me tuvieron sin beber ni comer durante veinticuatro horas. Y me quitaron mi t&uacute;nica de repuesto bas&aacute;ndose en que no me hac&iacute;a falta, ya que no me hab&iacute;a importado cambiarla por algo que no era esencial.<br />A las nueve y media nos fuimos a dormir en nuestros almohadones.<br />Nadie se retrasaba en esto. Cre&iacute; que tantas horas de trabajo y de atenci&oacute;n sostenida acabar&iacute;an mat&aacute;ndome o que caer&iacute;a dormido y jam&aacute;s me volver&iacute;a a despertar. Al principio los ni&ntilde;os reci&eacute;n ingresados sol&iacute;amos escondernos en alg&uacute;n rinc&oacute;n para dar unas cabezadas. Pero despu&eacute;s de mucho tiempo me acostumbr&eacute; a las muchas largas horas de estudio y rezos y el d&iacute;a no se me hac&iacute;a tan largo.<br />Poco antes de las seis de la ma&ntilde;ana, como estaba contando antes, me llev&oacute; el muchacho que me hab&iacute;a despertado a la habitaci&oacute;n del lama Mingyar Dondup. Aunque no llam&eacute;, me dijo que entrase. Su habitaci&oacute;n era muy agradable, con sus magn&iacute;ficas pinturas murales, y otras pintadas en seda y colgadas en las paredes. Unas cuantas estatuillas adornaban unas mesas bajas.<br />Eran dioses y diosas de jade y oro. Tambi&eacute;n colgaba de la pared una gran Rueda de la Vida. El lama se hallaba sentado en la postura de loto y ante &eacute;l, en una mesa baja, ten&iacute;a una pila de libros. Estaba estudiando cuando yo entr&eacute;.<br />&mdash;Si&eacute;ntate aqu&iacute; conmigo, Lobsang &mdash;me dijo&mdash;, pues tenemos muchas cosas de que hablar, pero primero he de hacerte una pregunta de hombre a hombre: &iquest;has comido y bebido bastante? &mdash;Le asegur&eacute; que hab&iacute;a comido y bebido muy bien y me encontraba satisfecho&mdash;. El se&ntilde;or Abad ha dicho que podemos trabajar juntos. Hemos averiguado cu&aacute;l fue tu anterior encarnaci&oacute;n, y era buena. Ahora queremos desarrollar de nuevo ciertos poderes y habilidades que tuviste en esa otra vida. Queremos que en pocos a&ntilde;os poseas m&aacute;s sabidur&iacute;a que la que pueda atesorar un lama en una larga vida. &mdash;Hizo una pausa y se estuvo mir&aacute;ndome un rato con extraordinaria atenci&oacute;n. Ten&iacute;a unos ojos muy penetrantes&mdash;. Todos los hombres deben escoger libremente su camino &mdash;prosigui&oacute;&mdash; y el tuyo ser&aacute; &aacute;spero y dif&iacute;cil por espacio de cuarenta a&ntilde;os si escoges el camino que verdaderamente te corresponde, pero en tu pr&oacute;xima vida cosechar&aacute;s grandes beneficios que te compensar&aacute;n del esfuerzo realizado. Si eliges ahora un camino equivocado, tendr&aacute;s en esta vida toda clase de comodidades y dulzuras, pero no desa rrollar&aacute;s tu esp&iacute;ritu para el futuro. De ti depende.<br />Se call&oacute; y me mir&oacute; intensamente.<br />&mdash;Se&ntilde;or &mdash;le dije&mdash;, mi padre me ha advertido que si fracasaba en esta lamaser&iacute;a no me permitir&iacute;a volver a casa. &iquest;C&oacute;mo podr&iacute;a, pues, tener comodidades y dulzuras cuando ni siquiera dispondr&iacute;a de un hogar?<br />El lama, sonri&eacute;ndose, me dijo:<br />&mdash;&iquest;Has olvidado ya que sabemos cu&aacute;l fue tu anterior reencarnaci&oacute;n?<br />Si eliges la senda equivocada, la senda de la dulzura, te instalar&aacute;n en una lamaser&iacute;a como Encarnaci&oacute;n Viva y a los pocos a&ntilde;os ser&aacute;s Abad. Tu padre no le llamar&iacute;a a eso un fracaso.<br />Algo que hab&iacute;a en el tono de su voz me hizo preguntarle:<br />&mdash;&iquest;Y t&uacute;, lo considerar&iacute;as como un fracaso, Maestro?<br />&mdash;S&iacute;; sabiendo lo que s&eacute;, dir&iacute;a que hab&iacute;as fracasado.<br />&mdash; &iquest;Qui&eacute;n me ense&ntilde;ar&iacute;a el camino?<br />&mdash;Si eliges el bueno ser&eacute; tu Gu&iacute;a, pero la decisi&oacute;n depende por completo de ti y nadie podr&aacute; influir en ti.<br />Le mir&eacute; y me gust&oacute; su aspecto. Era un hombre corpulento de vivos ojos negros. Un rostro franco con una despejada frente. S&iacute;; pod&iacute;a fiarme de aquel hombre. Aunque s&oacute;lo ten&iacute;a siete a&ntilde;os, mi vida hab&iacute;a sido muy dura y en ella conoc&iacute; a mucha gente; de modo que pod&iacute;a saber a simple vista si un hombre era bueno o malo.<br />&mdash;Se&ntilde;or &mdash;le dije&mdash;, querr&iacute;a ser disc&iacute;pulo tuyo y tomar el buen ca ino.<br />&mdash;Y a&ntilde;ad&iacute; sin poderlo remediar&mdash;: &iexcl;Pero de todos modos no me gusta trabajar tanto!<br />Se ri&oacute; y su risa era profunda y confortante.<br />&mdash;Lobsang, Lobsang, a ninguno de nosotros le gusta un trabajo tan agotador, pero pocos de nosotros somos lo bastante sinceros para reconocerlo.<br />&mdash;Estuvo buscando algo entre sus papeles y despu&eacute;s de leer unas l&iacute;neas, a&ntilde;adi&oacute;-: Tendremos que hacerte una peque&ntilde;a operaci&oacute;n en la cabeza para forzar tu clarividencia y luego vamos a acelerar hipn&oacute;ticamente tus estudios.<br />Ya ver&aacute;s cu&aacute;nto adelantas en metaf&iacute;sica y en medicina.<br />La perspectiva de un aumento de trabajo me sent&oacute; muy mal. Pensaba que ya hab&iacute;a trabajado bastante en mis primeros siete a&ntilde;os y por lo visto a partir de ahora no podr&iacute;a jugar con cometas ni con nada. El lama pareci&oacute; adivinar mis pensamientos.<br />&mdash;s&iacute;, s&iacute;, jovencito. M&aacute;s adelante podr&aacute;s lanzar cometas, pero ser&aacute;n hombres en vez de cometas lo que tendr&aacute;s que elevar. Bueno, primero hemos de hacerte un plan de estudios. &mdash;Estuvo leyendo otro rato sus papeles &mdash;. Veamos: de nueve a una... S&iacute;, eso bastar&aacute; al principio. Ven aqu&iacute; todos los d&iacute;as a las nueve de la ma&ntilde;ana en vez de asistir a los servicios religiosos y charlaremos de algunos temas interesantes. Empezaremos ma&ntilde;ana mismo. &iquest;Tienes alg&uacute;n recado para tu padre y tu madre? Los ver&eacute; hoy. &iexcl;Voy a llevarles tu coleta!<br />Me qued&eacute; estupefacto. Cuando un ni&ntilde;o era aceptado por una lamaser&iacute;a le cortaban la coleta, le afeitaban la cabeza y enviaban a sus padres la coleta como s&iacute;mbolo de que su hijo hab&iacute;a sido admitido. Y ahora el lama Mingyar Dondup la entregar&iacute;a personalmente a mis padres. Esto significaba que me hab&iacute;a aceptado como &laquo;hijo espiritual&raquo; y que en adelante se encargar&iacute;a personalmente de mi educaci&oacute;n. Este lama era una persona muy importante, un hombre de gran talento y de gran fama en todo el T&iacute;bet.<br />Comprend&iacute; que con un tutor tan excepcional no pod&iacute;a yo fallar.<br />Aquella ma&ntilde;ana, de nuevo en clase, no me fue posible prestar atenci&oacute;n.<br />Pensaba en mil cosas en relaci&oacute;n con mi charla con el lama; as&iacute; que el profesor pudo hartarse de castigarme.<br />Aunque la severidad de los profesores era tan extremada me consolaba pensando que yo estaba all&iacute; para aprender. Por eso me hab&iacute;a reencarnado aunque no recordase lo que ten&iacute;a que volver a aprender. En el T&iacute;bet creemos firmemente en la reencarnaci&oacute;n. Creemos que cuando alcanza uno cierta etapa avanzada de evoluci&oacute;n puede elegir entre subir a otro plano de existencia o regresar a la Tierra para aprender algo m&aacute;s o para ayudar a los dem&aacute;s hombres. Puede suceder que un sabio tenga cierta misi&oacute;n en esta vida, pero que muera antes de poder completarla. En este caso creemos que puede volver a este mundo para acabar su tarea siempre que el resultado haya de ser beneficioso para otros. S&oacute;lo se pueden averiguar las anteriores encarnaciones de muy pocas personas. El coste y el tiempo que requieren estas investigaciones suelen ser prohibitivos. Cuando se descubre que un individuo tiene determinados signos, como en mi caso, se nos llamaba &laquo;Encarnaciones Vivas&raquo; y eran sometidos a las m&aacute;s implacables pruebas en su infancia &mdash;como me hab&iacute;a sucedido a m&iacute;&mdash;, pero se convert&iacute;an en el objeto de la reverencia general cuando se hac&iacute;an mayores. En mi caso se dispon&iacute;an a sacar a la luz, mediante un sistema especial, mis conocimientos ocultos. Era un procedimiento para &laquo;alimentar a la fuerza&raquo; los poderes ocultos que hab&iacute;a en m&iacute;. &iquest;Por qu&eacute; lo hac&iacute;an? Eso no pod&iacute;a yo saberlo entonces.<br />Una lluvia de palos sobre mi espalda me hizo volver a la realidad en plena clase.<br />&mdash;&iexcl;Tonto, imb&eacute;cil! &iquest;Se te han metido los demonios mentales en ese cr&aacute;neo de animal? Me doy por vencido. Has tenido la gran suerte de que sea el momento de terminar la clase.<br />Y, aprovechando el &uacute;ltimo instante, mi rabioso profesor me dio un tremendo golpe m&aacute;s y se march&oacute; gru&ntilde;endo.<br />El chico vecino m&iacute;o de asiento me dijo:<br />&mdash;No olvides que es nuestro turno en la cocina esta tarde. Espero que tengamos ocasi&oacute;n de llenar nuestras bolsas de tsamp a.<br />El trabajo de la cocina era muy pesado y los monjes-cocineros nos trataban a los chicos como esclavos. Despu&eacute;s de las dos horas de trabajo forzado ten&iacute;amos que meternos en clase otra vez. A veces nos obligaban a estarnos m&aacute;s tiempo en la cocina y lleg&aacute;bamos tarde a clase, donde nos esperaba el profesor furioso y, sin darnos oportunidad para explicar nuestra tardanza, nos mol&iacute;a a palos.<br />Mi primer d&iacute;a de trabajo en la cocina fue casi el &uacute;ltimo. En la puerta nos esperaba un monje muy irritado.<br />&mdash;&iexcl;Venid ac&aacute;, in&uacute;tiles, vagos! &mdash;grit&oacute;.&mdash;. Los primeros diez de vosotros, que se cuiden de la lumbre.<br />Yo era el d&eacute;cimo. Bajamos otro tramo de escaleras. El calor era espantoso.<br />Frente a nosotros ten&iacute;amos la cegadora luz rojiza de las llamas.<br />Enormes montones de bo&ntilde;iga de yak estaban preparados para alimentar los hornos.<br />&mdash;Coged esas palas de hierro y procurad que no se apague el fuego si quer&eacute;is salvar la vida &mdash;grit&oacute; el monje.<br />Yo era el m&aacute;s peque&ntilde;o de mi grupo con mucha diferencia, ya que ninguno de ellos era menor de diecisiete a&ntilde;os. Apenas pude levantar la pala; y al esforzarme en echar esti&eacute;rcol en el fuego lo derram&eacute; sobre los pies del monje. Con un rugido de rabia me agarr&oacute; por el cuello y me dio un emp uj&oacute;n.<br />Sent&iacute; un terrible dolor y el inmediato olor a carne quemada. Me hab&iacute;a ca&iacute;do contra una barra que estaba al rojo vivo. Rod&eacute; por el suelo, con un alarido, envuelto entre ascuas. La parte superior de mi pierna izquierda se hab&iacute;a clavado en la barra. Esta quem&oacute; toda la carne que en contr&oacute; hasta llegar al hueso. A&uacute;n tengo, naturalmente, la horrible cicatriz, que todav&iacute;a me duele de vez en cuando. Esta cicatriz hizo que me identificaran m&aacute;s adelante los japoneses.<br />Hubo un gran esc&aacute;ndalo. Acudieron monjes de todas partes. Yo segu&iacute;a revolc&aacute;ndome entre las ascuas, pero en seguida me levantaron. Por todo el cuerpo ten&iacute;a quemaduras superficiales, pero la herida de la pierna era grav&iacute;sima. Me llevaron r&aacute;pidamente al lama m&eacute;dico, que se propuso salvarme la pierna. Aquel hierro estaba oxidado y cuando penetr&oacute; en mi pierna dej&oacute; en su interior escamas de or&iacute;n. El m&eacute;dico tuvo que limpiarme la herida de estos trocitos de or&iacute;n. Luego la rellen&oacute; con una compresa de hierba pulverizada.<br />Me frotaron el resto del cuerpo con una loci&oacute;n vegetal, que desde luego me alivi&oacute; mucho el dolor de las quemaduras. La pierna me palpitaba de un modo atroz. Estaba seguro de que jam&aacute;s volver&iacute;a a andar. Cuando acab&oacute; su cura, el lama llam&oacute; a un monje para que me llevase a una peque&ntilde;a habitaci&oacute;n pr&oacute;xima donde me tendieron sobre unos almohadones. Entr&oacute; un anciano monje y se sent&oacute; junto a m&iacute; y empez&oacute; a musitar rezos. Pens&eacute; que ten&iacute;a gracia que rezaran por mi salud despu&eacute;s de haber ocurrido el accidente.<br />Pero, en fin, decid&iacute; firmemente ser bueno, pues mi reciente exp eriencia me hab&iacute;a ense&ntilde;ado lo que sent&iacute;a uno cuando lo atormentaban los diablos del fuego. Record&eacute; un cuadro que hab&iacute;a visto en que un diablo pinchaba a una desgraciada v&iacute;ctima en un lugar del cuerpo muy cercano al que yo me hab&iacute;a quemado.<br />Quiz&aacute; se piense que los monjes eran gente cruel y todo lo con rario de lo que se pod&iacute;a esperar. Pero &iquest;qu&eacute; significa &ldquo;monje&rdquo;? Entendemos por esta palabra toda persona del sexo masculino que vive en el servicio lam&aacute;stico, no necesariamente una persona religiosa. En el T&iacute;bet, casi cualquiera puede llegar a ser monje. Es muy frecuente que env&iacute;en a un chico a hacerse mo nje sin dejarle ninguna posibilidad de elecci&oacute;n. O un hombre puede decidir que se ha pasado demasiado tiempo guardando reba&ntilde;os y desee contar con un refugio cuando la temperatura est&aacute; a cuarenta bajo cero. No se hace monje por convicciones religiosas, sino por comodidad. Las lamaser&iacute;as tienen monjes como criados, labradores, barrenderos, etc&eacute;tera. En otros pa&iacute;ses se les llamar&iacute;a criados o algo equivalente. La mayor&iacute;a de ellos trabajan de un modo agotador; la vida a cerca de cuatro mil metros puede resultar muy dif&iacute;cil y a menudo estos hombres descargan su irritaci&oacute;n contra nosotros los chicos. Para los tibetanos, el t&eacute;rmino &ldquo;monje&rdquo; era sin&oacute;nimo de hombre. A los miembros del sacerdocio los llam&aacute;bamos de un modo muy diferente.<br />Un chela era un ni&ntilde;o alumno, novicio, o ac&oacute;lito. Y lo m&aacute;s pr&oacute;ximo a lo que en otros pa&iacute;ses suele conocerse por monje es el trappa. Este es el que m&aacute;s abunda en las lamaser&iacute;as. Luego llegamos al t&eacute;rmino del que m&aacute;s se abusa:<br />el lama. Si los trappas son los soldados rasos, el lama es el oficial. Y a juzgar por lo que dicen y escriben los occidentales sobre nosotros, &iexcl;hay m&aacute;s oficiales que soldados en nuestro ej&eacute;rcito! Los lamas son maestros, gurus, como solemos llamarlos. El lama Mingyar Dondup iba a ser mi guru y yo su chela. Por encima de los lamas estaban los abades. No todos ellos se hallaban al frente de lamaser&iacute;as, sino que muchos trabajaban en la Administraci&oacute;n Superior o viajaban de una lamaser&iacute;a a otra. En algunos casos un lama determinado pod&iacute;a ser de condici&oacute;n superior a un abad; depend&iacute;a de lo que estuviera haciendo. Los que eran Encarnaciones Vivas, como yo, pod&iacute;an llegar a abades a la edad de catorce a&ntilde;os: depend&iacute;a de que aprobasen el exigente examen a que se les somet&iacute;a. Estos grupos eran muy severos, pero no crueles; siempre eran justos. Otro ejemplo de &ldquo;monjes&rdquo; lo vemos en los &ldquo;monjes-polic&iacute;as&rdquo;. Su &uacute;nica misi&oacute;n era mantener el orden y no ten&iacute;an obligaci&oacute;n alguna de asistir a las ceremonias religiosas, aunque deb&iacute;an estar presentes para asegurar el orden. Los monjes-polic&iacute;as eran crueles muchas veces y, desde luego, tambi&eacute;n lo era el servicio dom&eacute;stico. No pueden ustedes condenar a un obispo porque uno de los ayudantes de su jardinero se haya portado mal. Ni esperar que un subjardinero sea un santo s&oacute;lo porque trabaja para un obispo.<br />En la lamaser&iacute;a ten&iacute;amos una c&aacute;rcel. No era un sitio agradable ni mucho menos, pero tampoco lo eran los condenados a permanecer en ella. Mi &uacute;nica experiencia de esta c&aacute;rcel fue cuando tuve que atender a un preso que hab&iacute;a enfermado. Estaba yo casi a punto de salir del monasterio cuando me llamaron de la c&aacute;rcel. En el patio trasero hab&iacute;a unos cuantos parapetos circulares de un metro de altura. Las grandes piedras que los formaban eran lo mismo de anchas que de largas. Estaban rematadas horizontalmente por barrotes de piedra del grosor de un muslo. Cubr&iacute;an una abertura circular, un pozo de casi tres metros de di&aacute;metro. Cuatro monjes-polic&iacute;as levantaron la barra del centro y la apartaron. Uno de ellos se inclin&oacute; y tir&oacute; de una cuerda de pelo de yak a cuyo extremo hab&iacute;a un nudo corredizo. Todo aquello me ten&iacute;a muy escamado. &laquo;Ahora, Honorable lama m&eacute;dico &mdash;dijo el hombre&mdash;, si metes el pie en este lazo corredizo te bajaremos.&raquo; Obedec&iacute; bastante atemorizado.<br />&laquo;Necesitar&aacute;s una luz, se&ntilde;or&raquo;, dijo el monje -polic&iacute;a. Me pas&oacute; una antorcha encendida. Aument&oacute; mi preocupaci&oacute;n. Tuve que agarrarme a la cuerda, sostener la antorcha y evitar quemarme o que se incendiara la fina cuerda que me sosten&iacute;a inveros&iacute;milmente. Pero consegu&iacute; descender a unos diez metros de profundidad a lo largo del muro circular que rezumaba agua hasta el asqueroso suelo de piedra. A la luz de la antorcha vi a un desgraciado de espantoso aspecto acurrucado contra el muro. Me bast&oacute; mirarlo para ver que estaba muerto, ya que no le vi aura. Rec&eacute; por su alma, que estar&iacute;a vagando entonces por entre los diversos planos de la existencia y cerr&eacute; sus ojos alocadamente abiertos y vidriados. Grit&eacute; para que me subieran.<br />Terminado mi trabajo les tocaba a su vez a los encargados de descuartizar el cuerpo. Pregunt&eacute; qu&eacute; crimen hab&iacute;a cometido. Y me dijeron que hab&iacute;a sido un mendigo vagabundo que lleg&oacute; al monasterio pidiendo comida y alojamiento y que luego, por la noche, mat&oacute; a un monje para robarle lo poco que pose&iacute;a. Lo detuvieron mientras intentaba darse a la fuga y lo hicieron volver al lugar del crimen.<br />Pero todo esto es una digresi&oacute;n del incidente acaecido en mi primer intento de trabajar en la cocina.<br />Se me estaban pasando los efectos de las lociones refrescantes y me sent&iacute;a como si me estuvieran arrancando la piel del cuerpo. Aumentaban las palpitaciones de la pierna y me parec&iacute;a que me iba a estallar. En mi febril imaginaci&oacute;n cre&iacute; que dentro del boquete abierto en la pierna me hab&iacute;an metido una antorcha encendida. Pasaba el tiempo con una lentitud desesperante.<br />En el monasterio se o&iacute;an muchos ruidos, unos desconocidos por m&iacute; y otros no. Me recorr&iacute;an el cuerpo oleadas de horrible dolor. Yac&iacute;a boca abajo, pero tambi&eacute;n ten&iacute;a quemada la parte delantera del cuerpo. Las ascuas me hab&iacute;an hecho muchas quemaduras por todo el cuerpo. De pronto sent&iacute; que alguien se sentaba a mi lado. Una voz amable y compasiva, la del lama Mingyar Dondup, me dijo:<br />&mdash;Amiguito, esto es sufrir ya demasiado. Tienes que dormir.<br />Y sus dedos suaves me recorr&iacute;an la espina dorsal. Era un roce delicado y constante. Al poco tiempo me hab&iacute;a dormido.<br />Me daba en los ojos un sol p&aacute;lido. Me despert&eacute; gui&ntilde;ando los ojos y en la semiinconsciencia del despertar cre&iacute; que alguien me estaba apaleando por haber dormido demasiado. Sin recordar en absoluto el accidente, fui a levantarme de un brinco y ca&iacute; de nuevo sobre los almohadones con un dolor espantoso. &iexcl;Mi pierna! Una voz calmante me aconsejaba:<br />&mdash;Est&aacute;te quieto, Lobsang. Hoy ser&aacute; para ti un d&iacute;a de completo reposo.<br />Volv&iacute; la cabeza con dificultad y vi con gran asombro que estaba en la habitaci&oacute;n del lama y que &eacute;l se hallaba sentado junto a m&iacute;. Al ver mi expresi&oacute;n sonri&oacute;.<br />&mdash;&iquest;De qu&eacute; te asombras? &iquest;No es lo m&aacute;s natural que dos amigos est&eacute;n juntos cuando uno de ellos se encuentra enfermo?<br />&mdash;Pero usted es un lama principal, y yo no soy m&aacute;s que un ni&ntilde;o&mdash; respond&iacute; con voz muy d&eacute;bil.<br />&mdash;Lobsang, t&uacute; y yo hemos pasado mucho tiempo juntos en vidas anteriores.<br />Todav&iacute;a no est&aacute;s en condiciones de recordarlo; pero yo s&iacute; s&eacute; que &eacute;ramos muy amigos en nuestras &uacute;ltimas encarnaciones. En fin, lo importante ahora es que descanses y recuperes tus energ&iacute;as. No te preocupes: vamos a salvarte la pierna.<br />Pens&eacute; en la Rueda de la Existencia y en las palabras de las Escrituras budistas:<br />&laquo;La prosperidad del hombre generoso nunca falla, mientras que el m&iacute;sero no encuentra alivio. Que el hombre poderoso se muestre generoso con el suplicante y que mire el largo camino de las vidas. Porque las riquezas giran como las ruedas de un carro y unas veces van a parar a unos y otras a otros. El mendigo de hoy es el pr&iacute;ncipe de ma&ntilde;ana, y el pr&iacute;ncipe de hoy puede reencarnar en un mendigo.&raquo; Me resultaba evidente, incluso a mis siete a&ntilde;os, que el lama encargado de guiarme era un hombre bueno y que sacar&iacute;a a la luz mis mejores facultades.<br />Estaba claro que conoc&iacute;a much&iacute;simo de m&iacute;, mucho m&aacute;s que yo mismo.<br />Sent&iacute;a ya impaciencia por empezar mis estudios con &eacute;l y decid&iacute; ser su mejor disc&iacute;pulo. Me daba cuenta de que exist&iacute;a una gran afinidad entre nosotros y me asombraba c&oacute;mo el Destino me hab&iacute;a llevado hasta &eacute;l.<br />Volv&iacute; la cabeza para mirar por la ventana. Me hab&iacute;an colocado los almohadones sobre una mesa para que pudiera mirar hacia afuera. Me resultaba muy extra&ntilde;o no estar tendido en el suelo, si no a m&aacute;s de un metro de &eacute;l. Mi infantil imaginaci&oacute;n me comparaba a un p&aacute;jaro en un &aacute;rbol. Desde all&iacute; se ve&iacute;a mucho. A lo lejos, por encima de los tejados m&aacute;s bajos, distingu&iacute;a la ciudad de Lhasa extendida al sol. Unas casitas disminuidas por la distancia, con sus colores tan delicados; las aguas tortuosas del r&iacute;o Kyi, que flu&iacute;an por el valle encajonadas entre masas de hierba de un verde intens&iacute;simo...<br />Cerraban el horizonte unas monta&ntilde;as amoratadas rematadas por una franja de reluciente nieve. Las estribaciones m&aacute;s pr&oacute;ximas estaban salpicadas por los monasterios de dorados tejados. A la izquierda se elevaba el Potala con su inmensa masa de edificios que formaba como una peque&ntilde;a monta&ntilde;a. Un poco a nuestra derecha, el bosquecillo de donde emerg&iacute;an templos y colegios. All&iacute; viv&iacute;a el Or&aacute;culo del Estado del T&iacute;bet, personaje muy importante cuya sola tarea consist&iacute;a en poner en contacto el mundo material con el inmaterial. Abajo, en el patio que se dominaba desde mi ventana, paseaban monjes de todas las categor&iacute;as. Algunos llevaban unos h&aacute;bitos de color casta&ntilde;o oscuro: eran los monjes-obreros. Un peque&ntilde;o grupo de muchachos iban vestidos de blanco: eran monjes estudiantes que hab&iacute;an llegado de una lejana lamaser&iacute;a. Pero tambi&eacute;n hab&iacute;a monjes de rangos m&aacute;s elevados, vestidos con t&uacute;nicas de rojo vivo o moradas. Estos &uacute;ltimos llevaban a veces estolas doradas para indicar que pertenec&iacute;an tambi&eacute;n a la Alta Administraci&oacute;n. Algunos llegaban montados en caballos. Los seglares montaban en animales de color, mientras que los sacerdotes s&oacute;lo pod&iacute;an utilizar los blancos. Todo esto me sacaba de mi problema inmediato, que era ponerme bien y poder andar de nuevo.<br />A los tres d&iacute;as decidieron que me levantara y procurase andar. Me dol&iacute;a a&uacute;n much&iacute;simo la pierna. La ten&iacute;a muy hinchada y me perjudicaban mucho las escamas de or&iacute;n que no hab&iacute;an conseguido quitarme. Tuvieron que hacerme unas muletas y con ellas avanzaba dificultosamente. Parec&iacute;a un p&aacute;jaro herido. En todo el cuerpo segu&iacute;an molest&aacute;ndome las quemaduras y ampollas, pero el intenso dolor de la pierna le quitaba importancia a todo lo de m&aacute;s. Me era imposible sentarme. Ten&iacute;a que echarme del lado derecho o de cara. Naturalmente, no pod&iacute;a asistir a los servicios religiosos ni a las clases, de modo que mi Gu&iacute;a, el lama Mingyar Dondup, me ense&ntilde;aba todo el tiempo. Estaba muy satisfecho de lo mucho que yo hab&iacute;a aprendido en tan pocos a&ntilde;os y me dijo...<br />&mdash;Pero ten en cuenta que gran parte de estos conocimientos los recuerdas inconscientemente de tu &uacute;ltima encarnaci&oacute;n.</p><p>CAP&Iacute;TULO SEXTO<br />VIDA EN LA LAMASER&Iacute;A.</p><p>Pasaron dos semanas y las quemaduras estaban ya mucho mejor. La pierna me molestaba todav&iacute;a mucho, pero mejoraba poco a poco. Pregunt&eacute; si podr&iacute;a hacer la misma vida que antes. Me lo permitieron, pero autoriz&aacute;ndome para sentarme como buenamente pudiera o tumbarme boca abajo.<br />Desde luego la invalidez de mi pierna me imped&iacute;a sentarme en lo que llamamos en el T&iacute;bet la actitud del loto.<br />Precisamente la tarde en que reanud&eacute; mi vida normal &mdash;es decir, la que hac&iacute;a antes del accidente&mdash; me tocaba a m&iacute; de turno en la cocina. Me encargaron llevar en una pizarra la cuenta del n&uacute;mero de sacos de cebada que tostaban. La cebada estaba extendida en un suelo de tierra humeante, calentado por el horno del s&oacute;tano donde yo me hab&iacute;a quemado. Se esparc&iacute;a la cebada por igual y se cerraba la puerta. Mientras se tostaba esa cantidad corr&iacute;amos por un pasillo hasta una habitaci&oacute;n donde tritur&aacute;bamos la cebada ya tostada. Hab&iacute;a un gran recipiente de piedra de forma c&oacute;nica y de unos dos metros y medio por su parte m&aacute;s ancha. Su superficie interna estaba rayada y picada para contener los granos de cebada, mientras una gran piedra, tambi&eacute;n en forma c&oacute;nica, encajaba en el recipiente. Esta piedra se mov&iacute;a por un eje muy gastado ya por los a&ntilde;os, en cuyo extremo superior hab&iacute;a unos palos horizontales, como los radios de una rueda que no tuviese aro.<br />La cebada tostada era vertida en el recipiente y entre los monjes y los chicos mov&iacute;amos los radios del eje para hacer girar la piedra, que pesaba muchas toneladas. Lo m&aacute;s dif&iacute;cil era ponerla en movimiento, pero una vez en marcha no resultaba demasiado dif&iacute;cil. Para hacernos m&aacute;s llevadera la tarea, cant&aacute;bamos a la vez que pes&aacute;bamos. &iexcl;All&iacute; me permit&iacute;an cantar cuanto quisiera! Pero lograr que se pusiera en movimiento la rueda era espantoso.<br />Todos ten&iacute;an que echar el resto de sus energ&iacute;as y una vez en marcha deb&iacute;amos cuidar de que no se detuviera. A medida que por el agujero que hab&iacute;a en el fondo sal&iacute;a el grano molido, &iacute;bamos echando m&aacute;s cebada tostada por arriba. Llev&aacute;bamos de nuevo lo molido al suelo de piedra caliente y lo volv&iacute;amos a tostar. Esta era la base de la tsampa. Todos nosotros llev&aacute;bamos una provisi&oacute;n de tsampa para toda la semana o, mejor dicho, ten&iacute;a mos la cebada tostada y molida. A las horas de comer vert&iacute;amos un poco de ella, de nuestras bolsas de cuero, en las escudillas. Le a&ntilde;ad&iacute;amos t&eacute; con manteca, hac&iacute;amos la masa con los dedos y la com&iacute;amos.<br />Al d&iacute;a siguiente tuve que ayudar a hacer el t&eacute;. Nos llevaron a otra parte de las cocinas donde hab&iacute;a un enorme caldero que hab&iacute;an limpiado con arena y brillaba como metal nuevo. A primera hora del d&iacute;a lo hab&iacute;an llenado a la mitad con agua y ahora estaba hirviendo. Nuestra labor consist&iacute;a en coger los &laquo;ladrillos&raquo; de t&eacute; y deshacerlos y partirlos. Cada &laquo;ladrillo&raquo; pesaba de catorce a dieci s&eacute;is libras y hab&iacute;a llegado a Lhasa pasando por los puertos monta&ntilde;osos desde China y la India. Los trozos deshechos eran arrojados al agua hirviendo. Un monje echaba un gran bloque de sal y otro vert&iacute;a en el caldero una cierta cantidad de soda. Cuando todo esto herv&iacute;a de nuevo, a&ntilde;ad&iacute;amos una gran cantidad de manteca clarificada y todo ello segu&iacute;a hirviendo durante unas horas. Esta mezcla era muy alimenticia y bastaba con la tsampa para alimentar a una persona. Siempre hab&iacute;a t&eacute; caliente y cuando un caldero se iba gastando se preparaba otro. Lo peor de la preparaci&oacute;n del t&eacute; era mantener el fuego. A la bo&ntilde;iga de yak, que emple&aacute;bamos como combustible en vez de madera, se le daba una forma aplastada. Hab&iacute;a una reserva casi inagotable de esti&eacute;rcol. Cuando se echa al fuego produce un humo de un olor horrible que lo ennegrece todo y acaba convirtiendo a la madera en &eacute;bano, y los rostros expuestos a este humo durante mucho tiempo acaban tambi&eacute;n ennegreci&eacute;ndose.<br />Si ten&iacute;amos que ayudar en estas labores no era por escasez de mano de obra, sino para que no hubiera demasiada separaci&oacute;n de clases. En el T&iacute;bet creemos que el &uacute;nico enemigo es el hombre a quien no conocemos; basta trabajar junto a un hombre, hablar con &eacute;l y tratarlo para que deje de ser un enemigo. Es una costumbre arraigada entre nosotros que un d&iacute;a al a&ntilde;o renuncien las autoridades a su poder y que cualquier subordinado pueda de cirles todo lo que piensa de ellas: si un Abad ha sido excesivamente duro durante el a&ntilde;o se le puede decir ese d&iacute;a, y, si la cr&iacute;tica es justa, el Abad no podr&aacute; hacer absolutamente nada para perjudicar al subordinado que ha dicho lo que pensaba. Es un sistema que da muy buenos resultados y del que nunca se abusa. Es una gran arma de justicia contra los poderosos y proporciona a las clases humildes la satisfacci&oacute;n de poder dar su opini&oacute;n.<br />Hab&iacute;a mucho que estudiar en clase. Nos sent&aacute;bamos en filas. Cuando el profesor nos explicaba algo o le&iacute;a o escrib&iacute;a en la pizarra colgada en la pared, se volv&iacute;a hacia nosotros. Pero cuando trabaj&aacute;bamos estudiando las lecciones, se pon&iacute;a detr&aacute;s de nosotros al fondo de la clase y ninguno se atrev&iacute;a a distraerse por miedo a que el profesor se estuviera fijando en &eacute;l.<br />Llevaba un buen palo que no vacilaba en emplear contra cualquier parte de nuestro cuerpo, la primera que se le pusiera al alcance: hombros, brazos, espalda, o... el sitio m&aacute;s indicado.<br />Estudi&aacute;bamos muchas matem&aacute;ticas, porque era &eacute;sta una asignatura esencial para la astrolog&iacute;a. Nuestra astrolog&iacute;a no es ni mucho menos adivinatoria o de arte de magia, sino que se basa en principios cient&iacute;ficos. A m&iacute; me exig&iacute;an muchos conocimientos astrol&oacute;gicos porque son necesarios para la medicina. Es mejor aplicar a cada persona el tratamiento que requiere su tipo astrol&oacute;gico en vez de creer que porque un tratamiento ha dado resultado con una persona puede curar tambi&eacute;n a otra. De las paredes pend&iacute;an grandes cartas astrol&oacute;gicas y otras donde aparec&iacute;an pintadas las diferentes clases de hierbas medicinales. Estos cuadros eran cambiados todas las semanas.<br />Se nos exig&iacute;a que conoci&eacute;semos todas las plantas por su aspecto.<br />M&aacute;s adelante nos llevaron en excursiones para coger y preparar estas hierbas, pero no nos permit&iacute;an realizar este trabajo pr&aacute;ctico hasta que no conoc&iacute;amos a primera vista todas las variedades de plantas. Estas exp ediciones en busca de hierbas, que sol&iacute;an realizarse en el oto&ntilde;o, las acog&iacute;amos con gran regocijo, ya que representaban un descanso en la rutina de la vida mon&aacute;stica.<br />A veces nos pas&aacute;bamos tres meses seguidos en las monta&ntilde;as, junto a las nieves eternas y a una altitud de m&aacute;s de seis mil metros, donde las grandes capas de hielo eran interrump idas por inesperados valles verdes gracias a los manantiales de agua caliente. Esta es una experiencia que seguramente no puede disfrutarse en ninguna otra parte del mundo. En una distancia de cincuenta metros se puede pasar de una temperatura de cuarenta grados Fahrenheit bajo cero a otra de 100 grados Fahrenheit sobre cero.<br />Esta zona s&oacute;lo la hab&iacute;an explorado algunos de nuestros monjes.<br />Nuestra instrucci&oacute;n religiosa era intensiva. Todas las ma&ntilde;anas ten&iacute;amos que recitar las Leyes y los Pasos del Camino de Enmedio. He aqu&iacute; las Leyes:<br />1. Tener fe en los dirigentes de la lamaser&iacute;a y en los de nuestro pa&iacute;s.<br />2. Cumplir con los deberes religiosos y estudiar todo lo humanamente posible.<br />3. Honrar a nuestros padres.<br />4. Respetar a los virtuosos.<br />5. Honrar a los mayores y a los de elevada condici&oacute;n social.<br />6. Hacer todo lo que se pueda en beneficio de la Patria.<br />7. Ser honrado y ver&iacute;dico en todo.<br />8. Preocuparse por los amigos y parientes.<br />9. Hacer el mejor uso del alimento y de la riqueza.<br />10. Seguir el ejemplo de los que son buenos.<br />11. Ser agradecido y corresponder a la amabilidad de los otros.<br />12. Dar en todas las cosas la medida justa.<br />13. No ser celoso ni envidioso.<br />14. No escandalizar.<br />15. Ser moderado en palabras y actos y no da&ntilde;ar a otros.<br />16. Soportar el sufrimiento y la desgracia con paciencia y humildad.<br />Se nos dec&iacute;a constantemente que si todos obedecieran estas Leyes no habr&iacute;a luchas ni desarmon&iacute;a en el mundo. Nuestro monasterio se distingu&iacute;a por su austeridad y por el rigor con que se preparaba a los ac&oacute;litos. Los monjes trasladados de otras lamaser&iacute;as se cansaban al poco tiempo de tanta severidad y se marchahan en busca de un monasterio menos r&iacute;gido. A &eacute;stos los consider&aacute;bamos como unos fracasados, mientras que nosotros constitu&iacute;amos la &eacute;lite. En muchas otras lamaser&iacute;as no hab&iacute;a servicios religiosos nocturnos: los monjes se acostaban al anochecer y se levantaban al alba durmiendo tranquilamente todo ese tiempo. Esa vida nos parec&iacute;a de una comodidad casi afeminada, y aunque a veces protest&aacute;bamos entre dientes por la dureza de nuestra vida, m&aacute;s habr&iacute;amos protestado si nos hubieran cambiado el plan de vida. El primer a&ntilde;o, sobre todo, fue dur&iacute;simo. Luego lleg&oacute; el momento de eliminar a los fracasados. Para resistir las excursiones a las monta&ntilde;as heladas en busca de hierbas hab&iacute;a que ser de una extraordinaria fortaleza f&iacute;sica. Es natural que nuestros dirigentes decidieran prescindir de los d&eacute;biles para que no desanimaran a los dem&aacute;s. Durante el primer a&ntilde;o no tuvimos ni un momento de asueto: nada de juegos ni distracciones propias de chicos. El tiempo que est&aacute;bamos despiertos lo ocupaban por completo el estudio y toda clase de trabajos.<br />Una de las cosas que hoy he de agradecer m&aacute;s es c&oacute;mo me ense&ntilde;aron a aprenderme las cosas de memoria. La mayor&iacute;a de los tibetanos tienen buena memoria, pero los que nos prepar&aacute;bamos para monjes-m&eacute;dicos ten&iacute;amos que saber los nombres y la descripci&oacute;n exacta de un gran n&uacute;mero de hierbas, as&iacute; como conocer todas las combinaciones que pod&iacute;an hacerse con ellas y la manera de usarlas. Tambi&eacute;n ten&iacute;amos que saber mucho de astrolog&iacute;a y poder recitar de memoria todos los textos sagrados. En el T&iacute;bet se ha desarrollado a trav&eacute;s de los siglos un curioso m&eacute;todo mnemot&eacute;cnico.<br />Imagin&aacute;bamos que nos hall&aacute;bamos en una habitaci&oacute;n en cuyas paredes se alieneaban miles y miles de cajones. En cada caj&oacute;n hab&iacute;a una etiqueta claramente escrita y las palabras de cada etiqueta pod&iacute;an leerse con toda facilidad desde el lugar donde est&aacute;bamos. Ten&iacute;amo s que clasificar todo lo que nos iba diciendo el profesor, y nos hab&iacute;an ense&ntilde;ado a imaginar que abr&iacute;amos el caj&oacute;n apropiado y archiv&aacute;bamos en &eacute;l el dato que acab&aacute;bamos de o&iacute;r. Lo importante era que visualiz&aacute;semos con toda claridad tanto el dato como la exa cta localizaci&oacute;n del caj&oacute;n. No se necesita demasiado entrenamiento para entrar &mdash;imaginativamente&mdash; en esa habitaci&oacute;n, abrir el caj&oacute;n correspondiente, sacar el dato requerido, as&iacute; como todos los dem&aacute;s que con &eacute;l se relacionen.<br />Nuestros profesores daban una gran importancia a la mnemotecnia.<br />Inesperadamente nos hac&iacute;an preguntas s&oacute;lo para probarnos la memoria.<br />Eran preguntas desconcertantes, sin la menor relaci&oacute;n una con otra, para que no pudi&eacute;semos seguir una pista. Muchas veces nos ped&iacute;an que les recit&aacute;semos pasajes de los Libros Sagrados y nos interrump&iacute;an bruscamente para preguntarnos algo sobre determinada hierba. Olvidarse de algo implicaba un severo castigo. Entre nosotros, el olvido era la m&aacute;s imperdonable de las faltas y se castigaba con tremendas palizas. No se nos daba mucho tiempo para contestar. Por ejemplo, el profesor dec&iacute;a s&uacute;bitamente: &laquo;Muchacho, vas a decirme ahora mismo la quinta l&iacute;nea de la p&aacute;gina octava del s&eacute;ptimo volumen del Kan Kan-gyur. Abre el caj&oacute;n ahora mismo; &iquest;qu&eacute; lees?&raquo; No responder a los diez segundos era igual que si no se hubiese recordado.<br />A los diez segundos la paliza era segura y m&aacute;s val&iacute;a no intentar evitarla porque si, por ejemplo, se daba la respuesta a los quince segundos y se comet&iacute;a alg&uacute;n error, entonces los palos eran m&aacute;s abundantes y fuertes.<br />Sin embargo, debo reconocer que este sistema mnemot&eacute;cnico es formidable.<br />T&eacute;ngase en cuenta que no pod&iacute;amos llevar libros de consulta de un lado para otro. Nuestros libros suelen ser de un metro de longitud y cerca de medio metro de altura con sus enormes hojas de papel muy grueso sueltas y sujetas por dos pesad&iacute;simas tapas de madera labrada. M&aacute;s adelante habr&iacute;a yo de alegrarme de haber adquirido ese dominio de la memoria.<br />Durante los primeros doce meses no nos permitieron salir del monasterio.<br />A los que salieron les cerraron la puerta para siempre. &Eacute;sta era una de las normas de Chakpori, porque la disciplina era tan r&iacute;gida que se tem&iacute;a que la menor interrupci&oacute;n le quitase al ac&oacute;lito las ganas de regresar. Confieso que si yo hubiera tenido alg&uacute;n sitio adonde ir no habr&iacute;a resistido a la tentaci&oacute;n de escaparme al principio. Pero despu&eacute;s del primer a&ntilde;o est&aacute;bamos ya acostumbrados a la implacable disciplina.<br />El trabajo constante y la prohibici&oacute;n de todo juego serv&iacute;a m&aacute;s que nada para seleccionar a los ac&oacute;litos. Los d&eacute;biles no pod&iacute;an resistirlo. Pero los dem&aacute;s, al cabo de unos cuantos meses, hab&iacute;amos olvidado ya que exist&iacute;an juegos en el mundo. Desde luego, practic&aacute;bamos ciertos deportes, pero era s&oacute;lo como un trabajo m&aacute;s y para que nos sirvieran de algo &uacute;til m&aacute;s adelante.<br />Por ejemplo, and&aacute;bamos en zancos, deporte que yo hab&iacute;a practicado cuando viv&iacute;a en mi casa. Empezamos empleando zancos que nos elevaban por encima de la altura de nuestra cabeza y nos los iban aumentando a medida que adquir&iacute;amos mayor soltura. Sobre ellos and&aacute;bamos por los patios, mirando por las ventanas y alborotando mucho. No utiliz&aacute;bamos ning&uacute;n palo equilibrador y cuando quer&iacute;amos estarnos en un mismo sitio nos balance&aacute;bamos r&iacute;tmicamente para conservar el equilibrio. Casi nunca nos ca&iacute;a mos. Luch&aacute;bamos en grupos, sobre los zancos, en equipos de diez que se alineaban separados por unos treinta metros. Al darse una se&ntilde;al, cada uno de los equipos se lanzaba contra el otro, prorrumpiendo en gritos salvajes para asustar a los demonios del cielo e impedir que intervinieran en la lucha.<br />Como he dicho, yo estaba entre chicos mucho mayores y fuertes que yo, lo cual me daba una ventaja en la lucha con zancos. Los dem&aacute;s se mov&iacute;an pesadamente, mientras que yo, con mi menor estatura y con zancos m&aacute;s bajos, me colocaba por entre ellos y tiraba de un zanco, empujaba de otro y as&iacute; iba tumbando varios enemigos.<br />Tambi&eacute;n us&aacute;bamos los zancos para cruzar los r&iacute;os. Recuerdo una vez que quise cruzar una corriente con unos zancos de dos metros. Era un r&iacute;o profundo ya desde la orilla. Me sent&eacute; en el borde y met&iacute; en el agua las piernas con los zancos puestos. El agua me llegaba hasta las rodillas y en cuanto di unos pasos me lleg&oacute; a la cintura. Entonces o&iacute; unos pasos que corr&iacute;an.<br />Un hombre se detuvo en la orilla, me mir&oacute; y, seguramente, al ver que el agua s&oacute;lo me llegaba a la cintura, pens&oacute;: &ldquo;No hay profundidad, ya que este ni&ntilde;o puede vadearlo tan f&aacute;cilmente.&rdquo; Y se meti&oacute; en el agua con decisi&oacute;n.<br />Al instante el hombre desapareci&oacute; por completo. El desgraciado consigui&oacute; salir a la superficie y agarrarse a la orilla. Estaba furioso y profer&iacute;a contra m&iacute; unas amenazas tan terribles que se me helaba la sangre. Llegu&eacute; hasta la otra orilla y nunca he corrido con tanta rapidez en zancos.<br />Uno de los peligros de usar zancos se deb&iacute;a al viento que siempre sopla en el T&iacute;bet. A veces con la excitaci&oacute;n de la lucha nos olvid&aacute;bamos del viento y de la necesidad de protegerse detr&aacute;s de alg&uacute;n muro. De pronto una r&aacute;faga nos levantaba los h&aacute;bitos y ceg&aacute;ndonos con ellos, nos hac&iacute;a caer a todos en un revoltijo de brazos, piernas y zancos. Pero muy rara vez se lastimaba alguien. Nuestra pr&aacute;ctica del judo nos hab&iacute;a ense&ntilde;ado a caer sin causarnos da&ntilde;o. Desde luego, sal&iacute;amos con ara&ntilde;azos y despellejaduras, pero aquello era una insignificancia para nosotros. Claro est&aacute; que siempre hab&iacute;a alguno de esos que son capaces de tropezar con su sombra y se part&iacute;a un brazo o una pierna.<br />Recuerdo a un chico que daba unos fant&aacute;sticos saltos mortales con los zancos puestos. Yo tambi&eacute;n aprend&iacute; a saltar con zancos, pero la primera vez que lo intent&eacute; me di una ca&iacute;da fenomenal. Aquel muchacho se apoyaba en el extremo de los palos, sacaba los pies de los soportes, daba una vuelta completa de campana y volv&iacute;a a poner los pies en los salientes sin que le cayeran los zancos. Lo hac&iacute;a una y otra vez y nunca fallaba, y para ello no se deten&iacute;a ni interrump&iacute;a el ritmo de su marcha. Lo hac&iacute;a, de un modo inveros&iacute;mil, conforme iba andando. Yo la primera vez que lo intent&eacute;, romp&iacute; los soportes de los pies, pero es que estaban mal clavados.<br />Cuando iba a cumplir mi octavo aniversario, me llam&oacute; el lama Mingyar Dondup y me dijo que los astr&oacute;logos hab&iacute;an predicho que el d&iacute;a siguiente de mi cumplea&ntilde;os ser&iacute;a el m&aacute;s indicado para &ldquo;abrirme el Tercer Ojo&rdquo;. Esta noticia no me atemoriz&oacute; porque sab&iacute;a que mi amigo estar&iacute;a junto a m&iacute; y confiaba en &eacute;l plenamente. Como tantas veces me hab&iacute;a dicho, cuando tuviese abierto el Tercer Ojo podr&iacute;a ver a la gente tal como de verdad es. Para nosotros el cuerpo no era m&aacute;s que una c&aacute;scara o caparaz&oacute;n animado por la aut&eacute;ntica personalidad de cada cual, el Superser, que toma las riendas cuando uno se duerme o se muere. Creemos que el hombre est&aacute; colocado en su deleznable cuerpo f&iacute;sico s&oacute;lo para que aprenda y progrese.<br />Durante el sue&ntilde;o regresa el hombre a otro plano de existencia. El esp&iacute;ritu se aparta del cuerpo f&iacute;sico y sale flotando en cuanto llega el sue&ntilde;o. El esp&iacute;ritu mantiene su contacto con el cuerpo fisico por medio de un &laquo;cord&oacute;n de plata&raquo; que no se rompe hasta el momento de la muerte. Y nuestros ensue&ntilde;os, mientras estamos dormidos, son vivencias que se realizan en el plano espiritual del sue&ntilde;o. Cuando el esp&iacute;ritu regresa al cuerpo, el choque del despertar desquicia la memoria on&iacute;rica a no ser que est&eacute; entrenado especialmente.<br />Por eso a la gente le parece disparatado el mundo de los ensue&ntilde;os.<br />Pero me referir&eacute; a esto con mayor extensi&oacute;n cuando relate mi propia experiencia en este campo.<br />El aura que rodea el cuerpo y que cualquier persona, bajo las adecuadas condiciones, puede aprender a ver, no es m&aacute;s que un reflejo de la Fuerza Vital que arde en &eacute;l. Creemos que esta energ&iacute;a es el&eacute;ctrica lo mismo que el rayo. En Occidente los hombres de ciencia pueden ya medir y registrar las ondas el&eacute;ctricas cerebrales. Lo cual deben recordar quienes se burlan de estas cosas y tampoco debe olvidarse la corona solar. Las llamas del disco solar salen de &eacute;l y cubren una distancia de millones de kil&oacute;metros. Corrientemente no vemos esta corona, pero cuando hay un eclipse total es muy f&aacute;cil de verla. En verdad no importa que la gente lo crea o no. La incredulidad no extinguir&aacute; la corona solar. All&iacute; sigue. Y lo mismo sucede con el aura humana. En cuanto se abriese mi Tercer Ojo, podr&iacute;a yo ver esta aura entre otras cosas.</p><p>CAP&Iacute;TULO S&Eacute;PTIMO.</p><p>LA APERTURA DEL TERCER OJO.</p><p>Lleg&oacute; mi cumplea&ntilde;os y me dejaron todo el d&iacute;a libre, sin clases ni deberes religiosos. Por la ma&ntilde;ana temprano me dijo el lama Mingyar Dondup:<br />&laquo;Divi&eacute;rtete hoy cuanto quieras, Lobsang. Al oscurecer vendremos a verte.&raquo; Lo pas&eacute; muy bien tendido al sol, sin ocuparme ni preocuparme por nada. All&aacute; lejos luc&iacute;an los tejados del Potala. Detr&aacute;s de m&iacute; las aguas azules del Norbu Linga, o Parque de la Joya, me hac&iacute;an desear una lancha para bogar por ellas. Al Sur un grupo de mercaderes cruzaba el Kyi Chu en el transbordador. &iexcl;Con qu&eacute; rapidez pas&oacute; el d&iacute;a!<br />Al oscurecer fui a la peque&ntilde;a habitaci&oacute;n donde me hab&iacute;an citado. Poco despu&eacute;s o&iacute; el murmullo de las suaves botas de fieltro sobre el suelo de piedra y entraron en mi habitaci&oacute;n tres lamas del m&aacute;s alto grado. Me pusieron en la cabeza una compresa de hierbas que sujetaron fuertemente con una venda. All&iacute; me dejaron y ya anochecido volvieron los tres. Uno de ellos era el lama Mingyar Dondup. Me quitaron cuidadosamente la venda y la compresa y me limp iaron y secaron la frente. Un lama forzudo se sent&oacute; detr&aacute;s de m&iacute; y me apret&oacute; la cabeza entre sus rodillas. El segundo lama abri&oacute; la caja y sac&oacute; un instrumento de reluciente acero, una especie de lezna, pero hueca y con la punta en forma de diminuta sierra. El lama se qued&oacute; unos minutos mirando el instrumento y luego lo pas&oacute; por la llama de una l&aacute;mp ara para esterilizarlo. El lama Mingyar me cogi&oacute; las manos y me dijo:<br />&mdash;Esto es muy doloroso, Lobsang, pero s&oacute;lo puede hacerse hall&aacute;ndose en tu pleno conocimiento. No durar&aacute; mucho; de modo que procura estarte lo m&aacute;s quieto que puedas.<br />Siguieron sacando y preparando instrumentos y una colecci&oacute;n de lociones de hierbas. Pens&eacute;: &laquo;En fin, Lobsang, de todos modos acabar&aacute;n contigo antes o despu&eacute;s. Nada puedes hacer... Como no sea estarte quieto.&raquo; El lama que ten&iacute;a en la mano el instrumento de acero mir&oacute; a sus compa&ntilde;eros y dijo:<br />&mdash; Empecemos ya, pues el sol acaba de ocultarse.<br />Aplic&oacute; el instrumento al centro de mi frente y empez&oacute; a hacer girar el mando. Al principio tuve la sensaci&oacute;n de que me estaban pinchando con espinas. Luego me pareci&oacute; que el tiempo se hab&iacute;a detenido. A medida que los pinchos penetraban en la piel y en la carne, no sent&iacute;a dolor alguno. S&oacute;lo me sobresalt&eacute; cuando el acero tropez&oacute; con el hueso. El lama sigui&oacute; apretando y movi&oacute; el instrumento levemente para que los dientecillos de acero royeran el hueso frontal. No sent&iacute;a ning&uacute;n dolor agudo, sino algo semejante al dolor de cabeza corriente. No hice movimiento alguno. Estando delante de Mingyar Dondup habr&iacute;a preferido morir a moverme o lanzar un gemido.<br />Aquel hombre ten&iacute;a fe en m&iacute;, y yo en &eacute;l. Estaba convencido de que cuanto hac&iacute;a o dec&iacute;a era acertado. Me miraba fijamente con las facciones contra&iacute;das.<br />De pronto hubo un ruidito y el instrumento penetr&oacute; en el hueso. Inmediatamente detuvo el lama su movimiento y sostuvo con firmeza el instrumento, mientras el lama Mingyar Dondup le pasaba una peque&ntilde;&iacute;sima astilla de madera, muy limpia, que hab&iacute;a sido tratada con hierbas y fuego para hacerla tan dura como el acero. Esta cu&ntilde;a, metida en el interior del instrumento fue penetrando por el agujero que me hab&iacute;an abierto en la cabeza. El lama-cirujano se apart&oacute; un poco para que el lama Mingyar Dondup pudiera ponerse tambi&eacute;n frente a m&iacute;. Entonces, a una se&ntilde;al de este &uacute;ltimo, el cirujano fue empujando a&uacute;n m&aacute;s la cu&ntilde;a con infinitas precauciones. De pronto sent&iacute; una extra&ntilde;a sensaci&oacute;n como si me hicieran cosquillas en el puente de la nariz; despu&eacute;s me pareci&oacute; oler sutiles aromas que no pod&iacute;a identificar.<br />Tambi&eacute;n pas&oacute; esta impresi&oacute;n y luego me pareci&oacute; que me estaban empujando o que yo empujaba contra un velo el&aacute;stico. De pronto se produjo un fogonazo cegador y en aquel mismo instante el lama Mingyar Dondup dijo:<br />&mdash;&iexcl;Alto!<br />Durante un momento sent&iacute; un dolor muy intenso que fue disminuyendo y desapareci&oacute; por completo. En el momento m&aacute;ximo de dolor hab&iacute;a visto como una llamarada blanca que luego fue sustituida por espirales de color y gl&oacute;bulos de humo incandescente. Me quitaron con todo cuidado el instrumento de metal, pero me dejaron dentro el trocito de madera que no me quitar&iacute;an hasta pasadas dos o tres semanas y hasta entonces tendr&iacute;a que permanecer en aquella habitaci&oacute;n en una oscuridad casi absoluta. Nadie podr&iacute;a verme, excepto los tres lamas, que seguir&iacute;an d&aacute;ndome instrucciones cada d&iacute;a. Hasta que me extrajesen la cu&ntilde;a apenas comer&iacute;a ni beber&iacute;a. Despu&eacute;s de vendarme la cabeza para que no se moviese la cu&ntilde;a, se volvi&oacute; hacia m&iacute; el lama Mingyar Dondup y me dijo:<br />&mdash;Ya eres uno de nosotros, Lobsang. Durante toda tu vida ver&aacute;s a las personas como son y no como pretenden ellas ser.<br />Fue para m&iacute; una extra&ntilde;a experiencia ver a aquellos hombres como envueltos en una llama dorada. Hasta m&aacute;s adelante no supe que sus auras eran doradas a causa de la vida tan pura que llevaban y que las de la mayor&iacute;a de la gente ten&iacute;an un aspecto muy diferente.<br />A medida que este nuevo sentido se me fue desarrollando, gracias al entrenamiento intensivo a que me sometieron los tres lamas, fui observando que hay otras emanaciones que se extienden m&aacute;s all&aacute; del aura m&aacute;s &iacute;ntima.<br />Con el tiempo pude adivinar el estado de salud de una persona por el color e intensidad de su aura. Tambi&eacute;n pude saber cu&aacute;ndo dec&iacute;an verdad o mentira, seg&uacute;n fluctuaran las auras. Pero no s&oacute;lo el cuerpo humano era el objeto de mi clarividencia. Me dieron un cristal que a&uacute;n poseo y en cuyo uso he adquirido una gran pr&aacute;ctica. Nada hay de magia en las tan conocidas bolas de cristal. S&oacute;lo son instrumentos como un microscopio o un telescopio que, gracias a las leyes naturales, nos permiten ver los objetos normalmente invisibles. Ese cristal s&oacute;lo sirve de foco para el Tercer Ojo y con &eacute;l se puede penetrar en el inconsciente de una persona o registrar el recuerdo de ciertos hechos. El cristal debe adaptarse al individuo que lo usa. Algunas personas trabajan mejor con un cristal de roca y otros prefieren la bola.<br />Tambi&eacute;n los hay que usan un recipiente de agua pura o un disco negro. Lo de menos es el instrumento, ya que los principios que act&uacute;an son los mismos.<br />Durante la primera semana permaneci&oacute; mi habitaci&oacute;n en una oscuridad casi completa. A la semana siguiente dejaron entrar un poco de luz y la fueron aumentando cada d&iacute;a un poco m&aacute;s. El decimos&eacute;ptimo d&iacute;a estaba la habitaci&oacute;n completamente iluminada y vinieron los tres lamas para quitarme la cu&ntilde;a de madera. Fue mu y sencillo. La noche antes me hab&iacute;an untado la frente con una loci&oacute;n de hierbas. Por la ma&ntilde;ana se presentaron los tres lamas y, como el primer d&iacute;a, uno de ellos me sujet&oacute; la cabeza entre las rodillas.<br />El cirujano agarr&oacute; con unas fuertes pinzas el extremo saliente de la astilla y me la arranc&oacute; de un solo tir&oacute;n. El lama Mingyar Dondup me rellen&oacute; el peque&ntilde;o agujero que hab&iacute;a quedado con una pasta de hierbas y me ense&ntilde;&oacute; el trocito de madera. Se hab&iacute;a vuelto tan negra como el &eacute;bano mientras estuvo en mi cabeza. El lama-cirujano coloc&oacute; el pedacito de madera sobre un peque&ntilde;o brasero junto con incienso de varias clases. Mi iniciaci&oacute;n se completaba con aquel humo combinado que sub&iacute;a hacia el techo. Aquella noche sent&iacute;a como un torbellino dentro de mi cabeza. &iquest;C&oacute;mo ver&iacute;a a Tzu con mi nueva facultad? &iquest;C&oacute;mo se me aparecer&iacute;an mi padre y mi madre?<br />Pero estas preguntas no pod&iacute;an tener a&uacute;n respuesta.<br />Por la ma&ntilde;ana volvieron los lamas y me examinaron cuidadosamente.<br />Dijeron que podr&iacute;a hacer ya la vida normal, pero que pasar&iacute;a la mitad del tiempo con el lama Mingyar Dondup, que me ense&ntilde;ar&iacute;a siguiendo un m&eacute;todo intensivo. En las dem&aacute;s horas asistir&iacute;a a las clases y cumplir&iacute;a con los deberes religiosos, no ya con una finalidad educativa, sino para que la vida en com&uacute;n me equilibrase. Algo m&aacute;s adelante me ense&ntilde;ar&iacute;an tambi&eacute;n por m&eacute;todos hipn&oacute;ticos. Por lo pronto, lo que m&aacute;s me interesaba era comer.<br />Durante los &uacute;ltimos dieciocho d&iacute;as me tuvieron racionado y ahora deb&iacute;a recuperarme.<br />Cuando sal&iacute;a de la habitaci&oacute;n s&oacute;lo pensaba encontrar algo de comida. Se me acerc&oacute; una figura envuelta en un humillo azul con brochazos de rojo vivo. Di un grito de espanto y volv&iacute; a la habitaci&oacute;n. Los dem&aacute;s se admiraban de mi expresi&oacute;n de terror.<br />&mdash;&iexcl;En el corredor hay un hombre envuelto en fuego! &mdash;exclam&eacute;. Y el lama Mingyar Dondup se apresur&oacute; a asomarse y volvi&oacute; enseguida sonriente.<br />&mdash;Lobsang, no te asustes. El aura de ese hombre es de un azul humeante porque su personalidad no est&aacute; a&uacute;n desarrollada y los ramalazos de color rojo son los impulsos de irritaci&oacute;n que no puede contener. De modo que puedes salir con toda tranquilidad en busca de esa comida que est&aacute;s deseando.<br />Me encant&oacute; hallarme de nuevo entre los chicos amigos. Cre&iacute;a conocerlos perfectamente, pero ahora ve&iacute;a que no los conoc&iacute;a en absoluto. Me bastaba mirarlos para captar enseguida sus verdaderos pensamientos: la simpat&iacute;a que algunos sent&iacute;an por m&iacute;, la envidia de otros, y la indiferencia de unos cuantos. No se trataba de saberlo todo con s&oacute;lo ver unos colores; ten&iacute;an que ense&ntilde;arme a comprender lo que significaban esos colores. Mi Gu&iacute;a y yo nos sent&aacute;bamos en una habitaci&oacute;n oculta desde donde pod&iacute;amos ver a los que entraban por las puertas principales. Por ejemplo, me dec&iacute;a el lama: &laquo; esas l&iacute;neas de color que vibran sobre el coraz&oacute;n del que entra ahora, Ese tono y esa vibraci&oacute;n indican que padece una enfermedad del pulm&oacute;n.<br />&raquo; O bien cuando se acercaba un mercader: &laquo;F&iacute;jate en &eacute;se. &iquest;Ves las franjas que se mueven en torno suyo con unos puntitos que aparecen y desaparecen intermitentemente? Cree que podr&aacute; enga&ntilde;ar a los monjes tontos.<br />Est&aacute; pensando que ya lo ha hecho en otra ocasi&oacute;n. &iexcl;A qu&eacute; mezquindades desciende el hombre por dinero!&raquo; Y cuando vimos venir a un monje anciano, me dijo el lama: &laquo;Observa a &eacute;se con toda atenci&oacute;n, Lobsang. Es un santo var&oacute;n, pero cree en la exactitud literal de nuestras Escrituras; &iquest;no ves que tiene descolorido el amarillo de su nimbo? Eso indica que todav&iacute;a no est&aacute; lo suficientemente desarrollado espiritualmente para razonar por s&iacute; mis mo.&raquo; Y as&iacute; me ejercitaba d&iacute;a tras d&iacute;a. Sobre todo practicaba el poder del Tercer Ojo con los enfermos, tanto los del cuerpo como los del alma. Una tarde me dijo el lama: &laquo;Tendremos que ense&ntilde;arte tambi&eacute;n a cerrar el Tercer Ojo cuando quieras, pues se te har&aacute; insoportable estar contemplando a todas horas las debilidades humanas. Pero por ahora, para ejercitarte, has de tenerlo abierto todo el tiempo como los ojos de tu cara.&raquo; Hace much&iacute;simos a&ntilde;os, seg&uacute;n nuestras leyendas, todos los hombres y mujeres pod&iacute;an usar el Tercer Ojo. En aquellos tiempos los dioses andaban por la tierra y se mezclaban con los hombres. La Humanidad tuvo visiones en que se ve&iacute;a sustituyendo a los dioses e intentando matarlos, pero el Hombre olvidaba que si &eacute;l pod&iacute;a ver m&aacute;s all&aacute; de lo terrenal, los dioses te n&iacute;an ese sentido mucho m&aacute;s desarrollado que &eacute;l. Y los dioses, para castigar al Hombre, le cerraron el Tercer Ojo. Sin embargo, a trav&eacute;s de los siglos, ha habido siempre unos pocos individuos dotados de esa clarividencia.<br />Aquellos que la tienen de un modo natural e innato, pueden aumentar su poder mil veces mediante un tratamiento adecuado, como hab&iacute;a sucedido conmigo.<br />El Abad me mand&oacute; llamar un d&iacute;a y me dijo: &ldquo;Hijo m&iacute;o, disfrutas ya de ese poder que le est&aacute; negado a la mayor&iacute;a. Usalo siempre para el bien y nunca con una finalidad ego&iacute;sta. Cuando viajes por otros pa&iacute;ses encontrar&aacute;s a mucha gente que querr&aacute; hacerte actuar como un mago de feria. Te dir&aacute;n:<br />&ldquo;Adivina esto, prueba lo otro.&rdquo; Pero yo te digo, hijo m&iacute;o, que nunca has de caer en la tentaci&oacute;n de lucir tu habilidad ante ellos. Ese talento se te ha dado para ayudar a los dem&aacute;s, no para enriquecerte. Todo aquello que veas por tu clarividencia..., &iexcl;y ver&aacute;s muchas cosas!..., no lo reveles si ha de da&ntilde;ar a otros y perjudicar su camino en esta vida. Por que el hombre, hijo m&iacute;o, ha de elegir su propia senda y le digas lo que le digas la seguir&aacute;. Debes ayudarlo en la enfermedad y el sufrimiento, pero nunca le revelar&aacute;s lo que pueda alterar su elecci&oacute;n de camino.&raquo; El Abad, hombre muy sabio, era el m&eacute;dico que atend&iacute;a al Dalai Lama.<br />Antes de terminar nuestra entrevista me dijo que dentro de unos cuantos d&iacute;as me mandar&iacute;a a buscar el Dalai Lama, que deseaba conocerme. Me invitar&iacute;a a pasar unas semanas en el palacio del Potala acompa&ntilde;ado por el lama Mingyar Dondup.</p><p>CAP&Iacute;TULO OCTAVO.</p><p>EL POTALA.</p><p>Un lunes por la ma&ntilde;ana me dijo el lama Mingyar Dondup que hab&iacute;a fijado la fecha de mi visita al Dalai Lama. Ser&iacute;a al final de aquella semana.<br />&mdash;Tenemos que ensayar, Lobsang, hemos de perfeccionarnos hasta el mayor extremo para acercarnos a El.<br />En un peque&ntilde;o templo en desuso, cerca de nuestra escuela, hab&iacute;a una estatua del Dalai Lama de tama&ntilde;o natural. Mi Gu&iacute;a y yo fuimos all&iacute; e hicimos como si estuvi&eacute;ramos en el Potala recibidos por el Dalai Lama.<br />&mdash;F&iacute;jate en c&oacute;mo lo hago yo, Lobsang. Has de entrar en la habitaci&oacute;n con los ojos bajos, as&iacute;. Andas hasta este sitio a menos de metro y medio de donde est&aacute; el Dalai Lama. Sacas tu lengua para saludar, y te arrodillas.<br />Ahora f&iacute;jate bien: pones los brazos as&iacute; y te inclinas hacia adelante. Volver&aacute;s a quedar en la misma posici&oacute;n, con la cabeza inclinada, colocar&aacute;s el pa&ntilde;uelo de seda rode&aacute;ndole los pies, as&iacute;. Volver&aacute;s a quedar en la misma posici&oacute;n, con la cabeza inclinada, para que El pueda ponerte un pa&ntilde;uelo al cuello.<br />Cuenta hasta diez para que no te apresures indebidamente y luego te levantas y andas hacia atr&aacute;s hasta el primer almohad&oacute;n libre.<br />Mientras el lama hac&iacute;a todo esto con la facilidad que le daba su pr&aacute;ctica, yo le iba imitando. Prosigui&oacute;:<br />&mdash;Otra advertencia: antes de que empieces a andar hacia atr&aacute;s, lanza una r&aacute;pida mirada que te permita localizar el almohad&oacute;n desocupado. Es necesario que no tropieces con el almohad&oacute;n, como ser&iacute;a muy f&aacute;cil con la excitaci&oacute;n de esos momentos. Ahora hazlo todo t&uacute; solo para que yo lo vea.<br />Sal&iacute; del templo y el la ma dio unas palmadas como se&ntilde;al de que ya pod&iacute;a entrar. Lo hice con excesiva rapidez y el lama me detuvo con un grito:<br />&mdash; &iexcl;Lobsang! &iquest;Acaso crees que esto es una carrera? Ahora hazlo m&aacute;s despacio y da un ritmo a tus pasos dici&eacute;ndote en tu interior: Om-ma-ni pad-me-Hum. Y andar&aacute;s como un joven y digno sacerdote y no como un caballo de carreras en la llanura del Tsang Po.<br />Lo ensay&eacute; otra vez avanzando hacia la estatua con toda calma. Me arrodill&eacute; y saqu&eacute; la lengua para hacer el saludo tibetano. Creo que mis tres reverencias resultaron perfectas; estaba orgulloso de ellas. Pero &iexcl;qu&eacute; desgracia, hab&iacute;a olvidado el pa&ntilde;uelo! As&iacute; que hube de salir de nuevo y emp ezar otra vez. Esta vez todo qued&oacute; como era debido y coloqu&eacute; el pa&ntilde;uelo de ceremonia en torno a los pies de la estatua. Retroced&iacute; unos pasos y logr&eacute; sentarme a la manera del loto, sin tropezar.<br />&mdash;Muy bien &mdash;dijo el lama&mdash;. Ahora viene la segunda parte. Tendr&aacute;s que ocultar tu taza de madera en tu manga izquierda. Te servir&aacute;n t&eacute; cuando est&eacute;s sentado. Entonces sacar&aacute;s la taza de t&eacute; y la colocar&aacute;s en equilibrio sobre la manga, en el antebrazo. Si tienes cuidado no se caer&aacute;. Ensayemos esto de la taza sin olvidar el pa&ntilde;uelo.<br />Todas las ma&ntilde;anas de aquella semana estuvimos ensayando para que pudiera hacer los movimientos autom&aacute;ticamente. Al principio la taza sal&iacute;a rodando por el suelo en cuanto me inclinaba, pero no tard&eacute; en dominar este ejercicio. El viernes tuve que presentarme al Abad y demostrarle que estaba ya preparado. El Abad dijo que mi habilidad era un buen tributo a las ense&ntilde;anzas de nuestro hermano Mingyar Dondup.<br />A la ma&ntilde;ana siguiente, la del s&aacute;bado, descendimos de nuestro monte y nos dirigimos hacia el Potala. Nuestra lamaser&iacute;a formaba parte de la organizaci&oacute;n del Potala aunque se hallaba en un monte separado. A nuestro monasterio se le conoc&iacute;a con el nombre de Templo de la Medicina o Escuela M&eacute;dica. Nuestro Abad era el &uacute;nico m&eacute;dico del Dalai Lama, cargo de enorme responsabilidad, pues no s&oacute;lo ten&iacute;a que curar cualquier enfermedad, sino hacer que su paciente estuviese siempre bien. Cualesquiera dolores o trastornos, por leves que fueran, se atribu&iacute;an a la culpa del m&eacute;dico. Y sin embargo, el Abad no pod&iacute;a ir a examinar al Da lai Lama cuando lo creyera conveniente, sino que deb&iacute;a esperar a que lo llamaran, precis amente cuando su paciente estaba enfermo.<br />Pero aquel s&aacute;bado no pensaba yo en las dificultades del m&eacute;dico: me bastaba con las m&iacute;as. Nos abrimos paso por entre la multitud de peregrinos.<br />Esta gente llegaba de todas las partes del T&iacute;bet para ver la mansi&oacute;n del M&aacute;s Profundo, como llamamos al Dalai Lama. Si consegu&iacute;an atisbarlo por un instante, regresaban a sus hogares m&aacute;s contentos que si hubieran recibido el mejor de los regalos y se consideraban de sobra recompensados por las penalidades de su largu&iacute;simo y duro viaje. Algunos peregrinos viajaban a pie durante meses enteros para poder hacer esta visita al lugar donde res id&iacute;a el M&aacute;s Profundo. Eran labradores, nobles de lejanas provincias, pastores, mercaderes, enfermos que esperaban curarse en Lhasa... Esta multitud atestaba la carretera y formaba un circuito de casi diez kil&oacute;metros rodeando los pies del Potala. Unos iban gateando o avanzando de rodillas; otros se ten d&iacute;an en el suelo, se levantaban, volv&iacute;an a tenderse y as&iacute; avanzaban penosamente.<br />Los enfermos e inv&aacute;lidos se val&iacute;an de la ayuda de familiares y amigos o andaban con muletas. Por doquier hab&iacute;a mercaderes. Unos vend&iacute;an t&eacute; caliente con manteca junto al brasero oscilante siempre encendido. Otros vend&iacute;an alimentos de varias clases. Estaban a la venta amuletos y hechizos &ldquo;bendecidos por una Sagrada Encarnaci&oacute;n&rdquo;. Unos ancianos vend&iacute;an hor&oacute;scopos ya impresos. M&aacute;s all&aacute;, un grupo de gente alegre ofrec&iacute;a molinillos de plegarias como recuerdo del Potala. Tambi&eacute;n hab&iacute;a memorialistas o escribas que escrib&iacute;an una nota certificando que la persona que les pagaba hab&iacute;a visitado Lasha y todos los Lugares Sagrados. Naturalmente, no nos entrevistamos con aquella gente. Nuestro objetivo era el Palacio del Potala.<br />La residencia privada del Dalai Lama se halla en lo m&aacute;s alto del enorme edificio, pues nadie puede vivir en un lugar m&aacute;s elevado que &Eacute;l.<br />Una inmensa escalera de piedra sube hasta aquel sitio dando la vuelta a los edificios. Es como una rampa o calle de escaleras. Muchos de los altos funcionarios suben a caballo. Mientras sub&iacute;amos, nos adelantaron algunos jinetes.<br />Cuando llegamos a un cierto punto, ya muy arriba, se detuvo el lama Mingyar Dondup y se&ntilde;alando hacia abajo me dijo:<br />&mdash;All&iacute; est&aacute; tu antiguo hogar, Lobsang. Los criados trabajan muy activamente en el patio.<br />Mir&eacute; en aquella direcci&oacute;n y es preferible que silencie lo que sent&iacute;.<br />Mam&aacute; se afanaba como siempre en las tareas caseras. Tambi&eacute;n estaba all&iacute; Tzu. Decididamente, debo reservarme lo que pens&eacute; en aquella ocasi&oacute;n.<br />El Potala es como una ciudad que se basta a s&iacute; misma y edificada sobre un peque&ntilde;o monte. All&iacute; se realizan todos los asuntos eclesi&aacute;sticos y seglares del T&iacute;bet. Este edificio, o grupo de edificios, es el vivo coraz&oacute;n del pa&iacute;s, el foco de todas las esperanzas y de todos los pensamientos. Dentro de estos muros hay inmensos tesoros, bloques de oro, sacos y m&aacute;s sacos de piedras preciosas y obras de arte de las &eacute;pocas m&aacute;s antiguas. Los edificios actuales s&oacute;lo cuentan unos trescientos cincuenta a&ntilde;os, pero fueron construidos sobre los cimientos de un antiguo palacio. Por entonces hab&iacute;a una fortaleza en la cumbre de la monta&ntilde;a. A gran profundidad de esta peque&ntilde;a monta&ntilde;a, que es de origen volc&aacute;nico, hay una enorme cueva de la que salen varios pasadizos y al final de uno de ellos se llega a un lago. S&oacute;lo unos cuantos, personas muy privilegiadas, han podido entrar all&iacute; o conocen su existencia.<br />En la soleada ma&ntilde;ana, subimos por los interminables escalones. Por todas partes sonaban las carracas de las oraciones, la &uacute;nica forma de rueda que existe en el T&iacute;bet, pues una antigua predicci&oacute;n ha vaticinado que cuando las ruedas entraran en el T&iacute;bet se acabar&iacute;a nuestra paz. Por fin llegamos a lo m&aacute;s alto, donde unos guardias gigantescos abrieron la puerta de oro cuando vieron al lama Mingyar Dondup, a quien conoc&iacute;an de sobra. Subimos a&uacute;n m&aacute;s hasta llegar al mismo tejado plano o terraza, donde estaban las tumbas de las pasadas Encarnaciones del Dalai Lama y su residencia privada. Una gran cortina de lana de yak, de color casta&ntilde;o, cubr&iacute;a la entrada.<br />La apartaron al acercarnos nosotros y entramos en un espacioso vest&iacute;bulo guardado por dragones de porcelana verde. Colgaban de la pared muchos y ricos tapices, donde se hallaban representadas escenas religiosas y antiguas leyendas. En unas mesas bajas hab&iacute;a objetos que har&iacute;an la delicia de cualquier coleccionista: estatuillas de varios dioses o diosas de nuestra mitolog&iacute;a y valios&iacute;simos adornos de todas clases. Junto a otra puerta, tambi&eacute;n cubierta por una cortina, se encontraba en un estante el Libro de los Nobles y sent&iacute; el deseo de abrirlo y ver all&iacute; el nombre de mi familia para tranquilizarme, pues aquel d&iacute;a y en aquel lugar me sent&iacute;a muy peque&ntilde;o e insignificante. A los ocho a&ntilde;os no ten&iacute;a ya ilusiones y me preguntaba por qu&eacute; el M&aacute;s Alto del pa&iacute;s quer&iacute;a verme. Sab&iacute;a muy bien que aquella vis ita, a petici&oacute;n suya, era ins&oacute;lita y pensaba que de ello s&oacute;lo pod&iacute;an resultar para m&iacute; m&aacute;s trabajos y penalidades.<br />Un monje vestido con una t&uacute;nica color rojo-cereza y con una estola de oro, se detuvo a hablar con el lama Mingyar Dondup. A &eacute;ste parec&iacute;an conocerlo todos all&iacute; y en todas partes a donde fui con &eacute;l. Escuch&eacute; estas palabras:<br />&laquo;Su Santidad est&aacute; muy interesada y desea hablar con &eacute;l a solas.&raquo; Mi Gu&iacute;a se volvi&oacute; hacia m&iacute; y dijo:<br />&mdash;Tienes ya que entrar, Lobsang. Te ense&ntilde;ar&eacute; el camino y luego entrar&aacute;s t&uacute; solo, figur&aacute;ndote que est&aacute;s ensayando como lo hicimos toda esta semana.<br />Me ech&oacute; un brazo por los hombros y me llev&oacute; hasta otra puerta mu rmurando:<br />&mdash;No debes asustarte. Todo saldr&aacute; bien. Entra.<br />Me dio un empujoncito muy suave y se qued&oacute; a la expectativa. Pas&eacute; por aquella puerta y all&aacute;, al fondo de una larga estancia, se encontraba el M&aacute;s Profundo, el decimotercero Dalai Lama.<br />Estaba sentado en un almohad&oacute;n de seda de color azafr&aacute;n. Vest&iacute;a como un lama corriente, pero llevaba en la cabeza un alto sombrero amarillo, con unas orejeras que le llegaban hasta los hombros. Acababa de dejar un libro que estaba leyendo. Inclinando la cabeza, avanc&eacute; con calma hasta que me situ&eacute; a metro y medio de los pies del Santo de los Santos y luego me arrodill&eacute; e hice tres reverencias. El lama Mingyar Dondup me hab&iacute;a entregado el pa&ntilde;uelo de seda al entrar y ahora lo coloqu&eacute; sobre los pies del m&aacute;s Profundo. Se inclin&oacute; hacia m&iacute; y me puso su pa&ntilde;uelo sobre las mu&ntilde;ecas en vez de ponerlo, como era habitual en estos casos, en torno al cuello. La emoci&oacute;n me quitaba las energ&iacute;as, pero tuve que retroceder hasta el almohad&oacute;n m&aacute;s pr&oacute;ximo. Una ojeada rapid&iacute;sima me hab&iacute;a revelado que estaba muy lejos, junto a la pared. El Dalai Lama habl&oacute; por primera vez:<br />&mdash;Esos almohadones est&aacute;n demasiado lejos para que llegues a ellos andando hacia atr&aacute;s. Vu&eacute;lvete y tr&aacute;ete aqu&iacute; uno para que podamos hablar.<br />As&iacute; lo hice y volv&iacute; en seguida con un almohad&oacute;n. El Dalai Lama me dijo:<br />&mdash;Ponlo aqu&iacute;, frente a m&iacute;, y si&eacute;ntate.<br />Le obedec&iacute;, y &eacute;l prosigui&oacute;:<br />&mdash;Ahora, jovencito, sabr&aacute;s que he o&iacute;do contar cosas muy notables de ti. Eres clarividente de nacimiento y te han aumentado ese poder abri&eacute;ndote el Tercer Ojo. Tengo los datos de tu &uacute;ltima encarnaci&oacute;n y tambi&eacute;n he le&iacute;do las predicciones de los astr&oacute;logos. Al principio pasar&aacute;s una &eacute;poca muy dif&iacute;cil, pero acabar&aacute;s triunfando. Viajar&aacute;s por muchos pa&iacute;ses extranjeros, pa&iacute;ses de los que ni siquiera has o&iacute;do hablar. Ver&aacute;s la destrucci&oacute;n y la muerte y una crueldad que no puedes ni imaginar. El camino ser&aacute; largo y &aacute;spero, pero el triunfo llegar&aacute; al fin como est&aacute; predicho.<br />No s&eacute; por qu&eacute; me dec&iacute;a eso, pues ya lo sab&iacute;a yo; lo sab&iacute;a en todos sus detalles desde que ten&iacute;a siete a&ntilde;os. Sab&iacute;a que estudiar&iacute;a medicina y cirug&iacute;a en el T&iacute;bet y luego ir&iacute;a a China y volver&iacute;a a estudiar las mismas materias.<br />Pero el M&aacute;s Profundo segu&iacute;a habl&aacute;ndome: me advert&iacute;a que nunca deb&iacute;a manifestar mis poderes ocultos ni hablar del yo ni del alma cuando estuviera en el mundo occidental.<br />&mdash;He estado en la India y en la China &mdash;dijo el Dalai Lama&mdash;, y en esos pa&iacute;ses se puede hablar de las Grandes Realidades. En cambio, he conocido tambi&eacute;n muchas personas de Occidente y sus valores no son los nuestros. Es gente que adora el comercio y el oro. Sus hombres de ciencia dicen: &laquo;Mu&eacute;stranos tu alma. Ens&eacute;&ntilde;ala, que vamos a cogerla, a pesarla, y a probarla con reacciones qu&iacute;micas. Dinos cu&aacute;l es la estructura molecular de tu alma. Pruebas, pruebas, necesitamos pruebas.&raquo; Eso te dir&aacute;n, sin saber que su actitud negativa de la suspicacia destruye toda posibilidad de obtener las pruebas que desean. Pero, en fin, ahora tomaremos el t&eacute;.<br />Golpe&oacute; levemente un gong y dio una orden al lama que se present&oacute;.<br />En seguida trajeron t&eacute; y unos alimentos especiales que hab&iacute;an importado de la India. Mientras tom&aacute;bamos el t&eacute; y com&iacute;amos, me cont&oacute; el M&aacute;s Profundo cosas de la India y de China. Insisti&oacute; en que yo deb&iacute;a estudiar con todas mis fuerzas y dijo que iba a asignarme profesores especiales. No pude contenerme y exclam&eacute;:<br />&mdash; &iexcl;Oh, nadie puede saber tanto como mi Maestro, el lama Mingyar Dondup!<br />El Dalai Lama me mir&oacute; y luego ech&oacute; la cabeza hacia atr&aacute;s y se ri&oacute; a carcajadas. Es muy probable que nadie le hubiera hablado como yo. Seguro que ning&uacute;n otro chico de ocho a&ntilde;os se hab&iacute;a atrevido a tanto. Por lo visto, le parec&iacute;a muy bien mi audacia.<br />&mdash;&iquest;De modo que tienes tan buena opini&oacute;n de Mingyar Dondup? Dime de verdad lo que piensas de &eacute;l, gallito de pelea.<br />&mdash;Se&ntilde;or &mdash;repliqu&eacute;&mdash;, me has dicho que poseo una clarividencia excepcional.<br />Pues bien, Mingyar Dondup es la mejor persona que he visto en mi vida.<br />El Dalai Lama volvi&oacute; a re&iacute;rse y llam&oacute; con un gong.<br />&mdash;Que venga Mingyar -dijo al lama que se present&oacute;.<br />Entr&oacute; Mingyar Dondup e hizo las reverencias rituales.<br />&mdash;Trae un almohad&oacute;n y si&eacute;ntate, Mingyar -dijo el Dalai Lama&mdash;. Este chico que has tra&iacute;do acaba de dar su opini&oacute;n sobre ti y estoy de completo acuerdo.<br />El lama Mingyar Dondup se sent&oacute; junto a m&iacute;, y el Dalai Lama continu&oacute;:<br />&mdash;Has aceptado toda la responsabilidad por la educaci&oacute;n de Lobsang Rampa. Dir&iacute;gela como quieras y p&iacute;deme las autorizaciones que necesites.<br />Ver&eacute; al chico de vez en cuando. &mdash;Y volvi&eacute;ndose a m&iacute;, me dijo&mdash;: Jovencito, has escogido bien. Tu Gu&iacute;a es un viejo amigo m&iacute;o y un verdadero Maestro de lo Oculto.<br />No habl&oacute; mucho m&aacute;s. Luego se levant&oacute;, se inclin&oacute; levemente para despedirse y sali&oacute; del Sal&oacute;n. Vi que el lama Mingyar Dondup estaba muy satisfecho de m&iacute; y de la buena impresi&oacute;n que hab&iacute;a hecho. Me dijo:<br />&mdash;Permaneceremos aqu&iacute; unos cuantos d&iacute;as y exploraremos algunas de las partes menos conocidas de estos edificios. Hay corredores y habitaciones que no se han abierto en los pasados doscientos a&ntilde;os. En ellas aprender&aacute;s mucha historia tibetana.<br />Uno de los lamas &mdash;en la residencia del Dalai Lama no hab&iacute;a ning&uacute;n monje de categor&iacute;a inferior&mdash; se acerc&oacute; y dijo que cada uno de nosotros ten&iacute;a preparada una habitaci&oacute;n en la parte m&aacute;s alta del edificio. Nos llev&oacute; a ellas y me qued&eacute; admirado de la vista que se abarcaba desde all&iacute;. Se ve&iacute;a toda Lhasa y una gran extensi&oacute;n de llanura. El lama habl&oacute; as&iacute;:<br />&mdash;Su Santidad ha ordenado que and&eacute;is con toda libertad por donde quer&aacute;is. No se os cerrar&aacute; ninguna puerta.<br />El lama Mingyar Dondup me aconsej&oacute; que descansara un rato. La cicatriz de mi pierna izquierda me dol&iacute;a todav&iacute;a mucho y ten&iacute;a que andar cojeando un poco. Al principio se temi&oacute; que me quedase esta cojera. Descans&eacute; durante una hora y luego entr&oacute; mi Gu&iacute;a tray&eacute;ndome t&eacute; y comida.<br />&mdash;Es hora de que llenes algunos de tus huecos, Lobsang. Aqu&iacute; comen bien; mejor ser&aacute; que nos aprovechemos.<br />Desde luego no necesitaba que me estimularan mucho a comer. Cuando terminamos, mi Gu&iacute;a me llev&oacute; a otra habitaci&oacute;n situada en el extremo de la terraza. All&iacute;, con gran asombro m&iacute;o, las ventanas no estaban cubiertas con un tejido transl&uacute;cido, pero no transparente, sino con una nada que apenas era visible. Con gran precauci&oacute;n toqu&eacute; aquella visible nada y recib&iacute; una fuerte impresi&oacute;n al notar que era casi tan fr&iacute;a y resbaladiza como el hielo.<br />Luego comprend&iacute; lo que era: &iexcl;cristal! Nunca hab&iacute;a visto cristal en forma de hoja transparente. Us&aacute;bamos aquella materia pulverizada en las cuerdas de nuestras cometas, pero se trataba de un vidrio basto a trav&eacute;s del cual apenas pod&iacute;an distinguirse las cosas. Adem&aacute;s, era de color y &eacute;ste en cambio parec&iacute;a agua solidificada.<br />Pero no iba a parar en esto mi asombro. El lama Mingyar Dondup abri&oacute; la ventana de par en par y cogi&oacute; un tubo de lat&oacute;n que parec&iacute;a formar parte de una trompeta metida en una funda de cuero. Cogi&oacute; el tubo y, tirando de &eacute;l, sac&oacute; cuatro piezas, cada una de ellas dentro de la otra. Se ri&oacute; al ver mi expresi&oacute;n estupefacta y, sacando por fuera de la ventana un extremo del tubo, se acerc&oacute; el otro a la cara. Cre&iacute;a haber acertado: el lama iba a tocar un instrumento, pero en vez de ponerse en la boca el extremo m&aacute;s estrecho, se lo peg&oacute; a un ojo. Estuvo manejando el extra&ntilde;o aparato, alarg&aacute;ndolo y acort&aacute;ndolo, hasta que me dijo:<br />&mdash;Mira por aqu&iacute;, Lobsang mira con el ojo derecho y ten cerrado el izquierdo.<br />As&iacute; lo hice y casi me desmay&eacute; de sorpresa. Un hombre a caballo avanzaba por el tubo hacia m&iacute;. Me apart&eacute; de un salto y mir&eacute; a mi alrededor, espantado.<br />Nadie hab&iacute;a en la habitaci&oacute;n excepto el lama Mingyar Dondup, que se re&iacute;a con todas sus ganas. Le mir&eacute; suspicaz creyendo que me hab&iacute;a hechizado.<br />&mdash;Su Santidad dijo que eras un Maestro de lo Oculto. Pero no debes burlarte de tu disc&iacute;pulo.<br />Entonces se ri&oacute; a&uacute;n m&aacute;s y me empuj&oacute; para que volviese a mirar. Venciendo el miedo acerqu&eacute; el ojo al extremo del tubo y mi Gu&iacute;a lo fue moviendo lentamente para que abarcase una vista diferente. &iexcl;Era un telescopio!<br />Nunca hab&iacute;a visto ninguno. Jam&aacute;s podr&eacute; olvidar aquel jinete que avanzaba por el tubo hacia m&iacute;. Lo recuerdo con frecuencia cuando alg&uacute;n occidental exclama: &iexcl;Imposible!, al o&iacute;r afirmar algo referente a las fuerzas ocultas.<br />Aquello era tambi&eacute;n &laquo;imposible&raquo; para m&iacute;. El Dalai Lama hab&iacute;a tra&iacute;do varios telescopios al regresar de la India y le encantaba mirar el paisaje con ellos. Otra gran novedad fue para m&iacute; mirarme en el espejo por primera vez en mi vida. Desde luego, no reconoc&iacute; la horrible criatura que vi reflejada en &eacute;l. Era un chico muy p&aacute;lido, con una ancha cicatriz roja en medio de la frente y una nariz prominente. Como es natural, hab&iacute;a visto mi imagen algunas veces vagamente reflejada en el agua; pero en un espejo me produjo una impresi&oacute;n muy desagradable. Desde entonces no me miro en los espejos.<br />Quiz&aacute; sabe el lector occidental la idea de que el T&iacute;bet ten&iacute;a que ser entonces un pa&iacute;s muy peculiar si pod&iacute;a pasarse sin cristal, telescopio o espejos; pero la verdad es que la gente no necesitaba nada de esto. Es m&aacute;s, ni siquiera necesit&aacute;bamos ruedas. Las ruedas se han hecho para la velocidad de una supuesta civilizaci&oacute;n. Nosotros, los tibetanos, hemos llegado hace mucho tiempo a la conclusi&oacute;n de que el dinamismo de la vida comercial no deja tiempo para las cosas de la mente. Nuestro mundo f&iacute;sico se ha movido siempre con toda calma para que nuestros conocimientos esot&eacute;ricos pudieran desarrollarse hasta el m&aacute;ximo grado. Durante miles de a&ntilde;os dominamos la clarividencia, la telepat&iacute;a y otras ramas de la metaps&iacute;quica. Aunque es completamente cierto que muchos lamas pueden sentarse en la nieve y con la sola fuerza del pensamiento derretir la que los rodea, tambi&eacute;n es verdad que no nos interesa demostrar estas facultades para que se diviertan los buscadores de sensaciones nuevas. Algunos lamas, que son maestros de lo oculto, practican con el mejor &eacute;xito la levitaci&oacute;n, pero jam&aacute;s har&aacute;n una exhibici&oacute;n de esta facultad para sorprender y entretener a los profanos. Lo primero que el maestro espiritual exige de su disc&iacute;pulo en el T&iacute;bet es que su moralidad permita confiarle tales poderes. De ello se deduce que si el maestro ha de estar seguro de la integridad del disc&iacute;pulo, nunca se podr&aacute; abusar de los poderes metaf&iacute;sicos, puesto que solamente los aprender&aacute;n las personas dignas de ello. Y no se olvide que estos poderes no son, en modo alguno, cosa de magia, sino el resultado de usar ciertas leyes naturales.<br />En el T&iacute;bet hay algunos que desarrollan mejor su esp&iacute;ritu en compa&ntilde;&iacute;a de otras personas, mientras que otros tienen que aislarse. Estos &uacute;ltimos se encierran en las lamaser&iacute;as m&aacute;s apartadas, donde ocupan una celda totalmente aislada. Es una peque&ntilde;a habitaci&oacute;n construida por lo general en la falda de una monta&ntilde;a. Las paredes son de piedra y de dos metros de grosor para que no dejen penetrar ruido alguno. El eremita se recluye all&iacute; por su propia voluntad y se le tapan a la celda todas las ventanas y orificios. No entra luz ni hay mueble alguno, aparte de una caja vac&iacute;a de piedra. La &uacute;nica comunicaci&oacute;n con el exterior es una trampilla, a prueba de todo sonido, por donde se le pasa el alimento una vez al d&iacute;a. All&iacute; permanece el eremita durante tres a&ntilde;os, tres meses y tres d&iacute;as. Medita sobre la naturaleza de la Vida y sobre la naturaleza del Hombre. No puede salir de la celda con su cuerpo f&iacute;sico por ning&uacute;n motivo. Durante el &uacute;ltimo mes de su permanencia all&iacute;, se abre un boquete muy peque&ntilde;o en el techo para que entre un poco de luz.<br />Esta abertura se va agrandando cada d&iacute;a con objeto de que los ojos del eremita se vayan acostumbrando de nuevo a la luz, ya que de no hacerse as&iacute;, le cegar&iacute;a al salir de nuevo. Es muy frecuente que estos hombres regresen a su celda al cabo de pocas semanas y se queden en ella todo el tiempo que les resta de vida. Y no es una existencia tan est&eacute;ril y falta de valor como puede suponerse. El hombre es un esp&iacute;ritu, una criatura de otro mu ndo, y cuando pueda librarse de los v&iacute;nculos de la carne, vagar&aacute; por el mundo en forma de esp&iacute;ritu y prestar&aacute; grandes servicios con el pensamiento. En el T&iacute;bet sabemos muy bien que los pensamientos son ondas de energ&iacute;a. La materia no es m&aacute;s que energ&iacute;a condensada. Y el pensamiento, si se le dirige acertadamente y se le condensa en parte, puede conseguir que un objeto se mueva. Otra manera de controlar el pensamiento es mediante la telepat&iacute;a, con la cual se logra que una persona situada a distancia realice determinada acci&oacute;n. &iquest;Es tan dif&iacute;cil creer todo esto en un mundo que considera como lo m&aacute;s natural que un hombre consiga, con s&oacute;lo hablar por un micr&oacute;fono, guiar un aeroplano para hacerle aterrizar en una densa niebla cuando el piloto no puede ver el suelo en absoluto? Bastar&iacute;a un poco de entrenamiento y una total falta de escepticismo, para que esto pudiera realizarse por medio de la telepat&iacute;a, en vez de utilizar una m&aacute;quina que puede fallar en cualquier momento.<br />Mi desarrollo esot&eacute;rico no requiri&oacute; que me encerrase en una oscuridad absoluta. Se hizo de otra manera que no est&aacute; al alcance del n&uacute;mero bastante grande de monjes que desean hacerse ermita&ntilde;os. Mi educaci&oacute;n iba dirigida a una finalidad espec&iacute;fica y por orden directa del Dalai Lama. Adem&aacute;s de por medios hipn&oacute;ticos, mi ense&ntilde;anza se realiz&oacute; siguiendo otro m&eacute;todo en cuya descripci&oacute;n no puedo entrar en un libro como &eacute;ste. Baste decir que recib&iacute; m&aacute;s iluminaci&oacute;n espiritual de la que un ermita&ntilde;o corriente puede obtener en una vida muy larga. Mi visita al Potala estaba relacionada con las prime ras etapas de esa preparaci&oacute;n, pero ya hablar&eacute; de eso m&aacute;s adelante.<br />El telescopio me fascinaba y lo us&eacute; mucho para examinar los sitios que conoc&iacute;a tan bien. El lama Mingyar Dondup me explic&oacute; en qu&eacute; consist&iacute;a aquel aparato hasta hacerme comprender que no se trataba de magia, sino del aprovechamiento cient&iacute;fico de las leyes naturales.<br />Todo me lo explicaba mi Gu&iacute;a y no s&oacute;lo lo referente al telescopio. En cuanto yo sospechaba que algo ten&iacute;a que ver con la magia, recib&iacute;a la adecuada explicaci&oacute;n de las leyes relacionadas con aquel fen&oacute;meno. Una vez, durante aquellos d&iacute;as de nuestra visita, me llev&oacute; el lama Mingyar Dondup a una habitaci&oacute;n completamente oscura y me dijo:<br />&mdash;Ahora est&aacute;te aqu&iacute;, Lobsang, y mira la pared blanca que tienes enfrente.<br />Entonces apag&oacute; la llama de la lamparilla que acababa de encender y anduvo manipulando con los postigos de la ventana. Instant&aacute;neamente apareci&oacute; en la pared un cuadro de Lhasa, pero invertido. Grit&eacute; asombrado al ver hombres, mujeres y yaks andando cabeza abajo. Pero de pronto emp ezaron a temblar las im&aacute;genes y todo se puso al derecho. La explicaci&oacute;n del lama sobre &laquo;la manera de doblar los rayos luminosos&raquo; me dej&oacute; m&aacute;s admirado que todo lo dem&aacute;s. &iquest;C&oacute;mo era posible manejar la luz natural? Entonces me demostr&oacute; c&oacute;mo se pod&iacute;a hacer aquello. Yo hab&iacute;a visto c&oacute;mo se romp&iacute;an jarrones con un silbato que no emit&iacute;a sonido alguno; pero que se pudiera forzar la luz no lo comprend&iacute; hasta que trajeron de otra habitaci&oacute;n un aparato muy curioso que consist&iacute;a en una l&aacute;mpara escondida en una especie de caja. Entonces comprend&iacute; c&oacute;mo se pod&iacute;an dominar los rayos de luz.<br />Los almacenes del Potala se hallaban atestados de maravillosas estatuas, libros antiguos y bell&iacute;simas pinturas murales sobre temas religiosos.<br />Los poqu&iacute;simos occidentales que las han visto las consideran indecentes.<br />Representan un esp&iacute;ritu masculino y otro femenino &iacute;ntimamente abrazados, pero la intenci&oacute;n de estas pinturas no es en absoluto obscena y ni un solo tibetano las considera como tales. Los desnudos abrazos representan el &eacute;xtasis que sigue a la uni&oacute;n del Conocimiento y de la Vida perfecta. Debo confesar que me horroriz&oacute; la primera vez que vi que los cristianos adoraban a un hombre torturado y clavado en una cruz y que para ellos era &eacute;ste el s&iacute;mbolo de su religi&oacute;n. Es lamentable que todos queramos juzgar a los dem&aacute;s pueblos seg&uacute;n nuestras propias creencias.<br />Durante varios siglos han llegado al Potala regalos para el Dalai Lama reinante procedentes de muchos pa&iacute;ses. Casi todos estos regalos se han ido almacenando en grandes salas y lo pas&eacute; muy bien mir&aacute;ndolo todo y obteniendo impresiones psicom&eacute;tricas del porqu&eacute; hab&iacute;an enviado los regalos.<br />Era un buen ejercicio en el descubrimiento de los motivos. Despu&eacute;s de haberle comunicado a mi Gu&iacute;a las impresiones que sacaba directamente de la contemplaci&oacute;n del objeto, consultaba &eacute;l un libro y me relataba la verdadera historia de aquel regalo y lo que hab&iacute;a sucedido despu&eacute;s. Me sent&iacute; muy halagado porque a medida que avanzaba mi pr&aacute;ctica, me dec&iacute;a el lama con mayor frecuencia:<br />&mdash;Has acertado, Lobsang, adelantas mucho.<br />Antes de marcharme del Potala visitamos uno de los t&uacute;neles subterr&aacute;neos.<br />Nos dijeron que pod&iacute;a entrar en uno de ellos y que deb&iacute;a dejar los dem&aacute;s para m&aacute;s adelante. Cogimos unas antorchas encendidas y con grandes precauciones bajamos por unas interminables escaleras y avanzamos luego por unos pasadizos rocosos de suaves paredes. Me dijeron que estos t&uacute;neles se deb&iacute;an a la acci&oacute;n volc&aacute;nica y que exist&iacute;an desde innumerables siglos. En los muros aparec&iacute;an extra&ntilde;os diagramas y dibujos que representaban escenas cuyo sentido no pude comprender. S&oacute;lo pensaba en el lago que, seg&uacute;n me hab&iacute;an informado, se extend&iacute;a muchos kil&oacute;metros al final de un corredor. Por fin entramos en un t&uacute;nel que se fue haciendo cada vez m&aacute;s ancho y alto hasta que de pronto desapareci&oacute; el techo, que se elevaba a una altura a donde no alcanzaba la luz de nuestras antorchas. Avanzamos cien metros m&aacute;s y nos encontramos a la orilla de un lago incre&iacute;ble. Sus aguas estaban en absoluta calma y eran negras, de una negrura que las hac&iacute;a casi invisibles. M&aacute;s parec&iacute;a el fondo de un pozo que un lago. Ni una sola arruga romp&iacute;a la lis ura de la superficie; ni un solo sonido alteraba aquel imponente silencio. La roca sobre la que est&aacute;bamos tambi&eacute;n era negra y brillaba a la luz de las antorchas, pero un poco hacia un lado vimos brillar algo sobre el muro. Avanc&eacute; hasta all&iacute; y vi que en la roca hab&iacute;a una ancha franja de oro de unos ocho metros de longitud y cuya altura llegaba de mi cuello a mis rodillas. El calor hab&iacute;a empezado a derretirla y separarla de la roca y presentaba grandes goterones como cera de oro de una fant&aacute;stica buj&iacute;a. El lama Mingyar Dondup quebr&oacute; el silencio:<br />&mdash;Este lago sale al r&iacute;o Tsang-po, a sesenta kil&oacute;metros de aqu&iacute;. Hace much&iacute;simos a&ntilde;os unos monjes aventureros hicieron una balsa de madera, y remos para impulsarla. Se llevaron una provisi&oacute;n de antorchas y partieron de esta orilla. Remaron durante muchos kil&oacute;metros explorando el lago y llegaron a un lugar, a&uacute;n m&aacute;s amplio que &eacute;ste, en el que no se ve&iacute;a el final de los muros ni techo alguno. Sin saber d&oacute;nde dirigirse, remaban y remaban...<br />Yo escuchaba, figur&aacute;ndomelo todo como si lo estuviese viendo. El lama prosigui&oacute;:<br />&mdash;Se hab&iacute;an perdido, pues ya no sab&iacute;an en qu&eacute; direcci&oacute;n iban hacia adelante y en cu&aacute;l hacia atr&aacute;s. De pronto la balsa oscil&oacute; con violencia y una r&aacute;faga de viento les apag&oacute; las antorchas dej&aacute;ndolos en la m&aacute;s completa oscuridad.<br />Comprendieron que su fr&aacute;gil embarcaci&oacute;n hab&iacute;a ca&iacute;do en manos de los Demonios del Agua. La balsa giraba sin cesar y ellos se sent&iacute;an mareados y con n&aacute;useas. Se agarraban a las cuerdas que ataban los maderos.<br />Con la agitaci&oacute;n de la balsa unas peque&ntilde;as olas barr&iacute;an la cubierta y los ten&iacute;a calados. Aument&oacute; la velocidad del giro y los monjes se sintieron en poder de un despabilado gigante que los hab&iacute;a condenado a perecer. No hab&iacute;a luz alguna; era una oscuridad tan tenebrosa como jam&aacute;s la hubo sobre la tierra. O&iacute;an ruidos como de ara&ntilde;azos, golpes tremendos y presiones fort&iacute;simas. Entonces salieron despedidos de la balsa y cayeron al agua. Algunos de ellos tuvieron tiempo de aspirar un poco de aire. Otros no fueron tan afortunados. Apareci&oacute; una luz verdosa y vacilante que fue haci&eacute;ndose m&aacute;s intensa. Una fuerza desconocida retorc&iacute;a los cuerpos de los mo njes, los empujaba o tiraba de ellos y de pronto salieron a la brillante luz del sol.<br />Dos de ellos lograron llegar a la orilla, aunque medio ahogados, con el cuerpo molido y sangrantes. De los otros tres no se hall&oacute; rastro. Durante cuatro horas estuvieron entre la muerte y la vida. Por fin uno de ellos recuper&oacute; la suficiente energ&iacute;a para mirar en torno suyo. Estuvo a punto de volverse a desmayar con la impresi&oacute;n recibida: en la lejan&iacute;a vieron el Potala.<br />Y por all&iacute; cerca hab&iacute;a verdes prados en que pastaban unos yaks. Al principio creyeron que hab&iacute;an muerto y que se encontraban en un cielo tibetano.<br />Luego oyeron pasos cerca de ellos. Era un pastor que se les acercaba. El hombre hab&iacute;a encontrado los restos flotantes de la balsa y ven&iacute;a a recogerlos para llev&aacute;rselos. Por fin, los dos monjes lograron convencer a aquel hombre de que efectivamente eran monjes, ya que las t&uacute;nicas se les hab&iacute;an ca&iacute;do a pedazos. El pastor accedi&oacute; a ir en busca de unas literas al Potala.<br />Desde aquel d&iacute;a se ha hecho muy poco para explorar el lago, pero se sabe que hay unas islas ah&iacute; mismo, m&aacute;s all&aacute; de donde alcanza la luz de nuestras antorchas. Una de ellas ha sido explorada y lo que se ha encontrado en ella lo sabr&aacute;s cuando est&eacute;s iniciado.<br />Pens&eacute; en todo ello deseando haber tenido una balsa a mi disposici&oacute;n para explorar el lago. Mi Gu&iacute;a hab&iacute;a estado observando mi expresi&oacute;n. De pronto se ri&oacute; y dijo:<br />&mdash;S&iacute;, ser&iacute;a muy divertido hacerlo, pero &iquest;para qu&eacute; exponer nuestros cuerpos cuando podemos averiguarlo en el plano astral? Dentro de muy pocos a&ntilde;os, Lobsang, estar&aacute;s en condiciones de explorar este lago conmigo y entonces aumentaremos los conocimientos que se tienen hasta ahora de &eacute;l. Pero, por lo pronto, chico, estudia, estudia mucho.<br />Nuestras antorchas empezaban a vacilar y me pareci&oacute; que pronto nos quedar&iacute;amos en una total oscuridad dentro del t&uacute;nel. Mientras nos alej&aacute;bamos del lago pens&eacute; en lo imprudentes que hab&iacute;amos sido no llevando antorchas de repuesto. Pero en aquel momento el lama Mingyar Dondup se acerc&oacute; al muro m&aacute;s lejano y estuvo tanteando por su superficie. Por fin, de alg&uacute;n hueco sac&oacute; unas antorchas y las encendi&oacute; en las que ya se nos estaban apagando.<br />&mdash;Las guardamos ah&iacute;, Lobsang, para que no se pierda en la oscuridad el que se encuentre en nuestro caso. Ahora, v&aacute;monos.<br />Subimos por los pasadizos en cuesta, deteni&eacute;ndonos de vez en cuando para recobrar el aliento o mirar los dibujos de los muros. Yo no lo entend&iacute;a.<br />Parec&iacute;an obras de gigantes y eran unas m&aacute;quinas tan extra&ntilde;as que sobrepasaban todos mis conocimientos. Mir&eacute; a mi Gu&iacute;a y vi que los dibujos le eran familiares y que se encontraba en los t&uacute;neles como en su casa. Yo estaba ya deseando que hici&eacute;ramos nuevas visitas a estos subterr&aacute;neos, pues com prend&iacute;a que hab&iacute;a en ellos alg&uacute;n misterio, y nunca he podido o&iacute;r hablar de un misterio sin intentar llegar a su fondo. No pod&iacute;a soportar la idea de pasar a&ntilde;os y a&ntilde;os haciendo c&aacute;lculos para llegar a una soluci&oacute;n si hab&iacute;a alguna posibilidad de encontrar directamente la respuesta aunque en esto hubiese un gran peligro. El lama interrumpi&oacute; mis pensamientos:<br />&mdash; Est&aacute;s gru&ntilde;endo para tus adentros como un viejo. En cuanto suba mos unos escalones m&aacute;s, saldremos a la luz del d&iacute;a. Subiremos a la terraza y utilizaremos el telescopio para descubrir el lugar donde aquellos antiguos monjes salieron a la superficie.<br />As&iacute; lo hicimos poco despu&eacute;s y me pregunt&eacute; por qu&eacute; no podr&iacute;amos recorrer a caballo los sesenta kil&oacute;metros y visitar aquel sitio. Pero el lama Mingyar Dondup me dijo que no hab&iacute;a gran cosa que ver all&iacute;; desde luego, nada que el telescopio no nos revelase. Por lo visto, la salida del lago estaba por debajo del nivel del r&iacute;o y nada se&ntilde;alaba el sitio, a no ser unos &aacute;rboles que hab&iacute;an plantado all&iacute; por orden de la anterior Encarnaci&oacute;n del Dalai Lama.</p><p>CAP&Iacute;TULO NOVENO</p><p>EN LA VALLA DE LA ROSA SILVESTRE.</p><p>A la ma&ntilde;ana siguiente hicimos con toda calma los preparativos para regresar a Chakpori. Para nosotros la visita al Potala hab&iacute;a constituido unas excelentes vacaciones. Antes de marcharnos sub&iacute; a la terraza para lanzar una &uacute;ltima mirada desde aquella altura, con el telescopio, al paisaje que nos rodeaba. Desde all&iacute; vi que en una terraza de nuestro monasterio hab&iacute;a un peque&ntilde;o ac&oacute;lito que le&iacute;a tumbado de espaldas y que de vez en cuando lanzaba piedrecitas a las calvas de los monjes que pasaban por el patio. El telescopio me permiti&oacute; sorprender la malicia de aquel rostro, mientras se ocultaba para que no lo vieran los intrigados monjes. Me sent&iacute; muy molesto al comprender que el Dalai Lama hab&iacute;a tenido que verme hacer cosas semejantes.<br />Y decid&iacute; limitar mis peque&ntilde;as fechor&iacute;as a la parte de los edificios que no pod&iacute;an dominarse desde el Potala.<br />Pero hab&iacute;a llegado el momento de nuestra partida. Agradecimos a los lamas el trabajo que se tomaron para hacernos m&aacute;s agradable nuestra breve estancia. Y sobre todo dimos las m&aacute;s expresivas gracias al mayordomo personal del Dalai Lama. Era el encargado de los &laquo;alimentos de la India&raquo;. Deb&iacute; de resultarle simp&aacute;tico porque me hizo un regalo de despedida que no tard&eacute; en comerme. Luego, fortalecidos, descendimos la famosa escalera para emprender el camino que nos llevar&iacute;a a la Monta&ntilde;a de Hierro. A medio camino o&iacute;mos gritos y llamadas. Los monjes que pasaban se&ntilde;alaban hacia atr&aacute;s de nosotros. Nos detuvimos y vimos que llegaba corriendo un monje jadeante que dio un mensaje oral al lama Mingyar Dondup.<br />&mdash;Esp&eacute;rame aqu&iacute;, Lobsang, no tardar&eacute; mucho.<br />Se volvi&oacute; y subi&oacute; de nuevo la escalera. Yo me entretuve admirando el panorama que se divisaba desde all&iacute; y contemplando sobre todo mi antiguo hogar. Me volv&iacute; y casi me ca&iacute; de espaldas al ver a mi padre que bajaba la escalera a caballo, hacia m&iacute;. Nos miramos y se qued&oacute; boquiabierto cuando me reconoci&oacute;. Entonces, hizo como si no me hubiera visto y pas&oacute; junto a m&iacute;, lo cual me caus&oacute; una gran pena. Viendo c&oacute;mo se alejaba le grit&eacute;: &laquo; pero &eacute;l no se dio por aludido, ni volvi&oacute; la cabeza. Se me agolparon las l&aacute;grimas en los ojos y empec&eacute; a temblar. Tem&iacute; dar un espect&aacute;culo nada menos que en la escalera del Potala. Pero con m&aacute;s dominio de m&iacute; mismo del que yo me cre&iacute;a capaz, me estir&eacute; y me puse a contemplar el paisaje.<br />A la media hora lleg&oacute; el lama Mingyar Dondup bajando por la escalera a caballo y llevando otro de las bridas:<br />&mdash;Vamos, Lobsang, tenemos que ir a toda prisa a Sera. Uno de los abades de all&iacute; ha sufrido un grave accidente.<br />Vi que hab&iacute;a una caja grande atada a cada silla y comprend&iacute; que era el equipo m&eacute;dico de mi Gu&iacute;a. Galopamos por la carretera de Lingkhor. Dejamos atr&aacute;s mi antigua casa. Los peregrinos y mendigos se alejaron presurosos para dejarnos paso. No tardamos mucho en llegar a la lamaser&iacute;a de Sera, a cuya puerta nos esperaban unos monjes. Echamos pies a tierra de un salto, llevamos cada uno una caja y un abad nos condujo hacia donde yac&iacute;a el anciano. Ten&iacute;a el rostro del color del plomo y su fuerza vital oscilaba en &eacute;l a punto de apagarse. El lama Mingyar Dondup pidi&oacute; agua hirviendo, que estaba ya preparada, y ech&oacute; en ella ciertas hierbas. Mientras yo remov&iacute;a esta infusi&oacute;n, el lama examin&oacute; al anciano, que ten&iacute;a roto el cr&aacute;neo a consecuencia de una ca&iacute;da. Se le hab&iacute;a hundido un trozo de hueso, que ejerc&iacute;a una presi&oacute;n sobre el cerebro. Cuando el l&iacute;quido estuvo templado humedecimos la cabeza del herido y mi Gu&iacute;a se lav&oacute; las manos con un poco de &eacute;l.<br />Sacando un afilado cuchillo de su equipo, hizo r&aacute;pidamente un corte en forma de U hasta llegar al hueso. Las hierbas imp ed&iacute;an que brotara mucha sangre. Luego volvi&oacute; a mojarle la cabeza con la loci&oacute;n y levant&oacute; la capa de carne ech&aacute;ndola atr&aacute;s para que el hueso quedara descubierto. Con toda suavidad fue palpando la parte afectada hasta descubrir hasta d&oacute;nde se hab&iacute;a hundido el cr&aacute;neo. Hab&iacute;a puesto muchos instrumentos en un recipiente lleno de una loci&oacute;n desinfectante. Sac&oacute; de &eacute;l dos varillas de plata aplastadas por un extremo y con dientes en esa parte. Con extraordinario cuidado introdujo el extremo de una de las varillas en la abertura m&aacute;s ancha del hueso y lo sostuvo all&iacute; con firmeza mientras fue tirando del hueso roto con la otra varilla. Entonces me dijo que le acercara el recipiente de los instrumentos y cogi&oacute; de &eacute;l un diminuto tri&aacute;ngulo de plata. Lo manej&oacute; con pasmosa destreza y poco despu&eacute;s el cr&aacute;neo hab&iacute;a recuperado su nivel normal.<br />&mdash;Esto se soldar&aacute; &mdash;dijo el lama&mdash;, y la plata que dejo dentro no causar&aacute; ning&uacute;n trastorno porque es un metal inerte.<br />Volvi&oacute; a humedecer el cr&aacute;neo con m&aacute;s loci&oacute;n de hierbas y lo cubri&oacute; con el trozo de carne que hab&iacute;a dejado vuelto hacia un lado. Hizo un cosido con pelos hervidos de cola de caballo y cubri&oacute; la parte donde hab&iacute;a operado con una pasta de hierba sujeta con una venda de tela hervida.<br />La fuerza vital del viejo abad hab&iacute;a ido aumentado desde que se le quit&oacute; la presi&oacute;n sobre el cerebro. Lo levantamos un poco con almohadones hasta dejarlo en una posici&oacute;n semisentada. Limpi&eacute; los instrumentos en una nueva loci&oacute;n que preparamos, los sequ&eacute; con un pa&ntilde;o hervido y lo guard&eacute; todo cuidadosamente en las dos cajas. Mientras me estaba lavando las manos, el anciano abri&oacute; los ojos y sonri&oacute; d&eacute;bilmente cuando vio que el lama Mingyar Dondup se inclinaba sobre &eacute;l:<br />&mdash;Sab&iacute;a que s&oacute;lo t&uacute; podr&iacute;as salvarme; por eso mand&eacute; el mensaje mental al Pico. A&uacute;n no he terminado mi tarea y no podr&iacute;a prescindir del cuerpo.<br />Mi Gu&iacute;a lo mir&oacute; con atenci&oacute;n y replic&oacute;:<br />&mdash;Te repondr&aacute;s de esto. Unos cuantos d&iacute;as de incomodidad, alg&uacute;n dolor de cabeza y no tardar&aacute;s mucho en reanudar tu trabajo. Durante algunos d&iacute;as deber&aacute;s tener alguien a tu lado mientras duermes para que no te deje tenderte del todo. Pero dentro de tres o cuatro d&iacute;as no habr&aacute; ning&uacute;n motivo de preocupaci&oacute;n.<br />Me hab&iacute;a acercado a la ventana y observaba la vida que llevaban en aquella lamaser&iacute;a. Resultaba muy interesante las diferentes condiciones en que viv&iacute;an en otra lamaser&iacute;a. El lama M ingyar Dondup me dijo:<br />&mdash;Lo has hecho muy bien, Lobsang. Trabajaremos siempre juntos.<br />Ahora quiero ense&ntilde;arte este monasterio, que es muy diferente al nuestro.<br />Encargamos a un lama que cuidase del anciano abad y salimos a un corredor. No hab&iacute;a tanta limpieza como en Chakpori ni la disciplina parec&iacute;a tan estricta. Los monjes sal&iacute;an y entraban como quer&iacute;an. Comparados con los nuestros, sus templos estaban mal atendidos y el incienso era m&aacute;s acre.<br />En los patios jugaban unos grupos de chicos (que en Chakpori habr&iacute;an estado trabajando sin cesar). Nadie se preocupaba de mover los molinillos de las preces. Faltaba ese orden, limpieza y disciplina que yo cre&iacute;a generales en todas las lamaser&iacute;as. Me dijo mi Gu&iacute;a:<br />&mdash;Lobsang, &iquest;te gustar&iacute;a quedarte aqu&iacute; y darte buena vida?<br />&mdash;No, de ning&uacute;n modo; estos monjes me parecen unos salvajes.<br />Se ri&oacute;.<br />&mdash;No olvides que hay siete mil monjes aqu&iacute; dentro, y donde conviven tantas personas, basta una minor&iacute;a alborotadora para dar mala fama a la mayor&iacute;a sensata.<br />&mdash;Quiz&aacute;; pero aunque llamen a esto la Valla de la Rosa Silvestre, no me parece un lugar recomendable.<br />Me mir&oacute; sonriendo.<br />&mdash;Creo que te las arreglar&aacute;s t&uacute; solo para imponerles la disciplina a esa gente.<br />Debo insistir en el hecho de que nuestra lamaser&iacute;a ten&iacute;a una disciplina m&aacute;s estricta que ninguna otra. En realidad la disciplina de los dem&aacute;s monasterios estaba muy relajada y cuando los monjes eran vagos.., no hac&iacute;an nada y en paz. Nadie les recriminaba por eso. Sera, o la Valla de la Rosa Silvestre, como se le llamaba, est&aacute; a cuatro kil&oacute;metros y medio del Potala y es una de las lamaser&iacute;as conocidas por &laquo;Los Tres Asientos&raquo;. Drebung es la mayor de las tres y en ella viven diez mil monjes. Le sigue en importancia Sera, con siete mil quinientos monjes, mientras que Ganden es la menos importante, pues s&oacute;lo tiene seis mil. Cada una de ellas es como una ciudad completa con sus calles, colegios, templos y todos los edificios que habitualmente forman una ciudad. Por las calles patrullan los Hombres de Kham. &iexcl;Ahora sin duda las recorren los soldados comunistas! Chakpori era una peque&ntilde;a comunidad, pero de gran calidad. Este Templo de la Medicina era considerado entonces como la &laquo;sede del Conocimiento M&eacute;dico&raquo; y estaba ampliamente representado en la C&aacute;mara del Consejo de nuestro Gobierno.<br />En Chakpori nos ense&ntilde;aban lo que he llamado &laquo;judo&raquo;. Es la palabra m&aacute;s aproximada que he podido encontrar entre las que conocen los occidentales, pues la descripci&oacute;n tibetana sung-thru kjom-pa t&uuml; de-po le-la-po no puede traducirse, ni tampoco nuestra palabra t&eacute;cnica amaree. &laquo;Judo&raquo; es una forma muy elemental de nuestro sistema. No en todas las lamaser&iacute;as se ense&ntilde;a esta lucha, pero en Chakpori nos entrenaban en ella para darnos seguridad sobre nosotros mismos y permitirnos dejar a otras personas sin sentido con fines m&eacute;dicos y tambi&eacute;n para que pudi&eacute;ramos viajar seguros por los sitios m&aacute;s peligrosos del pa&iacute;s, ya que, como lamas m&eacute;dicos, ten&iacute;amos que viajar mucho.<br />Como ya he contado, el viejo Tzu hab&iacute;a sido un maestro de ese arte.<br />Quiz&aacute; fuera el que mejor lo hab&iacute;a dominado en el T&iacute;bet; y me ense&ntilde;&oacute; todo lo que sab&iacute;a. La mayor&iacute;a de los hombres y de los chicos conoc&iacute;an las llaves y los golpes elementales, pero esto lo sab&iacute;a yo desde que ten&iacute;a cuatro a&ntilde;os.<br />Creemos que este arte s&oacute;lo debe usarse en defensa propia y para lograr el dominio de s&iacute; mismo, pero no jactamos de esa fuerza y habilidad. Opinamos que el hombre fuerte puede permitirse el lujo de ser amable, mientras que el docil e inseguro de s&iacute; mismo tiene que fanfarronear para darse un poco de seguridad. Emple&aacute;bamos el judo para privar de sentido a una persona en las operaciones quir&uacute;rgicas dif&iacute;ciles y en la extracci&oacute;n de dientes.<br />No se siente ning&uacute;n dolor y no hay peligro. Sin que haya podido darse cuenta de nada, el &laquo;paciente&raquo; pierde el conocimiento y le hacemos recuperar el sentido unos segundos o unas horas despu&eacute;s sin que sufra por ello ninguna mala consecuencia. Es muy curioso que cuando una persona se queda inconsciente por este medio y est&aacute; diciendo una frase, la completa al despertar partiendo de la palabra donde la interrumpi&oacute;. Por los evidentes peligros que se derivar&iacute;an de un mal uso de este sistema perfeccionado, as&iacute; como del hipnotismo instant&aacute;neo, s&oacute;lo se ense&ntilde;aba a los que demostraban poseer un car&aacute;cter entero. En los casos en que hab&iacute;a peligro de que alguien abusara de los poderes que se le hab&iacute;an concedido, se empleaba contra &eacute;l el bloqueo hipn&oacute;tico.<br />Una lamaser&iacute;a no es s&oacute;lo un sitio donde viven los hombres de vocaci&oacute;n religiosa, sino una ciudad con todas sus comodidades y distracciones.<br />Ten&iacute;amos nuestros teatros, en los que asist&iacute;amos a representaciones religiosas y tradicionales. Hab&iacute;a m&uacute;sicos siempre dispuestos para dar conciertos y demostrar que en ninguna otra comunidad contaban con tan buenos int&eacute;rpretes de la m&uacute;sica tibetana. Los monjes que dispon&iacute;an de dinero pod&iacute;an comprar alimentos, ropa, e incluso art&iacute;culos de lujo y libros, todo ello en nuestras propias tiendas. Los que deseaban ahorrar depositaban su dinero en lo que equival&iacute;a, dentro de una lamaser&iacute;a, a un Banco. Por supuesto, en todas las comunidades religiosas, en cualquier parte del mu ndo, hay una minor&iacute;a que infringe las reglas. Contra la perniciosa actividad de estos malos monjes emple&aacute;bamos nuestra propia polic&iacute;a y se les procesaba con toda legalidad. Si se les condenaba, ten&iacute;an que cumplir su condena en la prisi&oacute;n del monasterio. Por otra parte, ten&iacute;amos escuelas de varias clases adaptadas a todos los grados de mentalidad. Los muchachos muy inteligentes recib&iacute;an una eficaz ayuda de su perfeccionamiento, pero en todas las lamaser&iacute;as, excepto en la de Chakpori, los vagos y torpes pod&iacute;an pasarse la vida dormitando sin que nadie les molestara. Era nuestra firme convicci&oacute;n de que nadie puede influir en la vida de otro y que cualquiera que pierda su oportunidad en este mundo puede recuperar, en su pr&oacute;xima encarnaci&oacute;n, el tie mpo que ha perdido en &eacute;sta. En Chakpori todo era muy distinto, y si alguien no progresaba ten&iacute;a que marcharse y buscar refugio en otro monasterio donde la disciplina no fuera tan severa.<br />Los monjes que enfermaban en nuestra comunidad eran muy bien tratados.<br />Dispon&iacute;amos de un hospital en cada lamaser&iacute;a y hab&iacute;a suficientes monjes m&eacute;dicos y cirujanos. Los casos m&aacute;s graves eran tratados por especialistas como el lama Mingyar Dondup. Muchas veces, cuando abandon&eacute; el T&iacute;bet, me he re&iacute;do de las historias occidentales sobre una supuesta ignorancia m&eacute;dica tibetana; por ejemplo, esa patra&ntilde;a de que creemos que el coraz&oacute;n del hombre est&aacute; a la izquierda y el de la mujer a la derecha. Hemos visto el suficiente n&uacute;mero de cad&aacute;veres, cuya autopsia hemos hecho, para saber de sobra lo que contiene un cuerpo humano. Tambi&eacute;n me ha divertido mucho la creencia occidental de que los tibetanos somos extremadamente sucios y que estamos plagados de enfermedades ven&eacute;reas. Por lo visto, los que han lanzado esto no han estado nunca en esos sitios de Inglaterra y Norteam&eacute;rica donde se ofrece a los ciudadanos de la localidad &laquo;tratamiento gratis y confidencial&raquo;. Es cierto que somos sucios: por ejemplo, algunas de nuestras mujeres se ponen cremas y polvos en la cara y tienen que marcar con rojo la posici&oacute;n de los labios para que no se equivoque uno. Tambi&eacute;n se engrasan el cabello para ponerlo brillante o para cambiarlo de color.<br />Otra de nuestras manifestaciones sucias y antihigi&eacute;nicas que demuestran que nuestras mujeres son &mdash;como han dicho ciertos occidentales&mdash; &laquo;sucias y depravadas&raquo; es que se depilan las cejas e incluso se pintan las u&ntilde;as.<br />Pero volvamos a nuestra lamaser&iacute;a: a menudo hab&iacute;a visitantes que pod&iacute;an ser mercaderes o monjes. Se les acomodaba en el hotel lam&aacute;stico. Y pagaban su alojamiento como en un hotel cualquiera. No todos los monjes eran solteros. Algunos cre&iacute;an que la soledad no era propicia para el estado contemplativo. A &eacute;stos se les permit&iacute;a formar parte de la secta especial de los Monjes del Sombrero Rojo, a los que se les permit&iacute;a contraer matrimonio.<br />Pero se trataba de una minor&iacute;a muy reducida. Los Sombreros Amarillos, una secta de c&eacute;libes, eran los que reg&iacute;an nuestra vida religiosa. En las lamaser&iacute;as de casados, los monjes y las monjas trabajaban juntos dentro de un orden perfecto, y, claro est&aacute;, la atm&oacute;sfera no era tan sombr&iacute;a como en una comunidad exclusivamente masculina.<br />En algunas lamaser&iacute;as ten&iacute;an imprentas donde hac&iacute;an sus propios libros.<br />Ge neralmente, tambi&eacute;n fabricaban el papel. Esta ocupaci&oacute;n era muy insana, porque una de las cortezas del &aacute;rbol que se utilizaban para fabricar el papel era extremadamente peligrosa. Aunque gracias a ello el papel de nuestros libros estaba inmunizado contra la destructora labor de los insectos, tambi&eacute;n perjudicaba mucho a los monjes. Todos los que trabajaban en la fabricaci&oacute;n del papel se quejaban continuamente de fuertes dolores de cabeza y de peores males. En el T&iacute;bet no us&aacute;bamos los tipos de metal. Todas nuestras p&aacute;ginas son previamente dibujadas en planchas de madera que luego se grababan. Algunas de estas tablas eran de un metro de altura por medio metro de anchura y el grabado de las letras era muy complicado y detallista. Se desechaba cualquier tabla en que se descubriese la menor errata. Las p&aacute;ginas tibetanas no son como las de este libro, m&aacute;s altas que anchas; las nuestras son apaisadas y siempre sin encuadernar. Para sujetarlas se emplean las tapas a que ya me he referido, de madera labrada. Para proceder a la impresi&oacute;n, un monje extend&iacute;a la tinta sobre la superficie de la tabla grabada, cuidando de que estuviese distribuida por igual. Otro monje cog&iacute;a una hoja de papel y la extend&iacute;a r&aacute;pidamente sobre la tabla, mientras que otro, con un rulo muy pesado, presionaba el papel sobre la tabla. Un cuarto monje levantaba la p&aacute;gina as&iacute; impresa y la pasaba a un aprendiz, que la colocaba a un lado. Se estropeaban muchas p&aacute;ginas y &eacute;stas se guardaban para que los aprendices practicasen en ellas. En Chakpori hab&iacute;amos llegado a grabar tablas de casi dos metros de longitud por metro y pico de altura; eran dibujos especiales del cuerpo humano y de los diferentes &oacute;rganos. Con ellas se hac&iacute;an los cuadros o l&aacute;minas murales que se empleaban en la ense&ntilde;anza, una vez que las ilumin&aacute;bamos. Tambi&eacute;n ten&iacute;amos cartas astrol&oacute;gicas.<br />En ellas bas&aacute;bamos nuestros hor&oacute;scopos y formaban un cuadrado de unos setenta cent&iacute;metros de lado. Eran mapas del cielo, tal como &eacute;ste aparece en el momento en que es concebida o nace una persona. En los espacios en blanco imprim&iacute;amos los datos sacados de las tablas matem&aacute;ticas publicadas por nosotros.<br />Despu&eacute;s de inspeccionar a mi antojo la lamaser&iacute;a de la Valla de la Rosa y de lamentar que la nuestra no fuese de vida tan agradable, volvimos a la habitaci&oacute;n donde yac&iacute;a el abad reci&eacute;n operado. Durante las dos horas de nuestra ausencia, hab&iacute;a mejorado much&iacute;simo y estaba ya en condiciones de interesarse por lo que le rodeaba. Sobre todo, escuchaba al lama Mingyar Dondup a quien parec&iacute;a tener gran afecto. Este le dijo: &laquo;Tenemos que mar charnos, pero aqu&iacute; te dejo unas hierbas en polvo y dejar&eacute; instrucciones para que te las administren.&raquo; Sac&oacute; tres bolsitas de cuero de su caja y las entreg&oacute; al monje enfermero. Las tres bolsitas significaban la vida para aquel anciano.<br />En el patio de la entrada nos esperaba un monje que sujetaba por las bridas a dos ponies demasiado retozones. Yo, en cambio, no ten&iacute;a deseo alguno de cabalgar. Afortunadamente, el lama Mingyar Dondup accedi&oacute; a que fu&eacute;semos a paso lento. La Valla de la Rosa est&aacute; a tres kil&oacute;metros y setecientos metros del punto m&aacute;s pr&oacute;ximo de la carretera de Hingkhor. No me gustaba la idea de pasar por delante de mi antigua casa. Mi Gu&iacute;a sorprendi&oacute; mi pensamiento y me dijo:<br />&mdash;Cruzaremos por la calle de las Tiendas. No hay prisa; ma&ntilde;ana es un nuevo d&iacute;a que a&uacute;n no hemos visto.<br />Me fascinaban los tenderetes de los mercaderes chinos y sus chillidos en el regateo. En la acera de enfrente hab&iacute;a un monumento que simbolizaba la inmortalidad del yo y detr&aacute;s brillaba la fachada de un templo donde entraban muchos monjes del cercano Shede Gompa. Pocos minutos despu&eacute;s pas&aacute;bamos por delante de las casas que se api&ntilde;aban bajo la sombra del Yo-kang. Pens&eacute;:<br />&laquo;La &uacute;ltima vez que estuve aqu&iacute; era un hombre libre. Ojal&aacute; todo fuera un sue&ntilde;o y me despertase ahora mismo.&raquo; Seguimos por la carretera y doblamos a la derecha hacia el Puente de la Turquesa. El lama Mingyar Dondup se volvi&oacute; hacia m&iacute; y me dijo:<br />&mdash;&iquest;Es posible que todav&iacute;a te resistas a ser monje? Te aseguro que no es una vida tan mala. A fines de esta semana se organizar&aacute; la excursi&oacute;n anual para buscar hierbas. Pero no quiero que vayas esta vez. Prefiero que te quedes trabajando conmigo para preparar tus ex&aacute;menes a trappa, cuando tengas doce a&ntilde;os. He pensado llevarte m&aacute;s adelante en una expedici&oacute;n especial para buscar unas hierbas muy raras.<br />Hab&iacute;amos llegado al final del pueblo del Sh&uuml; y nos acerc&aacute;bamos al Pargo Kaling, que es la Puerta Occidental del valle de Lhasa. Un mendigo acurrucado contra el muro exclam&oacute;:<br />&mdash; &iexcl;Reverendo y santo lama de la Medicina, te suplico que no me cures mis males o no podr&eacute; ganarme la vida!<br />Mi Gu&iacute;a se entristeci&oacute;, y cuando ya hab&iacute;amos pasado por la Puerta Occidental, me dijo:<br />&mdash;En una pena, Lobsang, que abunden estos mendigos tan inneces arios.<br />Son ellos los que nos dan mala fama en el extranjero. En la India y en la China, a donde fui acompa&ntilde;ando al Precioso Protector, la gente hablaba de los mendigos de Lhasa sin saber que muchos de ellos son ricos. En fin, quiz&aacute; cuando se cumpla la Profec&iacute;a del A&ntilde;o del Tigre de Hierro (1950: los comunistas invaden el T&iacute;bet) podr&aacute; lograrse que los mendigos trabajen. Ni t&uacute; ni yo estaremos entonces aqu&iacute;, Lobsang. T&uacute; vivir&aacute;s en tierras extra&ntilde;as y yo habr&eacute; regresado ya a los Campos Celestiales.<br />Me apen&oacute; en extremo pensar que alg&uacute;n d&iacute;a me abandonar&iacute;a mi querid&iacute;simo lama. Pero entonces no hab&iacute;a llegado a comprender que la vida en esta tierra no es m&aacute;s que una ilusi&oacute;n, una prueba, una escuela. Y entonces no sab&iacute;a a&uacute;n cu&aacute;l puede ser la conducta del hombre para las v&iacute;ctimas de la adversidad. &iexcl;Ahora lo s&eacute;!<br />Doblamos a la izquierda y luego otra vez a la izquierda hasta tomar el camino que nos conduc&iacute;a directamente a la Monta&ntilde;a de Hierro. Nunca me he cansado de admirar los relieves iluminados en la roca que adornan una vertiente de nuestra monta&ntilde;a. Todo el acantilado est&aacute; cubierto con bajorrelieves y pinturas de deidades, pero ya era muy tarde y no pod&iacute;amos perder m&aacute;s tiempo. Mientras sub&iacute;amos la cuesta pens&eacute; en los excursionistas que ir&iacute;an en busca de hierbas. Todos los a&ntilde;os sal&iacute;an de Chakpori, recog&iacute;an hierbas, las secaban y las empaquetaban en unas bolsas herm&eacute;ticamente cerradas.<br />En nuestras monta&ntilde;as se encontraba el gran dep&oacute;sito de los remedios que proporciona la Naturaleza. Muy poca gente hab&iacute;a pisado aquellas alturas por donde pasaban, y se ve&iacute;an cosas tan extra&ntilde;as que serv&iacute;an de tema de conversaci&oacute;n para mucho tiempo. Me resign&eacute; a no ir aquel a&ntilde;o y me promet&iacute; es tudiar tanto que pudiera formar parte de la expedici&oacute;n, mucho m&aacute;s interesante, que organizar&iacute;a el lama Mingyar Dondup, cuando lo creyera conveniente. Los astr&oacute;logos hab&iacute;an predicho que saldr&iacute;a de mis ex&aacute;menes al primer intento, pero tambi&eacute;n sab&iacute;a yo que deb&iacute;a estudiar a fondo.<br />Mi edad mental equival&iacute;a a la de un muchacho de dieciocho a&ntilde;os, ya que siempre me hab&iacute;a relacionado con personas mucho mayores que yo y ahora ten&iacute;a que estar a la altura de la situaci&oacute;n.</p><p>CAP&Iacute;TULO D&Eacute;CIMO.</p><p>CREENCIAS TIBETANAS.</p><p>Quiz&aacute; sea interesante que d&eacute; aqu&iacute; algunos detalles sobre nuestras creencias. Nuestra religi&oacute;n es una forma de budismo, pero no existe una palabra que pueda dar una idea exacta en la traducci&oacute;n. La llamamos &laquo;la Religi&oacute;n &raquo;, y a los de nuestra fe les llamamos &laquo;los que est&aacute;n dentro&raquo;. A los de otras creencias los designamos con una palabra que puede significar &laquo;los que est&aacute;n fuera&raquo; o &laquo;los extra&ntilde;os&raquo;. La palabra m&aacute;s aproximada, ya usada en Occidente, es lama&iacute;smo. Se aparta del budismo en que nuestra religi&oacute;n es de esperanza y de creencia en el futuro. El budismo nos resulta una religi&oacute;n negativa, una religi&oacute;n de la desesperanza.<br />Muchos sabios han estudiado y comentado de un modo erudito nuestra religi&oacute;n. Muchos de ellos nos han condenado porque les ciega su propia fe y no admiten otros puntos de vista. Algunos han llegado a llamarnos &laquo;sat&aacute;nicos &raquo;. La mayor&iacute;a de estos escritores han basado sus opiniones en referencias muy indirectas de los escritos de otros autores. Es posible que unos cuantos hayan estudiado nuestras creencias durante unos cuantos d&iacute;as y se hayan cre&iacute;do competentes para escribir libros sobre el tema e interpretar y difundir lo que ha costado toda una vida a nuestros hombres m&aacute;s sabios llegar a saberlo y comprenderlo.<br />Imag&iacute;nense ustedes las ense&ntilde;anzas de un budista o de un hind&uacute; que haya repasado durante un par de horas la Biblia y pretenda explicar los puntos m&aacute;s sutiles del cristianismo. Ninguno de estos autores que han escrito sobre el lama&iacute;smo ha vivido desde ni&ntilde;o como monje en una lamaser&iacute;a ni ha estudiado los Libros Sagrados. Estos Libros son secretos; secretos, porque no son asequibles a los que pretenden lograr una salvaci&oacute;n r&aacute;pida y sin esfuerzo.<br />Los que deseen dominar algunos de nuestros ritos o una forma de autohipnosis, pueden conseguirlo si va a servirles de algo. Pero esa no es la realidad &iacute;ntima, sino un juego de ni&ntilde;os. A algunos les resultar&aacute; muy consolador que se pueda cometer pecado tras pecado y que luego, si la conciencia les molesta demasiado, baste ofrecer cualquier presente en el templo m&aacute;s cercano para que los dioses, agradecidos, le otorguen un perd&oacute;n inmediato y total; con lo cual pueden comenzar de nuevo a pecar. Pero la verdad es que existe un Dios, un Ser Supremo. &iquest;Qu&eacute; importa c&oacute;mo le llamemos?<br />Dios es un hecho.<br />Los tibetanos que han estudiado las verdaderas ense&ntilde;anzas de Buda nunca piden misericordia ni favores, sino s&oacute;lo que el hombre los trate con justicia. Un Ser Supremo esencia de la justicia no puede ser misericordioso con uno y no con otro, ya que esto ser&iacute;a la negaci&oacute;n de la justicia. Rezar para obtener misericordia o favores, prometiendo oro o incienso si se logra lo que se desea, supone dar por cierto que la salvaci&oacute;n se concede al mejor postor; que Dios anda escaso de dinero y puede ser &laquo;comprado&raquo;.<br />El hombre puede mostrarse misericordioso con sus pr&oacute;jimos, pero rara vez lo hace; y en cuanto al Ser Supremo s&oacute;lo puede ser justo. Somos almas inmortales. Nuestra plegaria: &laquo;Om manipad-me Hum!&raquo; se suele traducir al pie de la letra de este modo: &laquo; &iexcl;la Joya del Loto!&raquo; Los que hemos avanzado un poco m&aacute;s en nuestra religi&oacute;n sabemos que su verdadero significado es: &laquo; el Super-Ser del hombre!&raquo; No existe la muerte. Como uno se quita la ropa al terminar la jornada, lo mismo se quita el alma del cuerpo cuando &eacute;ste se duerme. As&iacute; como se desecha un traje cuando se ha gastado, tambi&eacute;n se desecha el alma al cuerpo cuando est&aacute; excesivamente usado o se ha roto. Morir no es m&aacute;s que el acto de nacer en otro plano de la existencia. El Ho mbre, o el esp&iacute;ritu del Hombre, es eterno. El cuerpo es s&oacute;lo la vestidura temporal que cubre el esp&iacute;ritu y es elegido seg&uacute;n la tarea que corresponda a cada persona en la tierra. La apariencia externa carece por completo de importancia.<br />Lo que importa es el alma. Un gran profeta puede presentarse disfrazado de pobre, mientras uno que ha pecado en una vida anterior puede presentarse en su nueva encarnaci&oacute;n como un potentado para ver si comete los mismos pecados sin tener la eximente de la pobreza.<br />La Rueda de la Vida es la expresi&oacute;n que aplicamos al acto de nacer, de vivir en este mundo, morir, volver al estado de esp&iacute;ritu puro y luego nacer de nuevo en diferentes circunstancias y condiciones. Un hombre puede haber sufrido mucho en una vida sin que esto signifique necesariamente que fuese malo en una vida anterior; puede muy bien hab&eacute;rsele colocado en esa situaci&oacute;n para que aprenda con mayor rapidez ciertas cosas. &iexcl;Se aprende mucho m&aacute;s por la experiencia que de o&iacute;das! Uno que se suicida puede renacer en otra vida para completar los a&ntilde;os que no pudo vivir en una vida anterior, pero esto no implica que todos los que mueren j&oacute;venes, o de ni&ntilde;os, sean suicidas. La Rueda de la Vida se aplica a todos, desde los mendigos a los reyes, a los hombres y a las mujeres, a las razas de color y a las blancas. Por supuesto, esto de la Rueda es s&oacute;lo un s&iacute;mbolo, pero resulta de gran claridad para todos aquellos que no pueden estudiar a fondo el asunto.<br />No se pueden explicar las creencias tibetanas en un par de p&aacute;rrafos; el Kangyur (o Escrituras tibetanas) se compone de un centenar de libros, y ni siquiera ley&eacute;ndolos todos ellos se puede conocer a fondo el tema. Hay mu chos libros ocultos en remotas lamaser&iacute;as, libros que s&oacute;lo conocen los Iniciados.<br />Durante muchos siglos, los pueblos de Oriente han conocido las varias fuerzas y leyes ocultas y han sabido que todas ellas se basan en la utilizaci&oacute;n de energ&iacute;as naturales. En vez de prescindir de estas fuerzas bajo el pretexto de que no pueden ser pesadas ni probadas con reacciones qu&iacute;micas, los hombres de ciencia orientales han procurado siempre dominar esas leyes de la Naturaleza. Por ejemplo, no nos interesa la mec&aacute;nica de la clarividencia, sino los resultados de esta facultad. Hay gente que pone en duda que se pueda ser clarividente; son como los que han nacido ciegos y opinan que es imposible ver porque ellos no lo han experimentado, porque ellos no pueden comprender c&oacute;mo es posible ver un objeto que se encuentra a cierta distancia si no hay un contacto inmediato entre ese objeto y los ojos.<br />La gente tiene auras, perfiles de color que rodean al cuerpo, y ateni&eacute;ndose a la intensidad de estos colores, quienes dominan ese arte pueden deducir la salud, integridad, y estado general de evoluci&oacute;n de esa persona. Este aura es la radiaci&oacute;n de la fuerza vital interna, el ego o alma. En torno a la cabeza hay un halo o nimbo que tambi&eacute;n forma parte de esa fuerza. Con la muerte, la luz se apaga porque el yo abandona al cuerpo y emprende su viaje a la etapa siguiente de la existencia. Se convierte en un fantasma. Al principio se desorienta y vaga por los espacios astrales sin saber ad&oacute;nde dirigirse, seguramente por el deslumbramiento que le produce su brusca separaci&oacute;n del cuerpo. Es muy posible que al principio no tenga conciencia de lo que le sucede. Por eso los lamas asisten a los moribundos para informarles de las etapas que han de recorrer. Si se descuida esta informaci&oacute;n, el esp&iacute;ritu puede sentirse arrastrado de nuevo hacia la Tierra por los deseos de la carne. Los sacerdotes tienen el deber de romper esos v&iacute;nculos. Con bastante frecuencia atend&iacute;amos a un servicio religioso especial: la Orientaci&oacute;n de los Esp&iacute;ritus.<br />La muerte no causa terror a los tibetanos, pues creemos que se puede pasar de esta vida a la siguiente con gran facilidad si se toman ciertas precauciones.<br />Para ello es necesario seguir ciertos caminos claramente definidos y pensar dentro de ciertas l&iacute;neas. El servicio a que me he referido se realiza en un templo hall&aacute;ndose presentes unos trescientos monjes. En el centro del templo se sit&uacute;an cinco lamas telep&aacute;ticos sentados en c&iacute;rculo cara a cara. Mientras que los monjes, dirigidos por un abad, salmodian, los lamas procuran mantener el contacto telep&aacute;tico con las almas perdidas. No es posible traducir con exactitud las oraciones tibetanas, pero tratar&eacute; de aproximarme:<br />Escuchad las voces de nuestras almas, todos aquellos que vag&aacute;is desorientados por la tierra fronteriza. Los vivos y los muertos habitan en mundos distintos; &iquest;d&oacute;nde pueden verse sus rostros y o&iacute;rse sus voces? Quemamos la primera barra de incienso para que un esp&iacute;ritu errante encuentre su camino.<br />Escuchad las voces de nuestras almas todos aquellos que vag&aacute;is desorientados.<br />Las monta&ntilde;as se elevan hacia el cielo, pero nada se oye. Basta una suave brisa para agitar las aguas y las flores siguen floreciendo. Las aves no emprenden el vuelo al acercarse vosotros, ya que ni os ven ni os sienten. Quemamos una segunda barra de incienso para que otro esp&iacute;ritu errante encuentre su camino.<br />Escuchad las voces de nuestras almas, todos aquellos que vag&aacute;is extraviados.<br />&Eacute;ste es el Mundo de la Ilusi&oacute;n. La vida es sue&ntilde;o. Todos los que nacen han de morir. S&oacute;lo el Camino de Buda conduce a la vida eterna.<br />Quemamos una tercera barra de incienso para que otro esp&iacute;ritu errante encuentre su camino.<br />Escuchad las voces de nuestras almas, todos aquellos que ten&eacute;is poder, todos aquellos que hab&eacute;is sido entronizados y abarc&aacute;is en vuestro reino monta&ntilde;as y r&iacute;os. Vuestros reinos s&oacute;lo han durado un instante y las quejas de vuestros pueblos no han cesado. Corren r&iacute;os de sangre por la Tierra y los suspiros de los oprimidos barren las hojas de los &aacute;rboles. Quemamos una cuarta barra de incienso para que los esp&iacute;ritus de los reyes y dictadores encuentren su camino.<br />Escuchad las voces de nuestras almas todos vosotros; guerreros que hab&eacute;is herido, matado e invadido, &iquest;d&oacute;nde est&aacute;n ahora vuestros ej&eacute;rcitos?<br />Ruge el suelo y la maleza cubre los campos de batalla. Quemamos la quinta barra de incienso para guiar a los esp&iacute;ritus de los se&ntilde;ores de la Guerra que no encuentran su camino.<br />Escuchad las voces de nuestras almas, todos los que sois artistas y sabios, los que hab&eacute;is trabajado escribiendo y pintando. En vano hab&eacute;is esforzado vuestra vista y gastado muchos tinteros. Nada se recuerda de vosotros y vuestras almas han de seguir su camino. La sexta barra de incienso la quemamos para que los esp&iacute;ritus de los escritores y artistas encuentren su camino.<br />Escuchad las voces de nuestras almas, vosotras, hermosas v&iacute;rgenes y damas de elevada condici&oacute;n, cuya juventud puede compararse con una fresca ma&ntilde;ana de primavera. Despu&eacute;s del abrazo de vuestros amantes se rompen vuestros corazones. Llega el oto&ntilde;o y luego el invierno, se marchitan las flores y se secan los &aacute;rboles y, lo mismo que la belleza, se convierten en esqueletos. Quemamos la s&eacute;ptima barra de incienso para que los esp&iacute;ritus de las v&iacute;rgenes y de las damas de elevada condici&oacute;n se libren de los v&iacute;nculos de este mundo.<br />Escuchad las voces de nuestras almas, vosotros, los mendigos y ladrones y cuantos hay&aacute;is cometido cr&iacute;menes contra vuestros pr&oacute;jimos y no hall&eacute;is descanso. Vuestra alma vaga por este mundo sin hallar amigos y no encontr&aacute;is justicia dentro de vosotros. Quemamos la octava barra de incienso por todos los esp&iacute;ritus que han pecado y que ahora van errantes y solitarios.<br />Escuchad las voces de nuestras almas, prostitutas, mujeres de la noche, y todas aquellas contra las cuales han pecado los otros y que ahora vag&aacute;is solas por fantasmales espacios. Quemamos la novena barra de incienso para que estos esp&iacute;ritus encuentren su camino y se liberen de las cadenas de este mundo.<br />En la penumbra del templo, cargada de humo de incienso, danzan detr&aacute;s de las im&aacute;genes de oro las sombras producidas por la vacilante luz de las lamparillas. La atm&oacute;sfera se hace a&uacute;n m&aacute;s densa con la concentraci&oacute;n mental de los monjes telep&aacute;ticos que se esfuerzan en mantener el contacto con los que se han marchado de este mundo y que, sin embargo, siguen ligados a &eacute;l.<br />Los monjes de t&uacute;nicas rojo-oscuro est&aacute;n sentados en dobles filas, cara a cara, entonando la Letan&iacute;a de los Muertos, y unos tambores ocultos marcan el ritmo mon&oacute;tono del coraz&oacute;n humano. De otra parte del templo, como de un cuerpo humano, llegan los rumores de los diferentes &oacute;rganos, el murmullo del fluir de los l&iacute;quidos corporales y la respiraci&oacute;n de los pulmones.<br />A medida que prosigue la ceremonia, cambian los sonidos del cuerpo, se van haciendo m&aacute;s lentos y espaciados, hasta que por fin desaparecen para dejar paso al esp&iacute;ritu que abandona sus vestiduras terrenales. Ese momento se oye materialmente; es como un aletear, un suave estertor y, por &uacute;ltimo, el silencio total. El silencio que llega con la muerte. Y no hay que estar dotado de facultades metaf&iacute;sicas para percibir en tal silencio la presencia de otros seres que esperan y escuchan. Paulatinamente, a medida que la instrucci&oacute;n telep&aacute;tica contin&uacute;a, va disminuyendo la tensi&oacute;n. Es que los inquietos esp&iacute;ritus est&aacute;n pasando a la siguiente etapa de su viaje astral.<br />Creemos firmemente que nacemos una y otra vez. Pero no s&oacute;lo en esta tierra. Hay millones de mundos y sabemos que la mayor&iacute;a de ellos est&aacute;n habitados. Por supuesto, es gente muy distinta a los seres humanos que conocemos.<br />En el T&iacute;bet no hemos cre&iacute;do ni por un momento que el Hombre sea la forma m&aacute;s elevada y m&aacute;s noble de evoluci&oacute;n. Creemos que por ah&iacute;, en otros mundos, se pueden hallar formas de vida mucho m&aacute;s perfeccionadas, gente incapaz de lanzar bombas at&oacute;micas. Yo he visto, en nuestro pa&iacute;s, descripciones de extra&ntilde;os artefactos que vuelan por los cielos. Les llamamos los &ldquo;Carros de los Dioses&rdquo;. El lama Mingyar Dondup me cont&oacute; que un grupo de lamas hab&iacute;a establecido comunicaciones telep&aacute;ticas con esos &laquo;dioses&raquo; y &eacute;stos les dijeron que estaban contemplando la Tierra de un modo semejante a como los humanos contemplamos los peligrosos animales salvajes en un parque zool&oacute;gico.<br />Se ha escrito mucho sobre la levitaci&oacute;n. Se puede lograr, y yo lo he visto muchas veces. Desde luego, se necesita una gran pr&aacute;ctica. Pero no tiene objeto perder tiempo en esto cuando existe un medio mucho m&aacute;s seguro y f&aacute;cil de elevarse sobre la tierra. Me refiero al viaje astral. La mayor&iacute;a de los lamas lo dominan y cualquier persona que posea la paciencia necesaria podr&aacute; disfrutar de las ventajas de este arte tan &uacute;til y agradable.<br />Durante las horas en que estamos despiertos, nuestro Yo se encuentra preso en el cuerpo f&iacute;sico y se necesita un cierto entrenamiento para separarlos.<br />Cuando dormimos, s&oacute;lo reposa el cuerpo f&iacute;sico. Mientras, el esp&iacute;ritu se libera de toda traba y suele marcharse al reino de los esp&iacute;ritus lo mismo que un ni&ntilde;o regresa a su hogar cuando terminan las clases. El yo y el cuerpo f&iacute;sico mantienen el contacto por medio del Cord&oacute;n de Plata, que puede estirarse ilimitadamente. El cuerpo permanece con vida mientras ese Cord&oacute;n de Plata no se rompa. Con la muerte, al nacer el esp&iacute;ritu a una nueva vida, se rompe el Cord&oacute;n, como se parte el cord&oacute;n umbilical para separarnos de nuestra madre. Para un beb&eacute;, el nacimiento significa la muerte de la vida que llev&oacute; en el cuerpo de su madre. Para el esp&iacute;ritu, la muerte significa un nuevo nacimiento a un mundo espiritual m&aacute;s libre. Mientras el Cord&oacute;n de Plata permanezca intacto, el ego podr&aacute; vagar libremente durante el sue&ntilde;o y en el caso de los que se han entrenado especialmente, lo har&aacute; de un modo consciente. El vagar del esp&iacute;ritu produce en sue&ntilde;os con las impresiones transmitidas a lo largo del Cord&oacute;n de Plata. Cuando la mente f&iacute;sica las recibe va &laquo;racionaliz&aacute;ndolas&raquo; para adaptarlas a la visi&oacute;n del mundo que tiene el ser humano. En el mundo espiritual no existe el tiempo &mdash; es un concepto puramente f&iacute;sico&mdash; y por eso hay ensue&ntilde;os largu&iacute;simos y muy complicados que ocurren en una fracci&oacute;n de segundo. Probablemente, todos hemos tenido alg&uacute;n sue&ntilde;o en que hemos hablado con alguna persona que se halla muy lejos, quiz&aacute; m&aacute;s all&aacute; del Oce&aacute;no. Otras veces se nos habr&aacute; dado alg&uacute;n mensaje y al despertar tenemos la fuerte impresi&oacute;n de que debemos recordar algo. Con frecuencia recordamos haber encontrado en sue&ntilde;os alg&uacute;n amigo o parientes distantes y nada tiene de particular que al poco tiempo recibamos noticias directas o indirectas de esa persona. La memoria de los que no est&aacute;n preparados suele deformarse y a ello se debe el aspecto il&oacute;gico y disparatado de los sue&ntilde;os y las pesadillas.<br />En el T&iacute;bet viajamos mucho por medio de la proyecci&oacute;n astral &mdash;no por levitaci&oacute;n&mdash;, y se trata de un procedimiento que podemos controlar a voluntad. Hacemos que el yo abandone el cuerpo f&iacute;sico, aunque siga unido a &eacute;l por el Cord&oacute;n de Plata. Podemos viajar por donde queramos con la mayor velocidad concebible. La mayor&iacute;a de nosotros posee la habilidad de realizar esos viajes, pero muchos, despu&eacute;s de haberse lanzado, han sentido un gran choque ps&iacute;quico por falta de entrenamiento. Probablemente todos han tenido la sensaci&oacute;n de dormirse y luego, sin raz&oacute;n aparente, despertarse violentamente, como por una fuerte sacudida. Esto se debe a una exteriorizaci&oacute;n del yo excesivamente r&aacute;pida, una separaci&oacute;n demasiado brusca de los cuerpos fisico y astral. Esta violenta contracci&oacute;n del Cord&oacute;n de Plata hace que el cuerpo astral vuelva, como si tirase de &eacute;l un el&aacute;stico demasiado distendido, a introducirse de nuevo en su vestidura f&iacute;sica. De todos modos, la sensaci&oacute;n es mucho peor cuando se regresa despu&eacute;s de un viaje. El ser astral est&aacute; flotando a enorme altura sobre el cuerpo como un globo al extremo de una cuerda. Algo, quiz&aacute; un ruido externo, hace que el astral se reintegre al cuerpo con excesiva rapidez. Entonces, el cuerpo despierta repentinamente y tenemos la horrible sensaci&oacute;n de estar cayendo por un precipicio y de habernos detenido en el mismo momento en que &iacute;bamos a estrellarnos.<br />El viaje astral, perfectamente controlado y sin perder la conciencia, puede ser realizado casi por todos. Necesita pr&aacute;ctica, pero sobre todo al principio requiere un absoluto aislamiento para que nadie pueda interrumpirnos.<br />Esto no es un texto de metaf&iacute;sica, por lo cual no intento dar instrucciones sobre la manera de viajar astralmente; pero hay que insistir en que estos experimentos producen trastornos si no se cuenta con un buen maestro.<br />No es que haya un peligro, pero se est&aacute; expuesto a choques ps&iacute;quicos y trastornos emotivos si dejamos que el cuerpo astral abandone el cuerpo f&iacute;sico o regrese a &eacute;l inoportunamente. Adem&aacute;s, las personas que padecen del coraz&oacute;n nunca deben practicar la proyecci&oacute;n astral. Aunque no existe un peligro en la proyecci&oacute;n misma, s&iacute; lo hay &mdash;y muy grande&mdash;, trat&aacute;ndose de personas de coraz&oacute;n d&eacute;bil, si una persona entra en la habitaci&oacute;n y produce as&iacute; una sacudida en el Cord&oacute;n de Plata. El choque puede ser fatal y adem&aacute;s ser&iacute;a lamentable porque el ego tendr&iacute;a que nacer de nuevo para terminar aquel trozo de vida que le faltaba por recorrer y as&iacute; se retrasar&iacute;a su progreso en una nueva vida.<br />Los tibetanos creemos que antes de la Ca&iacute;da del Hombre todos pod&iacute;an viajar astralmente, poseer clarividencia, facultad telep&aacute;tica y capacidad de levitaci&oacute;n. Nuestra versi&oacute;n de esa ca&iacute;da es que el hombre abus&oacute; de los poderes ocultos y los emple&oacute; en beneficio propio en vez de aplicarlos al des arrollo de la humanidad. En los primeros d&iacute;as la humanidad se comunicaba por telepat&iacute;a. Las tribus locales ten&iacute;an sus propios idiomas, que usaban exclusivamente entre ellos. En cambio el lenguaje telep&aacute;tico era puramente mental y pod&iacute;a ser entendido por todos los que hablasen uno u otro idioma.<br />Cuando se perdi&oacute; la facultad telep&aacute;tica por el abuso antes dicho, surgi&oacute; Babel:<br />muchas lenguas y todo el mundo sin entenderse.<br />No tenemos un d&iacute;a del Sabbath propiamente dicho: los nuestros son d&iacute;as santos que corresponden al ocho y quince de cada mes. En esos d&iacute;as se celebran especiales funciones religiosas y en ellos no se trabaja. Me han dicho que nuestras festividades anuales corresponden aproximadamente a las fiestas religiosas cristianas, pero no conozco &eacute;stas lo suficiente para opinar.<br />Nuestras festividades son las siguientes:<br />En el primer mes del a&ntilde;o, que corresponde m&aacute;s o menos a febrero, celebramos, desde el d&iacute;a primero al tercero, el Logsar. A esto se le llamar&iacute;a en el mundo occidental A&ntilde;o Nuevo. En esa festividad hay servicios religiosos y juegos p&uacute;blicos.<br />La mayor ceremonia tibetana de todo el a&ntilde;o es la que se celebra del cuatro al quince del primer mes. Son los llamados &laquo;D&iacute;as de la S&uacute;plica&raquo;; en tibetano, Monlam. Esta ceremonia es la m&aacute;s solemne y brillante del a&ntilde;o religioso y secular. El d&iacute;a quince de este mismo mes celebramos el Aniversario de la Concepci&oacute;n de Buda. No es ocasi&oacute;n para fiestas populares, sino de solemne acci&oacute;n de gracias. Para completar el mes tenemos el d&iacute;a veintisiete una fiesta, religiosa en parte y en parte m&iacute;tica. Es la Procesi&oacute;n de la Santa Daga. Con ello terminan las fiestas del primer mes.<br />El segundo mes (que corresponde aproximadamente a marzo) s&oacute;lo tenemos la fiesta de la Caza y Expulsi&oacute;n del Demonio de la Mala Suerte, el d&iacute;a veintinueve.<br />El tercer mes (abril) tambi&eacute;n escasea en ceremonias p&uacute;blicas. S&oacute;lo hay el d&iacute;a quince, el Aniversario de la Revelaci&oacute;n.<br />El d&iacute;a ocho del cuarto mes (mayo por el calendario occidental) celebramos el aniversario de la Renuncia de Buda al Mundo. Seg&uacute;n tengo entendido, esta festividad religiosa tiene cierto parecido con la Cuaresma de los cristianos. Durante esos d&iacute;as tenemos que vivir a&uacute;n con mayor austeridad que habitualmente. El d&iacute;a quince se conmemora el Aniversario de la Muerte de Buda. Lo consideramos como el aniversario de todos aquellos que han abandonado esta vida. Tambi&eacute;n se le llama el &laquo;D&iacute;a de Todas las Almas&raquo;. Ese es el d&iacute;a en que quemamos el incienso para orientar a los esp&iacute;ritus de los que andan extraviados y con tendencia a ligarse de nuevo a la Tierra. Enti&eacute;ndase que &eacute;stas son &uacute;nicamente las fiestas m&aacute;s solemnes, porque hay muchas festividades menores y un buen n&uacute;mero de ceremonias obligatorias, pero sin suficiente importancia para citarlas aqu&iacute;.<br />El d&iacute;a cinco de junio los &laquo;lamas m&eacute;dicos&raquo; ten&iacute;amos que asistir a ceremonias especiales en otras lamaser&iacute;as. Es el D&iacute;a de Gracias por los Tratamientos de los Monjes M&eacute;dicos, cuerpo fundado por el propio Buda. En ese d&iacute;a no pod&iacute;amos cometer en modo alguno ninguna mala acci&oacute;n, pero al d&iacute;a siguiente nos llamaban infaliblemente nuestros superiores para pedirnos cuenta por algo en que se figuraban que hab&iacute;amos pecado.<br />El Aniversario del Nacimiento de Buda cae en el d&iacute;a cuatro del sexto mes (o sea, julio). Tambi&eacute;n en esa fecha celebramos la Primera Predicaci&oacute;n de la Ley.<br />El Festival de la Siega es el d&iacute;a ocho del octavo mes (octubre). Por ser el T&iacute;bet un pa&iacute;s &aacute;rido, muy seco, depende nuestra agricultura de los r&iacute;os en medida mucho mayor que en otros pa&iacute;ses. En el T&iacute;bet llueve poco, as&iacute; que combinamos la Festividad de la Siega con la del Agua, ya que sin el agua de los r&iacute;os no habr&iacute;a cosechas.<br />El d&iacute;a veintid&oacute;s del noveno mes (noviembre) es el Aniversario del Milagroso Descenso de Buda del Cielo. Al mes siguiente, el d&eacute;cimo, celebramos la Fiesta de las L&aacute;mparas, el d&iacute;a 25.<br />Los &uacute;ltimos acontecimientos religiosos del a&ntilde;o tienen lugar del 29 del und&eacute;cimo mes al 13 del duod&eacute;cimo (que es el que une a enero y febrero seg&uacute;n el calendario occidental). Entonces celebramos la Expulsi&oacute;n del A&ntilde;o Viejo y nos preparamos para entrar en el Nuevo.<br />Nuestro calendario es muy diferente del de Occidente. Nos atenemos a un ciclo de sesenta a&ntilde;os y cada a&ntilde;o se indica por doce animales y cinco elementos en diversas combinaciones. He aqu&iacute; el calendario del ciclo actual, que comenz&oacute; en 1927:<br />1927, A&ntilde;o de la Liebre del Fuego; 1928, A&ntilde;o del Drag&oacute;n de la Tierra; 1929, A&ntilde;o de la Serpiente de la Tierra; 1930, A&ntilde;o del Caballo de Hierro; 1931, A&ntilde;o del Cordero de Hierro; 1932, A&ntilde;o del Mono del Agua; 1933, A&ntilde;o del P&aacute;jaro del Agua; 1934, A&ntilde;o del Perro de la Madera; 1935, A&ntilde;o del Cerdo de la Madera; 1936, A&ntilde;o del Rat&oacute;n del Fuego 1937, A&ntilde;o del Buey del Fuego; 1938, A&ntilde;o del Tigre de la Tierra; 1939, A&ntilde;o de la Liebre de la Tierra; 1940, A&ntilde;o del Drag&oacute;n del Hierro; 1941, A&ntilde;o de la Serpiente del Hierro; 1942, A&ntilde;o del Caballo del Agua; 1943, A&ntilde;o del Cordero del Agua; 1944, A&ntilde;o del Mono de la Madera; 1945, A&ntilde;o del P&aacute;jaro de la Madera; 1946, A&ntilde;o del Perro del Fuego; 1947, A&ntilde;o del Cerdo del Fuego; 1948, A&ntilde;o del Rat&oacute;n de la Tierra; 1949, A&ntilde;o del Buey de la Tierra; 1950, A&ntilde;o del Tigre del Hierro; 1951, A&ntilde;o de la Liebre del Hierro; 1952, A&ntilde;o del Drag&oacute;n del Agua; 1953, A&ntilde;o de la Serpiente del Agua; 1954, A&ntilde;o del Caballo de la Madera; 1955, A&ntilde;o del Cordero de la Madera; 1956, A&ntilde;o del Mono del Fuego; 1957, A&ntilde;o del P&aacute;jaro del Fuego; 1958, A&ntilde;o del Perro de la Tierra; 1959, A&ntilde;o del Cerdo de la Tierra; 1960, A&ntilde;o del Rat&oacute;n del Hierro; 1961, A&ntilde;o del Buey del Hierro; y as&iacute; sucesivamente.<br />Una de nuestras creencias es la de que hay gran probabilidad de predecir el futuro. Para nosotros la adivinaci&oacute;n &mdash;por unos u otros medios&mdash; constituye una ciencia exacta. Creemos en la Astrolog&iacute;a. Para nosotros las influencias astrol&oacute;gicas no son m&aacute;s que rayos c&oacute;smicos que se colorean o se alteran seg&uacute;n la naturaleza del cuerpo que los refleja en la Tierra. Todos estar&aacute;n de acuerdo en que con una c&aacute;mara fotogr&aacute;fica y buena luz se puede captar la imagen de algo. Si colocamos varios filtros sobre la lente de la c&aacute;mara &mdash;o sobre la luz&mdash; podremos conseguir determinados efectos en la fotograf&iacute;a. Podremos lograr efectos ortocrom&aacute;ticos, pancrom&aacute;ticos o infrarrojos (por mencionar s&oacute;lo tres de los muchos posibles). Lo mismo afectan a las personas las radiaciones c&oacute;smicas que act&uacute;an sobre su personalidad qu&iacute;mica y el&eacute;ctrica.<br />Buda dice: &laquo;La contemplaci&oacute;n de las estrellas, la Astrolog&iacute;a, la predicci&oacute;n de acontecimientos afortunados o desgraciados por medio de signos, as&iacute; como vaticinar el bien o el mal, son cosas prohibidas&raquo;; pero un Decreto posterior, que figura en uno de nuestros Libros Sagrados, dice as&iacute;:<br />&ldquo;Est&aacute; permitido usar el poder que la Naturaleza ha dado a unos pocos y por el cual padece el individuo. Ning&uacute;n poder ps&iacute;quico podr&aacute; ser usado con intenci&oacute;n de lucro, por ambici&oacute;n mundana o para demostrar que efectiva mente se tienen esos poderes .&raquo; Mi consecuci&oacute;n del Tercer ojo hab&iacute;a sido dolorosa y lo que hube de padecer perfeccion&oacute; el poder que ya traje a este mundo al nacer. Pero en otro cap&iacute;tulo hemos de hablar m&aacute;s de la Apertura del Tercer Ojo. En cambio, aqu&iacute; mismo me extender&eacute; un poco m&aacute;s sobre astrolog&iacute;a y citar&eacute; los nombres de tres ingleses eminentes que han visto c&oacute;mo se ha cumplido una profec&iacute;a astrol&oacute;gica.<br />A partir del a&ntilde;o 1027 todas las grandes decisiones se han tomado en el T&iacute;bet con ayuda de la astrolog&iacute;a. La invasi&oacute;n de mi pa&iacute;s en 1904 estaba predicha con mucha anterioridad y con todo detalle. Traduzco del tibetano esta profec&iacute;a:<br />&laquo;En el A&ntilde;o del Drag&oacute;n de la Madera. La primera parte del A&ntilde;o proteger&aacute; al Dalai Lama despu&eacute;s del avance de los bandidos que luchan y ri&ntilde;en. Hay muchos enemigos, turbulencias armadas, y la gente luchar&aacute;. Al final del A&ntilde;o un locutor con &aacute;nimo de conciliaci&oacute;n har&aacute; que termine la guerra.&raquo; Esto fue escrito antes del a&ntilde;o 1850 y se refiere al a&ntilde;o 1904, que fue el &laquo;A&ntilde;o del Drag&oacute;n de la Madera&raquo;. El coronel Younghusband mandaba las fuerzas brit&aacute;nicas y pudo ver la predicci&oacute;n en Lhasa. Mr. L. A. Waddell, tambi&eacute;n del Ej&eacute;rcito brit&aacute;nico, hab&iacute;a visto la predicci&oacute;n en 1902. Mr. Charles Bell, que despu&eacute;s fue a Lhasa, tambi&eacute;n la vio. Algunos otros acontecimientos que fueron predichos con toda exactitud: 1910, invasi&oacute;n china del T&iacute;bet; 1911, Revoluci&oacute;n china y formaci&oacute;n del Gobierno Nacionalista; a fines de 1911, expulsi&oacute;n del T&iacute;bet de los chinos; 1914, guerra entre Inglaterra y Alemania; 1933, en que abandon&oacute; esta vida el Dalai Lama; 1935, regreso del Dalai Lama en una nueva encarnaci&oacute;n; 1950, &laquo;las fuerzas del mal invaden el T&iacute;bet&raquo;. O sea, los comunistas invadieron el T&iacute;bet en octubre de 1950. M&iacute;ster Bell, que despu&eacute;s fue sir Charles Bell, vio todas estas predicciones en Lhasa. Y en lo que se refiere a mi persona, todo lo que me predijeron se ha convertido en realidad, sobre todo las penalidades.<br />La ciencia &mdash;porque en efecto se trata de una ciencia&mdash; de preparar un hor&oacute;scopo no puede exponerse aqu&iacute; en unas cuantas p&aacute;ginas de un libro de esta naturaleza. De todos modos procurar&eacute; dar una breve idea de ella. Consiste en preparar un mapa de los cielos tal como se hallaban en el momento de la concepci&oacute;n y en el del nacimiento de la persona de que se trate. Hay que saber la hora exacta del nacimiento y traducir ese tiempo a lo que llamamos &laquo;tiempo estelar&raquo;, que es por completo diferente del que se conoce en el mundo. Como la velocidad de la Tierra en su &oacute;rbita es de diecinueve millas por segundo, se comprender&aacute; que cualquier inexactitud determinar&aacute; un tremendo error. En el Ecuador, la velocidad de rotaci&oacute;n de la Tierra es de unas mil cuarenta millas por hora. El mundo se inclina mientras gira, y el Polo Norte avanza a unas tres mil cien millas por delante del Polo Sur en el oto&ntilde;o, pero en la primavera se invierte esta posici&oacute;n. As&iacute; que la longitud del lugar del nacimiento es de importancia vital.<br />Una vez preparados los mapas, los astr&oacute;logos interpretan su significado.<br />Hay que determinar las relaciones entre todos los planetas y calcular el efecto de esas relaciones en el mapa estudiado. Preparamos una carta de la concepci&oacute;n para conocer las influencias que act&uacute;an durante los primeros momentos de la existencia de una persona. El mapa del nacimiento indica las influencias que act&uacute;an en el momento en que el individuo entra en el mundo. Para conocer el futuro preparamos un mapa del tiempo del que se desea saber y lo comparamos con el mapa natal. Alguna gente dice: &laquo;Pero &iquest;podr&iacute;an ustedes predecir qui&eacute;n va a ganar una determinada carrera de caballos?<br />&raquo; Desde luego que no, porque para hacerlo tendr&iacute;amos que sacar el hor&oacute;scopo de todas las personas y de todos los caballos que intervengan en la carrera, incluidos los propietarios de los caballos. Para adivinar el caballo que va a ganar, el mejor m&eacute;todo es cerrar los ojos, coger un alfiler y pasarlo por la lista de los caballos participantes hasta clavarlo en uno. Pero podemos vaticinar con toda seguridad si una persona se va a curar de una enfermedad, o si Juan se casar&aacute; con Mar&iacute;a y vivir&aacute; felizmente con ella, y, en fin, todo lo que se refiera a los individuos. Tambi&eacute;n podemos decir que si Inglaterra y los Estados Unidos no detienen el avance comunista, estallar&aacute; una guerra en el A&ntilde;o del Drag&oacute;n de la Madera, que en este ciclo corresponde a 1964. En este caso, a fines de siglo habr&iacute;a grandes fuegos de artificio en este mundo que servir&iacute;an de distracci&oacute;n a los espectadores de Marte o Venus. Pero para llegar a ese extremo es preciso que los occidentales no les corten a los comunistas su carrera ascendente.<br />Otro punto que parece chocar a los occidentales es que podamos seguirles la pista a nuestras vidas anteriores. Las personas que no dominan esta materia aseguran que es imposible lograrlo, y en esto se parecen al sordo total que dice: &laquo;No oigo ning&uacute;n sonido, por tanto no existe el sonido.<br />&raquo; Es perfectamente posible trazar el desarrollo de las existencias anteriores, aunque desde luego requiere mucho tiempo y profundos estudios con las cartas astrol&oacute;gicas y realizar muchos c&aacute;lculos. Una persona puede hallarse en un aeropuerto y preocuparse por los &uacute;ltimos lugares donde ha tocado el avi&oacute;n que llega. Si esta persona es simplemente un espectador podr&aacute; suponerlo. En cambio, en la torre de control podr&aacute;n decirlo con toda exactitud. Y si un espectador ordinario tiene a su disposici&oacute;n una l&iacute;sta de los datos concernientes al avi&oacute;n podr&aacute; decir en qu&eacute; otros aeropuertos ha aterrizado. Lo mismo podemos hacer nosotros con las vidas pasadas.<br />Se necesitar&iacute;a por lo menos un libro completo para explicar con claridad el procedimiento que seguirnos. Pero puede resultar interesante enumerar los puntos que abarca la astrolog&iacute;a tibetana. Usamos diecinueve s&iacute;mb olos en las doce Mansiones de la Astrolog&iacute;a. Estos s&iacute;mbolos indican:<br />Personalidad e inter&eacute;s propio; Finanzas, o sea, c&oacute;mo se puede ganar o perder dinero; Relaciones, viajes cortos, habilidad mental y para escribir; Propiedades y condiciones al final de la vida; Ni&ntilde;os, diversiones y especulaciones; Enfermedad, trabajo y animales peque&ntilde;os; Asociaci&oacute;n de negocios, matrimonio, enemigos y pleitos; Herencias y legados; Viajes largos y asuntos ps&iacute;quicos; Profesi&oacute;n y honores; Amistades y ambiciones; Trastornos, inhibiciones y penas ocultas.<br />Tambi&eacute;n podemos predecir el tiempo aproximado, o en qu&eacute; condiciones ocurrir&aacute; lo siguiente:<br />Amor, el tipo de persona y el tiempo del encuentro; Matrimonio, fecha y resultado; Pasi&oacute;n, cuando se trata de temperamentos furiosos; Cat&aacute;strofe, si ha de ocurrir y c&oacute;mo ocurrir&aacute;; Fatalidad; Muerte, cu&aacute;ndo y c&oacute;mo; Prisi&oacute;n u otras formas de privaci&oacute;n de libertad; Discordia, familiar o en los negocios; Esp&iacute;ritu, etapa de evoluci&oacute;n alcanzada.<br />Aunque practico mucho la astrolog&iacute;a, encuentro que la psicometr&iacute;a y la adivinaci&oacute;n fijando la vista en un cristal son mucho m&aacute;s r&aacute;pidas y tan exactas como la otra. &iexcl;Sobre todo, mucho m&aacute;s f&aacute;cil cuando uno es una calamidad en las matem&aacute;ticas! La psicometr&iacute;a es el arte de obtener leves impresiones de acontecimientos pasados bas&aacute;ndose en un objeto. Todos tienen esta habilidad en cierta medida. Por ejemplo, cuando alguien entra en una antigua iglesia y, bajo la influencia de los siglos que han pasado por all&iacute;, dice: &laquo;&iexcl;qu&eacute; atm&oacute;sfera tan serena y tranquilizadora!&raquo; Pero esa misma persona visitar&aacute; el lugar donde se ha cometido un horroroso crimen y exclamar&aacute;:<br />&laquo;&iexcl;v&aacute;monos de aqu&iacute;; no me gusta es te sitio, es demasiado t&eacute;trico!&raquo; La adivinaci&oacute;n por el procedimiento de fijar la vista en el cristal es diferente.<br />El cristal &mdash;como ya he dicho en otro cap&iacute;tulo&mdash; no es m&aacute;s que un foco que concentra los rayos del Tercer Ojo de un modo muy semejante a como se proyectan los rayos X sobre una pantalla y nos muestran una imagen fluorescente. No se trata en absoluto de magia, sino s&oacute;lo de utilizar las leyes naturales.<br />En el T&iacute;bet tenemos monumentos a las leyes naturales. Nuestros chortens, cuyo tama&ntilde;o va de metro y medio a m&aacute;s de quince metros, son s&iacute;mb olos que podemos comparar a un crucifijo o a un icono. En todo el T&iacute;bet abundan estos monumentos. En Lhasa hay cinco, el m&aacute;s grande de los cuales es el Pargo Kaling, que forma una de las puertas de la ciudad. Los chortens son siempre de la misma forma. La base simboliza los s&oacute;lidos cimientos de la Tierra. Sobre ella descansa el globo del agua coronado por el Cono de Fuego y que lleva encima el Platillo del Aire y sobre &eacute;l, como remate, el tembloroso Esp&iacute;ritu (Eter) que espera abandonar este mundo de materialismo.<br />A cada uno de estos elementos se llega por los Escalones de la Consecuci&oacute;n. El conjunto simboliza la creencia fundamental tibetana. Venimos a la tierra al nacer. Durante nuestra vida ascendemos apoy&aacute;ndonos en los Escalones de la Consecuci&oacute;n. Pero llega un momento en que nos falta el aliento y entramos en la zona espiritual pura. Luego, despu&eacute;s de un intervalo de duraci&oacute;n variable (pueden ser siglos), volveremos a nacer para aprender otra lecci&oacute;n. La Rueda de la Vida simboliza la interminable ronda de nacimiento-vida-muerte- esp&iacute;ritu-nacimiento-vida, y as&iacute; sucesivamente.<br />Muchos escritores que han estudiado las cosas del T&iacute;bet cometen el serio error de dar por cierto que creemos realmente en esos horribles infiernos que a veces est&aacute;n representados en la Rueda. Es posible que algunos seres extremadamente incultos crean que existe efectivamente ese infierno, pero cualquier persona medianamente culta se reir&aacute; si la supon&eacute;is capaz de ello.<br />Creemos que estamos en la Tierra para aprender y que en ella es donde sufrimos todas las torturas que se atribuyen al infierno. El Otro Sitio es para nosotros aqu&eacute;l donde vamos cuando salimos del cuerpo, o sea el sitio en donde encontraremos a otras entidades que tambi&eacute;n se han liberado del cuerpo. Y no es esto lo que se llama espiritualismo, si no una creencia muy concreta en que durante el sue&ntilde;o o despu&eacute;s de la muerte podremos movernos con absoluta libertad por los planos astrales. A los m&aacute;s elevados de estos planos los llamamos &laquo;La Tierra de la Luz Dorada&raquo;. Estamos seguros de que cuando nos encontremos en lo astral (despu&eacute;s de la muerte o durante el sue&ntilde;o) podremos encontrar all&iacute; a las personas amadas porque estamos en armon&iacute;a con ellas. Y nunca veremos a las personas por quienes sentimos antipat&iacute;a, ya que ese estado de desarmon&iacute;a no puede existir en la Tierra de la Luz Dorada.<br />Todo eso lo ha probado el tiempo y es una l&aacute;stima que las dudas y el materialismo occidentales hayan impedido que se realicen las adecuadas investigaciones en esta ciencia. Deber&iacute;a pensarse en las muchas cosas de que se ha re&iacute;do la humanidad al principio y que luego han resultado una magn&iacute;fica realidad con el paso del tiempo: el tel&eacute;fono, la aviaci&oacute;n, la radio, la televisi&oacute;n y tantas otras cosas.</p><p>CAP&Iacute;TULO DECIMOPRIMERO.</p><p>TRAPPA.</p><p>Con todo mi juvenil entusiasmo me dedicaba a prepararme para salir bien en los ex&aacute;menes al primer intento. Al acercarse la fecha de mi duod&eacute;cimo aniversario fui aflojando paulatinamente en los estudios, pues los ex&aacute;menes empezaban el d&iacute;a despu&eacute;s de mi cumplea&ntilde;os. En los a&ntilde;os anteriores hab&iacute;a estudiado intensamente astronom&iacute;a, anatom&iacute;a, &eacute;tica religiosa, los idiomas tibetano y chino, caligrafia, matem&aacute;ticas e incluso la manera de mezclar bien el incienso. Me hab&iacute;a quedado muy poco tiempo para distraerme.<br />El solo &laquo;juego&raquo; que pude permitirme fue el judo, y esto porque ten&iacute;a que examinarme de &eacute;l como de otra asignatura cualquiera. Unos tres meses antes me hab&iacute;a dicho el lama Mingyar Dondup: &laquo;No repases tanto, Lobsang, que as&iacute; se te atasca la memoria. Tienes que estar absolutamente tranquilo, como lo est&aacute;s ahora, y ver&aacute;s c&oacute;mo te brota el conocimiento.&raquo; Lleg&oacute; el d&iacute;a. A las seis de la ma&ntilde;ana otros quince candidatos y yo nos presentamos en la sala de ex&aacute;menes. Primero asistimos a un breve servicio religioso para ponernos en el estado de &aacute;nimo adecuado, y luego, para asegurarse de que ninguno de nosotros ocultaba nada, fuimos desnudados y registrados y despu&eacute;s nos dieron ropa limpia. El presidente del tribunal examinador encaminaba la procesi&oacute;n desde el peque&ntilde;o templo de la sala de ex&aacute;menes a las cabinas cerradas. Eran &eacute;stas unas cajas de piedra de dos por tres metros y dos y medio de altura. Por delante de las cabinas patrullaban unos monjes-polic&iacute;as. Nos encerraron a cada uno de nosotros en una cabina a la que aplicaron un sello. Cuando estuvimos todos ya encerrados, los monjes nos trajeron con qu&eacute; escribir y la primera serie de preguntas, pas&aacute;ndonos esto por una trampilla que hab&iacute;a en la pared. Tambi&eacute;n nos llevaron t&eacute; y tsampa. El monje que nos serv&iacute;a nos dijo que pod&iacute;amos tomar tsampa tres veces al d&iacute;a, y t&eacute; cuanto quisi&eacute;ramos. Deb&iacute;amos desarrollar un tema al d&iacute;a y esto durante seis d&iacute;as y nos aplicar&iacute;amos a ello durante la primera luz de la ma&ntilde;ana hasta que no se pudiera ver ya, al anochecer. Estos cub&iacute;culos carec&iacute;an de techo, as&iacute; que nuestra iluminaci&oacute;n era la de la sala.<br />Bajo ning&uacute;n pretexto pod&iacute;amos salir de nuestras celdas. Cuando la luz empezaba a escasear, aparec&iacute;a un monje por el ventanuco y nos ped&iacute;a los ejercicios. Entonces nos pod&iacute;amos echar a dormir hasta el amanecer. Puedo decir por experiencia que cuando se pasa uno catorce horas escribiendo un ejercicio, puede uno probar de sobra sus conocimientos y sus nervios. El resto del d&iacute;a pod&iacute;amos pasarlo como quisi&eacute;ramos. Tres d&iacute;as despu&eacute;s, cuando los examinadores hubieron le&iacute;do y corregido nuestros ejercicios, nos fueron llamando uno a uno. Nos hicieron muchas preguntas bas&aacute;ndose s&oacute;lo en los puntos m&aacute;s d&eacute;biles que hab&iacute;an encontrado y este interrogatorio ocupaba el resto del d&iacute;a.<br />A la ma&ntilde;ana siguiente tuvimos que ir los diecis&eacute;is a la habitaci&oacute;n donde nos ense&ntilde;aban el judo. Este examen era puramente f&iacute;sico y cada uno de nosotros ten&iacute;a que luchar con otros tres candidatos. Los que perd&iacute;an eran enseguida eliminados. Todos mis rivales fueron perdiendo y, al final, s&oacute;lo gracias al entrenamiento a que me hab&iacute;a sometido Tzu, fui el &uacute;nico que qued&oacute;. Por lo menos, hab&iacute;a quedado con la m&aacute;xima puntuaci&oacute;n en judo.<br />Pudimos descansar al d&iacute;a siguiente de lo mucho que hab&iacute;amos trabajado, y al otro nos informaron del resultado. Hab&iacute;amos aprobado cinco.<br />Con ello alcanz&aacute;bamos la graduaci&oacute;n de trappa o monjes-m&eacute;dicos. El lama Mingyar Dondup, a quien no pude ver durante todo el tiempo que duraron los ex&aacute;menes, me llam&oacute; para que fuese a su habitaci&oacute;n. En cuanto entr&eacute;, me dijo contento:<br />&mdash;Has quedado muy bien, Lobsang. Eres el primero de la lista. El Abad ha enviado un informe especial al M&aacute;s Profundo. Quer&iacute;a proponerle que te hicieran lama inmediatamente, pero yo le he quitado esta idea de la cabeza.<br />Al ver mi apenada expresi&oacute;n me explic&oacute;: &laquo;Es mucho mejor que llegues a lama por el estudio normal y paso a paso. Si te dan ahora ese t&iacute;tulo, perder&aacute;s mucha preparaci&oacute;n que m&aacute;s adelante puede ser vital para ti. Sin embargo, puedes trasladarte a la habitaci&oacute;n junto a la m&iacute;a, porque es seguro que saldr&aacute;s bien del examen para lama cuando llegue el tiempo.&raquo; Aquello me parec&iacute;a justo. Todo lo que mi Gu&iacute;a decid&iacute;a estaba yo dispuesto a acatarlo como lo mejor. Me emocionaba pensar que mi triunfo era tambi&eacute;n suyo y que supon&iacute;a una victoria para &eacute;l haberme educado tan bien que lograse el primer puesto en todas las asignaturas.<br />Unos d&iacute;as despu&eacute;s lleg&oacute; a nuestro monasterio un mensajero jadeante, con la lengua fuera y casi a punto de morir &mdash; en apariencia&mdash;, con un recado del M&aacute;s Profundo.<br />Los mensajeros empleaban siempre este talento histri&oacute;nico para impresionar al destinatario de sus mensajes con la rapidez que hab&iacute;an corrido y el enorme trabajo que les hab&iacute;a costado realizar su misi&oacute;n. Pero como el Potala estaba s&oacute;lo a un kil&oacute;metro y medio o poco m&aacute;s, pens&eacute; que su representaci&oacute;n era excesiva.<br />El M&aacute;s Profundo me felicitaba por mi buen &eacute;xito en los ex&aacute;menes y me dec&iacute;a que a partir de entonces se me consideraba como un lama. Tendr&iacute;a que llevar h&aacute;bitos de lama y disfrutar de todos los derechos y privilegios de esa condici&oacute;n. Estaba de acuerdo con mi Gu&iacute;a en que deber&iacute;a examinarme cuando tuviera diecis&eacute;is a&ntilde;os, &laquo;ya que de ese modo podr&aacute;s estudiar todo, porque de lo contrario te perder&iacute;as, y tus conocimientos se enriquecer&aacute;n mucho m&aacute;s con esos estudios&raquo;.<br />Teniendo ya la categor&iacute;a de lama podr&iacute;a estudiar con mayor libertad sin verme obligado a asistir a las clases. Tambi&eacute;n implicaba mi condici&oacute;n el que cualquier especialista pod&iacute;a ense&ntilde;arme para que aprendiese con mayor rapidez.<br />Una de las primeras cosas que tuve que aprender fue el arte de relajarme, sin el cual no es posible emprender un verdadero estudio de la metaf&iacute;sica.<br />Un d&iacute;a entr&oacute; el lama Mingyar Dondup en la habitaci&oacute;n donde me hallaba estudiando varios libros. Me mir&oacute; y dijo: &laquo;Lobsang, est&aacute;s en tensi&oacute;n.<br />No progresar&aacute;s en el mundo contemplativo si no te relajas. Te ense&ntilde;ar&eacute; a hacerlo.&raquo; Me dijo que me tendiese para empezar, pues aunque se puede uno relajar sentado, e incluso de pie, es mejor aprender primero a hacerlo tendido.<br />&mdash;Imag&iacute;nate que te has ca&iacute;do por un precipicio &mdash;me dijo mi Gu&iacute;a&mdash;.<br />Imag&iacute;nate que est&aacute;s ya destrozado en el suelo con los miembros en la misma posici&oacute;n en que han ca&iacute;do y la boca ligeramente abierta, pues s&oacute;lo as&iacute; descansan los m&uacute;sculos de las mejillas.<br />Procur&eacute; ponerme exactamente en la posici&oacute;n que &eacute;l me ped&iacute;a.<br />&mdash;Ahora fig&uacute;rate que tus piernas y brazos han sido invadidos por unos hombrecillos que te obligan a esforzarte porque te est&aacute;n tirando de los m&uacute;sculos. Diles a esos hombrecillos que se vayan de tus pies para que no sientas en ellos movimiento ni tensi&oacute;n alguno. Procura que tu mente explore los pies para asegurarte de que ning&uacute;n m&uacute;sculo est&aacute; funcionando.<br />Hice todo lo posible para imaginarme a aquellos diminutos seres.<br />Luego pens&eacute; en un Tzu muy peque&ntilde;ito que me tiraba de los dedos de los pies. Para m&iacute; fue una gran satisfacci&oacute;n ordenarle que me dejara tranquilo.<br />El lama prosigui&oacute;:<br />&mdash;Luego har&aacute;s lo mismo con las piernas. Seguramente tienes a toda una tropa trabaj&aacute;ndote las pantorrillas, Lobsang. Esta ma&ntilde;ana han tenido que esforzarse mucho las pobres mientras saltabas. Ya es hora de que descansen.<br />Diles que se retiren hacia tu cabeza. &iquest;Se han ido ya? &iquest;Est&aacute;s seguro?<br />Compru&eacute;balo con tu mente. Haz que te dejen en paz los m&uacute;sculos hasta que se queden flojos e inm&oacute; viles.<br />De pronto hizo un movimiento brusco se&ntilde;al&aacute;ndome una pierna.<br />&mdash;Mira, has olvidado a uno en el muslo. Veo a un hombrecillo que te est&aacute; tirando de un m&uacute;sculo. Echalo, Lobsang, &eacute;chalo.<br />Y por fin quedaron mis piernas totalmente relajadas.<br />&mdash;Ahora debes hacer lo mismo con los brazos &mdash;prosigui&oacute;&mdash; empezando con los dedos. Haz que toda esa gentecilla te suba por las mu&ntilde;ecas, luego a los codos y despu&eacute;s a los hombros. Imag&iacute;nate que est&aacute;s orden&aacute;ndoles a esos hombrecillos que se retiren de todos los puntos de tu brazo.<br />Cuando lo consegu&iacute; y &eacute;l se convenci&oacute; de ello, me dijo:<br />&mdash;Ahora vamos con el cuerpo propiamente dicho. Fig&uacute;rate que tu cuerpo es un monasterio. Piensa en todos los monjes que tienes ah&iacute; dentro tir&aacute;ndote de los m&uacute;sculos para obligarte a trabajar. Diles que se vayan. Diles que abandonen la parte baja de tu cuerpo primero y despu&eacute;s todo lo dem&aacute;s.<br />Obl&iacute;gales a que te suelten todos los m&uacute;sculos de modo que tu cuerpo quede sujeto solamente por la cubierta exterior y que todo lo que contiene se afloje y quede en una posici&oacute;n natural. Entonces podr&aacute;s decir que has logrado relajarte de un modo absoluto.<br />Qued&oacute; muy satisfecho con mi apariencia, porque dijo:<br />&mdash;Lo m&aacute;s importante para relajarse es quiz&aacute; la cabeza. Veamos lo que podemos hacer con ella. Veo que tienes a ambos lados de la boca unos m&uacute;sculos en tensi&oacute;n. Afloja los dos lados, Lobsang. No tienes que hablar ni que comer; as&iacute; que, por favor, no hagas ning&uacute;n esfuerzo in&uacute;til. Y &iquest;por qu&eacute; tienes los ojos entornados? No hay ninguna luz tan fuerte como para que te moleste; as&iacute; que ci&eacute;rralos con suavidad, dejando caer los p&aacute;rpados como si se cayeran ellos solos, sin tensi&oacute;n alguna. &mdash;Se volvi&oacute; y mir&oacute; por la ventana abierta&mdash;. Ah&iacute; est&aacute; precisamente el que sabe relajarse mejor en el mu ndo:<br />un gato. Podr&iacute;as aprender de &eacute;l. Nadie le supera en eso.<br />Se tarda mucho en escribir todo esto y parece extra&ntilde;o y dif&iacute;cil cuando se lee, pero la verdad es que basta un poco de pr&aacute;ctica para relajar el cuerpo en un segundo. El sistema que he expuesto nunca falla. A todos aquellos que viviendo en la constante inquietud de la civilizaci&oacute;n occidental se encuentran tensos y excesivamente fatigados, he de aconsejarles que practiquen ese m&eacute;todo, as&iacute; como el sistema mental que voy a exponer ahora. Para este &uacute;ltimo me aconsej&oacute; el lama Mingyar Dondup que procediese de un modo diferente.<br />&mdash;De nada servir&iacute;a reposar f&iacute;sicamente si la mente est&aacute; soliviantada y sin reposo. Mientras yaces ah&iacute; relajado fisicamente procura seguir con la mente el rumbo de tus pensamientos, pero sin poner una gran atenci&oacute;n ni interesarte demasiado por ellos. M&iacute;ralos con indiferencia y conv&eacute;ncete de lo triviales que son. Y entonces det&eacute;n el curso de estos insignificantes pensamientos; proh&iacute;beles terminantemente que sigan circulando. Imag&iacute;nate un cuadrado negro, un puro vac&iacute;o, y tus pensamientos que intentan saltar de un lado a otro. Al principio, algunos intentar&aacute;n saltar hasta al borde del abismo.<br />L&aacute;nzate tras ellos y obl&iacute;galos a volver a donde estaban al principio y luego los obligar&aacute;s a saltar de nuevo sobre ese negro vac&iacute;o. Pero imag&iacute;nate como si lo estuvieras viendo y en muy poco tiempo conseguir&aacute;s ver la negrura sin esfuerzo alguno. A partir de ese momento disfrutar&aacute;s de un perfecto relajamiento mental y f&iacute;sico.<br />Tambi&eacute;n esto es m&aacute;s dif&iacute;cil explicarlo que hacerlo. Con poca pr&aacute;ctica se logran unos resultados estupendos. La mayor&iacute;a de la gente no cierra nunca su mente ni sus pensamientos y son como los que pretenden ejercitarse f&iacute;sicamente sin interrupci&oacute;n durante el d&iacute;a y la noche. Una persona que intentase andar sin descanso durante unos cuantos d&iacute;as y noches no tardar&iacute;a en caerse al suelo; en cambio, nunca damos reposo a la mente.<br />Todo lo que hac&iacute;amos estaba encaminado a ejercitar la mente. Si aprend&iacute;amos el judo, era como ejercicio de autodominio. El lama que nos ense&ntilde;aba este m&eacute;todo de lucha pod&iacute;a defenderse de diez ataques a la vez y vencerlos. Sent&iacute;a una gran afici&oacute;n por el judo y trataba de hacerlo lo m&aacute;s interesante posible.<br />&mdash;Las llaves que estrangulan &mdash;sol&iacute;a decir&mdash; pueden parecer salvajes y crueles a los occidentales, pero este punto de vista es err&oacute;neo. Como ya he dicho, basta tocar ligeramente a una persona en el cuello para dejarla sin conocimiento en una fracci&oacute;n de segundo. La leve presi&oacute;n paraliza el cerebro sin da&ntilde;arlo.<br />En el T&iacute;bet, donde no hay anestesia, utiliz&aacute;bamo s con frecuencia esa presi&oacute;n para las operaciones quir&uacute;rgicas e incluso para la extracci&oacute;n de dientes dif&iacute;ciles. El paciente no se daba cuenta de nada. Tambi&eacute;n se emplea en las iniciaciones cuando se suelta al ego del cuerpo para que emprenda un viaje astral.<br />Con este entrenamiento nos inmuniz&aacute;bamos contra las ca&iacute;das. Una de las finalidades del judo es aprender a caer sin hacerse da&ntilde;o; los chicos acostumbr&aacute;bamos a saltar desde lo alto de un muro de tres a cuatro metros para divertirnos.<br />Un d&iacute;a s&iacute; y otro no, antes de empezar los ejercicios de judo, ten&iacute;amos que recitar los Pasos del Camino de Enmedio, piedra angular del budismo.<br />Puntos de vista rectos: opiniones libres de toda ilusi&oacute;n y de ego&iacute;smo.<br />Rectas aspiraciones: que nos conducen a tener intenciones y opiniones elevadas y dignas.<br />Palabras rectas: las que usar&aacute; toda persona amable, considerada y v er&iacute;dica.<br />Recta conducta: que nos hace pac&iacute;ficos, honrados y desprendidos.<br />Vida recta: para obedecer este mandamiento hay que evitar causar da&ntilde;o a hombres y animales y se dar&aacute; a estos &uacute;ltimos todos sus derechos como seres.<br />Esfuerzo recto: hay que tener autodominio y someterse a una preparaci&oacute;n constante.<br />Pensamiento recto: tener los pensamientos adecuados y hacer siempre lo que est&aacute; bien.<br />Visiones rectas: placer que se deriva de la meditaci&oacute;n sobre las realidades de la vida y sobre el Super- Ser.<br />Si alguno de nosotros comet&iacute;a alguna falta contra estos mandamientos, ten&iacute;amos que yacer cara al suelo a la entrada del templo para que todos los que entrasen pasaran por encima de nuestro cuerpo. All&iacute; hab&iacute;a que permanecer desde el alba hasta el anochecer sin moverse en absoluto, sin comer y sin beber. Adem&aacute;s, se consideraba como una gran verg&uuml;enza.<br />Ya era lama, y uno de los distinguidos, uno de los superiores. Este t&iacute;tulo resultaba muy halag&uuml;e&ntilde;o, pero era muy dif&iacute;cil mantenerse a la altura de la situaci&oacute;n. Antes ten&iacute;a que obedecer las treinta y dos reglas de la conducta sacerdotal. Una vez nombrado lama, me encontr&eacute;, horrorizado, que deb&iacute;a obedecer nada menos que doscientas cincuenta y tres reglas. Y en Chakpori el buen lama no quebrantaba ni una sola de ellas. Me parec&iacute;a que la cabeza acabar&iacute;a estall&aacute;ndome de tantas cosas como hab&iacute;a que aprender en el mundo. Pero resultaba muy agradable sentarse en la terraza y ver c&oacute;mo llegaba el Dalai Lama al Norbu Linga o Parque de la Joya, que estaba all&iacute; abajo, cerca de nuestro monasterio. Ten&iacute;a que ocultarme mientras contemplaba al Precioso Protector, pues nadie pod&iacute;a mirarle de arriba abajo.<br />Tambi&eacute;n pod&iacute;a ver, al otro lado de nuestra Monta&ntilde;a de Hierro, dos hermosos parques: el Khati Linga, y al otro lado del r&iacute;o que llaman el Kaling Chu, el Dodpal Linga ( significa parque). M&aacute;s al norte se hallaba la Puerta Occidental, o sea, el Pargo Kaling. M&aacute;s cerca, casi al pie del Chakpori, se elevaba un monumento que conmemoraba a uno de los h&eacute;roes de nuestra historia, el Rey K&eacute;sar, que vivi&oacute; en los b&eacute;licos d&iacute;as que precedieron al budismo y a la paz del T&iacute;bet.<br />&iquest;Que si trabaj&aacute;bamos? A todas horas, aunque tambi&eacute;n ten&iacute;amos alguna distracci&oacute;n, ya que era un placer charlar con hombres como el lama Mingyar Dondup. Para estos hombres s&oacute;lo ten&iacute;a un objetivo la vida: la paz y ayudar al pr&oacute;jimo. Otra compensaci&oacute;n era poder admirar aquel hermoso valle tan verde y poblado de magn&iacute;ficos &aacute;rboles. &iexcl;Qu&eacute; estupendo contemplar c&oacute;mo flu&iacute;an las azules aguas que serpenteaban en las monta&ntilde;as, ver los relucientes monumentos religiosos, las pintorescas lamaser&iacute;as y ermitas colgadas en alturas inveros&iacute;miles! Y era un placer mirar con la debida reverencia las doradas c&uacute;pulas del Potala tan pr&oacute;ximas a nosotros, y los brillantes tejados del Jo-kang, poco m&aacute;s all&aacute;, hacia el este. La camarader&iacute;a de los otros monjes, la rudeza bien intencionada de los monjes menores, el familiar olor a incienso que impregnaba los templos... Todas estas cosas que constitu&iacute;an nuestra vida la hac&iacute;an digna de vivirse. Desde luego, hab&iacute;a que pasar malos ratos, pero no importaba: en toda comunidad hay gente incomprensiva y de poca fe, pero en Chakpori eran los menos.</p><p>CAP&Iacute;TULO DECIMOSEGUNDO.</p><p>HIERBAS Y COMETAS.</p><p>Pasaban las semanas. Hab&iacute;a mucho que hacer, que aprender y que proyectar. Ahora me hallaba mucho m&aacute;s ejercitado en las ciencias ocultas.<br />Estaba sometido a una preparaci&oacute;n especial. Un d&iacute;a, a principios de agosto, me dijo mi Gu&iacute;a:<br />&mdash;Este a&ntilde;o iremos con los recolectores de hierbas medicinales. Adelantar&aacute;s mucho en la medicina cuando hayas conocido las diferentes hierbas en su estado natural. &iexcl;Adem&aacute;s, te ense&ntilde;aremos el verdadero arte de las cometas!<br />Durante dos semanas estuvimos ocupad&iacute;simos. Hab&iacute;a que confeccionar nuevas bolsas de cuero y limpiar las viejas, preparar tiendas de campa&ntilde;a y someter a un cuidadoso examen a los animales para ver si podr&iacute;an resistir tan prolongada y dura expedici&oacute;n. Ir&iacute;amos doscientos monjes. Establecer&iacute;amos nuestro campamento base en la antigua lamaser&iacute;a de Tra Yerpa y de all&iacute; saldr&iacute;an todos los d&iacute;as grupos de nosotros en busca de hierba.<br />Partimos por fin a &uacute;ltimos de agosto entre una estruendosa algazara. Los que se quedaban en el monasterio envidiaban a los que emprend&iacute;an aquella aventura. Por mi categor&iacute;a de lama me correspond&iacute;a montar en un caballo blanco. Unos cuantos de nosotros tomar&iacute;amos la delantera con muy poco equipaje, para pasar varios d&iacute;as en Tra Yerpa antes de que llegasen los dem&aacute;s.<br />Nuestros caballos recorrer&iacute;an casi treinta kil&oacute;metros al d&iacute;a; en cambio, los yaks no pod&iacute;an pasar de quince kil&oacute;metros diarios. La caravana que nos segu&iacute;a llevaba todo el equipaje a lomos de yaks.<br />Los veintisiete que form&aacute;bamos la avanzada &iacute;bamos muy contentos de poder llegar a la lamaser&iacute;a unos d&iacute;as antes. Era un camino dif&iacute;cil y ya saben ustedes que he sido siempre mal jinete.<br />Mis proezas de equitaci&oacute;n no pasaban de mantenerme en equilibrio sobre la silla mientras el caballo galopaba. Pero era incapaz de ir en pie sobre la silla como hac&iacute;an los otros. Yo ten&iacute;a que agarrarme bien, lo cual no resultaba muy bonito, pero as&iacute; por lo menos iba seguro. Cuando nos acercamos a la lamaser&iacute;a, situada en la falda de una monta&ntilde;a, salieron a recibirnos los monjes. Nos ten&iacute;an preparadas enormes cantidades de t&eacute; con manteca, tsampa y verduras. El entusiasmo con que nos recibieron no era completamente desinteresado, pues estaban impacientes por saber noticias de Lhasa, y por ver los regalos que les llev&aacute;bamos, siguiendo la costumbre.<br />En el tejado plano del templo hab&iacute;a unos braseros con incienso de los que se elevaban densas columnas de humo. Entramos a caballo en el patio con renovadas energ&iacute;as al saber que terminaba nuestro viaje. La mayor&iacute;a de mis compa&ntilde;eros, que eran lamas mayores, ten&iacute;an viejos amigos en aquel monasterio.<br />Todos conoc&iacute;an all&iacute; al lama Mingyar Dondup. Lo rodearon en masa y se lo llevaron no s&eacute; ad&oacute;nde. Me encontr&eacute; de pronto solo en el mu ndo, pero al poco tiempo o&iacute; que me llamaban:<br />&mdash;Lobsang, Lobsang, &iquest;d&oacute;nde est&aacute;s?<br />Respond&iacute;, y antes de saber lo que me ocurr&iacute;a me encontr&eacute; rodeado por la multitud de monjes. Aquella masa humana se hab&iacute;a abierto para tragarme a m&iacute; tambi&eacute;n. Mi Gu&iacute;a hablaba con un abad anciano que se volvi&oacute; hacia m&iacute; y dijo:<br />&mdash;&iquest;De modo que &eacute;ste es? Bueno, bueno; &iexcl;qu&eacute; jovencito!<br />Como de costumbre, mi principal preocupaci&oacute;n era la comida. Sin perder tiempo nos dirigimos todos hacia el refectorio, donde nos sentamos y nos pusimos a comer en silencio como si estuvi&eacute;semos en Chakpori. No estaba muy claro si Chakpori era una rama de Tra Yerpa, o al contrario.<br />Desde luego, ambas lamaser&iacute;as eran de las m&aacute;s antiguas del T&iacute;bet. Tra Yerpa ten&iacute;a fama de poseer ciertos manuscritos famos&iacute;simos sobre medicina herbolaria, manuscritos que podr&iacute;a yo leer y tomar de ellos las notas que necesitara. Tambi&eacute;n ten&iacute;an un informe de la primera expedici&oacute;n a las mo nta&ntilde;as de Chang Tang, escrito por los diez hombres que realizaron aquel extraordinario viaje. Pero lo que m&aacute;s me interes&oacute; por entonces fue el campo perfectamente llano junto al monasterio, en el que &iacute;bamos a lanzar nuestras cometas.<br />Aquel era un extra&ntilde;o paisaje. Inmensos picos se elevaban de un suelo que sub&iacute;a continuamente. Unas mesetas como jardines en terrazas se extend&iacute;an desde el pie de los picos como anch&iacute;simos escalones que subieran hasta perderse en las alturas. Algunos de los escalones inferiores presentaban una gran riqueza de hierbas medicinales. Una forma de musgo que se encontraba all&iacute; ten&iacute;a un poder de absorci&oacute;n mucho mayor que el sphagnum.<br />Una peque&ntilde;a planta con unas bolitas amarillas pose&iacute;a unas sorprendentes virtudes anest&eacute;sicas. Los monjes cog&iacute;an estas hierbas y las pon&iacute;an a secar.<br />Yo, por mi condici&oacute;n de lama, pod&iacute;a dirigir estas operaciones; pero para m&iacute; el objetivo principal de esta excursi&oacute;n ser&iacute;a recibir las ense&ntilde;anzas del lama Mingyar Dondup y de los especialistas en herborister&iacute;a. Pero s&oacute;lo pensaba en las cometas; y las que all&iacute; se lanzaban llevaban hombres dentro. En la lamaser&iacute;a hab&iacute;a almacenada mucha madera de abeto que hab&iacute;an tra&iacute;do de alg&uacute;n lejano pa&iacute;s, probablemente del Assam. La madera de abeto se consideraba la mejor para la construcci&oacute;n de cometas, ya que resist&iacute;a grandes golpes sin quebrarse y era ligera y fuerte a la vez.<br />Nuestra disciplina segu&iacute;a siendo durante el viaje tan severa como en Chakpori. Ten&iacute;amos que asistir tambi&eacute;n all&iacute; a los servicios religiosos de medianoche y a todos los dem&aacute;s del d&iacute;a. Bien pensado, esto era lo m&aacute;s sensato, pues si rebaj&aacute;bamos la disciplina nos ser&iacute;a luego muy dif&iacute;cil volvernos a adaptar a ella. Las horas que en Chakpori dedic&aacute;bamos a las clases las pas&aacute;bamos all&iacute; cogiendo y estudiando hierbas y practicando el arte de lanzar las extraordinarias cometas de Tra Yerpa.<br />En esta lamaser&iacute;a, debido a la gran altitud en que se hallaba, ten&iacute;amos a&uacute;n luz de d&iacute;a, mientras que hacia abajo se cubr&iacute;a todo de sombras moradas y soplaba el viento de la noche agitando la escasa vegetaci&oacute;n. El sol se pon&iacute;a por detr&aacute;s de las lejanas cumbres y por fin tambi&eacute;n nosotros quedamos a oscuras. El paisaje, por debajo de nosotros, parec&iacute;a un lago negro. En ninguna parte brillaba un destello de luz. En todo lo que pod&iacute;a abarcar la mirada no hab&iacute;a ni un ser viviente, una vez pasados los l&iacute;mites de la lamaser&iacute;a.<br />Al ocultarse el sol, el viento de la noche, cumpliendo &oacute;rdenes de los dioses, barri&oacute; todos los rincones de la Tierra. Despu&eacute;s de recorrer el valle, se encontr&oacute; aprisionado por las faldas de las monta&ntilde;as y subi&oacute; hacia nosotros con un ruido ensordecedor y l&uacute;gubre, como una caracola gigantesca que nos llamase a los servicios religiosos. Escuchamos los crujidos misteriosos de las rocas que se mov&iacute;an y contra&iacute;an al pasar el calor del d&iacute;a. Las estrellas reluc&iacute;an en el tenebroso cielo. Los ancianos dec&iacute;an que las legiones de K&eacute;sar hab&iacute;an arrojado sus lanzas al Suelo del Cielo obedeciendo una orden de Buda y que las estrellas no eran sino las luces de la Sala celestial que brillaban a trav&eacute;s de los agujeros hechos por las puntas de las lanzas.<br />De pronto o&iacute;mos un nuevo ruido que dominaba el estruendo del viento.<br />Eran las trompetas del templo que anunciaban la terminaci&oacute;n de otro d&iacute;a. Levantando la vista pude distinguir con dificultad, en la terraza del monasterio, las siluetas de unos monjes cuyas t&uacute;nicas eran agitadas por el viento. La llamada de sus trompetas significaban que hab&iacute;a llegado la hora de acostarse hasta la medianoche. Por los vest&iacute;bulos y templos hab&iacute;a unos peque&ntilde;os grupos de monjes que comentaban las cosas de Lhasa y los acontecimientos del mundo. Hablaban del Dalai Lama, la mayor encarnaci&oacute;n de todos los Dalais Lamas. Al sonar las trompetas se dispersaron tranquilamente todos. Se marcharon a acostarse. Fueron cesando todos los peque&ntilde;os ruidos de la lamaser&iacute;a y rein&oacute; una atm&oacute;sfera de absoluta paz. Me ech&eacute; de espaldas mirando por un ventanuco. Esta noche me interesaba todo demasiado para dormir: las estrellas en el cielo.., y toda mi vida por delante.<br />&iexcl;Sab&iacute;a tantas cosas que me hab&iacute;an predicho! Pero hab&iacute;a muchas m&aacute;s que a&uacute;n desconoc&iacute;a. Por ejemplo, se hab&iacute;a predicho que el T&iacute;bet ser&iacute;a invadido, pero &iquest;por qu&eacute; hab&iacute;an de invadirlo? &iquest;Qu&eacute; hab&iacute;a hecho un pa&iacute;s tan amante de la paz como el nuestro, un pa&iacute;s que viv&iacute;a sin ambiciones y cuyo &uacute;nico deseo era desarrollar el esp&iacute;ritu? &iquest;Qu&eacute; hab&iacute;a hecho para merecer ese castigo?<br />&iquest;Por qu&eacute; codiciaban los dem&aacute;s pa&iacute;ses al nuestro? S&oacute;lo dese&aacute;bamos lo que siempre hab&iacute;a sido propio de nosotros. &iquest;Por qu&eacute;, pues, quer&iacute;an esos extranjeros conquistarnos y esclavizarnos? Lo &uacute;nico que quer&iacute;amos era permanecer aislados y seguir tranquilamente nuestro Camino de la Vida. Y se esperaba de m&iacute; que fuese entre las gentes que luego habr&iacute;an de invadirnos, que curase a sus enfermos y atendiese a sus heridos en una guerra que a&uacute;n no hab&iacute;a empezado. Yo sab&iacute;a perfectamente todo lo que estaba predicho, incluso con muchos detalles, y, sin embargo, deb&iacute;a seguir la pista como un yak, sabiendo todos los sitios donde me deb&iacute;a detener y donde eran malos los pastos, pero sin poderme desviar del camino. Conoc&iacute;a mi punto de destino.<br />El redoble de los tambores del templo me despert&oacute; sobresaltado. Ni siquiera me hab&iacute;a dado cuenta de haberme dormido. Busqu&eacute; la t&uacute;nica a tientas, con movimientos torpes. &iquest;Era ya medianoche? No consegu&iacute;a despertarme del todo. &iexcl;Qu&eacute; fr&iacute;o hac&iacute;a en aquel sitio! Deb&iacute;a obedecer ciento cincuenta y tres reglas en mi condici&oacute;n de lama. Por lo pronto ya hab&iacute;a quebrantado una de ellas pues me sent&iacute;a irritado de que me hubiesen despertado tan bruscamente. Sal&iacute; tambale&aacute;ndome en busca de mis compa&ntilde;eros, que tambi&eacute;n estaban como atontados. Y nos dirigimos al templo para salmodiar en el servicio religioso.<br />Se me ha preguntado: &ldquo;Y si conoc&iacute;a usted todas las penalidades que hab&iacute;an sido predichas, &iquest;por qu&eacute; no las evit&oacute;?&rdquo; La respuesta inmediata es &eacute;sta: &laquo;Si hubiera podido evitar las predicciones, entonces el simple hecho de librarme de ellas habr&iacute;a de mostrado que eran falsas. Las predicciones son probabilidades: no significan que el hombre carezca de libre albedr&iacute;o.<br />Al contrario. Un individuo puede desear ir desde Darjeeling a Washington.<br />Conoce el punto de partida y el de destino. Si se molesta en consultar un mapa, descubrir&aacute; ciertos lugares por los cuales ha de pasar normalmente en su viaje. Desde luego, podr&iacute;a eludir estos sitios, pero no siempre es prudente hacerlo, ya que el viaje puede alargarse con ello o resultar mucho m&aacute;s caro. Tambi&eacute;n puede una persona dirigirse en autom&oacute;vil desde Londres a Inverness. El buen conductor consultar&aacute; un mapa de carreteras, pedir&aacute; el mejor itinerario a una de las organizaciones automovil&iacute;sticas. De este modo el conductor evitar&aacute; los malos caminos y, si no puede librarse de los baches, por lo menos estar&aacute; preparado y conducir&aacute; con mayor cuidado. Lo mismo sucede con las predicciones. Aun sabiendo d&oacute;nde van a surgir las dificultades, no siempre es conveniente rehuirlas. El camino m&aacute;s f&aacute;cil no es siempre el mejor. Por ser budista creo en la reencarnaci&oacute;n y que venimos a este mundo a aprender. Cuando estamos en la escuela, todo nos parece dif&iacute;cil y amargo. Las lecciones &mdash;de historia, de geograf&iacute;a, aritm&eacute;tica o de lo que sea&mdash; nos parecen aburridas, innecesarias y sin sentido. Eso, mientras estamos en la escuela. Pero luego es muy posible que a&ntilde;oremos los buenos tiempos en que asist&iacute;amos a aquellas clases. Y puede suceder que nos enorgullezcamos tanto de nuestros estudios que llevemos una condecoraci&oacute;n escolar o un color distintivo sobre nuestro h&aacute;bito monacal. Lo mismo sucede con la vida. Es ardua, amarga y las lecciones que nos ense&ntilde;a parecen al principio carecer de sentido. Es como si la vida se propusiera fastidiarnos especialmente a nosotros. Concretamente, a usted. Pero cuando salimos de la escuela, cuando salimos de esta vida, es muy posible que llevemos con gran orgullo el distintivo simb&oacute;lico por los padecimientos sufridos.<br />En lo que a m&iacute; respecta, me alegrar&aacute; mucho poder lucir mi halo. Y t&eacute;ngase en cuenta que a ning&uacute;n budista le asusta la muerte, pues la considera sencillamente como el abandono de una c&aacute;scara o de un traje viejo y sabe que va a renacer en un mu ndo mejor.<br />En cuanto amaneci&oacute;, nos preparamos impacientes para iniciar la exploraci&oacute;n.<br />Yo sent&iacute;a una enorme curiosidad por ver las enormes cometas de que tanto hab&iacute;a o&iacute;do hablar, las cometas que llevaban dentro a un hombre.<br />Primero nos ense&ntilde;aron el camino por dentro de la lamaser&iacute;a para subir a la terraza. Una vez arriba, contemplamos el espl&eacute;ndido paisaje, las inmensas cumbres y los espantosos barrancos. A lo lejos distingu&iacute; un r&iacute;o amarillento.<br />M&aacute;s cerca, otros r&iacute;os eran de un azul en que se reflejaba el color del cielo y el agua se rizaba en peque&ntilde;as ondas. Por la falda de la monta&ntilde;a bajaban unos arroyuelos de corriente r&aacute;pida que parec&iacute;an tener prisa en unirse a otros r&iacute;os que en la India se convertir&iacute;an en el poderoso Brahmaputra para fundirse luego en el sagrado Ganges y desembocar en la bah&iacute;a de Bengala.<br />Se levantaba el sol sobre las monta&ntilde;as y desaparec&iacute;a r&aacute;pidamente el intenso fr&iacute;o del amanecer. A lo lejos volaba un buitre solitario en busca del desayuno. A mi lado, un respetuoso lama me ense&ntilde;aba las cosas de mayor inter&eacute;s en el contorno. Y era respetuoso porque sab&iacute;a que yo era pupilo del amad&iacute;simo Mingyar Dondup y sobre todo porque yo ten&iacute;a el Tercer Ojo y era una Encarnaci&oacute;n Probada o tr&uuml;iku, como le llamamos.<br />Quiz&aacute;s interese a algunos lectores conocer algunos detalles de c&oacute;mo se reconoce una encarnaci&oacute;n. Los padres de un chico pueden pensar, juzgando por su conducta, que este ni&ntilde;o tiene una mente m&aacute;s desarrollada de lo normal, que sabe m&aacute;s cosas de lo habitual en ni&ntilde;os de su edad o que parece tener ciertos recuerdos inexplicables. Entonces los padres acuden al abad de una lamaser&iacute;a local y solicitan de &eacute;l que nombre una comisi&oacute;n que examine al chico. Se hacen hor&oacute;scopos preliminares sobre la otra vida anterior del ni&ntilde;o y se somete a &eacute;ste a un examen corporal minucioso en busca de ciertos signos. Por ejemplo, quiz&aacute; tenga algunas peque&ntilde;as marcas significativas en las manos, en los omoplatos o en las piernas. Si se descubre alguno de estos signos, se realiza una investigaci&oacute;n para saber qui&eacute;n fue esta criatura en su vida anterior. A veces un grupo de lamas logra reconocerlo (como sucedi&oacute; en mi caso) y entonces se hacen las pesquisas necesarias hasta encontrar algunos objetos que le pertenecieron en su vida anterior.<br />Estos objetos, junto con otros de id&eacute;ntica apariencia, son presentados al ni&ntilde;o, el cual ha de reconocer sin equivocarse todos los que le pertenecieron.<br />Esto ha de hacerlo cuando tiene tres a&ntilde;os de edad.<br />Se estima que a los tres a&ntilde;os es un chico demasiado joven para que pueda influir en &eacute;l la descripci&oacute;n que intentasen hacerle sus padres, caso de que &eacute;stos pretendieran hacer trampa. Y si el ni&ntilde;o es a&uacute;n m&aacute;s peque&ntilde;o, mejor.<br />La verdad es que no importa en absoluto lo que puedan intentar los padres, ya que no se les permite estar presentes durante la elecci&oacute;n de los objetos y el ni&ntilde;o tiene que se&ntilde;alar unos nueve objetos de entre unos treinta.<br />Basta que se equivoque en dos para considerar fracasada la prueba. Si el ni&ntilde;o triunfa en ella, se le educa a partir de ese momento como Previa Encarnaci&oacute;n y se le somete a una educaci&oacute;n forzada. Cuando cumple siete a&ntilde;os se le leen las predicciones, pues se estima que a esa edad se halla en perfectas condiciones de entenderlo todo. &iexcl;Por experiencia s&eacute; muy bien todo lo que comprende a esa edad!<br />El respetuoso lama que me iba ense&ntilde;ando el paisaje ten&iacute;a sin duda todo eso en la mente. A la derecha de una cascada hab&iacute;a un sitio muy bueno para coger noii-me-tan -gere, cuyo jugo se usa para quitar callosidades y verrugas y para aliviar la hidropes&iacute;a y la ictericia. M&aacute;s all&aacute;, a la orilla de aquel peque&ntilde;o lago, encontr&aacute;ba mos poijigorum, una semilla con pinchos ca&iacute;dos y flores rojas que crece bajo el agua. Con sus hojas se curan los dolores reum&aacute;ticos y se alivia el c&oacute;lera. En aquella zona s&oacute;lo se encontraban las hierbas medicinales corrientes. Las plantas m&aacute;s valiosas hab&iacute;a que buscarlas en las monta&ntilde;as. Para aquellos que se interesan por la herboricultura doy aqu&iacute; algunos detalles sobre las principales hierbas de que dispon&iacute;amos y sus aplicaciones. Como desconozco los nombres ingleses de estas plantas, dar&eacute; los latinos.<br />El allium sativum es un antis&eacute;ptico excelente de muy buenos resultados para el asma y otras enfermedades del pecho. Otro antis&eacute;ptico muy bueno que s&oacute;lo se usa en peque&ntilde;as dosis es el balsamodendron myrba. Este se empleaba especialmente para las enc&iacute;as y membranas mucosas. Administrado en uso interno, calma la histeria.<br />Hay una planta con flores de color crema cuyo jugo aleja a los insectos y garantiza contra sus picaduras. El nombre latino de esta planta es becconia cordata. &iexcl;Quiz&aacute; los insectos conozcan que se llama as&iacute; y sea este nombre lo que los espanta! Tambi&eacute;n ten&iacute;amos una planta que us&aacute;bamos para dilatar las pupilas. La ephedra sinica ejerce una acci&oacute;n similar a la atropina y resulta muy &uacute;til en los casos de baja presi&oacute;n arterial, adem&aacute;s de ser uno de los remedios m&aacute;s eficaces contra el asma. La aplic&aacute;bamos una vez convertidas en polvo sus ra&iacute;ces y ramas. El c&oacute;lera, aparte de su gravedad, resulta desagradable tanto para el paciente como para el doctor, a causa del olor que despiden las zonas ulceradas. La planta llamada ligusticum levisticum suprime por completo este olor. Y a las se&ntilde;oras les interesar&aacute; saber que los chinos emplean los p&eacute;talos de la bibiscus rosa sinensis para ennegrecer tanto las pesta&ntilde;as como el cuero de los zapatos. Emple&aacute;bamos una loci&oacute;n hecha con las hojas hervidas de esa planta para refrescar el cuerpo febril de los enfermos. El linnium tigrinum cura con gran eficacia la neuralgia causada por los ovarios, mientras que la flacourtia indica tiene unas hojas que alivian e incluso suprimen totalmente las dem&aacute;s molestias caracter&iacute;sticas de la mujer.<br />En el grupo Sumachs Rhus est&aacute; la vernicifera, de donde sacan los chinos y japoneses la famosa laca china. Emple&aacute;bamos la glabra para curar la diabetes, mientras que la aromatica es muy buena para las enfermedades de la piel, las urinarias y la cistitis. Otro astringente muy poderoso, usado con el mejor &eacute;xito en las &uacute;lceras de la vejiga, se hace con hojas de la arctestaphylos uva ursi. Los chinos prefieren la bignonia grandiflora de cuyas flores se hace un astringente de uso general. Cuando tuve que actuar en los campos de prisioneros encontr&eacute; que la polygonum bistorta era de grand&iacute;sima eficacia en los casos de disenter&iacute;a cr&oacute;nica, para los que ya se administraba en el T&iacute;bet.<br />Las se&ntilde;oras que han practicado el amor con cierta imprudencia suelen emplear el astringente que se saca del poligonum erectum. Es un m&eacute;todo muy seguro para provocar el aborto. En las quemaduras aplic&aacute;bamos una &ldquo;nueva piel&rdquo;. La siegesbeckia orientalis es una planta alta de m&aacute;s de un metro cuyas flores son amarillas. Su jugo, aplicado a las heridas y quemaduras, forma una nueva piel de un modo parecido a como sucede con el colodium. En uso interno esta loci&oacute;n produce unos efectos semejantes a los de la manzanilla. Sol&iacute;amos coagular la sangre de las heridas con el piper angustifolium. El reverso de sus hojas en forma de coraz&oacute;n es de efecto seguro como coagulante. Todas &eacute;sas son hierbas muy corrientes. En cambio, la mayor&iacute;a de las dem&aacute;s carecen de nombres latinos, ya que el mundo occidental no las conoce. Si he citado las primeras s&oacute;lo ha sido para demo strar que tenemos una idea de medicina herbor&iacute;stica.<br />Desde nuestra magn&iacute;fica atalaya, que dominaba una inmensa extensi&oacute;n, ve&iacute;amos, iluminados por la brillante luz del sol, los valles y sitios rec&oacute;nditos donde se hallaban todas esas plantas. M&aacute;s all&aacute; pod&iacute;amos ver c&oacute;mo se hac&iacute;a cada vez m&aacute;s desolada la tierra. Me dijeron que el otro lado de la monta&ntilde;a, en cuya falda estaba el monasterio, era una regi&oacute;n de gran aridez.<br />Pude comprobarlo cuando d&iacute;as despu&eacute;s me elev&eacute; sobre la monta&ntilde;a en una cometa.<br />A mediod&iacute;a me llam&oacute; el lama Mingyar Dondup y me dijo:<br />&laquo;Ven, Lobsang. Iremos con los dem&aacute;s, que van a visitar el campo de lanzamiento de las cornetas. Hoy vas a pasarlo en grande.&raquo; No necesitaba yo que me estirnulara para apresurarme en seguirlo. Ante la puerta principal nos esperaba un grupo de monjes con rojas t&uacute;nicas. Descendimos la escalinata y pronto estuvimos en el campo de las cometas, formado por una capa de tierra apisonada sobre unas rocas perfectamente planas. Algunas matas bordeaban esta superficie como indicando el peligro de caer al profundo barranco. Por encima de nosotros, en el tejado de la lamaser&iacute;a, las banderas de las plegarias se manten&iacute;an tiesas, sostenidas por el viento, y los m&aacute;stiles cruj&iacute;an de vez en cuando, como ven&iacute;an haciendo durante siglos, sin haberse llegado a quebrar. Nos situamos en el otro borde rocoso del campo, de donde arrancaba una pendiente suave. El fuerte viento nos empujaba y dificultaba la marcha. A unos diez metros de este borde hab&iacute;a una hondonada en el suelo. En &eacute;l rebotaba el viento con fuerza huracanada, proyectando peque&ntilde;as piedras y pedazos de liquen como si arrojara flechas.<br />El viento que barr&iacute;a abajo el valle quedaba encajonado por las rocas y, al no tener otro escape, sal&iacute;a con gran presi&oacute;n por la falda de las rocas, dispar&aacute;ndose finalmente por el campo de las cometas con alaridos de alegr&iacute;a al verse libre de nuevo. A veces, durante el peor tiempo &mdash;seg&uacute;n nos dijeron &mdash;, este ruido era como el rugido de una legi&oacute;n de demonios que escapase de las entra&ntilde;as de la tierra en busca de v&iacute;ctimas. Se produc&iacute;an notas fant&aacute;sticas, ya que el barranco alteraba la presi&oacute;n del viento.<br />Pero aquella ma&ntilde;ana era constante la corriente del aire. Sin embargo, eran perfectamente veros&iacute;miles las historias que nos contaron de ni&ntilde;os levantados del suelo por el viento y arrojados a enorme distancia. Era un sitio ideal para lanzar cometas, ya que con una fuerza de viento tan tremenda las cometas se elevan inmediatamente, como pudimos ver enseguida en las pruebas preliminares que se hicieron con algunas de tipo ordinario como las que ten&iacute;a yo en casa. Me asombraba que una cometa peque&ntilde;a de juguete pudiera tirar de mi brazo con una fuerza tan grande.<br />Los monjes especializados en este deporte nos indicaron los peligros que deb&iacute;amos evitar, ya que hab&iacute;a picos con traicioneras corrientes. Nos dijeron tambi&eacute;n que todo monje volador deb&iacute;a llevar una piedra a la que estuviese atada un khata de seda donde figuraban inscritas las plegarias a los dioses del aire para que bendijera al reci&eacute;n llegado a sus dominios. Esta piedra deb&iacute;a ser arrojada cuando uno alcanzaba una altura suficiente. Entonces los dioses de los vientos pod&iacute;an leer la oraci&oacute;n mientras el bander&iacute;n quedaba desplegado al aire y, enterados de la petici&oacute;n, proteg&iacute;an al monje volador.<br />Regresamos a la lamaser&iacute;a y reunimos los materiales necesarios para el montaje de las cometas. Todo fue examinado con gran cuidado. Los palos de abeto fueron repasados cent&iacute;metro por cent&iacute;metro para asegurarse de que no ten&iacute;an ning&uacute;n defecto. Extendimos la seda con que se confeccionaban las cometas sobre un suelo liso y limpio. Los monjes, a gatas, probaban la resistencia de la seda. Una vez bien comprobado el material, se coloc&oacute; la armaz&oacute;n en la posici&oacute;n adecuada y se empez&oacute; a montar la gigantesca corneta.<br />Ten&iacute;a forma de caja, con una altura de tres metros y una base cuadrada de dos metros y medio de lado. Cada ala era de unos tres metros de longitud.<br />En los extremos de las alas se fijaban unos trozos de bamb&uacute; para protegerlas al despegar y al aterrizar. Para fortalecer el suelo de la cometa se le aplic&oacute; un largo pat&iacute;n de bamb&uacute; curvado hacia arriba como nuestras botas tibetanas. Este palo, del grosor de mi mu&ntilde;eca, ten&iacute;a por objeto que la seda de la cometa no tocase el suelo. Me intranquiliz&oacute; ver la cuerda tan fina hecha con pelo de yak. Esta cuerda terminaba en forma de V, cada uno de cuyos brazos quedaba atado a un lado de la gran caja. Dos monjes levantaron la corneta y la colocaron al final de la pista. Esta operaci&oacute;n cost&oacute; gran trabajo, teniendo que ayudar muchos monjes porque el viento la empujaba hacia atr&aacute;s.<br />Para probar la cometa tiramos de la cuerda en vez de usar caballos. El Maestro de Cometas nos vigilaba con gran atenci&oacute;n. Cuando dio la se&ntilde;al emprendimos todos una veloz carrera arrastrando la cometa hasta que le cogi&oacute; de lleno la corriente de aire que sal&iacute;a disparada por la falla de la roca y se elev&oacute; de pronto como un enorme p&aacute;jaro. Los monjes que sosten&iacute;an la cuerda ten&iacute;an gran experiencia y fueron soltando cuerda poco a poco.<br />Mientras los dem&aacute;s la sosten&iacute;an con firmeza, uno de los monjes, at&aacute;ndose la t&uacute;nica a la cintura, trep&oacute; por la cuerda hasta una altura de tres metros para probarla. Le sigui&oacute; otro y dejaron sitio para un tercero. El objeto de esta operaci&oacute;n era probar la fuerza del aire, que result&oacute; capaz de levantar a dos adultos y un ni&ntilde;o, pero no a tres hombres, lo cual no satisfizo al Maestro de Cometas. Hubo que tirar de la cuerda procurando que la corneta fuera arrastrada por las corrientes de aire. Nos apartarnos todos de la zona de despegue, excepto los monjes encargados de sostener la cuerda y dos m&aacute;s que hab&iacute;an de mantener el equilibrio de la cometa cuando aterrizase. Por fin toc&oacute; tierra, pero parec&iacute;a hacerlo a disgusto despu&eacute;s de haber gozado de la libertad de los cielos. Con un suave chiiis, se qued&oacute; inm&oacute;vil cuando los monjes la sujetaron por los dos soportes extremos de las alas.<br />Siguiendo las instrucciones del Maestro de Cometas estiraron mejor la seda introduciendo peque&ntilde;as cu&ntilde;as en los palos de la armaz&oacute;n. Quitaron las alas y las volvieron a colocar en un &aacute;ngulo diferente. En la nueva prueba la corneta elev&oacute; con facilidad tres hombres mayores y casi pudo adem&aacute;s con un ni&ntilde;o. El Maestro dijo que ya estaba bien y que pod&iacute;amos probar la corneta carg&aacute;ndola con una piedra que tuviera el peso de un hombre.<br />Repetimos la operaci&oacute;n otra vez para hacer que la cometa pasara ante la corriente disparada por la falla. La cometa con su gran peso se elev&oacute; &aacute;gilmente, pero all&aacute; arriba empez&oacute; a balancearse con la turbulencia del aire.<br />Me mareaba con s&oacute;lo pensar que yo pudiera estar tripulando la cometa all&aacute; arriba. De nuevo la hicieron bajar y la colocaron en el punto de donde deb&iacute;a despegar. Un lama muy experimentado se acerc&oacute; a m&iacute; y me dijo:<br />&mdash;Ahora subir&eacute; yo y luego te tocar&aacute; a ti. F&iacute;jate bien en lo que hago. &mdash; Me se&ntilde;al&oacute; el palo que tocaba el suelo y a&ntilde;adi&oacute;&mdash;: Mira c&oacute;mo pongo el pie en este palo. Una vez montado en la cometa hay que abrazarse pasando hacia atr&aacute;s los brazos a la barra transversal que queda a nuestra espalda.<br />Cuando se est&aacute; all&aacute; arriba hay que bajar hasta la uve de la cuerda y sentarse en este travesa&ntilde;o que une los dos brazos. Al aterrizar, cuando ya est&eacute;s a tres metros del suelo, es mejor que saltes. En fin, ahora volar&eacute; yo y t&uacute; me observas.<br />Esta vez hab&iacute;an atado unos caballos a la cuerda. Al dar la se&ntilde;al el lama, lanzaron al galope a los caballos. La cometa se desliz&oacute; r&aacute;pida, fue arrastrada por la corriente y se elev&oacute; como disparada. Cuando estaba a unos treinta y cinco metros por encima de nosotros y por lo menos a novecientos metros por encima de las rocas del fondo, el lama volador se desliz&oacute; por la cuerda hasta el travesa&ntilde;o de la uve, donde se sent&oacute; balance&aacute;ndose como en un columpio. Se elevaba sin cesar, mientras el grupo de monjes que sosten&iacute;an la cuerda la iban soltando lentamente. Entonces el lama volador dio un tir&oacute;n de la cuerda como se&ntilde;al y los de abajo empezaron a recoger. Poco a poco empez&oacute; a descender oscilando y retorci&eacute;ndose como hacen todas las cometas. Por fin, cerca ya del suelo, el lama se solt&oacute;, y al caer dio una vuelta de campana y se puso en pie. Despu&eacute;s de sacudirse el polvo de la t&uacute;nica, se volvi&oacute; a m&iacute; y me dijo:<br />&mdash;Ahora te toca a ti, Lobsang. A ver c&oacute;mo lo haces.<br />Debo confesar que en aquel momento me desapareci&oacute; mi afici&oacute;n a las cometas. Pens&eacute; que era una estupidez exponerse a aquel peligro. &iexcl;Qu&eacute; tonter&iacute;a terminar as&iacute; una carrera tan prometedora como la m&iacute;a! Pero luego me consol&eacute; (aunque no mucho, en verdad sea dicho) al acordarme de las predicciones que se hab&iacute;an hecho acerca de m&iacute;. Si mor&iacute;a en aquella ocasi&oacute;n, se habr&iacute;an equivocado los astr&oacute;logos, y la verdad es que nunca se equivocan tanto. Ya estaba colocada de nuevo la cometa en el punto de arranque y mientras la miraba me temblaban las piernas. A decir verdad ten&iacute;a bastante miedo. Adem&aacute;s, cuando dije &ldquo;estoy dispuesto&rdquo;, con los brazos ya aferrados por detr&aacute;s a la barra, no me sonaba la voz muy firme. Nunca he estado m&aacute;s inseguro de m&iacute; mismo. El tiempo parec&iacute;a inm&oacute;vil. Sent&iacute; que la cuerda se tensaba al iniciar los caballos el galope. Cruji&oacute; levemente la armaz&oacute;n y de pronto una violenta sacudida estuvo a punto de arrojarme a gran distancia.<br />Pens&eacute; que hab&iacute;a llegado mi &uacute;ltimo instante en la tierra y que de nada me serv&iacute;a preocuparme. Me sent&iacute;a el est&oacute;mago revuelto. &iexcl;Mala salida para el mundo astral!, pens&eacute;. Abr&iacute; los ojos con cautela, pero la impresi&oacute;n recibida me hizo cerrarlos otra vez. Me hallaba a m&aacute;s de treinta metros sobre el suelo.<br />Nuevas protestas de mi est&oacute;mago me hicieron temer inminentes trastor nos g&aacute;stricos; as&iacute; que volv&iacute; a abrir los ojos para tomar precauciones para caso de necesidad. La vista era tan espl&eacute;ndida que olvid&eacute; el miedo y nunca he vuelto a tenerlo desde ese momento. La cometa oscilaba y no cesaba de ascender. Por encima de la monta&ntilde;a ve&iacute;a la tierra caqui resquebrajada por las heridas del tiempo, que nunca se cicatrizan. M&aacute;s cerca estaban las mo nta&ntilde;as con enormes hondonadas abiertas en la roca, medio ocultas algunas de ellas por el liquen. Mucho m&aacute;s all&aacute;, la luz del sol poniente se posaba sobre un lago y convert&iacute;a sus aguas en oro l&iacute;quido. La facilidad y la gracia con que se mov&iacute;a la cometa me hac&iacute;a pensar en el juego de los dioses en el cielo, mientras nosotros, los pobres mortales, ten&iacute;amos que sufrir y afanarnos para mantenernos vivos, aprender nuestras lecciones y marcharnos por &uacute;ltimo en paz.<br />Por primera vez mir&eacute; hacia abajo. Unos puntitos de color casta&ntilde;o rojizo eran los monjes. Aumentaban de tama&ntilde;o; y era que estaban tirando de la cometa. Unos centenares de metros m&aacute;s abajo, el arroyo del barranco segu&iacute;a su curso. Por primera vez me hab&iacute;a elevado a m&aacute;s de trescientos metros sobre la tierra. Aquel arroyuelo, al continuar su curso, ir&iacute;a creciendo hasta convertirse en uno de los afluentes que vert&iacute;an sus aguas en la bah&iacute;a de Bengala. Los peregrinos beber&iacute;an sus aguas sagradas, pero yo, por lo pronto, me encontraba por encima de sus mism&iacute;simas fuentes y me sent&iacute;a identificado con los dioses.<br />La cometa hab&iacute;a empezado a agitarse alocadamente; de modo que los monjes tuvieron que tirar con m&aacute;s fuerza a&uacute;n de la cuerda. Se me hab&iacute;a olvidado deslizarme hasta la V de la cuerda. Todo el tiempo me lo hab&iacute;a pasado en pie sobre el palo inferior del caj&oacute;n. Empec&eacute; sent&aacute;ndome, despu&eacute;s de haber soltado los brazos de la barra, me agarr&eacute; bien con los brazos y las piernas a la cuerda y me dej&eacute; resbalar hasta el palo transversal que cruzaba la parte inferior de la V. En ese momento el suelo quedaba a unos siete metros.<br />Sin perder m&aacute;s tiempo, me agarr&eacute; bien a la cuerda, y cuando la cometa estuvo a unos seis metros me dej&eacute; caer al suelo. Di una vuelta de campana y me puse en pie.<br />&mdash;Joven &mdash;me dijo el Maestro de Cometas&mdash;; lo has hecho muy bien.<br />Afortunadamente recordaste a tiempo que deb&iacute;as sentarte en el travesa&ntilde;o, pues, si no, te habr&iacute;as partido las dos piernas. Ahora probar&aacute;n otros y luego volver&aacute;s a subir.<br />El siguiente que se elev&oacute; en la cometa, un joven monje, lo hizo mejor que yo, pues se instal&oacute; en el travesa&ntilde;o con m&aacute;s tiempo. Pero cuando el pobre aterriz&oacute;, cay&oacute; de bruces; ten&iacute;a la cara verdosa. Estaba muy mareado. El tercer monje que vol&oacute; era muy jactancioso, por lo cual se hab&iacute;a hecho muy antip&aacute;tico. Hab&iacute;a ido en aquella excursi&oacute;n tres a&ntilde;os seguidos y se consideraba el mejor aviador. Se elev&oacute; quiz&aacute;s a ciento cincuenta metros. En vez de pasar al travesa&ntilde;o, se qued&oacute; en la caja, pero con el movimiento de la corneta se resbal&oacute; y sali&oacute; por la parte de la cola, aunque logr&oacute; agarrarse a tiempo al palo de atr&aacute;s. Durante unos segundos le vimos manoteando con la mano libre sin lograr asirse. La cometa perdi&oacute; el equilibrio y &eacute;l se solt&oacute; y cay&oacute; a las rocas a novecientos metros de profundidad. Su cuerpo fue rebotando.<br />Su h&aacute;bito rojo parec&iacute;a una nubecilla saltarina.<br />Este accidente caus&oacute; alg&uacute;n desconcierto entre nosotros, pero no lo bastante para interrumpir los vuelos. Examinaron la cometa para ver si se hab&iacute;a averiado y luego me toc&oacute; a m&iacute; volver a subir en ella. Esta vez baj&eacute; al travesa&ntilde;o en cuanto estuvo la cometa a treinta metros de altura. Desde all&iacute; arriba vi como bajaban unos monjes por la falda de la monta&ntilde;a para recuperar el cad&aacute;ver aplastado contra la roca. Mir&eacute; hacia arriba y pens&eacute; que un hombre que estuviera de pie en la caja de la cometa podr&iacute;a imprimirle determinado rumbo. Record&eacute; el incidente ocurrido cuando yo era m&aacute;s peque&ntilde;o y fui a parar al tejado de una casa de campo y c&oacute;mo hab&iacute;a podido ganar altura tirando de la cuerda de la cometa. &laquo;Tengo que hablar de esto con mi Gu&iacute;a&raquo;, pens&eacute;.<br />En aquel momento sent&iacute; una mareante sensaci&oacute;n de ca&iacute;da tan r&aacute;pida e inesperada que estuve a punto de soltarme. Los monjes tiraban fren&eacute;ticamente de la cuerda. Era que al atardecer se hab&iacute;an enfriado las rocas, el viento disminu&iacute;a su fuerza y la corriente que sal&iacute;a disparada por la falla casi se hab&iacute;a interrumpido. Cuando salt&eacute;, a tres metros del suelo, la cometa dio una &uacute;ltima sacudida y se vino encima de m&iacute;. Yo qued&eacute; sentado en el suelo rocoso con la cabeza a trav&eacute;s de la seda del fondo de la cometa y tan inm&oacute;vil que los otros creyeron que estaba herido. El lama Mingyar Dondup se precipit&oacute; hacia m&iacute;.<br />&mdash;Si pusi&eacute;ramos otro palo transversal en el centro de la cometa &mdash;dije, por fin&mdash; podr&iacute;amos quedarnos en pie dentro y gobernar el vuelo hacia cierto punto.<br />El Maestro de Cometas me hab&iacute;a o&iacute;do:<br />&mdash;S&iacute;, jovencito; tienes raz&oacute;n; pero &iquest;qui&eacute;n va a hacer la prueba?<br />&mdash;Yo mismo &mdash;le respond&iacute;&mdash;, si mi Gu&iacute;a me lo permite.<br />Otro lama me dijo sonriente:<br />&mdash;Eres lama por derecho propio, Lobsang, y no tienes que pedirle permiso a nadie.<br />&mdash;No lo har&iacute;a sin perrniso del lama Mingyar Dondup, a quien debo cuanto he aprendido y que siempre me est&aacute; ense&ntilde;ando nuevas cosas. El lo decidir&aacute;.<br />El Maestro de Cometas dirigi&oacute; la retirada de la cometa y me llev&oacute; con &eacute;l a su habitaci&oacute;n. All&iacute; ten&iacute;a peque&ntilde;as maquetas de varios tipos de cometas.<br />Una era alargada y ten&iacute;a forma de p&aacute;jaro.<br />&mdash;Empujamos la que ten&iacute;a esta misma forma por encima del precip icio hace muchos a&ntilde;os. Iba un hombre dentro. Vol&oacute; por espacio de unos treinta kil&oacute;metros y luego choc&oacute; contra una monta&ntilde;a. Desde entonces no hemos vuelto a lanzar ninguna de este tipo. Y esta otra que ves aqu&iacute; servir&iacute;a muy bien para lo que deseas. Lleva un apoyo especial, adem&aacute;s de la barrera delantera. Tenemos ya hecha una, es decir, su armaz&oacute;n. Est&aacute; en el almac&eacute;n, al otro extremo del edificio. No he logrado que nadie se decidiera a montar en ella y yo peso ya demasiado.<br />En efecto, el Maestro era decididamente obeso. Durante la conversaci&oacute;n hab&iacute;a entrado el lama Mingyar Dondup, que dijo:<br />&mdash;Esta noche haremos un hor&oacute;scopo, Lobsang, y veremos lo que dicen las estrellas.<br />Los tambores nos despertaron para el servicio religioso de medianoche.<br />Una enorme figura se puso a mi lado surgiendo de entre las nubes de incienso como una gran bola de carne. Era el Maestro de Cometas.<br />&mdash;&iquest;Vas a hacerlo? &mdash;murmur&oacute;.<br />&mdash;S&iacute; &mdash;le respond&iacute;&mdash;. Podr&eacute; volar en ella pasado ma&ntilde;ana.<br />&mdash;Muy bien; la tendremos preparada.<br />All&iacute; en el templo, con la luz danzarina de las lamparillas y las sagradas im&aacute;genes adosadas a los muros, era dif&iacute;cil acordarse del imprudente monje que se hab&iacute;a marchado tan inesperadamente de esta vida. Pero su jactancia hizo que se me ocurriese la idea de dominar el movimiento de la corneta desde dentro.<br />En el templo, con sus paredes cubiertas con pinturas de asuntos sagrados, de brillante colorido, permanec&iacute;amos sentados en la actitud del loto, cada uno de nosotros como una estatua viva de Buda. Por asiento ten&iacute;amos dos almohadones cuadrados cada uno que nos elevaban a unos treinta cent&iacute;metros del suelo. Como siempre, form&aacute;bamos filas dobles cara a cara los de una fila con los de otra. Al comenzar el servicio normal, el Conductor de los Cantos, elegido por sus conocimientos musicales y su voz profunda, cant&oacute; los primeros pasajes, al final de cada cual bajaba la voz cada vez m&aacute;s hasta que se le vaciaban de aire los pulmones. Respond&iacute;amos con un profundo murmullo, mientras los tambores acentuaban ciertos trozos de estas respuestas. Tambi&eacute;n sonaban de vez en cuando nuestras campanillas de plata. Deb&iacute;amos poner gran cuidado en articular bien las palabras, pues sol&iacute;a juzgarse la disciplina de una lamaser&iacute;a por la claridad de sus cantos y la perfecci&oacute;n de su m&uacute;sica. La notaci&oacute;n de la m&uacute;sica tibetana resulta dif&iacute;cil de entender para un occidental: se escribe con curvas. Dibujamos la elevaci&oacute;n y el desceso de la voz con lo que llamamos curva b&aacute;sica. Los que deseen improvisar a&ntilde;aden sus &laquo;mejoras&raquo; en forma de curvas m&aacute;s peque&ntilde;as dentro de las grandes. Al terminar el servicio ordinario, nos permitieron un descanso de diez minutos antes de comenzar el servicio funerario por el monje que se hab&iacute;a marchado de este mundo aquel d&iacute;a.<br />Al darse la se&ntilde;al nos reunimos de nuevo. El Conductor, desde su elevado trono, enton&oacute; un pasaje del Bardo Th&oacute;dol, que es el Libro de los Muertos tibetano.<br />&ldquo;Oh, errante esp&iacute;ritu del monje Kuniphel-la, que en el d&iacute;a de hoy sali&oacute; de este mundo. No vagues entre nosotros, ya que te has marchado. Oh, errante esp&iacute;ritu del monje Kumphel-la, quemamos esta barra de incienso para que encuentres tu camino por las Tierras Pez y llegues f&aacute;cilmente a la Gran Realidad.&raquo; Salmodiamos llamadas al esp&iacute;ritu del monje desaparecido para que escuchase nuestros orientadores consejos. Se mezclaban las agudas voces de nosotros, los muchachos, con los bajos profundos de los monjes mayores.<br />Los motijes y los lamas, sentados en fila cara a cara, cumpl&iacute;an con el antiqu&iacute;simo ritual, lleno de s&iacute;mbolos religiosos. Las voces sub&iacute;an y bajaban r&iacute;trnicamente:<br />&laquo;Oh, esp&iacute;ritu errante, ven con nosotros para que te guiemos. No ves nuestro rostro ni hueles nuestro incienso; por tanto, est&aacute;s muerto. Ven para que te guiemos&raquo; La orquesta de trompetas de madera, caracolas y timb ales rellenaba nuestras pausas. Llenamos con agua roja una calavera humana invertida para simbolizar la sangre y nos la pasaban a todos para que la toc&aacute;semos.<br />&laquo;Tu sangre ha salpicado la tierra, oh monje que s&oacute;lo eras un fantasma errante. Ven para que te liberemos.&raquo; Lanz&aacute;bamos en direcci&oacute;n a los cuatro puntos cardinales granos de arroz te&ntilde;idos de un color azafr&aacute;n brillante.<br />&laquo; d&oacute;nde vaga el fantasma &iquest;Por el este? &iquest; por el norte? &iquest;por el oeste o por el sur? Arrojamos el alimento de los dioses a los cuatro rincones de la tierra y t&uacute; no lo comes porque est&aacute;s muerto. Ven, &iexcl;oh, errante esp&iacute;ritu!, para que te liberemos y te guiemos.&raquo; El tambor de profundo sonido lat&iacute;a con el ritmo de la propia vida. Parec&iacute;a un coraz&oacute;n. Otros instrumentos imitaban los diferentes sonidos del cuerpo: el apagado fluir de la sangre por las venas y las arterias, el d&eacute;bil murmullo de la respiraci&oacute;n de los pulmones, el casi inaudible gorgotear de los fluidos corporales, de los varios crujidos y sordos ruidos del cuerpo que constituyen la m&uacute;sica de la vida humana. Al final la extra&ntilde;a sinfon&iacute;a terminaba con un golpe seco. De repente se deten&iacute;an todos los ruidos y murmullos:<br />era el violento final de una vida. &laquo;Oh, monje, que exist&iacute;as y que ahora eres un errante fantasma, nuestros tel&eacute;patas te guiar&aacute;n. No tengas miedo.<br />Pres&eacute;ntanos tu mente desnuda. Escucha nuestras ense&ntilde;anzas que te pueden liberar. No existe la muerte, errante esp&iacute;ritu, sino s&oacute;lo la vida interminable.<br />La muerte es el nacimiento y estamos rezando para abrirte el camino hacia una nueva vida.&raquo; Durante varios siglos hemos perfeccionado los tibetanos la ciencia de los sonidos. Conocemos todos los sonidos del cuerpo y podemos reproducirlos con toda claridad. Una vez que se oyen nunca m&aacute;s se olvidan. Es seguro que usted, lector, habr&aacute; o&iacute;do el latir de su coraz&oacute;n y la respiraci&oacute;n de sus pulmones resonando en la almohada en el umbral del sue&ntilde;o. En la lamaser&iacute;a del Or&aacute;culo del Estado ponen en trance a un m&eacute;dium utilizando alguno de estos sonidos y entonces le habita un esp&iacute;ritu. El jefe de las fuerzas brit&aacute;nicas que invadieron Lhasa en 1904, comprob&oacute; el poder de estos sonidos y el hecho de que el Or&aacute;culo cambiaba de aspecto cuando entraba en trance.<br />Al terminar el servicio religioso nos apresuramos a acostarnos. Yo ten&iacute;a mucho sue&ntilde;o; me lo hab&iacute;a producido la excitaci&oacute;n del vuelo y el cambio de aire. Cuando amaneci&oacute;, el Maestro me envi&oacute; un recado dici&eacute;ndome que estaba trabajando en la cometa dirigible, y me invitaba a reunirme con &eacute;l. Fui a su taller con mi Gu&iacute;a. En el suelo hab&iacute;a unas pilas de madera extranjera y en las paredes varios planos de cometas. El modelo especial que yo iba a probar colgaba de un techo abovedado. Con gran asombro m&iacute;o, el Maestro tir&oacute; de una cuerda y la cometa baj&oacute; al suelo. Estaba suspendida por un ingenioso juego de poleas. Me invit&oacute; a que subiera en ella. El suelo de la caja ten&iacute;a un entramado en el que se pod&iacute;a uno quedar muy bien de pie, y un travesa&ntilde;o colocado a la altura de la cintura permit&iacute;a sostenerse con facilidad.<br />Examinamos la cometa minuciosamente. Le quitarnos la tela de seda que ten&iacute;a, pues el Maestro quer&iacute;a recubrirla con seda nueva m&aacute;s resistente.<br />Las alas laterales no eran rectas como en los dem&aacute;s aparatos, sino curvadas como manos en forma de copa hacia abajo: med&iacute;an unos tres metros cada una y me dieron la impresi&oacute;n de que ser&iacute;an muy eficaces.<br />Al d&iacute;a siguiente sacaron el aparato a la pista y los monjes tuvieron que hacer un gran esfuerzo para no dej&aacute;rselo arrebatar cuando lo pasaron por delante de la corriente de aire que sal&iacute;a de la gran hendidura lateral. Por fin la colocaron en posici&oacute;n, y yo, sinti&eacute;ndome muy importante, me instal&eacute; en el interior de la caja. Esta vez iban a lanzar los monjes la cometa en vez de emplear caballos, como era lo habitual. Dadas las circunstancias excepcionales de la prueba se pens&oacute; que los monjes pod&iacute;an dominar mejor el aparato.<br />Grit&eacute;: tra-dri, them&rsquo; -pa (&iexcl;Listo, tirad!) Y cuando sent&iacute; que la armaz&oacute;n empezaba a temblar, exclam&eacute;: na do-a . Sent&iacute; una gran sacudida y la cometa se elev&oacute; como una flecha. Afortunadamente estaba bien sujeto, pues, si no, hubieran estado llamando aquella noche a mi esp&iacute;ritu errante y la verdad es que no ten&iacute;a ni el menor inter&eacute;s en abandonar mi cuerpo tan pronto.<br />Los monjes manejaban h&aacute;bilmente la cuerda, y la cometa se elevaba con rapidez. Lanc&eacute; la piedra con la plegaria a los dioses del viento y estuvo a punto de matar a un monje. Sin embargo, fue una ventaja que cayese a sus pies, pues as&iacute; pudimos aprovechar otra vez el bander&iacute;n con la oraci&oacute;n. Ve&iacute;a al Maestro de Cometas brincando impaciente por verme empezar el exp erimento; as&iacute; que me decid&iacute; y empec&eacute; a moverme con cautela. En efecto, en seguida vi que pod&iacute;a variar el rumbo del aparato.<br />Me confi&eacute; demasiado. Imprudentemente, avanc&eacute; hacia el fondo de la caja y la cometa cay&oacute; como una piedra. Mis pies resbalaron del barrote donde se apoyaban y me qued&eacute; colgado de las manos cuan largo era. Con un gran esfuerzo, mientras la t&uacute;nica se me arremolinaba en torno a la cabeza, consegu&iacute; trepar hasta mi posici&oacute;n anterior. Con esto se interrumpi&oacute; la ca&iacute;da y la cometa volvi&oacute; a ascender. Hab&iacute;a conseguido quitarme la t&uacute;nica de la cabeza y as&iacute; pude ver lo que suced&iacute;a. Si no hubiese sido un lama de afeitada cabeza, se me habr&iacute;a puesto el cabello de punta. Me encontraba a menos de sesenta metros del suelo. Despu&eacute;s, cuando aterric&eacute;, me contaron que hab&iacute;a llegado a quince metros tan s&oacute;lo, antes de que la cometa volviera a elevarse.<br />Pero antes de aterrizar, cuando contemplaba el dilatado panorama, divis&eacute; a una gran distancia algo que me pareci&oacute; una l&iacute;nea de puntos que se mov&iacute;a. Tard&eacute; unos momentos en comprender lo que era. &iexcl;Claro, eran nuestros compa&ntilde;eros, los que hab&iacute;an de llegar unos d&iacute;as despu&eacute;s que nosotros y que cruzaban lentamente aquellas tierras desoladas! Los ve&iacute;a como punto, raya, punto, raya. Pens&eacute;: &laquo;Un hombre, un animal, un hombre...&raquo; Avanzaban con gran dificultad, o, por lo menos, as&iacute; me lo parec&iacute;a a aquella distancia.<br />Me caus&oacute; un gran placer, al aterrizar, informar, a los dem&aacute;s de que den tro de un d&iacute;a o poco m&aacute;s estar&iacute;an con nosotros nuestros compa&ntilde;eros.<br />Era maravilloso contemplar el gris azulado de las rocas, el c&aacute;lido ocre de la tierra y la reluciente superficie de los lagos. All&aacute; abajo, en el barranco, al abrigo de los terribles vientos, el musgo, el liquen y las plantas m&aacute;s diversas formaban como una alfombra que me recordaba la que hab&iacute;a en el despacho de mi padre. La cruzaba el arroyo, cuyo rumor era como una canci&oacute;n que me acompa&ntilde;aba por las noches. Y el arroyo me hizo recordar aquel d&iacute;a en que volqu&eacute; un jarr&oacute;n de agua en la alfombra de pap&aacute;. &iexcl;Qu&eacute; mano tan dura ten&iacute;a mi padre!<br />El terreno situado detr&aacute;s de la lamaser&iacute;a era muy monta&ntilde;oso. Se suced&iacute;an los picos en filas cerradas recort&aacute;ndose sus negros perfiles contra el cielo. En el T&iacute;bet tenemos el cielo m&aacute;s claro del mundo y la vista alcanza hasta donde lo permiten las monta&ntilde;as, no existiendo esas neblinas producidas por el calor, que suelen deformar las im&aacute;genes. Desde mi atalaya a&eacute;rea no ve&iacute;a nada que se moviera, a no ser los monjes que ten&iacute;a debajo y los puntitos y rayas &mdash;apenas visibles&mdash; de la expedici&oacute;n. &iquest;Estar&iacute;an viendo la cometa? Pero ya no pude pensar en estas cosas porque los monjes empezaban a tirar de la cuerda y la cometa daba grandes sacudidas. Tiraban de ella con extraordinario cuidado para no estropear el valioso aparato experimental.<br />Cuando aterric&eacute;, el Maestro de Cometas me mir&oacute; con gran afecto y me abraz&oacute; con tanto entusiasmo que seguramente me hizo crujir los huesos.<br />Estuvo hablando sin parar con gran alegr&iacute;a. Y era explicable su satisfacci&oacute;n, ya que hasta entonces no hab&iacute;a podido probar sus teor&iacute;as. Estaba demasiado gordo para eso. Cuando se interrumpi&oacute; para tomar aliento le dije que ning&uacute;n m&eacute;rito ten&iacute;a yo al haberme prestado al experimento, ya que lo hab&iacute;a pasado muy bien y que tanta satisfacci&oacute;n me hab&iacute;a producido volar como a &eacute;l comprobar la exactitud de sus teor&iacute;as.<br />&mdash;S&iacute;, s&iacute;, Lobsang. Bastar&aacute; con que pongamos aqu&iacute; un nuevo apoyo y cambiar un poco de sitio este travesa&ntilde;o... &iquest;Y dices que estuvo a punto de volcar cuando pusiste el pie en el barrote del fondo?...<br />Me preguntaba mil cosas. Quer&iacute;a conocer hasta mis m&aacute;s insignificantes sensaciones. A nadie se permiti&oacute; ya volar en aquella cometa especial.<br />Realic&eacute; en ella varios vuelos y a consecuencia de cada uno de ellos se introduc&iacute;an nuevas modificaciones en la estructura del aparato. Una gran mejora fue la instalaci&oacute;n de una correa para sujetarme.<br />La llegada de nuestros compa&ntilde;eros interrumpi&oacute; durante un par de d&iacute;as la experimentaci&oacute;n con las cometas. Ten&iacute;amos que organizar a los reci&eacute;n llegados en grupos de recolectores y empaquetadores. Los monjes que te n&iacute;an menos pr&aacute;ctica iban a recoger s&oacute;lo tres clases de plantas y fueron enviados a una zona donde abundaban esas plantas. Cada grupo se pasaba fuera del monasterio siete d&iacute;as. Al octavo regresaban con las plantas, que eran extendidas en el limpio suelo de un ampl&iacute;simo almac&eacute;n. Unos lamas especializados examinaban una a una las plantas para asegurarse de que no ten&iacute;an pulg&oacute;n y que eran de la clase requerida. A algunas plantas les quitaban y secaban los p&eacute;talos. Las ra&iacute;ces de otras eran ralladas y almacenadas.<br />Y las de ciertas clases las trituraban entre unos rulos para sacarles el jugo.<br />Este era guardado en jarros herm&eacute;ticamente cerrados. Las semillas, las hojas, los tallos, los p&eacute;talos y todo lo que constitu&iacute;a cada planta era limpiado y guardado en bolsas de cuero en cuanto estaba lo bastante seco. Cada bolsa llevaba una etiqueta, donde se apuntaba el contenido. El cuello de la bolsa se retorc&iacute;a para que no entrase aire. Mojaban el cuero en agua y luego lo expon&iacute;an al sol. Un d&iacute;a despu&eacute;s el cuero seco estaba tan duro como un pedazo de madera. Estas bolsas llegaban a adquirir una dureza tal que para abrir el cuello hab&iacute;a que golpearlas como para partir una piedra. En el aire seco del T&iacute;bet las hierbas as&iacute; guardadas se conservaban en perfecto estado durante muchos a&ntilde;os.<br />Pasados los primeros d&iacute;as repart&iacute; mi tiempo entre las hierbas medic inales y las cometas. El viejo Maestro era hombre de gran influencia y me dijo que en vista de las predicciones sobre mi futuro, el conocimiento de los aparatos voladores ser&iacute;a para m&iacute; tan &uacute;til e importante como dominar la herboricultura. As&iacute;, durante tres d&iacute;as a la semana estuve practicando el emocionante deporte de las cometas. Los dem&aacute;s d&iacute;as los pasaba cabalgando de grupo en grupo para aprender lo m&aacute;s posible en el menor tiempo. Muchas veces, cuando me hallaba a gran altura dentro de una cometa, ve&iacute;a, esparcidas por aquel paisaje que me era ya tan familiar, las tiendas de camp a&ntilde;a &mdash;hechas con cuero negro de yak&mdash; que proteg&iacute;an del sol a mis comp a&ntilde;eros herboristas y les serv&iacute;an para dormir. Tambi&eacute;n ve&iacute;a a los yaks pastando.<br />Aprovechaban bien el tiempo antes de que al final de la semana los cargasen de hierbas para regresar al monasterio. Muchas de estas plantas son muy conocidas en la mayor&iacute;a de los pa&iacute;ses europeos, pero otras no han sido a&uacute;n &laquo;descubiertas&raquo; por el mundo occidental y carecen por tanto de nombres latinos. El conocimiento de las hierbas me ha sido de gran utilidad, pero no menos &uacute;til me ha resultado mi pr&aacute;ctica en el vuelo.<br />Tuvimos otro accidente: un monje me hab&iacute;a estado observando con una gran atenci&oacute;n y cuando le toc&oacute; volar (en una cometa ordinaria) pens&oacute; que pod&iacute;a hacer lo mismo que yo. Notamos que la cometa, ya a gran altura, se mov&iacute;a de un modo extra&ntilde;o. Luego vimos que el monje se agitaba intentando gobernar la posici&oacute;n del aparato. Con una sacudida m&aacute;s violenta que las dem&aacute;s, se volc&oacute; de lado. Con un crujido, salt&oacute; la armaz&oacute;n hecha astillas y el monje cay&oacute; de cabeza. La t&uacute;nica roja se le hab&iacute;a enrollado en la cabeza. Empezaron a caemos encima varios objetos: una escudilla de tsampa, un rosario, una taza de madera y unos amuletos. Ya no iba a necesitar estas cosas. Dando vueltas cay&oacute; al barranco. Tardamos mucho en o&iacute;r el ruido que hizo al estrellarse.<br />Todo lo bueno se termina demasiado pronto. Trabaj&aacute;bamos mucho, es cierto, pero se nos pasaron los tres meses con gran rapidez. &Eacute;sta fue la primera de una serie de visitas a las monta&ntilde;as y a los otros Tra Ye rpa m&aacute;s cercanos a Lhasa. Empaquetamos nuestras pocas cosas, fastidiados por tener que marcharnos, y el Maestro me regal&oacute; una preciosa maqueta del aparato volador que yo hab&iacute;a utilizado preferentemente. La hab&iacute;a construido para m&iacute;. Al d&iacute;a siguiente partimos hacia nuestra lamaser&iacute;a. Aunque nos alegr&aacute;bamos de regresar a la Monta&ntilde;a de Hierro nos apenaba separarnos de nuestros nuevos amigos y de aquella vida tan sana y libre de las monta&ntilde;as.</p><p>CAP&Iacute;TULO DECIMOTERCERO.</p><p>PRIMERA VISITA A CASA.</p><p>Hab&iacute;amos llegado a tiempo para las ceremonias del Logsar o A&ntilde;o Nuevo. Ten&iacute;amos que limpiarlo y arreglarlo todo. El decimoquinto d&iacute;a, el Dalai Lama iba a la catedral para asistir a las solemnidades religiosas.<br />Cuando &eacute;stas terminaban sal&iacute;a en procesi&oacute;n dando la vuelta por el Barkhor, la carretera circular que rodeaba el Jo-kang y a la mansi&oacute;n del Consejo, dando la vuelta a la plaza del mercado, circuito que terminaba entre los grandes edificios comerciales. Entonces empezaban las diversiones. Los dioses estaban ya aplacados con las funciones religiosas y la gente pod&iacute;a divertirse a sus anchas. Se hac&iacute;an gigantescas armazones &mdash;de diez a quince metros de altura&mdash; que sosten&iacute;an unas im&aacute;genes hechas con manteca de color. Algunas de estas figuras ten&iacute;an bajorrelieves que representaban diversas escenas de nuestros Libros sagrados. El Dalai Lama daba unas vueltas en torno a ellas para verlas bien. Los monasterios que modelaban las figuras m&aacute;s atractivas se llevaban el t&iacute;tulo de los mejores escultores en man teca del a&ntilde;o. A nosotros los de Chakpori no nos interesaban en absoluto estas carnavaladas. Nos parec&iacute;an infantiles. Tampoco nos interesaban las carreras de caballos sin jinete que se celebraban en la llanura de Lhasa. En cambio, nos gustaban las figuras gigantescas que representaban a ciertos personajes de nuestras leyendas. El cuerpo de estos gigantes se constru&iacute;a con una ligera armaz&oacute;n de madera a la que se fijaba una enorme cabeza muy realista. Por detr&aacute;s de cada ojo llevaba encendida una lamparilla cuya luz vacilante produc&iacute;a la impresi&oacute;n de que los ojos se mov&iacute;an. Un monje herc&uacute;leo iba montado en alt&iacute;simos zancos dentro de la armaz&oacute;n y la hac&iacute;a andar. A estos monjes les sol&iacute;an ocurrir toda clase de accidentes. A veces met&iacute;an un zanco en un boquete, o se resbalaban, y tampoco era raro que se soltara una de las l&aacute;mparas y ardiese toda la figura.<br />A&ntilde;os despu&eacute;s me convencieron una vez para que llevase la figura de Buda, dios de la Medicina. Ten&iacute;a por lo menos ocho metros y medio de altura.<br />Su flotante ropaje me envolv&iacute;a los zancos y por all&iacute; dentro volaban muchas polillas, ya que la ropa llevaba mucho tiempo almacenada. Mientras avanzaba por la carretera con gran dificultad, el polvo que se desprend&iacute;a de los enormes pliegues de tela me hac&iacute;a estornudar continuamente. A cada estornudo me parec&iacute;a que iba a caerme. Adem&aacute;s, al estornudar hac&iacute;a saltar la manteca derretida de las l&aacute;mparas y me ca&iacute;a sobre mi cr&aacute;neo afeitado y dolorido. Hac&iacute;a all&iacute; un calor horrible y un olor mareante. Normalmente la manteca de una l&aacute; mpara es s&oacute;lida, aparte del &laquo;charquito&raquo; que se forma en torno al pabilo. En aquel calor asfixiante se hab&iacute;a derretido toda ella: el peque&ntilde;o agujero abierto hacia la mitad de la figura no ca&iacute;a a la altura de mis ojos y me era imposible bajar de los zancos o esperar a que abriesen otro. Lo &uacute;nico que pod&iacute;a ver era la parte de atr&aacute;s del gigante que marchaba delante de m&iacute; y por el balanceo que llevaba y los brincos que daba a cada momento comprend&iacute; que el pobre desgraciado que iba dentro lo estaba pasando tan mal como yo. Sin embargo, sabiendo que el Dalai Lama contemplaba el desfile, no hab&iacute;a m&aacute;s remedio que continuar sofocado por los enormes pliegues de tela y medio tostado por el sebo derretido. Con el calor y el esfuerzo, es seguro que perd&iacute; varios kilos aquel d&iacute;a. Y lo m&aacute;s grande fue que aquella noche me dijo un importante lama:<br />&mdash;Lobsang, tu representaci&oacute;n ha sido excelente. &iexcl;Qu&eacute; gran comediante har&iacute;as!<br />Por supuesto no le dije que los movimientos tan c&oacute;micos de mi gigante hab&iacute;an sido del todo involuntarios por mi parte. A partir de entonces decid&iacute; no volver a llevar en mi vida una de esas figuras.<br />No mucho tiempo despu&eacute;s &mdash;unos cinco o seis meses&mdash; hubo un repentino y terrible hurac&aacute;n con nubes de polvo y piedrecillas. Me encontraba en aquel momento en la terraza de un almac&eacute;n recibiendo instrucciones sobre la manera de cubrir un tejado con l&aacute;minas de oro para que no entrase por &eacute;l ni una gota de agua. El vendaval me llev&oacute; en volandas y me lanz&oacute; a otro tejado situado a unos siete metros m&aacute;s abajo. Otra r&aacute;faga me arrastr&oacute; por la falda de la monta&ntilde;a hasta la carretera de Lingkhor a m&aacute;s de cien metros.<br />Era un suelo pantanoso y ca&iacute; de cara al fango. Sent&iacute; que se romp&iacute;a algo y me figur&eacute; que ser&iacute;a una rama. Atontado intent&eacute; levantarme del fangal, pero sent&iacute; un dolor agud&iacute;simo cuando quise mover el brazo izquierdo. Logr&eacute; ponerme de rodillas y luego en pie y avanc&eacute; a duras penas por la carretera.<br />Estaba a punto de desmayarme de dolor y no pod&iacute;a pensar con claridad.<br />Lo &uacute;nico que deseaba era subir a lo alto de la monta&ntilde;a lo antes posible.<br />Iba dando tumbos casi a ciegas hasta que a medio camino me salieron al encuentro unos monjes que hab&iacute;an bajado para ver qu&eacute; nos hab&iacute;a sucedido a m&iacute; y a otro chico, al que tambi&eacute;n se hab&iacute;a llevado el viento. Pero &eacute;ste cay&oacute; sobre las rocas y se mat&oacute;. Me llevaron en brazos hasta la habitaci&oacute;n de mi Gu&iacute;a. Este me examin&oacute; r&aacute;pidamente y me dijo:<br />&mdash;Lobsang, te has roto un brazo y un hueso del cuello. Tenemos que arregl&aacute;rtelos. Te doler&aacute; mucho, pero ser&aacute; porque yo no lo pueda evitar.<br />Mientras hablaba, y casi antes de que yo pudiera darme cuenta, me entablill&oacute;.<br />Estuve todo el d&iacute;a inm&oacute;vil y al siguiente me dijo el lama Mingyar Dondup:<br />&mdash;No podemos dejar que te retrases en los estudios, Lobsang de modo que trabajaremos aqu&iacute; mismo. Como a todos nosotros, te fastidia un poco aprender cosas nuevas; as&iacute; que voy a quitarte esa resistencia para el estudio por medio del hipnotismo.<br />Cerr&oacute; los postigos, y la habitaci&oacute;n qued&oacute; a oscuras excepto por la peque&ntilde;a luz de las lamparillas del altar. Sac&oacute; de no s&eacute; d&oacute;nde una cajita, que puso en un estante que hab&iacute;a frente a m&iacute;. Me pareci&oacute; ver unas luces muy brillantes, luces de colores, unas rayas de color y luego todo termin&oacute; en una silenciosa explosi&oacute;n de luminosidad.<br />Cuando me despert&eacute; deb&iacute;an de haber pasado ya varias horas. El lama abri&oacute; la ventana y vi que las moradas sombras de la noche empezaban a cubrir el valle. En el Potala destellaban unas lucecitas y otras se encend&iacute;an en torno a los edificios, mientras la guardia de noche hac&iacute;a la ronda. Desde la ventana se abarcaba toda la ciudad, donde empezaba la vida nocturna.<br />Mi Gu&iacute;a habl&oacute; por fin:<br />&mdash;Bueno, por fin has vuelto a nosotros. Cre&iacute;amos que te encontrabas tan bien en el mundo astral que te resist&iacute;as a volver. Y supongo que, como de costumbre, tendr&aacute;s mucha hambre.<br />Al o&iacute;rselo decir comprend&iacute; que, en efecto, estaba hambriento. Me trajeron en seguida de comer y el lama me habl&oacute; mientras yo com&iacute;a:<br />&mdash;Seg&uacute;n las leyes naturales, tendr&iacute;as que haber abandonado ese cuerpo, pero tus estrellas han decidido que tienes que vivir para acabar muriendo en la tierra de los Indios Rojos (los Estados Unidos) dentro de muchos a&ntilde;os. Ahora nuestros compa&ntilde;eros est&aacute;n celebrando un servicio religioso por el que nos ha abandonado. El viento lo estrell&oacute; contra las rocas.<br />Pens&eacute; que los que se marchaban de esta tierra eran los m&aacute;s afortunados.<br />Mi experiencia en los viajes astrales me hab&iacute;a ense&ntilde;ado que se pasaba all&iacute; mucho mejor que en este mundo. Pero record&eacute; que no estamos aqu&iacute; porque nos guste, sino para aprender cosas, lo mismo que no se va a la escuela porque sea divertido, sino para ilustrarse; y qu&eacute; es la vida en la tierra sino una escuela? Y, por cierto, una escuela muy dura. Me dije: &laquo;Aqu&iacute; estoy con dos huesos rotos y tengo que seguir aprendiendo. &iexcl;Qu&eacute; se le va a hacer!&raquo; Durante dos semanas intensificaron mi ense&ntilde;anza. Seg&uacute;n me dijeron, era para impedirme pensar en los huesos rotos. Al final de la quincena se me hab&iacute;an soldado, pero me sent&iacute;a r&iacute;gido y el hombro izquierdo y el brazo me dol&iacute;an mucho.<br />Cuando entr&eacute; en la habitaci&oacute;n del lama Mingyar Dondup aquella ma&ntilde;ana, le encontr&eacute; leyendo una carta. Levant&oacute; la vista y me dijo:<br />&mdash;Lobsang, tenemos un paquete de hierbas que llevar a tu Honorable Madre. Puedes ir t&uacute; mismo ma&ntilde;ana por la ma&ntilde;ana y quedarte todo el d&iacute;a.<br />&mdash;Estoy seguro de que mi padre no desea verme &mdash;repliqu&eacute;&mdash;. Cuando se cruz&oacute; conmigo en las escaleras del Potala hizo como si no me viera.<br />&mdash;Es natural. Sab&iacute;a que acababas de estar con el Dalai Lama, sab&iacute;a que hab&iacute;as recibido un honor extraordinario y no pod&iacute;a hablarte si yo no estaba contigo, ya que eres mi pupilo por orden del propio Dalai Lama. &mdash;Se me qued&oacute; mirando muy risue&ntilde;o&mdash;: De todos modos, no te preocupes, pues tu padre no estar&aacute; ma&ntilde;ana en casa. Ha ido a Gyangse y tardar&aacute; unos d&iacute;as a&uacute;n en regresar.<br />A primera hora del d&iacute;a siguiente me dijo mi Gu&iacute;a:<br />&mdash;Est&aacute;s algo p&aacute;lido, pero vas limpio y bien arreglado y eso le gustar&aacute; a tu madre. Aqu&iacute; tienes un pa&ntilde;uelo. No olvides que ya eres un lama y has de obedecer las reglas. Viniste aqu&iacute; a pie. Hoy ir&aacute;s en uno de nuestros mejores caballos blancos. Monta el m&iacute;o, que necesita ejercicio.<br />Me entreg&oacute; una bolsa de cuero llena de hierbas medicinales. La hab&iacute;a envuelto en un pa&ntilde;uelo de seda como muestra de respeto. Me pregunt&eacute; c&oacute;mo podr&iacute;a llevarlo limpio y acab&eacute; quitando el pa&ntilde;uelo y guard&aacute;ndolo den tro de mi h&aacute;bito con la intenci&oacute;n de volver a liar la bolsa en &eacute;l cuando estuviera cerca de casa.<br />Montado en el caballo blanco descend&iacute; por la pendiente del monte.<br />Hacia la mitad de la cuesta se detuvo el caballo y volvi&oacute; la cabeza para mirarme.<br />Por lo visto no le gust&eacute;, porque dio un gran relincho y arranc&oacute; en un furioso galope como si quisiera liberarse de m&iacute; lo antes posible. Comprend&iacute; su actitud, ya que tampoco &eacute;l me era simp&aacute;tico.<br />En el T&iacute;bet los lamas m&aacute;s ortodoxos montan en mulas, por aquello de que son asexuales. Los lamas menos exigentes cabalgan en caballos o en ponies. En cuanto a m&iacute;, siempre procuraba ir andando si era posible. Al pie del monte torcimos a la derecha. Suspir&eacute; con alivio: el caballo estaba de acuerdo conmigo en que deb&iacute;amos ir por ese camino, quiz&aacute; porque siempre se atraviesa la carretera de Lingkhor en la direcci&oacute;n de las manecillas del reloj, por motivos religiosos. De modo que torcimos a la derecha y cruzamos el camino de la ciudad de Drebung, para continuar por el circuito de Lingkhor. Dejamo s atr&aacute;s el Potala &mdash;que me pareci&oacute; menos atractivo que nuestro Chakpori&mdash; y atravesamos la carretera que va a la India, dejando el Kaling-chu a la izquierda y el Templo de la Serpiente a nuestra derecha. A la entrada de mi casa me vieron llegar los criados y se apresuraron a abrir las puertas. Entr&eacute; directamente en el patio, d&aacute;ndome importancia, con mi caballo y con la esperanza de no caerme de &eacute;l. Afortunadamente pude apearme con dignidad porque mientras descend&iacute; lo sujet&oacute; un criado.<br />Con toda solemnidad el mayordomo y yo intercambiamos nuestros pa&ntilde;uelos rituales.<br />&mdash; &iexcl; Bendita sea esta casa y todo lo que hay en ella, Honorable lama m&eacute;dico, se&ntilde;or nuestro! &mdash;dijo el mayordomo.<br />&mdash;Que la bendici&oacute;n de Buda, el m&aacute;s puro, el que todo lo ve, sea con vosotros y os conserve la salud.<br />&mdash;Honorable se&ntilde;or, la se&ntilde;ora de la casa me ordena que os conduzca hasta ella.<br />Y entramos (como si no pudiera haber ido solo) mientras yo me buscaba por dentro del h&aacute;bito el pa&ntilde;uelo destinado a envolver la bolsa de cuero.<br />En el piso de arriba entr&eacute; en la mejor habitaci&oacute;n de mi madre. &laquo;Nunca pude penetrar aqu&iacute; cuando no era m&aacute;s que un hijo&raquo;, pens&eacute;. Y estuve a punto de salir corriendo cuando vi que la habitaci&oacute;n estaba llena de mujeres.<br />Pero antes de que pudiera huir se dirigi&oacute; mi madre hacia m&iacute;; hizo una reverencia y me dijo:<br />&mdash;Honorable se&ntilde;or e hijo, mis amigas han venido para o&iacute;rte contar el honor que te ha concedido el Precioso Protector.<br />&mdash;Honorable madre: las reglas de mi Orden me proh&iacute;ben contar lo que el Precioso me ha dicho. El lama Mingyar Dondup me ha encargado traerte esta bolsa con hierbas y ofrecerte el pa&ntilde;uelo del saludo.<br />&mdash;Honorable lama &mdash;dijo-, estas se&ntilde;oras vienen desde muy lejos para escuchar de tus labios lo que sucede en la Casa del M&aacute;s Profundo. &iquest;Es verdad que lee revistas indias? &iquest;Y es cierto que tiene un cristal por el que mira y puede ver a trav&eacute;s de los muros de nuestras casas?<br />&mdash;Se&ntilde;ora &mdash;respond&iacute;&mdash;, s&oacute;lo soy un pobre lama m&eacute;dico reci&eacute;n llegado de una larga excursi&oacute;n por las monta&ntilde;as. No soy el m&aacute;s indicado para hablar de lo que hace el jefe de todos nosotros. S&oacute;lo he venido como mensajero.<br />Una joven se acerc&oacute; a m&iacute; y me dijo:<br />&mdash;&iquest;No te acuerdas de m&iacute;? &iexcl;Soy Yaso!<br />A decir verdad, apenas pod&iacute;a reconocerla, pues se hab&iacute;a desarrollado mucho y &iexcl;estaba tan cubierta de adornos! Nueve mujeres eran demasiada complicaci&oacute;n para m&iacute;. A los hombres sab&iacute;a c&oacute;mo tratarlos, pero las mujeres me desconcertaban. Me estaban mirando como si yo fuera un jugoso manjar y ellas unos hambrientos lobos de las llanuras. S&oacute;lo hab&iacute;a una soluci&oacute;n sensata: la retirada &mdash;Honorable madre, he entregado mi mensaje y debo regresar a mis deberes. He estado enfermo y tengo mucho que hacer.<br />Hice una inclinaci&oacute;n, me volv&iacute; y me retir&eacute; lo m&aacute;s dignamente que pude.<br />El mayordomo hab&iacute;a vuelto a su trabajo y uno de los criados me sac&oacute; el caballo.<br />&mdash;Ay&uacute;dame a montar y ten cuidado porque hace poco que me part&iacute; un brazo y un hueso del hombro y no me puedo manejar solo.<br />El criado abri&oacute; la puerta y emprend&iacute; la marcha en el momento en que mi madre sal&iacute;a al balc&oacute;n y me gritaba algo. El caballo blanco torci&oacute; a la izquierda para que pudi&eacute;ramos ir en el sentido de las manecillas del reloj por la carretera circular de Lingkhor. Fui lo m&aacute;s lentamente posible, pues no quer&iacute;a regresar tan pronto.<br />Una vez de nuevo en nuestra lamaser&iacute;a, me present&eacute; al lama Mingyar Dondup. Me mir&oacute; fijamente.<br />&mdash;Pero, Lobsang, &iquest;acaso te han perseguido por la ciudad todos los fantasmas errantes? Traes cara de asustado.<br />&mdash; Imag&iacute;nate, Maestro. Mi madre ten&iacute;a all&iacute; a todas sus amigas esperando que les contase todo lo que yo supiera del M&aacute;s Profundo y todo lo que me dijo cuando hable con El. Entonces le dije que las reglas de la Orden me prohib&iacute;an contarlo. Y me escap&eacute; mientras a&uacute;n era tiempo. &iexcl;Qu&eacute; horror, tantas mujeres con la vista clavada en m&iacute;!<br />Mi Gu&iacute;a se ri&oacute; a carcajadas, y cuanto mayor era mi gesto de asombro, m&aacute;s se re&iacute;a.<br />&mdash;El Dalai Lama quer&iacute;a saber si te hab&iacute;as adaptado de verdad a nuestra vida o si a&uacute;n echabas de menos tu casa.<br />La vida lam&aacute;stica hab&iacute;a trastornado mis valores sociales y las mujeres me resultaban ya criaturas extra&ntilde;as (y a&uacute;n lo siguen siendo para m&iacute;).<br />&mdash;Mi casa es &eacute;sta. No, no quiero volver a la Casa de mi Padre. Me produce un grand&iacute;simo malestar ver a todas esas mujeres pintadas, con tantas cosas en el cabello y mir&aacute;ndome como un carnicero puede mirar a un cordero. Adem&aacute;s, chillan como condenadas; y &mdash;baj&eacute; la voz hasta un mu rmullo &mdash; &iexcl;qu&eacute; horribles son sus colores astrales! &iexcl;Sus auras son espantosas!<br />En fin, Honorable lama Gu&iacute;a, no hablemos de esto.<br />Durante varios d&iacute;as me estuvieron gastando bromas sobre mi visita.<br />Me dec&iacute;an: &laquo;&iexcl; Parece mentira, Lobsang, dejarte asustar por unas cuantas mujeres!&raquo; O bien: &laquo;Lobsang, tienes que ir a casa de tu Honorable Madre porque da una fiesta y necesita que sus amigas se entretengan.&raquo; A la ma&ntilde;ana siguiente me dijeron que el Dalai Lama ten&iacute;a un gran inter&eacute;s en verme de nuevo y hab&iacute;a dispuesto que me enviaran a mi casa cuando mi madre d ie ra una de sus numerosas fiestas de sociedad. Nadie obstaculizaba las decisiones del M&aacute;s Profundo. Todos le quer&iacute;amos, no s&oacute;lo como dios en la tierra, sino como el verdadero hombre que era. Desde luego ten&iacute;a un car&aacute;cter un poco fuerte, pero tambi&eacute;n era fuerte el m&iacute;o y nunca dejaba que sus gustos personales interfiriesen en sus deberes de Estado. Ni se irritaba m&aacute;s de unos minutos seguidos. Era la Cabeza suprema del Estado y de la Iglesia.</p><p>CAP&Iacute;TULO DECIMOCUARTO.</p><p>USANDO EL TERCER OJO.</p><p>Una ma&ntilde;ana en que me hallaba con el esp&iacute;ritu en calma, y pregunt&aacute;ndome c&oacute;mo emplear&iacute;a una media hora que me sobraba antes de la funci&oacute;n religiosa siguiente, se me acerc&oacute; el lama Mingyar Dondup.<br />&mdash;Vamos a pasear un poco, Lobsang. Tengo que encomendarte un peque&ntilde;o trabajo.<br />Me alegr&oacute; poder pasar un rato con mi Gu&iacute;a y estuve listo enseguida.<br />Cuando sal&iacute;amos del Templo, un gato nos dio grandes muestras de afecto y no pudimos librarnos de &eacute;l en un buen rato. Era un gato enorme. En tibetano llamamos al gato shi-mi. Satisfecho por la acogida que le hab&iacute;amos hecho sigui&oacute; junto a nosotros hasta la mitad de la pendiente de la Monta&ntilde;a de Hierro. Entonces record&oacute;, seguramente, que hab&iacute;a dejado sin vigilancia las joyas y regres&oacute; a gran velocidad.<br />Los gatos de nuestros templos no eran s&oacute;lo un adorno, sino fieros guardianes de los montones de piedras preciosas que hab&iacute;a en torno a las im&aacute;genes sagradas. En las casas particulares tibetanas ten&iacute;an perros guardianes, tremendos mastines capaces de tumbar a un hombre en un momento y destrozarlo; pero estos perros pueden ser dominados con habilidad y es posible alejarlos por diversos medios. En cambio, los gatos, si empezaban a atacar, no hab&iacute;a manera de librarse de ellos. S&oacute;lo su muerte pod&iacute;a interrumpir el ataque. Eran de la raza que suele llamarse &laquo;siamesa&raquo;. Por el fr&iacute;o del T&iacute;bet, esos gatos son casi negros. En los pa&iacute;ses c&aacute;lidos, seg&uacute;n me han dicho, los gatos siameses son blancos, pues la temperatura influye en su color.<br />Ten&iacute;an los ojos azules y muy largas las patas traseras, d&aacute;ndoles esta caracter&iacute;stica un extra&ntilde;o andar. Sus colas son largas y como l&aacute;tigos. Y sus voces son impresionantes. No hay en el mundo otros gatos que tengan esa voz. Su volumen y su riqueza de tonos son de una incre&iacute;ble variedad.<br />Estos gatos, cuando estaban de servicio en el templo, eran unos estupendos vigilantes, siempre alerta y movi&eacute;ndose continuamente con pasos silenciosos, como misteriosas sombras. Si alguien intentaba llegar hasta los montones de joyas &mdash;que no estaban guardadas por ning&uacute;n otro medio&mdash;, un gato saltaba del sitio m&aacute;s inesperado, quiz&aacute; de lo alto de una imagen, y ca&iacute;a sobre el brazo del ladr&oacute;n. Si &eacute;ste no consegu&iacute;a huir inmediatamente (y para ello tendr&iacute;a que llevarse encima al felino), otro gato le ca&iacute;a en la garganta.<br />Y t&eacute;ngase en cuenta que estos gatos tienen garras de doble longitud que los gatos corrientes. A los perros se les puede alejar con un palo o envenenar o bien sujetarlos. Pero a nuestros gatos siameses no hay manera de quit&aacute;rselos de encima. Cuando luchan con los m&aacute;s fieros mastines los ponen en fuga a los pocos minutos. Mientras estaban de servicio, s&oacute;lo pod&iacute;an acercarse a ellos los que los conoc&iacute;an &laquo;personalmente&raquo;.<br />Continuando nuestro paseo, seguimos por la carretera hasta doblar a la derecha por el Pargo Kaling. Dejamos atr&aacute;s el pueblo de Sh&oacute;. Pasamos por el Puente de la Turquesa y torcimos a la derecha, en el sitio llamado la Casa de Doring. As&iacute; llegamos junto a la antigua Misi&oacute;n China. Entonces me dijo el lama Mingyar Dondup:<br />&mdash;Ha llegado una nueva Misi&oacute;n china, como ya te he dicho. Vamos a ver qu&eacute; clase de gente es &eacute;sta.<br />Mi primera impresi&oacute;n fue muy desfavorable. Aquellos hombres se mov&iacute;an con arrogancia por dentro de la casa deshaciendo su equipaje. Tra&iacute;an armas suficientes para equipar a un peque&ntilde;o ej&eacute;rcito. Por ser yo entonces todav&iacute;a un ni&ntilde;o, pod&iacute;a &laquo;investigar&raquo; con mucha mayor libertad que los adultos. Con toda tranquilidad me acerqu&eacute; a una ventana abierta, y as&iacute; estuve un rato hasta que uno de los chinos se fij&oacute; en m&iacute;. Lanz&oacute; una maldici&oacute;n en chino, expresando serias dudas sobre la honradez de mis antepasados.<br />En cambio, no parec&iacute;a dudar de cu&aacute;l iba a ser mi futuro, porque se dispuso a arrojarme a la cabeza lo primero que encontr&oacute; a mano. Pero me apart&eacute; y el hombre qued&oacute; desconcertado. En unos segundos me hab&iacute;a perdido de vista.<br />&mdash;Las auras de esa gente son terriblemente rojas.<br />Durante todo el camino de regreso, el lama Mingyar Dondup fue muy pensativo. Horas despu&eacute;s, cuando terminamos de cenar, me dijo:<br />&mdash;He estado meditando acerca de esos chinos. Voy a proponerle al Dalai Lama que empleemos nuestras facultades especiales. &iquest;Te consideras capaz de observarlos oculto detr&aacute;s de un biombo?<br />&mdash;Si crees que puedo hacerlo, Maestro, sin duda alguna podr&eacute; hacerlo.<br />El d&iacute;a siguiente no pude ver a mi Gu&iacute;a, pero al otro me dio clase por la ma&ntilde;ana, como de costumbre; y despu&eacute;s del almuerzo me dijo:<br />&mdash;Esta tarde vamos a dar un paseo, Lobsang. Aqu&iacute; tienes un pa&ntilde;uelo de primera calidad; as&iacute; que no necesitas de tu clarividencia para saber ad&oacute;nde iremos. Te doy diez minutos para que te prepares y luego ven a reunirte conmigo en mi habitaci&oacute;n. Yo antes he de ver al Abad.<br />Descendimos de nuevo la Monta&ntilde;a de Hierro por aquella senda tan pendiente y escabrosa. Tomamos un atajo y llegamos muy pronto al Norbu Linga. Al Dalai Lama le gustaba mucho este Parque de la Joya y pasaba all&iacute; casi todo su tiempo libre. El Potala era un sitio magn&iacute;fico por fuera, pero en su interior resultaba la atm&oacute;sfera demasiado cargada con tanto incienso y tanto humo de lamparillas. Durante siglos hab&iacute;a estado cayendo la grasa de las lamparillas en el suelo y era frecuente que los solemnes lamas se dieran formidables resbalones que los dejaban en rid&iacute;culo. Como es natural, el Dalai Lama no quer&iacute;a exponerse a dar tan risible espect&aacute;culo y por eso se quedaba en los jardines todo el tiempo que pod&iacute;a.<br />El Parque de la Joya estaba rodeado por una cerca de piedra de unos tres metros de altura. El parque tiene s&oacute;lo un siglo. Dentro hay un palacio con torrecillas de oro y consiste en tres edificios donde se realiza el trabajo oficial. El recinto interior, formado por otro muro de piedra, era el jard&iacute;n privado del Dalai Lama. Se ha dicho que los altos funcionarios no pod&iacute;an penetrar en ese recinto, pero esto no es cierto. Yo he estado all&iacute; unas treinta veces y s&eacute; lo que digo. Hab&iacute;a en el parque un lago artificial con dos islas, en cada una de las cuales se elevaba una casa de verano. El Dalai Lama pasaba mucho tiempo en estas casas y meditaba muchas horas. Dentro del parque hab&iacute;a un cuartel donde se alojaban unos quinientos hombres, que constitu&iacute;an la guardia personal del Dalai Lama.<br />A aquel lugar era adonde me conduc&iacute;a el lama Mingyar Dondup. Era mi primera visita al parque. Cruzamos una puerta muy ornamental que daba entrada al Recinto privado. Una gran variedad de aves picoteaban en el suelo en busca de comida. No se asustaron. Ni uno de estos p&aacute;jaros sali&oacute; volando; m&aacute;s bien parec&iacute;an esperar que nosotros nos desvi&aacute;semos para no molestarlos. El lago era de lo m&aacute;s pl&aacute;cido y liso, como la superficie de un espejo de metal muy bien pulido. La vereda de piedra estaba reci&eacute;n blanqueada y por ella fuimos hasta la m&aacute;s alejada de las dos islas, donde el M&aacute;s Profundo parec&iacute;a sumido en importante meditaci&oacute;n. Al acercarnos, levant&oacute; la vista y nos sonri&oacute;. Nos arrodillamos, pusimos los pa&ntilde;uelos sobre sus pies y nos dijo que nos sent&aacute;semos frente a &eacute;l. Toc&oacute; una campanilla para que sirviesen el t&eacute;, sin el cual no empezar&aacute; una conversaci&oacute;n seria ning&uacute;n tibetano.<br />Mientras esper&aacute;bamos, me habl&oacute; de las diferentes clases de animales que ten&iacute;a en el parque y me prometi&oacute; ense&ntilde;&aacute;rmelos m&aacute;s tarde.<br />Por fin lleg&oacute; el t&eacute;. En cuanto se alej&oacute; el lama que lo hab&iacute;a tra&iacute;do, me dijo el Dalai Lama:<br />&mdash;Mi buen amigo Mingyar me dice que no te gustan los colores &aacute;uricos de la Delegaci&oacute;n china. Dice tambi&eacute;n que traen muchas armas. Nunca has fallado en las pruebas de clarividencia. Dime, &iquest;qu&eacute; opinas de esos hombres?<br />Aquello me molestaba. No me gustaba contar &mdash;excepto a mi Gu&iacute;a&mdash; lo que ve&iacute;a en las auras y lo que significaban para m&iacute;. Yo ten&iacute;a la convicci&oacute;n de que si una persona no &laquo;ve&iacute;a&raquo; por s&iacute; misma era que tampoco deb&iacute;a enterarse. Pero &iquest;c&oacute;mo pod&iacute;a decirle aquello al Jefe del Estado? Sobre todo si &eacute;ste no era clarividente.<br />&mdash;Honorable Precioso Protector &mdash;dije por fin&mdash;, no estoy dotado para leer las auras de los extranjeros. Mi opini&oacute;n no tendr&iacute;a valor alguno.<br />De nada me sirvi&oacute; esta respuesta, pues el M&aacute;s Profundo me dijo en seguida:<br />&mdash;Como poseedor de talentos muy especiales, perfeccionados por las Artes de nuestros Antiguos, es tu deber decir lo que sepas. Te hemos preparado para ello. De modo que di lo que sepas.<br />&mdash;Honorable Precioso Protector, esos hombres tienen malas intenciones.<br />El color de sus auras revela que son traidores.<br />S&oacute;lo dije eso. El Dalai Lama pareci&oacute; satisfecho.<br />&mdash;Bien, me has dicho lo mismo que a Mingyar. Ma&ntilde;ana te ocultar&aacute;s detr&aacute;s del biombo y observar&aacute;s mientras est&aacute;n aqu&iacute; los miembros de la Misi&oacute;n china. Has de tener la absoluta seguridad, comprendes? Esc&oacute;ndete ahora para ver si nadie podr&iacute;a darse cuenta de que est&aacute;s ah&iacute; dentro.<br />La prueba demostr&oacute; que se me ve&iacute;a un poco. Los leones chinos fueron movidos levemente y por fin qued&eacute; bien oculto.<br />Entraron unos lamas como si fueran la Delegaci&oacute;n china. Trataban de localizarme. Sorprend&iacute; los pensamientos de uno de ellos. &laquo; si lo descubro me ascender&aacute;n! Pero estaba mirando para el lado contrario a donde yo me hallaba. El Dalai Larna, satisfecho, me hizo salir de mi escondite y me dijo que me presentase all&iacute; al d&iacute;a siguiente, que era cuando le visitar&iacute;a la Misi&oacute;n china con el objeto de hacerle firmar un tratado. Mi Gu&iacute;a y yo regresamos a nuestra lamaser&iacute;a.<br />El d&iacute;a siguiente, hacia las once de la ma&ntilde;ana, volvimos al Recinto privado.<br />El Dalai Lama me sonri&oacute; y orden&oacute; que me dieran de comer antes de esconderme. Nos trajeron al lama Mingyar Dondup y a m&iacute; unos excelentes manjares, algo que hab&iacute;an importado de la India en latas. No s&eacute; lo que era, pero me encant&oacute; variar de mi dieta, siempre igual: tsampa, t&eacute; y nabos. Bien fortalecido con esta comida, me encontraba dispuesto a soportar varias horas de inmovilidad en mi escondite. Para m&iacute; y para cualquier lama la absoluta inmovilidad es algo sin importancia. Para la meditaci&oacute;n nos pas&aacute;bamos horas enteras sin movernos en absoluto. Por ejemplo, era corriente que me pusieran una l&aacute;mpara en la cabeza y ten&iacute;a que permanecer inm&oacute;vil en la actitud del loto hasta que se apagaba la l&aacute;mpara por s&iacute; sola. Esto pod&iacute;a durar unas doce horas. As&iacute; que las tres o cuatro horas que se me ped&iacute;an ahora nada significaban para m&iacute;.<br />Frente a m&iacute; se sent&oacute; el Dalai Lama en la actitud del loto, en su trono situado a dos metros del suelo. Tanto &eacute;l como yo est&aacute;bamos completamente inm&oacute;viles. De pronto sonaron por los pasillos unos gritos soeces y muchas exclamaciones en chino. Despu&eacute;s supe que les hab&iacute;an descubierto unos bultos sospechosos debajo de las t&uacute;nicas y, al registrarlos, les hab&iacute;an sacado muchas armas. Por fin los dejaron entrar. Acompa&ntilde;ados por los guardias del Dalai Larna entraron en el Recinto privado. Un alto lama entonaba:<br />&laquo;Orn! Ma-ni pad-me Hum!&raquo; Y los chinos en vez de repetir el mismo mantra como ordena la cortes&iacute;a usaron la forma china: &laquo;0-mi-t&oacute;-fo&raquo; (que significa:<br />&laquo; oh Amida Buda!&raquo;). En seguida pens&eacute;: En fin, Lobsang, tu tarea es f&aacute;cil. Esta gente ense&ntilde;a sus verdaderos colores.<br />Desde mi escondite observaba la oscilaci&oacute;n de sus auras, su brillo opalescente y su color rojo sucio. Estaban claros sus pensamientos de odio, que giraban como un torbellino. Se ve&iacute;an unas franjas y estr&iacute;as de colores desagradables; no las tonalidades puras y claras de los pensamientos elevados, sino las insanas de aquellos cuyas fuerzas vitales se dedican al materialismo y a la maldad. Eran de esas personas de las que se dice: &laquo;Sus palabras eran limpias, pero sus pensamientos eran sucios.&raquo; Tambi&eacute;n contempl&eacute; al Dalai Lama. Sus colores indicaban tristeza. Y estaba triste porque recordaba su visita a China. Todo lo que ve&iacute;a en el M&aacute;s Profundo me gustaba. Ha sido el mejor gobernante que ha tenido el T&iacute;bet.<br />Es cierto que ten&iacute;a mal genio y cuando se irritaba se le pon&iacute;a el aura de un rojo vivo; pero en nuestra historia quedar&aacute; como el Dalai Lama que con m&aacute;s devoci&oacute;n ha servido a su pa&iacute;s. Desde luego, yo le ten&iacute;a un gran afecto y s&oacute;lo hab&iacute;a una persona a quien estimase m&aacute;s que a &eacute;l: el larna Mingyar Dondup, por quien sent&iacute;a m&aacute;s afecto.<br />La entrevista no condujo a nada positivo, ya que aquellos hombres no iban como amigos, ni de buena fe. S&oacute;lo pensaban en salirse con la suya, sin importarles los medios. Quer&iacute;an territorios, quer&iacute;an dirigir la pol&iacute;tica del T&iacute;bet y... &iexcl;quer&iacute;an oro!. Esto &uacute;ltimo era lo que m&aacute;s les atra&iacute;a desde hac&iacute;a muchos a&ntilde;os. En el T&iacute;bet hay cientos de toneladas de oro, pero lo consideramos como un metal sagrado. Seg&uacute;n nuestras creencias, la tierra queda maldita si se saca de ella el oro; de modo que se le deja en los yacimientos.<br />S&oacute;lo se pueden coger algunas pepitas que arrastran los r&iacute;os. He visto oro en la regi&oacute;n de Chang Tang, a la orilla de r&aacute;pidas corrientes, lo mismo que se ve arena a la orilla de cualquier r&iacute;o. Esas pepitas &mdash;o &laquo;arena&raquo;&mdash; las fund&iacute;amos para hacer adornos de los templos. Para nosotros, el oro es metal sagrado para usos tambi&eacute;n sagrados. Incluso las lamparillas las hacemos de oro. Desgraciadamente, el metal es tan blando que esos objetos se retuercen con mucha facilidad.<br />El T&iacute;bet tiene una extensi&oacute;n ocho veces mayor que la de las Islas Brit&aacute;nicas.<br />Grandes zonas est&aacute;n a&uacute;n sin explorar, pero en mis viajes con el lama Mingyar Dondup he visto que tenemos oro, plata y uranio. Nunca hemos permitido que los occidentales exploren nuestro terreno a causa de la vieja leyenda: &laquo;A donde va el hombre de Occidente all&iacute; hay guerra.&raquo; El lector debe recordar cuando lea &laquo;trompetas de oro&raquo;, &laquo;platos de oro&raquo;, &laquo;cuerpos cubiertos de oro&raquo;, que el oro es un metal muy abundante en el T&iacute;bet y que no se considera como un metal precioso, sino sagrado. El T&iacute;bet podr&iacute;a ser uno de los grandes almacenes del mundo si la Humanidad trabajase al un&iacute;sono para lograr la paz en vez de esforzarse tan in&uacute;tilmente por conquistar el poder.<br />Una ma&ntilde;ana entr&oacute; a verme el lama Mingyar Dondup cuando yo copiaba un viejo manuscrito.<br />&mdash;Lobsang, tendr&aacute;s que dejar eso por ahora. El Precioso ha enviado a buscarnos. Tenemos que ir al Norbu Linga, y los dos juntos, ocultos, hemos de analizar los colores de un extranjero que ha llegado del mundo occidental.<br />Tenemos que darnos mucha prisa porque el M&aacute;s Profundo quiere vernos y hablar con nosotros antes. Esta vez no habr&aacute; pa&ntilde;uelos ni ceremonias.<br />Es muy urgente.<br />Le mir&eacute; un instante y enseguida me puse en movimiento.<br />&mdash;S&oacute;lo el tiemp o de ponerme una t&uacute;nica limpia, Honorable Maestro.<br />No tard&eacute; en arreglarme. Caminamos a toda prisa y llegamos a las puertas de Norbu Linga o Parque de la Joya. Los guardias se dispon&iacute;an a alejarnos cuando reconocieron al lama Mingyar Dondup. Cambiaron de actitud inmediatamente. Nos llevaron al Jard&iacute;n Interior, donde se hallaba el Dalai Lama. Me desconcertaba no tener ning&uacute;n pa&ntilde;uelo que ofrecerle y no sab&iacute;a c&oacute;mo acercarme a &eacute;l. Pero el M&aacute;s Profundo nos mir&oacute; sonriente y dijo:<br />&mdash;Si&eacute;ntate, Mingyar, y t&uacute; tambi&eacute;n, Lobsang. Veo que os hab&eacute;is dado mucha prisa.<br />Nos sentamos y esperamos a que El nos dijese lo que deseaba de nosotros.<br />Estuvo meditando un buen rato, como si ordenase sus pensamientos en determinado orden de batalla. Por fin dijo:<br />&mdash;Hace alg&uacute;n tiempo, el Ej&eacute;rcito de los B&aacute;rbaros Rojos (los ingleses) invadi&oacute; nuestra sagrada tierra. Me march&eacute; a la India y desde all&iacute; emprend&iacute; otros largos viajes. En el A&ntilde;o del Perro de Hierro (1910) los chinos nos invadieron como resultado directo de la invasi&oacute;n brit&aacute;nica. De nuevo me refugi&eacute; en la India y all&iacute; conoc&iacute; al hombre que veremos hoy aqu&iacute;. Cuento todo esto por ti, Lobsang, ya que Mingyar estaba conmigo. Los ingleses hicieron promesas que no cumplieron. Ahora quiero saber si este hombre habla con una lengua o con dos, si es sincero o hay doblez en &eacute;l. T&uacute;, Lobsang, no entiendes su idioma y as&iacute; estar&aacute;s libre de toda influencia. Desde esa ventana cubierta con una celos&iacute;a podr&aacute;s observarlo tranquilamente. Tu presencia no ser&aacute; descubierta. Anotar&aacute;s tus impresiones sobre los colores astrales del extranjero, como te ha ense&ntilde;ado tu Gu&iacute;a, que tanto te elogia siempre. Ind&iacute;cale d&oacute;nde ha de ocultarse, Mingyar, ya que Lobsang est&aacute; m&aacute;s acostumbrado a ti que a m&iacute;... Es m&aacute;s, &iexcl;estoy convencido de que consideras a Mingyar Dondup superior al propio Dalai Lama!<br />Oculto detr&aacute;s de la celos&iacute;a, estaba ya cansado de esperar &mdash;aunque no fisicamente&mdash; y me entreten&iacute;a mirando al jard&iacute;n, a los p&aacute;jaros, a las ramas de los &aacute;rboles movidas por la brisa... E incluso tomaba de vez en cuando, temiendo que alguien me sorprendiera, alg&uacute;n bocado de la tsampa que llevaba en la t&uacute;nica. Las nubes navegaban majestuosamente por el cielo y pensaba en lo mucho que me gustar&iacute;a sentir el balanceo de una de aquellas enormes cometas de Tra Yerpa y o&iacute;r el silbido del viento rozando la seda y sacudiendo la cuerda. De pronto, me sobresalt&oacute; un gran ruido, y por un momento llegu&eacute; a creer que efectivamente me encontraba en una cometa y que me hab&iacute;a quedado dormido y que me hab&iacute;a estrellado contra el suelo.<br />Pero se trataba sencillamente de la puerta del Recinto privado que acababan de abrir. Unos lamas de dorado h&aacute;bito preced&iacute;an a un ser de extraordinario aspecto. Hube de contenerme para no soltar una carcajada. Era un hombre alto y delgado, de rostro p&aacute;lido, cabello blanco y ojos hundidos, con una boca fina y de expresi&oacute;n dura. Pero lo que me impresionaba de &eacute;l &mdash;con una c&oacute;mica impresi&oacute;n, desde luego&mdash; era su absurdo traje. Era un extra&ntilde;o atav&iacute;o de tela azul y con unas filas de redondelitos brillantes. Por lo visto, alg&uacute;n sastre muy inexperto le hab&iacute;a hecho la ropa, pues el cuello le quedaba tan ancho que ten&iacute;a que cruz&aacute;rselo por delante. Adem&aacute;s a los lados llevaba como unos parches que supuse ser&iacute;an remiendos simb&oacute;licos semejantes a los que nosotros llev&aacute;bamos para imitar la humilde vestimenta de Buda. Los bolsillos occidentales nada significaban para m&iacute; en aquella &eacute;poca, ni las solapas, ni las dem&aacute;s caracter&iacute;sticas de los trajes de Occidente.<br />En el T&iacute;bet, todos los que no necesitan realizar trabajos manuales llevan unas largas mangas que les ocultan las manos. Aquel hombre ten&iacute;a unas mangas rid&iacute;culamente cortas que s&oacute;lo le llegaban a la mu&ntilde;eca. &laquo;Sin embargo, no puede ser un labrador &mdash;me dije&mdash;, pues sus manos son demasiado suaves. Quiz&aacute; no sepa c&oacute;mo debe vestir un hombre de elevada condici&oacute;n.<br />Pero lo m&aacute;s chocante era que la t&uacute;nica de aquel individuo terminaba donde sus piernas se un&iacute;an al tronco. Aquello lo atribu&iacute;a pobreza. El desgraciado no podr&iacute;a permitirse utilizar m&aacute;s tela. Y los pantalones, ce&ntilde;idos disparatadamente a las piernas y demasiado largos, ten&iacute;an los extremos inferiores doblados. &laquo; molesto y avergonzado se debe de sentir al presentarse as&iacute; ante el M&aacute;s Profundo! Supongo que alguien de su misma estatura le prestar&aacute; alg&uacute;n traje decente.&raquo; Y entonces le mir&eacute; los pies. Llevaba en ellos unas cosas negras brillantes, como si estuvieran cubiertas de hielo. No eran botas de fieltro como las usadas por nosotros. De todo lo que hab&iacute;a visto hasta entonces en mi vida me hab&iacute;a asombrado tanto como aquel calzado.<br />Casi autom&aacute;ticamente fui anotando los colores que ve&iacute;a y la interpretaci&oacute;n que iba d&aacute;ndoles. A ratos el hombre hablaba en tibetano, bastante bien para ser un extranjero, pero en seguida volv&iacute;a a expresarse en su idioma, una notable serie de sonidos que yo no hab&iacute;a o&iacute;do en mi vida. Cuando volv&iacute; a ver al Dalai Lama, aquella misma tarde, me explic&oacute; que este galimat&iacute;as se llamaba ingl&eacute;s.<br />El extranjero me asombr&oacute; al meter la mano en uno de esos parches laterales de su corta t&uacute;nica y sacar de &eacute;l un trozo de tela blanca. Cuando a&uacute;n no me hab&iacute;a repuesto de la impresi&oacute;n de verle ejecutar este irrespetuoso movimiento delante del Dalai Lama, me sobresalt&oacute; con algo a&uacute;n m&aacute;s extraordinario:<br />se llev&oacute; el trapo blanco a la nariz y a la boca e hizo un ruido como de trompetilla. Pens&eacute;: &ldquo;Este debe de ser un saludo que los occidentales reservan para el Dalai Lama.&rdquo; Terminado el curioso saludo, el extranjero volvi&oacute; a guardarse el trapo cuidadosamente en el mismo parche lateral.<br />Luego meti&oacute; la mano en otros parches semejantes que llevaba en diversos sitios y sac&oacute; unos papeles de una clase que nunca hab&iacute;a visto yo: blanco, fino, y brillante, no como el nuestro, que era basto, grueso y rugoso. &laquo;&iquest;c&oacute;mo podr&aacute;n escribir en eso? &mdash;me pregunt&eacute; yo&mdash;. &iquest;C&oacute;mo podr&aacute;n raspar con fuerza sin romperlo?&raquo; Entonces, el extranjero sac&oacute; del interior de su media t&uacute;nica un palito de madera pintada con algo en el centro que parec&iacute;a holl&iacute;n.<br />Apoy&oacute; este instrumento en el papel y empez&oacute; a moverlo. Supuse que no sab&iacute;a escribir, que imitaba con la nariz el sonido de una trompetilla, que ni siquiera pod&iacute;a sentarse como las dem&aacute;s personas... Para colmo, no se estaba quieto y hac&iacute;a un movimiento extra&ntilde;&iacute;simo cruzando y descruzando las piernas. Hubo un momento en que llegu&eacute; a horrorizarme. El hombre le vant&oacute; la punta de uno de sus pies de modo que apuntaba con ella al Dalai Lama, terrible insulto que no se perdonar&iacute;a a un tibetano. Pero debi&oacute; de darse cuenta, porque se apresur&oacute; a descruzar las piernas.<br />A pesar de esta serie de faltas de respeto, el Dalai Lama trataba a este individuo con toda consideraci&oacute;n. Con gran estupefacci&oacute;n m&iacute;a, el propio Dalai Lama se sent&oacute; en otra de aquellas sillas y dej&oacute; colgar las piernas hasta el suelo. El visitante ten&iacute;a un nombre rar&iacute;simo. Se llamaba Instrumento Musical Femenino&rsquo; (ahora le llamar&iacute;a C. A. BelI). Sus colores &aacute;uricos me indicaron que su Salud era muy precaria, probablemente debido a que viv&iacute;a en un clima que no le sentaba bien. Deduje que el hombre quer&iacute;a sinceramente ayudarnos, pero sus colores revelaban tambi&eacute;n que tem&iacute;a incurrir en el enojo de su Gobierno y que &eacute;ste tomase contra &eacute;l alguna medida que afectara al importe de la pensi&oacute;n que hab&iacute;a de pagarle durante los a&ntilde;os que le restasen de vida cuando dejase de trabajar. Vi que deseaba tomar una actitud, pero que su Gobierno no se lo permit&iacute;a, de manera que se ve&iacute;a obligado a decir una cosa y esperar que la cosa contraria &mdash;lo que &eacute;l hab&iacute;a intentado hacer aceptar a su Gobierno&mdash; resultase con el tiempo la m&aacute;s acertada.<br />Luego vi que sab&iacute;amos muchas cosas sobre este m&iacute;ster Bell: la fecha de su nacimiento, y muchos momentos cumbres de su carrera, lo cual nos servir&iacute;a para montar su hor&oacute;scopo. Los astr&oacute;logos descubrieron que Bell hab&iacute;a vivido en el T&iacute;bet en encarnaciones anteriores y que durante su vida anterior hab&iacute;a expresado su deseo de reencarnar en el Occidente con la esperanza de contribuir a un entendimiento entre Oriente y Occidente. Hace poco tiempo me dijeron que ha contado esto mismo en un libro que ha escrito.<br />Hemos llegado a la conclusi&oacute;n de que si este hombre hubiera podido influir en su Gobierno en el sentido que &eacute;l quer&iacute;a, no habr&iacute;a llegado a producirse la invasi&oacute;n comunista de mi pa&iacute;s. Sin embargo, las predicciones hab&iacute;an dicho que esta invasi&oacute;n se producir&iacute;a, y las predicciones nunca se equivocan.<br />Seg&uacute;n parece, el Gobierno ingl&eacute;s estaba muy alarmado porque sospechaba que el T&iacute;bet hab&iacute;a celebrado tratados con Rusia. Esto no es digno de los ingleses. Gran Breta&ntilde;a no quer&iacute;a llegar a ning&uacute;n acuerdo con el T&iacute;bet y, por otra parte, quer&iacute;a impedir que el T&iacute;bet se hiciera otros amigos. Todo el mundo pod&iacute;a firmar tratados de amistad, comerciales, o de mutua defensa, menos nosotros; y ante la sospecha de que hubi&eacute;semos llegado a hacerlo, Gran Breta&ntilde;a se propon&iacute;a invadirnos o estrangulamos, lo mismo daba. Este Mr. Bell, que nos conoc&iacute;a bien, estaba convencido de que no nos interesaba alia rnos con ning&uacute;n pa&iacute;s. S&oacute;lo dese&aacute;bamos que nos dejasen solos, que nos dejasen vivir la vida a nuestro modo. Los extranjeros no nos hab&iacute;an tra&iacute;do sino p&eacute;rdidas, trastornos y penalidades.<br />Al M&aacute;s Profundo le agradaron las observaciones y comentarios que le hice, siguiendo mis anotaciones, cuando el extranjero se hubo marchado.<br />&iexcl;Pero aquello s&oacute;lo sirvi&oacute; para que el Dalai Lama se convenciera de la necesidad de hacerme trabajar m&aacute;s!<br />&mdash;S&iacute;, s&iacute;, Lobsang &mdash;exclam&oacute;&mdash;, hemos de hacerte trabajar mucho m&aacute;s. As&iacute; estar&aacute;s mejor preparado cuando viajes por los pa&iacute;ses extranjeros.<br />Te aplicaremos m&aacute;s tratamiento hipn&oacute;tico para que almacenes todos los conocimientos que nosotros poseemos ahora.<br />&mdash;Toc&oacute; la campanilla y acudi&oacute; uno de sus lamas-ayudantes&mdash;. &iexcl;Que venga Mingyar Dondup inmediatamente!<br />Unos minutos despu&eacute;s se present&oacute; mi Gu&iacute;a. Ven&iacute;a con toda calma. Por nada del mundo se apresuraba aquel hombre. Y el Dalai Lama, que lo trataba como un amigo &iacute;ntimo, no le dio prisa. Mi Gu&iacute;a se sent&oacute; junto a m&iacute;, frente al Precioso. Lleg&oacute; a toda prisa un ayudante con t&eacute; y &laquo;cosas de la India &raquo;. Cuando nos hubimos sentado, el Dalai Lama dijo:<br />&mdash;Mingyar, has acertado; este muchacho tiene talento. Pero a&uacute;n se puede perfeccionar m&aacute;s y debe desarrollarse. Toma todas las medidas que estimes convenientes para que est&eacute; preparado lo mejor y m&aacute;s pronto posible.<br />Emplea todos los recursos de que disponemos, ya que, como se nos ha advertido tantas veces, vendr&aacute;n malos tiempos para nuestro pa&iacute;s y debemos disponer de alguien que est&eacute; en condiciones de compilar el Archivo de las Antiguas Artes.<br />As&iacute;, tuve que aprovechar a&uacute;n m&aacute;s el tiempo. A veces, me sacaban de mis estudios para que interpretase los colores de alguna persona: un abad de alguna lejana lamaser&iacute;a, alg&uacute;n dirigente pol&iacute;tico de una provincia no menos distante... Fui uno de los m&aacute;s asiduos visitantes del Potala y del Norbu Linga. En el primero me permit&iacute;an usar a mi antojo los telescopios que tanto me distra&iacute;an, sobre todo uno de enorme tama&ntilde;o montado sobre un gran tr&iacute;pode, un telescopio astron&oacute;mico. Me pasaba muchas horas de la noche contemplando las estrellas y la Luna...<br />El lama Mingyar Dondup y yo &iacute;bamos con frecuencia a la ciudad de Lhasa para observar a los visitantes. La gran clarividencia de mi Gu&iacute;a, su amplio conocimiento de las gentes y su gran sabidur&iacute;a, le permit&iacute;an comprobar y ampliar mis interpretaciones. Era de apasionante inter&eacute;s detenerse ante el puesto de un mercader y escuchar c&oacute;mo alababa el hombre sus mercanc&iacute;as y comparar estos pregones con sus pensamientos, que para nosotros estaban tan claros como sus palabras. Adem&aacute;s, mi memoria se desarroll&oacute; mucho. Durante muchas horas escuchaba los pasajes que me le&iacute;an y luego los repet&iacute;a al pie de la letra. Para facilitar este aprendizaje me hac&iacute;an caer en trance hipn&oacute;tico mientras me le&iacute;an trozos de las m&aacute;s viejas escrituras.</p><p>CAP&Iacute;TULO DECIMOQUINTO.</p><p>EL NORTE SECRETO... Y LOS YETIS.</p><p>Por aquella &eacute;poca fuimos a las monta&ntilde;as de Chang Tang. En este libro s&oacute;lo dispongo de espacio para una breve descripci&oacute;n de esa regi&oacute;n. Para contar aquella expedici&oacute;n con la extensi&oacute;n que merece ser&iacute;an necesarios varios libros. El Dalai Lama hab&iacute;a bendecido uno por uno a los quince miembros de la expedici&oacute;n y todos partimos entusiasmados, montados en mulas; las mulas llegan a donde no llegan los caballos. Avanzamos lentamente por el Ten gri Tso y seguimos hacia los inmensos lagos de Zilling Nor y mucho m&aacute;s hacia el norte. Poco a poco escalamos la cordillera de Tangla y llegamos por fin a un territorio absolutamente inexplorado. Es dif&iacute;cil decir el tiempo que tardamos, ya que el tiempo nada significaba para nosotros. No ten&iacute;amos por qu&eacute; apresurarnos; reserv&aacute;bamos nuestras energ&iacute;as para lo que luego hab&iacute;a de venir.<br />Aquella regi&oacute;n, cada vez era m&aacute;s elevada, me recordaba el paisaje lunar que sol&iacute;a mirar por el telescopio del Potala: interminables cadenas de monta&ntilde;as y barrancos de una profundidad insondable. Aqu&iacute; el paisaje era igual: monta&ntilde;as ligadas unas a otras, inacabablemente, y precipicios sin fondo. Avanz&aacute;bamos por este &laquo;paisaje lunar&raquo; y a cada momento se nos hac&iacute;a m&aacute;s dif&iacute;cil la marcha, hasta que las mulas no pudieron continuar. El aire rarificado las agotaba; les era imposible subir por los rocosos puertos por donde nosotros gate&aacute;bamos penosamente gracias a las cuerdas de pelo de yak. Dejamos las mulas en el sitio m&aacute;s abrigado que pudimos encontrar y con ellas se quedaron los cinco miembros m&aacute;s d&eacute;biles de la expedici&oacute;n.<br />Les proteg&iacute;a de las terribles r&aacute;fagas de viento una roca saliente que se elevaba a gran altura y a cuya base hab&iacute;a una caverna que el tiempo con su erosi&oacute;n hab&iacute;a abierto en la parte m&aacute;s blanda de la roca. Desde all&iacute; arrancaba una vereda que bajaba en precipitada pendiente hasta un valle donde crec&iacute;an, aunque esparcidos y escasos, algunos pastos con que podr&iacute;an alimentarse las mulas. Por aquella meseta corr&iacute;a un riachuelo que luego ca&iacute;a en catarata por otro precipicio que comenzaba al borde del valle. Y ca&iacute;a a centenares de metros de profundidad, tanto, que se dejaba de o&iacute;r hasta el ruido de su ca&iacute;da.<br />All&iacute; descansamos dos d&iacute;as. Nos dol&iacute;a la espalda del peso de nuestra impedimenta y parec&iacute;a como si nos fuesen a estallar los pulmones por falta de aire. Despu&eacute;s de aquel descanso, proseguimos la ascensi&oacute;n cruzando hondonadas y barrancos. Para pasar sobre algunos de &eacute;stos ten&iacute;amos que arrojar ganchos que se clavaban en el hielo y a los que hab&iacute;amos atado cuerdas con la esperanza de que no se soltaran. El que pasaba a la otra parte del precipicio ayudaba a los dem&aacute;s. A veces no pod&iacute;amos clavar los ganchos y entonces uno de nosotros se ataba la cuerda a la cintura y oscilaba como un p&eacute;ndulo para pasar al otro lado y tender desde all&iacute; la cuerda. Esto lo hac&iacute;amos por turno, pues era una tarea muy dif&iacute;cil y peligrosa. Un monje muri&oacute;. Se hab&iacute;a elevado mucho por nuestra parte del precipicio y al dejarse balancear calcul&oacute; mal el impulso y se estrell&oacute; contra el muro de enfrente con terrible fuerza, dej&aacute;ndose pedazos de la cara y del cerebro en las dentadas rocas. Rescatamos el cuerpo tirando de la cuerda, y le hicimos un funeral.<br />No pod&iacute;amos enterrar el cad&aacute;ver porque s&oacute;lo hab&iacute;a por all&iacute; rocas; de modo que le dejamos expuesto al viento, a la lluvia y a las aves. El monje a quien tocaba el turno estaba muy nervioso y le sustitu&iacute; yo. Ten&iacute;a la convicci&oacute;n de que, con las predicciones que se hab&iacute;an hecho sobre mi porvenir, nada podr&iacute;a sucederme y mi fe qued&oacute; recompensada. A pesar de la predicci&oacute;n, me balance&eacute; con mucha precauci&oacute;n y alcanc&eacute; el borde del otro lado con la mayor suavidad posible. El coraz&oacute;n me lat&iacute;a como si fuera a estallar y por fin consegu&iacute; mi objetivo. Mis compa&ntilde;eros me siguieron uno por uno.<br />En lo alto del precipicio descansamos un poco y nos hicimos t&eacute;, aunque a semejante altitud no pod&iacute;a calentarnos el t&eacute;. Algo menos cansados, volvimos a cargarnos con nuestros bultos y proseguimos hacia el coraz&oacute;n de esta terrible regi&oacute;n. Pronto llegamos a una capa de hielo &mdash;quiz&aacute;s un glaciar&mdash; y nuestro avance se hizo a&uacute;n m&aacute;s penoso. Carec&iacute;amos de botas claveteadas, de hachas para el hielo, as&iacute; como de lo dem&aacute;s que suele constituir el equipo de un monta&ntilde;ero; nuestro equipo consist&iacute;a s&oacute;lo de unas botas corrientes de fieltro, cuyas suelas estaban atadas con pelo de yak para que agarrasen mejor, y las cuerdas y ganchos imprescindibles.<br />Conviene saber que en la mitolog&iacute;a tibetana hay un infierno fr&iacute;o. El calor es una bendici&oacute;n para nosotros, de modo que como s&iacute;mbolo de mayor castigo hubo que hacer que el infierno fuera fr&iacute;o. &iexcl;Esta excursi&oacute;n por las monta&ntilde;as me demostraba lo que puede ser el fr&iacute;o!<br />Despu&eacute;s de tres d&iacute;as de este avance tan dificultoso por la helada superficie, temblando con el viento g&eacute;lido y deseando no haber visto nunca aquel lugar, nos condujo el glaciar en pendiente hasta un paso entre dos filas de gigantescas rocas. Descend&iacute;amos sin cesar, a tropezones y resbalando, hasta una profundidad incalculable. Por fin, varios kil&oacute;metros m&aacute;s all&aacute;, doblamos una arista monta&ntilde;osa y nos encontramos de pronto con una densa neblina blanca. Al principio no sab&iacute;amos si era nieve o una nube, porque se presentaba con una compacta blancura. Al acercarnos vimos que era efectivamente niebla que se deshilachaba.<br />El lama Mingyar Dondup, el &uacute;nico de nosotros que hab&iacute;a estado antes all&iacute;, sonri&oacute; satisfecho y dijo:<br />&mdash;Os veo muy moh&iacute;nos, pero deb&eacute;is alegraros porque vais a tener una sorpresa muy agradable.<br />Nada ve&iacute;amos que pudiera ser agradable: niebla, fr&iacute;o insoportable, hielo bajo nuestros pies y un cielo congelado cubri&eacute;ndolo todo. Y unas rocas con colmillos como los de la boca de un lobo, rocas que nos causaban magulladuras y ara&ntilde;azos. &iquest;A qu&eacute; placer pod&iacute;a referirse mi Gu&iacute;a?<br />Avanz&aacute;bamos envueltos en la niebla y casi arrastrando los pies sin saber ad&oacute;nde &iacute;bamos. Nos apret&aacute;bamos los h&aacute;bitos para darnos una ilusi&oacute;n de calor y jade&aacute;bamos y tembl&aacute;bamos de fr&iacute;o. De pronto nos detuvimos todos, petrificados de asombro y terror. La niebla estaba caliente, y el suelo tambi&eacute;n.<br />Los que ven&iacute;an detr&aacute;s tropezaron con nosotros. Algo tranquilizados, dentro de nuestra estupefacci&oacute;n, por la risa del lama Mingyar Dondup, reanudamos a ciegas la marcha para alcanzar al que iba en vanguardia y que avanzaba dando golpes en el suelo con su bast&oacute;n como un ciego. Empezamos a tropezar en piedras y nuestras botas resbalaban en un suelo de guijarros.<br />&iquest;Piedras? &iquest;Guijarros? Entonces, &iquest;d&oacute;nde estaba el hielo? De repente se aclar&oacute; la niebla y nos en contramos con... en fin, mir&eacute; a mi alrededor creyendo que me hab&iacute;a muerto de fr&iacute;o y que hab&iacute;a ido a parar a los Campos Celestiales. Me frot&eacute; los ojos con las manos, ya calientes, me pellizqu&eacute; y di con los nudillos contra una piedra para ver si segu&iacute;a siendo carne y no s&oacute;lo esp&iacute;ritu. Mir&eacute; en torno m&iacute;o con m&aacute;s calma y vi que mis ocho comp a&ntilde;eros estaban all&iacute;. &iquest;Ser&iacute;a posible que todos nos hall&aacute;semos ya en el cielo? En tal caso tendr&iacute;a que estar con nosotros el d&eacute;cimo miembro de la expedici&oacute;n que se hab&iacute;a matado contra la roca. O, por el contrario, &iquest;&eacute;ramos todos nosotros dignos de disfrutar de aquel para&iacute;so?<br />Treinta latidos antes est&aacute;bamos temblando de fr&iacute;o al otro lado de la cortina de niebla. Ahora, treinta latidos despu&eacute;s &mdash;por el reloj de nuestro coraz&oacute;n&mdash; est&aacute;bamos a punto de desmayarnos de calor. Del suelo brotaban nubecillas de vapor y la atm&oacute;sfera vibraba a causa de &eacute;ste. Junto a nosotros corr&iacute;a un arroyuelo de agua casi hirviendo. Nos rodeaba una hierba intensamente verde. Nunca he visto un verdor semejante. Unas plantas de anchas hojas nos llegaban a la altura de la rodilla. Est&aacute;bamos deslumbrados y atemorizados. Indudablemente, aquello era cosa de magia. Entonces, el lama Mingyar Dondup nos dijo:<br />&mdash;Si la primera vez que yo lo vi puse la cara que ten&eacute;is ahora vosotros, &iexcl;vaya aspecto que tendr&iacute;a! Parece como si creyerais que los dioses del hielo os est&aacute;n gastando una broma pesada.<br />Est&aacute;bamos inmovilizados por el asombro y el temor, y mi Gu&iacute;a nos dijo:<br />&mdash;Saltemos sobre el arroyo y con mucho cuidado de no caernos dentro porque el agua est&aacute; hirviendo. Pocos kil&oacute;metros m&aacute;s all&aacute; llegaremos a un sitio magn&iacute;fico donde podremos descansar.<br />Como siempre, ten&iacute;a raz&oacute;n. A poco m&aacute;s de cuatro kil&oacute;metros nos tumbamos en el suelo cubierto de musgo, no sin antes quitarnos las t&uacute;nicas, pues no pod&iacute;amos resistir el calor. Hab&iacute;a all&iacute; &aacute;rboles que nunca hab&iacute;a visto y que probablemente nunca volver&eacute; a ver. Por todas partes crec&iacute;an flores de vivo colorido. Unas espl&eacute;ndidas enredaderas sub&iacute;an por los troncos de los &aacute;rboles y colgaban de sus altas ramas. Un poco a la derecha del delicioso lugar en que repos&aacute;bamos hab&iacute;a un peque&ntilde;o lago cuyas ondas y c&iacute;rculos indicaban la vida que encerraba en sus aguas. A&uacute;n no hab&iacute;amos podido reaccionar contra la impresi&oacute;n recibida y segu&iacute;amos convencidos de que est&aacute;bamos ya fuera de la Tierra. Lo que no sab&iacute;amos es si era el fr&iacute;o lo que nos hab&iacute;a matado o la primera oleada de calor que recib&iacute;amos.<br />El follaje era de una exuberancia incre&iacute;ble. Ahora que he viajado mucho puedo calificarla de vegetaci&oacute;n tropical, pero vimos varias clases de aves que ni siquiera ahora s&eacute; cu&aacute;les son. Era un terreno volc&aacute;nico en el que abundaban los manantiales de agua caliente y percib&iacute;amos olores sulfurosos.<br />Mi Gu&iacute;a nos dijo que s&oacute;lo exist&iacute;an dos lugares como aqu&eacute;l en las mo nta&ntilde;as tibetanas.<br />Nos explic&oacute; que el calor subterr&aacute;neo y las corrientes de agua hirviente fund&iacute;an el hielo, y que las alt&iacute;simas murallas rocosas aprisionaban el aire caliente. La densa niebla blanca que hab&iacute;amos cruzado era como la frontera de la zona fr&iacute;a y la caliente. Tambi&eacute;n nos dijo que hab&iacute;a visto esqueletos de animales gigantescos, animales que en vida debieron de tener unos diez metros de altura. M&aacute;s adelante pude yo ver esos esqueletos.<br />All&iacute; fue donde por primera vez vi un yeti. Estaba yo inclinado cogiendo hierbas medicinales cuando algo me hizo levantar la cabeza. A unos nueve metros de m&iacute; se hallaba el extra&ntilde;o ser del que tanto hab&iacute;a o&iacute;do hablar. Los padres tibetanos suelen asustar a sus ni&ntilde;os cuando son traviesos, dici&eacute;ndoles: &laquo;Si no eres bueno, te llevar&aacute; un yeti.&raquo; Por fin, pens&eacute;, unyeti iba a llevarme con &eacute;l. Y, la verdad, no me hac&iacute;a gracia. Nos quedamos mir&aacute;ndonos fijamente, inmovilizados por el miedo, durante un tiempo que me pareci&oacute; eterno. Me estaba se&ntilde;alando con una mano mientras emit&iacute;a un curioso maullido. Me pareci&oacute; notar que le faltaban los l&oacute;bulos frontales y que la frente la ten&iacute;a aplastada a partir de las mismas cejas, muy pobladas e hirsutas. Tambi&eacute;n la barbilla le retroced&iacute;a y ten&iacute;a los dientes muy anchos y salientes. Sin embargo, la capacidad de su cr&aacute;neo, con excepci&oacute;n de la frente, resultaba muy parecida a la del hombre moderno. Sus manos eran grandes, y tambi&eacute;n sus pies. Era patizambo y con los brazos mucho m&aacute;s largos de lo normal. Observ&eacute; que el yeti andaba con la parte exterior de los pies, como los seres humanos. Los monos y animales semejantes no andan con las palmas de las manos y los pies.<br />Seguramente deb&iacute; de hacer alg&uacute;n movimiento brusco, quiz&aacute;s un brinco, cuando pude reaccionar, porque el yeti chill&oacute; de pronto, se volvi&oacute; y se alej&oacute; dando saltos. Me pareci&oacute; que daba los saltos con una sola pierna. Mi reacci&oacute;n fue tambi&eacute;n salir corriendo... en la direcci&oacute;n opuesta, claro est&aacute;.<br />Luego, cuando pude pensar con calma sobre aquel encuentro, llegu&eacute; a la conclusi&oacute;n de que hab&iacute;a batido el r&eacute;cord tibetano de sprint para altitudes su periores a siete mil metros. Luego vimos varios yetis a lo lejos. Se apresuraron a esconderse en cuanto nos divisaron y nosotros, por supuesto, no los perseguimos. El lama Mingyar Dondup nos dijo que estos yetis eran precedentes de la raza humana que hab&iacute;an tomado un camino diferente en la evoluci&oacute;n y que s&oacute;lo pod&iacute;an vivir en los sitios m&aacute;s rec&oacute;nditos. Con gran frecuencia hemos o&iacute;do historias de yetis que han abandonado estas regiones para hacer incursiones cerca de los sitios habitados. Se habla tambi&eacute;n de yetis machos que han raptado a mujeres solitarias. Quiz&aacute; sea &eacute;ste el procedimiento que siguen para perpetuar su especie. Algunas monjas tibetanas nos lo han confirmado. Concretamente recuerdo que en un monasterio de monjas nos dijeron que una de ellas fue raptada por un yeti una noche en que se hab&iacute;a alejado. Sin embargo, no es de mi competencia escribir sobre estas cosas. S&oacute;lo puedo decir que he visto yetis y cr&iacute;as de yetis, y tambi&eacute;n esqueletos de estos seres casi fabulosos.<br />Algunas personas han puesto en duda lo que he contado sobre los yetis.<br />Incluso se han escrito libros sobre ellos; pero sus autores reconocen que no han visto ni uno. Yo, en cambio, los he visto. Hace a&ntilde;os se re&iacute;an de Marconi cuando asegur&oacute; que iba a enviar un mensaje por radio a trav&eacute;s del Atl&aacute;ntico. Los sabios occidentales dictaminaron solemnemente que el hombre no podr&iacute;a viajar a m&aacute;s de setenta y cinco kil&oacute;metros por hora, ya que pasada esa velocidad morir&iacute;an por la presi&oacute;n del aire; y cuando se dec&iacute;a que exist&iacute;an unos peces que eran &laquo;f&oacute;siles vivientes&raquo;, se consideraba esto una patra&ntilde;a. Ahora los hombres de ciencia los han visto, los han capturado y disecado. Y si el hombre occidental se sale con la suya, nuestros pobres yetis ser&aacute;n tambi&eacute;n capturados, disecados, conservados en alcohol.<br />Creemos que los yetis se han refugiado en estas zonas monta&ntilde;osas y que en el resto del mundo se ha extinguido su especie. Cuando se ve uno de ellos por primera vez produce una impresi&oacute;n de terror. La segunda vez se siente compasi&oacute;n por estas criaturas de una &eacute;poca antiqu&iacute;sima que est&aacute;n condenados a desaparecer por las exigencias de la vida moderna.<br />Estoy dispuesto, cuando expulsen a los comunistas del T&iacute;bet, a acompa&ntilde;ar a una expedici&oacute;n de esc&eacute;pticos y ense&ntilde;arles nuestros yetis. Merecer&aacute; la pena ver las caras que ponen estos hombres tan civilizados cuando se enfrenten con algo tan ajeno a su experiencia materialista. Podr&aacute;n llevar reservas de ox&iacute;geno y todo el equipo t&eacute;cnico moderno. A m&iacute; me bastar&aacute; con mi viejo h&aacute;bito monacal. Las c&aacute;maras fotogr&aacute;ficas y cinematogr&aacute;ficas probar&aacute;n la verdad. En aquellos d&iacute;as no cont&aacute;bamos en el T&iacute;bet con m&aacute;quinas fotogr&aacute;ficas.<br />Nuestras antiguas leyendas dicen que hace muchos siglos hab&iacute;a en el T&iacute;bet playas ba&ntilde;adas por los mares. Y es indudable que se pueden encontrar f&oacute;siles de peces y de otras criaturas marinas s&oacute;lo con excavar un poco.<br />Los chinos tienen una creencia semejante. Las tablas de Y&uuml;, que se hallaban en el pico de Kou-lou del monte Haing, en la provincia de Hu-pei, dicen que El Gran Y&uuml; descans&oacute; en aquel sitio (en el a&ntilde;o 2278 antes de J.C.), despu&eacute;s de su formidable trabajo de desecaci&oacute;n de las &laquo;Aguas del Diluvio &raquo;, que en aquel tiempo sumergieron a toda China, excepto a las monta&ntilde;as m&aacute;s altas. Creo que la piedra oriental la quitaron de all&iacute;, pero hay imitaciones en Wu-ch&rsquo;ang Su, cerca de Hanpow. Tambi&eacute;n hay una copia en el Templo de Yu -lin, cerca de Shao hsing Fue, en Chekiang. Seg&uacute;n nuestras creencias, el T&iacute;bet era entonces un territorio bajo junto al mar y por razones que no hemos llegado a saber hubo unos horribles terremotos, como resultado de los cuales quedaron sumergidos muchos terrenos, mientras otros se elevaron en forma de monta&ntilde;as.<br />Las monta&ntilde;as de Chang Tang eran ricas en f&oacute;siles y en ellas abundaban las pruebas de que toda esta zona hab&iacute;a sido costa. Hab&iacute;a conchas gigantes de vivos colores, curiosas esponjas de piedra y corales. Tambi&eacute;n era f&aacute;cil encontrar oro. Las pepitas de oro abundaban tanto como los guijarros.<br />Los manantiales que brotaban de las profundidades de la tierra sal&iacute;an a todas las temperaturas, desde la ebullici&oacute;n hasta estar casi heladas. Es una tie rra de contrastes fant&aacute;sticos.<br />Nos rodeaba una atm&oacute;sfera caliente y h&uacute;meda, cuya existencia en el T&iacute;bet ni siquiera pod&iacute;amos sospechar. A unos metros, con s&oacute;lo cruzar el tel&oacute;n de niebla, hac&iacute;a un fr&iacute;o tan intenso como para cristalizar a un cuerpo humano. Crec&iacute;an por all&iacute; las m&aacute;s raras hierbas medicinales y para encontrarlas hab&iacute;amos hecho este viaje. Tambi&eacute;n hab&iacute;a una gran variedad de frutas que nunca hab&iacute;amos visto. Las probamos y nos agradaron tanto que comimos m&aacute;s de lo prudente. Esto tuvimos que pagarlo. Durante la noche y todo el d&iacute;a siguiente estuvimos demasiado ocupados, para poder coger hierbas. No estaban nuestros est&oacute;magos acostumbrados a tan jugosos alimentos.<br />Por supuesto, no volvimos a comer ni una sola fruta m&aacute;s.<br />Nos llevamos todas las hierbas y plantas que pudimos y emprendimos el regreso a trav&eacute;s de la niebla. La impresi&oacute;n de fr&iacute;o repentina al otro lado del tel&oacute;n de niebla fue terrible. Es muy probable que todos nosotros sinti&eacute;ramos el impulso de volver y quedarnos a vivir en el c&aacute;lido para&iacute;so que acab&aacute;bamos de abandonar. Uno de nuestros lamas sucumbi&oacute; con el fr&iacute;o.<br />Pocas horas despu&eacute;s de pasar el tel&oacute;n de niebla cay&oacute; al suelo sin sentido, y aunque hicimos todo lo posible por reanimarlo se march&oacute; a los Campos Celestiales aquella misma noche. Se durmi&oacute; y no despert&oacute; ya. Nos repartimos su carga entre los dem&aacute;s a pesar de que &iacute;bamos cargados hasta el m&aacute;ximo.<br />De nuevo recorrimos, ahora en sentido inverso, el camino que tan penosamente trajimos. El calor del oculto valle nos hab&iacute;a quitado las pocas fuerzas que nos quedaban y adem&aacute;s apenas ten&iacute;amos ya alimentos. Durante los dos d&iacute;as que tardamos en llegar a donde hab&iacute;amos dejado las mulas, no comimos en absoluto. Ni siquiera nos quedaba t&eacute;.<br />Cuando todav&iacute;a ten&iacute;amos que recorrer unos kil&oacute;metros, perdimos a otro compa&ntilde;ero, v&iacute;ctima del fr&iacute;o, el hambre y el terrible esfuerzo de la marcha. Y cuando por fin llegamos al campamento base, s&oacute;lo encontramos cuatro monjes esper&aacute;ndonos que corrieron hacia nosotros en cuanto nos vieron para ayudarnos a caminar un poco m&aacute;s c&oacute;modamente durante los &uacute;ltimos metros. S&oacute;lo eran cuatro. Al quinto se lo hab&iacute;a llevado una r&aacute;faga de viento y lo hab&iacute;a estrellado contra el fondo del ca&ntilde;&oacute;n. Poni&eacute;ndome boca abajo mientras me sosten&iacute;an por los pies para que no resbalase en la nieve, pude verle all&aacute; abajo como una mancha roja. Pero no era s&oacute;lo el color rojo de su h&aacute;bito, sino rojo-sangre.<br />Los tres d&iacute;as siguientes los dedicamos a descansar y recobrar una parte de las energ&iacute;as perdidas. No era s&oacute;lo el cansancio y el agotamiento lo que nos imped&iacute;a movernos, sino el espantoso viento que rug&iacute;a entre las rocas y que lanzaba como proyectiles montones de guijarros meti&eacute;ndolos en nuestra cueva entre nubes de polvo. El agua del arroyo volaba pulverizada por el viento. Durante la noche la tempestad ululaba en torno a nosotros como una legi&oacute;n de rabiosos demonios que buscasen nuestra carne. De alg&uacute;n sitio cercano nos lleg&oacute; un ruido como de arrastre, que termin&oacute; en un terrible golpe sordo que hizo temblar la tierra. Era un inmenso pedazo de monta&ntilde;a que hab&iacute;a sido arrancado por el viento y el agua produciendo un corrimiento de tierras. A primera hora de la ma&ntilde;ana del segundo d&iacute;a, antes de que la luz del alba hubiese llegado al valle y cuando est&aacute;bamos todav&iacute;a en la luminosidad que precede en las alturas al amanecer, se desprendieron otras enormes rocas del pico en cuya base nos encontr&aacute;bamos. Las sentimos llegar y nos acurrucamos en el fondo de la cueva, empeque&ntilde;eci&eacute;ndonos lo m&aacute;s posible. El alud cay&oacute; con un estruendo pavoroso, como si todos los diablos se precipitaran sobre nosotros con sus carros de batalla. Todo tembl&oacute; en torno nuestro y durante un buen rato sigui&oacute; cayendo una lluvia de piedras. Desde el fondo del ca&ntilde;&oacute;n, mucho tiempo despu&eacute;s, nos lleg&oacute; el eco y la vibraci&oacute;n de las rocas que ca&iacute;an al fondo. As&iacute; qued&oacute; enterrado nuestro compa&ntilde;ero.<br />El tiempo empeoraba. Decidimos la marcha para el amanecer del d&iacute;a siguiente, antes de que fuera demasiado tarde. Cargamos nuestro equipo sobre las mulas, revis&aacute;ndolo todo cuidadosamente y examinando a los animales, por si se hab&iacute;an herido con el cataclismo. Al amanecer, el tiempo se hab&iacute;a calmado un poco. Partimos muy animados con el incentivo de volver al monasterio. Hab&iacute;amos salido quince y regres&aacute;bamos once. Avanz&aacute;bamos con gran lentitud; est&aacute;bamos muy fatigados y ten&iacute;amos los pies llenos de ampollas. El tiempo nada significaba para nosotros. Sent&iacute;amos mucha hambre, pues nos hab&iacute;amos pues to todos a media raci&oacute;n.<br />Por fin divisamos los lagos y con alegr&iacute;a vimos que una caravana de yaks pastaba por all&iacute; cerca. Los mercaderes nos dieron la bienvenida, nos proporcionaron comida y t&eacute; e hicieron todo lo posible por aliviar nuestro cansancio. Est&aacute;bamos llenos de magulladuras y ara&ntilde;azos, nos colgaba la ropa en andrajos y nos sangraban los pies al estallar las grandes ampollas.<br />Pero por lo menos algunos de nosotros hab&iacute;amos conseguido regresar de las alturas de Chang Tang. Era la segunda vez que mi Gu&iacute;a hab&iacute;a estado all&iacute;. Quiz&aacute; sea el &uacute;nico hombre del mundo que haya hecho dos viajes semejantes.<br />Los mercaderes nos cuidaron bien. Sentados en torno a las fogatas y rodeados por las tinieblas mov&iacute;an la cabeza asombrados mientras escuchaban nuestras aventuras. Y nosotros lo pas&aacute;bamos muy bien escuchando sus relatos de viajes a la India y de sus encuentros con otros mercaderes del Hindu-Kush. Lament&aacute;bamos tener que separarnos de aquellos hombres y dese&aacute;bamos que fueran en nuestra misma direcci&oacute;n. Pero hab&iacute;an estado en Lhasa recientemente, y nosotros, en cambio, ten&iacute;amos que ir hacia all&aacute;; de modo que por la ma&ntilde;ana nos separamos dese&aacute;ndonos mutuamente buen viaje y felicidad.<br />Muchos monjes no conversan con los mercaderes, pero el lama Mingyar Dondup sosten&iacute;a que todos los hombres son hermanos; la raza, el color o las creencias nada importan. Lo &uacute;nico que cuenta son las intenciones y las acciones de los hombres.<br />Con renovadas fuerzas, emprendimos el regreso. El paisaje se iba haciendo m&aacute;s verde y f&eacute;rtil y por fin llegamos a la vista del deslumbrante oro del Potala y de nuestra lamaser&iacute;a de Chakpori, que estaba un poco m&aacute;s elevada que el Pico. Las mulas son animales muy sensatos; las nuestras ten&iacute;an prisa por regresar a su pueblo &mdash;Sh&oacute;&mdash; y nos resultaba muy dif&iacute;cil contenerlas. &iexcl;Cualquiera habr&iacute;a dicho que eran ellas las que hab&iacute;an subido al Chang Tang y no nosotros!<br />Ascendimos por el pedregroso camino de la Monta&ntilde;a de Hierro con la natural alegr&iacute;a de haber vuelto de Chambala, como llamamos al helado Norte.<br />Empez&oacute; la ronda de recepciones, pero primero ten&iacute;amos que ver al M&aacute;s Profundo. Su reacci&oacute;n fue muy significativa:<br />&mdash;Hab&eacute;is hecho &mdash;nos dijo&mdash; lo que yo habr&iacute;a querido hacer. Hab&eacute;is visto lo que yo deseo ver por encima de todo. Soy omnipotente y, sin embargo, me tiene prisionero mi pueblo. A mayor poder, menor libertad; a mayor categor&iacute;a, mayor servidumbre. Pod&eacute;is creerme; todo lo dar&iacute;a por ver lo que vosotros hab&eacute;is visto.<br />Al lama Mingyar Dondup, como jefe de la expedici&oacute;n, le fue concedido el Pa&ntilde;uelo de Honor con los rojos nudos triples. A m&iacute;, por ser el mie mbro m&aacute;s joven, me correspondi&oacute; la misma distinci&oacute;n.<br />Durante varias semanas estuvimos visitando las otras lamaser&iacute;as para dar conferencias, distribuir hierbas raras y darme a m&iacute; la oportunidad de conocer otros distritos. Primero tuvimos que visitar &laquo;Las Tres Sedes&raquo;, o sea Drebung, Sera y Ganden. Desde all&iacute; nos alejamos mucho, hasta Dorjetahag y Samye, a ambas orillas del r&iacute;o Tsangpo, a unos sesenta kil&oacute;metros.<br />Tambi&eacute;n visitamos la lamaser&iacute;a de Samden, entre los lagos D&uuml;-me y Ya mdok, a m&aacute;s de cuatro mil metros sobre el nivel del mar. Era un alivio seguir el curso de nuestro propio r&iacute;o, el Kyi Chu. En verdad era &eacute;ste un nombre muy adecuado: el R&iacute;o de la Felicidad.<br />Mi educaci&oacute;n prosegu&iacute;a sin cesar mientras cabalg&aacute;bamos, cuando nos deten&iacute;amos y durante los descansos. Se acercaban mis ex&aacute;menes para el t&iacute;tulo de lama. Por eso no tardamos en regresar a Chakpori para que no me distrajese demasiado.</p><p>CAP&Iacute;TULO DECIMOSEXTO.</p><p>LAMA.</p><p>Se intensificaba considerablemente mi adiestramiento en los viajes astrales, en que el esp&iacute;ritu, o ego, abandona el cuerpo y permanece unido a la vida de la Tierra s&oacute;lo por el Cord&oacute;n de Plata. A mucha gente le cuesta trabajo creer que podemos viajar de este modo. La verdad es que todos lo hacen cuando duermen. En Occidente casi siempre es involuntario; en Oriente los lamas lo hacen con plena conciencia. As&iacute; conservan un recuerdo pleno de lo que han hecho, lo que han visto y d&oacute;nde han estado. En Occidente se ha perdido este arte y por eso cuando se despiertan creen que han tenido lo que ellos llaman un &laquo;sue&ntilde;o&raquo;.<br />Todos los pa&iacute;ses han pose&iacute;do un conocimiento de estos viajes astrales.<br />Por ejemplo, en Inglaterra se atribuyen a las brujas, que pueden volar. Pero las escobas no son necesarias excepto como medio de racionalizar lo que la gente no quiere creer. En los Estados Unidos se dice que los esp&iacute;ritus de los hombres rojos (indios) vuelan. En todas partes existe un conocimiento apagado de estas cosas. A m&iacute; me ense&ntilde;aron a viajar astralmente y cualquiera puede aprenderlo.<br />Otro arte de f&aacute;cil dominio es la telepat&iacute;a, pero no la que suele explotarse como espect&aacute;culo. Afortunadamente, se empieza a reconocer la eficacia de la telepat&iacute;a. El hipnotismo es otra de las artes orientales. Yo he realizado operaciones quir&uacute;rgicas en pacientes hipnotizados; por ejemplo, amputarles una pierna, y otras de la misma importancia. El paciente no sufre nada y se despierta en mejores condiciones que cuando le someten a la anestesia. Ahora, seg&uacute;n me dicen, se utiliza el hipnotismo en cierta medida en Inglaterra.<br />La invisibilidad es asunto mucho m&aacute;s complicado y hay que alegrarse de que s&oacute;lo est&eacute; al alcance de una minor&iacute;a muy reducida. Te&oacute;ricamente es muy f&aacute;cil, pero en la pr&aacute;ctica presenta dificultades casi insuperables. S&oacute;lo tienen ustedes que pensar en lo que atrae nuestra atenci&oacute;n un ruido, un movimiento repentino, un color vivo... Lo que nos hace fijarnos en una persona son los ruidos que produce y sus movimientos r&aacute;pidos. En cambio, una persona inm&oacute;vil pasa f&aacute;cilmente inadvertida o, por lo menos, nos resulta familiar. Cuando el cartero llega a una casa, es f&aacute;cil o&iacute;r decir que nadie ha estado all&iacute;. Y sin embargo, no ha sido un hombre invisible el que ha tra&iacute;do las cartas, y es frecuente pasar junto a personas en las cuales, por la fuerza de la costumbre de verlas, no nos fijamos. En cambio, siempre vemos a un polic&iacute;a, porque casi todos tenemos una conciencia culpable. Para lograr el estado de invisibilidad hay que suspender toda acci&oacute;n y tambi&eacute;n interru mpir nuestras ondas cerebrales. Si dejamos que el cerebro funcione (piense), otra persona que se encuentre cerca adquiere inmediata conciencia telep&aacute;tica de la presencia de aquel individuo; es decir, lo ve, y entonces se hace imposible el estado de invisibilidad. En el T&iacute;bet hay hombres que pueden hacerse invisibles a voluntad porque pueden interrumpir sus ondas cerebrales.<br />Pero insisto en que debe considerarse afortunado que sean tan pocos.<br />La levitaci&oacute;n se puede lograr, pero es un sistema de viajar poco recomendable, ya que requiere un gran esfuerzo. El verdadero adepto utiliza el viaje astral, que es muy sencillo con tal que se tenga un buen profesor. Yo lo ten&iacute;a y pude (y a&uacute;n puedo) viajar astralmente. En cambio, no he conseguido nunca hacerme invisible, a pesar de lo mucho que me he esforzado para ello. Habr&iacute;a sido magn&iacute;fico poderme esfumar cuando hubiera querido hacer algo desagradable, pero esto me estaba negado.<br />Tampoco &mdash;como ya he dicho&mdash; he pose&iacute;do nunca talento musical. Mi canto sacaba de quicio a mi maestro de m&uacute;sica, pero esto no era nada comparado con la conmoci&oacute;n que caus&eacute; cuando intent&eacute; tocar los c&iacute;mbalos creyendo que cualquiera pod&iacute;a usarlos y, por desgracia, cog&iacute; en medio de ellos la cabeza de un pobre monje. Me advirtieron secamente que me dedicase s&oacute;lo a la clarividencia y a la medicina.<br />Practic&aacute;bamos mucho lo que el mundo occidental conoce por yoga.<br />Desde luego es una gran ciencia que puede perfeccionar a un ser humano hasta un extremo casi inveros&iacute;mil. Mi opini&oacute;n es que los occidentales no pueden cultivar el yoga sin introducir en &eacute;l considerables modificaciones.<br />Hemos conocido esa ciencia desde hace muchos siglos y nos ense&ntilde;aron las posturas m&aacute;s adecuadas desde la infancia. Nuestros miembros, el esqueleto y los m&uacute;sculos est&aacute;n adiestrados para el yoga. En cambio, los occidentales, sobre todo si son personas de edad madura, pueden lastimarse seriamente si intentan adoptar esas posturas. Eso no es m&aacute;s que mi opini&oacute;n como tibetano, pero debo insistir en que no es aconsejable la pr&aacute;ctica de esos ejercicios si no se modifican bastante. Adem&aacute;s, se necesita un profesor nativo de extraordinarias facultades y que conozca perfectamente la anatom&iacute;a masculina y la femenina para evitar da&ntilde;os corporales. Y no s&oacute;lo pueden perjudicar gravemente las forzadas posturas que adoptamos, sino tambi&eacute;n los ejercicios respiratorios.<br />El secreto principal de los fen&oacute;menos tibetanos que tanto asombran al mundo radica en una cierta manera de respirar. Ahora bien, si no se aprende a hacerlo bajo las ense&ntilde;anzas de un sabio y experimentado profesor, esos ejercicios respiratorios pueden resultar muy perjudiciales e incluso mortales. Muchos viajeros han escrito sobre los lamas corredores que pueden influir en el peso de su cuerpo (y no me refiero a la levitaci&oacute;n) y correr a gran velocidad durante horas y horas casi sin tocar la tierra. Se necesita mucha pr&aacute;ctica y el corredor tiene que hallarse en estado de semitrance. La mejor hora es ya anochecido, cuando hay estrellas que mirar, y el terreno debe ser mon&oacute;tono, sin nada que rompa ese estado sonamb&uacute;lico. En efecto, el hombre que corre as&iacute; puede ser comparado a un son&aacute;mbulo. S&oacute;lo tiene en la mente su destino manteni&eacute;ndolo constantemente ante el Tercer Ojo y va recitando sin cesar el mantra adecuado. Correr&aacute; durante horas y horas y llegar&aacute; a su punto de destino sin cansancio alguno. Este sistema posee una sola ventaja sobre el del viaje astral. En este &uacute;ltimo se mueve uno en el campo del esp&iacute;ritu y no puede llevarse consigo objetos materiales. El arjopa, como llamamos al corredor, puede, en cambio, llevar su carga normal, pero tiene desventajas respecto al que viaja en el plano astral.<br />La respiraci&oacute;n adecuada permite a los adeptos tibetanos sentarse desnudos sobre hielo a cinco mil metros o m&aacute;s de altitud y mantenerse con un calor tal que el hielo se derrite y el adepto suda copiosamente.<br />Una breve digresi&oacute;n: el otro d&iacute;a dije que hab&iacute;a hecho esto yo mismo cerca de seis mil metros sobre el nivel del mar. La persona que me escuchaba me pregunt&oacute; con toda seriedad: &iquest;con marea baja o con marea alta?<br />&iexcl;Ha intentado usted alguna vez levantar un objeto pesado teniendo los pulmones vac&iacute;os de aire? Int&eacute;ntelo y ver&aacute; que le resulta casi imposible. Entonces respire lo m&aacute;s profundamente que pueda, contenga el aliento y podr&aacute; levantar el pesado objeto con facilidad. Y si se encuentra usted irritado o asustado, respire tambi&eacute;n profundamente aspirando la mayor cantidad de aire que pueda y contenga la respiraci&oacute;n durante diez segundos. Luego espire ese aire lentamente. Repita esto por lo menos tres veces y ver&aacute; que le va disminuyendo la velocidad de los latidos y que llega a calmarse por completo. Todo esto puede probarlo cualquiera sin perjuicio alguno para su salud. Mi conocimiento del dominio de la respiraci&oacute;n me ayud&oacute; a resistir las torturas japonesas y las dem&aacute;s torturas que hube de padecer como prisionero de los comunistas, y les aseguro que los japoneses, aun en sus peores momentos, son unos gentlemen comparados con los comunistas. Por mi desgracia he conocido a unos y a otros en sus peores facetas.<br />Hab&iacute;a llegado la hora de examinarme para el grado de lama, aunque, como ya saben ustedes, me hab&iacute;an concedido ese t&iacute;tulo a&ntilde;os antes. Se trataba, pues, de una confirmaci&oacute;n. Pero antes ten&iacute;a que ser bendecido por el Dalai Lama. Todos los a&ntilde;os bendice a todos los monjes del T&iacute;bet individualmente.<br />El M&aacute;s Profundo toca a la mayor&iacute;a con una borla atada al extremo de un bast&oacute;n. A aquellos a quienes favorece de un modo especial, o que son de mayor categor&iacute;a, los toca en la cabeza con una de sus manos. A los predilectos los bendice coloc&aacute;ndoles las dos manos sobre la cabeza. A m&iacute; por primera vez me impuso las manos sobre el cr&aacute;neo y me dijo en voz baja:<br />&mdash;Lo est&aacute;s haciendo muy bien, muchacho; p&oacute;rtate a&uacute;n mejor en tus ex&aacute;menes. Justifica la fe puesta en ti.<br />Tres d&iacute;as antes de mi decimosext o cumplea&ntilde;os me present&eacute; a los resultados de los ex&aacute;menes. Con gran alegr&iacute;a &mdash;y la expres&eacute; ruidosamente&mdash; supe que era de nuevo el primero de la lista. Me alegraba por dos motivos:<br />porque el lama Mingyar Dondup quedaba como el mejor profesor y porque sab&iacute;a que el Dalai Lama estar&iacute;a muy satisfecho con mi maestro y conmigo.<br />Unos d&iacute;as despu&eacute;s, cuando el lama Mingyar Dondup me estaba ilustrando en su habitaci&oacute;n, se abri&oacute; la puerta bruscamente y un mensajero jadeante, con la lengua fuera y los ojos desencajados, se precipit&oacute; hacia nosotros.<br />Tra&iacute;a en la mano el tradicional bast&oacute;n de los mensajes.<br />&mdash;Del M&aacute;s Profundo &mdash;dijo casi sin aliento&mdash; al Honorable lama m&eacute;dico Martes Lobsang Rampa. &mdash;Y sacando de su t&uacute;nica la carta envuelta en el pa&ntilde;uelo de seda ritual, a&ntilde;adi&oacute;&mdash;: Con la mayor velocidad, Honorable se&ntilde;or, he corrido hacia aqu&iacute;.<br />Entregado su mensaje, nos volvi&oacute; la espalda y parti&oacute; como una flecha, a&uacute;n m&aacute;s r&aacute;pido que viniera. &iexcl;Pero esta vez iba en busca de chang!<br />No me atrev&iacute;a a abrir el mensaje. Desde luego, estaba dirigido a m&iacute;; pero &iquest;qu&eacute; conten&iacute;a? &iquest;M&aacute;s estudios? &iquest;M&aacute;s trabajo? Era muy grande y de un aspecto terriblemente oficial. Mientras no lo abriese no podr&iacute;a saber qu&eacute; conten&iacute;a y por tanto no se me pod&iacute;a culpar de que no hiciese lo que all&iacute; se me ordenaba. Esto pens&eacute; en un principio, pero cuando o&iacute; que mi Gu&iacute;a, sentado detr&aacute;s de m&iacute;, se estaba riendo, le entregu&eacute; la carta con el pa&ntilde;uelo. La abri&oacute; (es decir, le quit&oacute; el envoltorio) y sac&oacute; dos hojas dobladas que extendi&oacute; con parsimonia y ley&oacute; con deliberada lentitud para poner a&uacute;n m&aacute;s a prueba mi paciencia. Por &uacute;ltimo, cuando vio que yo estaba a punto de estallar en mi impaciencia por saber de una vez lo peor, me dijo:<br />&mdash;Muy bien; puedes respirar de nuevo. Tenemos que ir al Potala para ver al Dalai Lama inmediatamente. Y te advierto, Lobsang, que aqu&iacute; se insiste en que debemos darnos la mayor prisa y se especifica que debo acompa&ntilde;arte.<br />Toc&oacute; el gong, y al ayudante que entr&oacute; le dio instrucciones para que ensillaran en seguida nuestros dos caballos blancos. Nos cambiamos de h&aacute;bito en unos instantes y elegimos nuestros dos mejores pa&ntilde;uelos de seda.<br />Fuimos juntos a ver al Abad y le dijimos que deb&iacute;amos ir al Potala llamados por el M&aacute;s Profundo.<br />&mdash;Al Pico, &iexcl;eh! Ayer estaba &eacute;l en el Norbu Linga. Pero, en fin, ya dir&aacute; la carta a d&oacute;nde ten&eacute;is que ir. Debe de tratarse de alg&uacute;n asunto oficial.<br />En el patio esperaban unos monjes &mdash;mozos de cuadra&mdash; con nuestros caballos. Cabalgamos pendiente abajo y poco despu&eacute;s subimos por la cuesta del Potala. Para aquella distancia no me rec&iacute;a la pena ir a caballo a no ser por la ventaja de que as&iacute; pod&iacute;amos subir m&aacute;s c&oacute;modos por las enormes escalinatas hasta lo m&aacute;s alto del edificio. Nos esperaban a la entrada de la terraza, y en cuanto descabalgamos se llevaron nuestros caballos y nos condujeron con rapidez a las habitaciones particulares del Dalai Lama. Entr&eacute; solo e hice los actos de ritual.<br />....Si&eacute;ntate, Lobsang &mdash;me dijo &eacute;l..-. Estoy muy contento contigo. Y tambi&eacute;n estoy muy contento con Mingyar por la parte que ha tenido en tu triunfo. He le&iacute;do todos tus ejercicios escritos.<br />Tembl&eacute; al o&iacute;r esto. Uno de mis muchos defectos, seg&uacute;n me han dicho, es que tengo un inoportuno sentido del humor y de vez en cuando tuve la malhadada idea de ponerlo en pr&aacute;ctica al contestar las preguntas de los ex&aacute;menes, porque hay preguntas que verdaderamente se prestan a tomarlas a broma. El Dalai Lama ley&oacute; mis pensamientos y se ri&oacute; de buena gana, dici&eacute;ndome:<br />&mdash;En efecto, tu sentido del humor no es siempre oportuno, pero... &mdash;E hizo una larga pausa durante la cual tem&iacute; lo peor, para terminar a&ntilde;adiendo-:<br />...me ha divertido mucho todo lo que dices.<br />Pas&eacute; dos horas con &eacute;l. Al terminar la primera hora de la entrevista, el Dalai Lama hizo llamar a mi Gu&iacute;a y le dio instrucciones sobre mi futura preparaci&oacute;n. Tendr&iacute;a que prepararme para la Ceremonia de la Muerte Peque&ntilde;a.<br />Deb&iacute;a visitar &mdash;con el lama Mingyar Dondup&mdash; otras lamaser&iacute;as y estudiar&iacute;a con los Descuartizadores de los Muertos. Como eran de baja casta, lo mismo que su trabajo, el Dalai Lama me dio una autorizaci&oacute;n escrita para que conservase mi elevada condici&oacute;n social, a pesar de mi trato con ellos. En ese documento ordenaba a los Descuartizadores del Cuerpo que me prestasen &laquo;toda la ayuda necesaria para que los secretos de los cuerpos le sean revelados al honorable lama m&eacute;dico y que pueda descubrir la raz&oacute;n fisica por la que el cuerpo queda desechado. Tambi&eacute;n podr&aacute; disponer de cualquier cuerpo o parte de &eacute;l que necesite para sus estudios. &iexcl;Ya ven ustedes de qu&eacute; se trataba!<br />Antes de seguir contando lo referente a la eliminaci&oacute;n de los cad&aacute;veres quiz&aacute; sea conveniente escribir algo m&aacute;s sobre los puntos de vista tibetanos sobre la muerte. Nuestra actitud en esto es completamente distinta de la de los pueblos occidentales. Para nosotros un cuerpo no es m&aacute;s que una c&aacute;scara o caparaz&oacute;n, mero material envolvente del esp&iacute;ritu inmortal. Para nosotros un cad&aacute;ver vale menos que un traje viejo y gastado. En el caso de que una persona muera normalmente, es decir, no a consecuencia de un acto violento inesperado &mdash;accidente o no&mdash;, consideramos que se produce el siguiente proceso: el cuerpo est&aacute; ya defectuoso, estropeado, enfermo y se ha hecho tan inc&oacute;modo para el esp&iacute;ritu que ya &eacute;ste no puede aprender m&aacute;s.<br />As&iacute;, ha llegado la hora de desechar esa cubierta, ese cuerpo. Paulatinamente se va retirando el esp&iacute;ritu y se exterioriza fuera de la carne. La forma del esp&iacute;ritu es exactamente del mismo perfil que su versi&oacute;n material y puede ser vista con toda claridad por una persona clarividente. En el momento de la muerte el Cord&oacute;n que une el cuerpo f&iacute;sico con el espiritual se debilita y acaba parti&eacute;ndose. Entonces el esp&iacute;ritu se suelta y se va a la deriva. Esto es lo que llamamos muerte. Pero a la vez se produce un nacimiento a una nueva vida, pues el Cord&oacute;n es semejante al cord&oacute;n umbilical que debe ser cortado para lanzar a una criatura reci&eacute;n nacida a una existencia propia. En el momento de la muerte se extingue en la cabeza el brillo o relumbre de la fuerza vital. Este relumbre puede ser visto tambi&eacute;n por un clarividente. Decimos que el cuerpo tarda en morir tres d&iacute;as. Se requiere ese tiempo para que cese toda actividad f&iacute;sica y el esp&iacute;ritu, alma, ego, o yo, se libere por completo de su envoltura carnal. Creemos que existe un doble et&eacute;reo formado durante la vida del cuerpo. Este doble puede convertirse en un fantasma.<br />Probablemente todos ustedes habr&aacute;n mirado fijamente a una luz intensa y al volver la cabeza han seguido viendo la misma luz durante un rato.<br />Estimamos que la vida es el&eacute;ctrica, un campo de fuerzas, y el doble et&eacute;reo que permanece despu&eacute;s de la muerte es semejante a la luz que vemos despu&eacute;s de mirar a un foco real; o sea, en t&eacute;rminos el&eacute;ctricos es como un fuerte campo magn&eacute;tico residual.<br />Si el cuerpo tiene poderosas razones para adherirse a la vida, entonces se intensifica el doble et&eacute;reo hasta formar lo que se conoce corrientemente por un fantasma y vagar&aacute; por los sitios que le son familiares. Por ejemplo, un avaro puede tener tal apego a sus sacos de dinero que todo su ser est&eacute; concentrado en ello. Lo m&aacute;s probable es que muera pensando con terror en lo que ir&aacute; a ser de su dinero y, de este modo, en el momento de su muerte se fortalece su &laquo;personalidad et&eacute;rea&raquo;. El feliz heredero de los sacos de dinero se sentir&aacute; muy inquieto durante las noches. Dir&aacute; que &laquo;el viejo Fulano de Tal est&aacute; rondando su dinero&raquo;. Y tiene raz&oacute;n: es muy probable que el fantasma de Fulano de Tal est&eacute; furioso por que sus manos (espirituales) no puedan apoderarse de ese dinero.<br />Hay tres cuerpos b&aacute;sicos: el cuerpo carnal, en el cual aprende el esp&iacute;ritu las arduas lecciones de la vida; el cuerpo et&eacute;reo o magn&eacute;tico, que nos vamos haciendo cada uno de nosotros con nuestras ambiciones y nuestras pasiones de toda clase; y, por &uacute;ltimo, un tercer cuerpo, el puramente espiritual, el &laquo;alma inmortal&raquo;. Tal es nuestra creencia lama&iacute;sta y no, necesariamente, la creencia budista ortodoxa. Una persona que muere tiene que pasar por tres etapas: hay que eliminar su cuerpo f&iacute;sico, tiene que disolver se su doble et&eacute;reo y su esp&iacute;ritu ha de ser ayudado para que encuentre el camino que le conducir&aacute; al mundo del esp&iacute;ritu. En el T&iacute;bet auxiliamos al hombre con miras a su muerte antes de que &eacute;sta ocurra. El adepto no necesita estos auxilios, pero el hombre o mujer ordinarios &mdash;o sea los trappa&mdash; han de ser guiados en todas esas etapas. Puede resultar interesante la descripci&oacute;n de todo esto.<br />Un d&iacute;a, el Honorable Maestro de la Muerte me mand&oacute; llamar y me dijo:<br />&mdash;Ha llegado la hora de que estudies los m&eacute;todos pr&aacute;cticos para liberar el alma, Lobsang. Me acompa&ntilde;ar&aacute;s.<br />Anduvimos por largos pasillos, descendimos por resbaladizos escalones y por fin llegamos a donde se alojaban los trappas. All&iacute;, en un &laquo;hospital &raquo;, un anciano monje estaba a punto de emprender el camino que todos debemos tomar antes o despu&eacute;s. Hab&iacute;a tenido un ataque y estaba muy d&eacute;bil.<br />Le faltaban las fuerzas casi por completo y en seguida vi que se le desvanec&iacute;an sus colores &aacute;uricos. Hab&iacute;a que mantenerlo consciente a toda costa hasta que le faltase por completo la vida. El lama que me acompa&ntilde;aba tom&oacute; entre las suyas las manos del monje y le habl&oacute; cari&ntilde;osamente &mdash;Te acercas, anciano, al momento en que te librar&aacute;s de las penalidades de la carne. Sigue mis consejos para que puedas escoger el mejor camino, el camino m&aacute;s f&aacute;cil. Tus pies se enfr&iacute;an. Tu vi da se va escapando y se acerca el momento en que nada quede de ella en tu cuerpo. Piensa con calma, anciano, y te convencer&aacute;s de que nada hay que temer. Tu vida va saliendo de tus piernas y tu vista se apaga. Y el fr&iacute;o trepa por tu cuerpo, siguiendo la estela que deja tu vida al marcharse. Ser&eacute;nate en estos &uacute;ltimos instantes, anciano, pues nada has de temer porque se te vaya la vida hacia la Mayor Realidad. Las sombras de la noche eterna te empa&ntilde;an la vista y la respiraci&oacute;n te falla por momentos. Se acerca el instante en que tu esp&iacute;ritu se ver&aacute; definitivamente libre para disfrutar de los placeres del otro mundo. Ser&eacute;nate, anciano; ha llegado el momento de tu liberaci&oacute;n.<br />Mientras hablaba, el lama iba acariciando la cabeza del moribundo desde la nuca a la coronilla siguiendo un sistema que, seg&uacute;n est&aacute; bien probado, libera el esp&iacute;ritu sin dolor. Prosigui&oacute; habl&aacute;ndole en voz suave y convincente explic&aacute;ndole los obst&aacute;culos que encontrar&iacute;a en su camino y la manera de evitarlos. Le describi&oacute; con toda exactitud su camino, el camino que ha sido &laquo;cartografiado&raquo; por los lamas telep&aacute;ticos que han pasado al Otro Lado y que han seguido comunic&aacute;ndose desde all&iacute; por telepat&iacute;a con sus antiguos compa&ntilde;eros.<br />&mdash;Se te apaga la vista, anciano, y te falla la respiraci&oacute;n. Se te enfr&iacute;a el cuerpo y ya no oyen tus o&iacute;dos los ruidos de esta vida. Ser&eacute;nate, anciano, y marcha en paz, porque ya est&aacute; aqu&iacute; la Muerte contigo. Sigue el camino que te hemos indicado y gozar&aacute;s de paz y alegr&iacute;a.<br />Segu&iacute;a acariciando la cabeza del anciano mientras el aura de &eacute;ste se extingu&iacute;a del todo. De pronto el lama emiti&oacute; un sonido explosivo que forma parte de un antiqu&iacute;simo ritual. Ese ruido inesperado y violento, libera del todo el esp&iacute;ritu, que se debilita para soltarse definitivamente del cuerpo.<br />La fuerza vital se hab&iacute;a concentrado por encima del cuerpo en una m&oacute;vil masa en forma de nube y se retorc&iacute;a confusamente hasta formar como una esquem&aacute;tica reproducci&oacute;n del cuerpo, al que a&uacute;n se hallaba sujeto por el Cord&oacute;n de Plata. Poco a poco se fue adelgazando y deshilachando el Cord&oacute;n y, como cuando se rompe el cord&oacute;n umbilical, el anciano naci&oacute; a su nueva vida. Lentamente, como una nube que se eleva en el cielo o como el humo del incienso en el templo, se fue alejando aquella forma espiritual. El lama sigui&oacute; dando instrucciones, por medio de la telepat&iacute;a, para guiar al esp&iacute;ritu en la primera etapa de su viaje.<br />&mdash;Est&aacute;s muerto, nada tienes ya que hacer aqu&iacute;, todos tus v&iacute;nculos con la carne han sido cortados. Est&aacute;s en el Bardo. Sigue tu camino y nosotros seguiremos el nuestro. Contin&uacute;a por la senda que te hemos indicado.<br />Abandona por completo este Mundo de la Ilusi&oacute;n y penetra en la Mayor Realidad. Has muerto. Sigue tu camino.<br />Las nubecillas de incienso calmaban todas las inquietudes de aquella atm&oacute;sfera con sus suaves vibraciones. A lo lejos se o&iacute;an tambores con sus apagados redobles. En lo alto de la terraza de la lamaser&iacute;a una trompeta de bajos tonos enviaba al campo su sereno mensaje funerario. Y por los corredores nos llegaban los sonidos normales de esta vida, el suave roce de las botas de fieltro, los mugidos de alg&uacute;n yak, ruido de conversaciones... Pero en esta peque&ntilde;a habitaci&oacute;n hab&iacute;a un silencio total, el silencio de la muerte, s&oacute;lo interrumpido por el murmullo de las instrucciones telep&aacute;ticas que el lama segu&iacute;a enviando. Otra muerte, otro anciano que hab&iacute;a emprendido la eterna rueda de las existencias, quiz&aacute;s aprovechando lo que hab&iacute;a aprendido en esta vida, pero obligado a proseguir hasta que alcanzase la budeidad mediante un largu&iacute;simo esfuerzo.<br />Sentamos al cad&aacute;ver en la correcta posici&oacute;n del loto y enviamos a buscar a los que preparan los restos mortales, y tambi&eacute;n llamamos a otros lamas para que continuasen comunic&aacute;ndose telep&aacute;ticamente con el esp&iacute;ritu que acababa de marcharse. Durante tres d&iacute;as continu&oacute; esto, turn&aacute;ndose los lamas. En la ma&ntilde;ana del cuarto d&iacute;a lleg&oacute; uno del Ragyab. Ven&iacute;a de la Colonia de los Descuartizadores de los Muertos, situada donde la carretera de Lingkhor entronca con el Dechhen Dzong. Con su llegada los lamas dieron por terminadas sus instrucciones telep&aacute;ticas y el Descuartizador se hizo cargo del cad&aacute;ver. Le hizo adoptar la forma de un c&iacute;rculo y lo envolvi&oacute; con un pa&ntilde;o blanco. Balance&aacute;ndolo suavemente se carg&oacute; el bulto a las espaldas y se march&oacute;. Fuera ten&iacute;a un yak. Sin vacilar coloc&oacute; el cad&aacute;ver sobre los lomos del animal y emprendi&oacute; con &eacute;l la marcha. En el lugar donde eliminaba a los cuerpos el Transportador entregar&iacute;a su carga a los Descuartizadores.<br />El &laquo;lugar&raquo; era una desolada extensi&oacute;n de terreno en la que sobresal&iacute;an enormes &laquo;jorobas&raquo; y en la que hab&iacute;a una gran losa de piedra. En las cuatro esquinas de la losa hab&iacute;a unos agujeros abiertos en la piedra y en ellos, clavados, unos postes. Otra losa de piedra ten&iacute;a tambi&eacute;n agujeros, pero s&oacute;lo hasta la mitad del grosor de la piedra.<br />El cad&aacute;ver era colocado sobre la losa. Se le quitaba el sudario. Las piernas y los brazos quedaban atados a los cuatro postes. Entonces el jefe de los Descuartizadores sacaba un gran cuchillo y hac&iacute;a en el cuerpo largos cortes para luego poder &laquo;pelar&raquo; la carne en largas tiras. Despu&eacute;s cortaba los brazos y las piernas para separarlas del tronco. Finalmente, cortaba la cabeza y la abr&iacute;a.<br />En cuanto ve&iacute;an llegar al yak con su f&uacute;nebre carga, los buitres descend&iacute;an de las alturas y se posaban en las rocas para esperar pacientemente.<br />Parec&iacute;an espectadores en un teatro al aire 1ibre. Estos pajarracos observan una estricta ordenaci&oacute;n social, y el menor intento por alguno de ellos, m&aacute;s audaz, de adelantarse a los dirigentes, produc&iacute;a una especie de mot&iacute;n para castigar al transgresor.<br />Despu&eacute;s de realizar las operaciones que he descrito, el Descuartizador abr&iacute;a el tronco del cad&aacute;ver. Metiendo en &eacute;l las manos extra&iacute;a el coraz&oacute;n, a cuya vista el jefe de los buitres ca&iacute;a en picado, como uno de esos modernos aviones que luego hab&iacute;a yo de conocer, y se llevaba el coraz&oacute;n que le ofrec&iacute;a el Descuartizador en sus manos abiertas. El buitre que le segu&iacute;a en categor&iacute;a descend&iacute;a a recoger el h&iacute;gado y se retiraba con &eacute;l a una roca para co m&eacute;rselo. Los ri&ntilde;ones, los intestinos eran repartidos entre los buitres dirigentes.<br />Luego se cortaban en trozos peque&ntilde;os las tiras de carne para d&aacute;rs elas a los buitres del &laquo;pueblo&raquo;. A uno de los pajarracos le tocaba medio cerebro y un ojo, a otro la restante mitad del cerebro y otro ojo, y a cada uno de ellos alg&uacute;n pedazo. En poqu&iacute;simo tiempo &mdash;es incre&iacute;ble el poco tiempo que bastaba&mdash; hab&iacute;an sido devorados todos los &oacute;rganos y la carne toda, no quedando sobre la losa m&aacute;s que los huesos pelados. Entonces se machacaban &eacute;stos con pesadas mazas hasta pulverizarlos. &iexcl;A los buitres les gusta mucho ese polvo!<br />Estos Descuartizadores eran gente de extraordinaria habilidad. Les enorgullec&iacute;a su oficio y s&oacute;lo por pura afici&oacute;n examinaban todos los &oacute;rganos para averiguar la causa de la muerte. Una larga experiencia les permit&iacute;an hacer esto con notable precisi&oacute;n. En realidad, no hab&iacute;a un motivo serio que justificase este inter&eacute;s, pero constitu&iacute;a para ellos una tradici&oacute;n indagar la enfermedad por la cual &laquo;abandonaba el esp&iacute;ritu su veh&iacute;culo&raquo;. Por supuesto, si una persona hab&iacute;a sido envenenada &mdash;intencionada o accidentalmente&mdash; se descubr&iacute;a infaliblemente. El tiempo que pas&eacute; estudiando con ellos me fue de gran provecho en mi carrera. Tard&eacute; muy poco en aprender a disecar cad&aacute;veres. El jefe de los Descuartizadores se colocaba a mi lado y me iba indicando todo lo que merec&iacute;a mi atenci&oacute;n. Por ejemplo, me dec&iacute;a: &laquo;Este hombre, mi Honorable Lama, ha muerto de una obstrucci&oacute;n circulatoria.<br />Vamos a cortarle esta arteria... Aqu&iacute; est&aacute;, es un co&aacute;gulo que imped&iacute;a pasar a la sangre.&raquo; O bien: &laquo;Esta mujer, mi Honorable Lama, seg&uacute;n me parece a primera vista, debe de haber muerto de alguna deficiencia en una gl&aacute;ndula.<br />Veamos.&raquo; El hombre hac&iacute;a varios cortes con su cuchillo en la carne de la mujer y por fin encontraba la confirmaci&oacute;n de sus primeras impresiones.<br />Para ellos era una satisfacci&oacute;n poderme ense&ntilde;ar cuanto sab&iacute;an. Estaban enterados de que yo practicaba con ellos por orden directa del M&aacute;s Profundo. Si yo no estaba all&iacute; y recib&iacute;an un cad&aacute;ver que presentaba un inter&eacute;s especial desde el punto de vista m&eacute;dico, me avisaban y no lo &laquo;desmenuzaban &raquo; hasta que yo llegara.<br />Pude examinar centenares de cad&aacute;veres y nada tiene de extra&ntilde;o que dominase luego la cirug&iacute;a. El cuerpo humano me resultaba tan conocido por dentro como por fuera. Este procedimiento es infinitamente m&aacute;s eficaz que el habitual en las Facultades de Medicina occidentales, donde varios estudiantes han de distribuirse un cad&aacute;ver en las salas de disecci&oacute;n. Estoy plenamente convencido de que aprend&iacute; m&aacute;s ciencia m&eacute;dica &mdash; sobre todo m&aacute;s pr&aacute;ctica&mdash; con los Descuartizadores que, m&aacute;s tarde, en una escuela m&eacute;dica equipada con todos los &uacute;ltimos adelantos.<br />En el T&iacute;bet los cad&aacute;veres no pueden ser enterrados. Costar&iacute;a much&iacute;s imo trabajo a causa de lo muy rocoso que es nuestro suelo y de la fina capa de tierra que lo cubre. Tampoco es factible la cremaci&oacute;n, por motivos econ&oacute;micos. Escasea la le&ntilde;a, y para quemar un cuerpo humano tendr&iacute;amos que encargarnos del transporte a lomos de yaks y a trav&eacute;s de alt&iacute;simas monta&ntilde;as.<br />Costar&iacute;a un dineral. Tampoco podemos utilizar el procedimiento de arrojar los cad&aacute;veres al agua, ya que la corrupci&oacute;n de &eacute;stos infectar&iacute;a el agua de los r&iacute;os que han de beber los vivos. De manera que s&oacute;lo nos queda un medio: hacerlos desaparecer por el aire gracias a la colaboraci&oacute;n de los buitres, que se comen, no solamente la carne, sino tambi&eacute;n los huesos convenientemente pulverizados Nuestro sistema se diferencia del occidental s&oacute;lo en dos cosas los occidentales entierran a sus muertos y dejan que se los coman los gusanos en vez de los buitres; y en segundo lugar, en Occidente se entierra, a la vez que el cuerpo humano, la posibilidad de conocer la causa de la muerte. Nadie puede estar seguro de que los certificados de defunci&oacute;n que extienden los m&eacute;dicos expresen la verdadera causa de la muerte. En cambio, nuestros Descuartizadores tienen siempre buen cuidado de cerciorarse de qu&eacute; ha muerto una persona.<br />Todos los ciudadanos del T&iacute;bet &laquo;desaparecen&raquo; del modo que he explicado, excepto los lamas de m&aacute;s elevada categor&iacute;a que son Encarnaciones Anteriores. A &eacute;stos se les embalsama y se les coloca en un ata&uacute;d con tapa de cristal para exhibirlos luego en un templo, o bien se les embalsama y se les recubre de oro. Est&eacute; &uacute;ltimo procedimiento es de un gran inter&eacute;s. Yo intervine muchas veces en esas operaciones. Ciertos norteamericanos que han le&iacute;do mis notas sobre este asunto no pueden creer que emple&aacute;semos de verdad oro; dicen que &laquo;ni siquiera los norteamericanos, con toda su t&eacute;cnica, podr&iacute;an hacerlo&raquo;. Desde luego, reconozco que no era nuestra especialidad la producci&oacute;n en masa, sino que trabaj&aacute;bamos como artesanos. No pod&iacute;amos fabricar ni un solo reloj que valiese un d&oacute;lar. En cambio, &eacute;ramos capaces de recubrir de oro un cad&aacute;ver.<br />Una tarde me llamaron de parte del Abad, que me habl&oacute; as&iacute;:<br />&mdash;Una Encarnaci&oacute;n Anterior est&aacute; a punto de abandonar su cuerpo. Est&aacute; en la Valla de la Rosa. Quiero que vayas para que puedas presenciar su Conservaci&oacute;n en lo Sagrado.<br />As&iacute; que de nuevo tuve que sufrir las incomodidades de un viaje a caballo hasta Sera. En esta lamaser&iacute;a me llevaron enseguida a la habitaci&oacute;n del anciano abad. Sus colores &aacute;uricos estaban a punto de extinguirse y s&oacute;lo tard&oacute; una hora en convertirse en esp&iacute;ritu puro. Por ser abad y un sabio notable, no era necesario ense&ntilde;arle el camino que hab&iacute;a que emprender por el Bardo. Tampoco era preciso que esper&aacute;semos los tres d&iacute;as de siempre. Dejamos al cad&aacute;ver sentado en la actitud del loto durante aquella noche mientras los lamas lo velaban.<br />En cuanto amaneci&oacute;, desfilamos en procesi&oacute;n por el centro de la lamaser&iacute;a hasta el templo. Desde all&iacute;, por una peque&ntilde;a puerta, entramos en unos pasadizos secretos que conduc&iacute;an a unos s&oacute;tanos. Delante de m&iacute; dos lamas llevaban el cad&aacute;ver en una litera. A&uacute;n conservaba la posici&oacute;n del loto. Los monjes que nos segu&iacute;an entonaban unas salmodias y cuando se callaban agitaban unas campanillas de plata. Ibamos vestidos con nues tros h&aacute;bitos rojos y, encima, unas estolas amarillas. Nuestras sombras danzaban, ampliadas y deformadas por la luz de las lamparillas y las antorchas a lo largo de los muros. Por fin, llegamos ante una puerta de piedra, sellada, que estaba a unos ciento setenta metros de profundidad. Hab&iacute;amos descendido continuamente por una sucesi&oacute;n de secretos corredores. Entramos en aquella sala, cuya temperatura era casi glacial. Los monjes depositaron el cad&aacute;ver cuidadosamente en el suelo. Lo dejaron en la misma actitud del loto que ten&iacute;a y se marcharon todos menos tres lamas, que se quedaron con el cad&aacute;ver y conmigo. Centenares de lamparillas iluminaban brillantemente aquel lugar.<br />Era una luminosidad amarillenta. Desnudamos al cad&aacute;ver y lo lavamos con todo cuidado. Por los orificios normales del cuerpo fuimos sacando los &oacute;rganos del cuerpo y guard&aacute;ndolos en jarrones, que luego cerramos y sellamos.<br />Lavamos y secamos todo el interior y luego vertimos en &eacute;l una laca de fabricaci&oacute;n especial. Con ello se formaba en el interior del cuerpo una dura costra que manten&iacute;a su aspecto exterior como en vida. Despu&eacute;s rellenamos el vac&iacute;o corporal con ciertas materias, poniendo mucha atenci&oacute;n en que no se alterase la forma. Vertimos a&uacute;n m&aacute;s laca hasta saturar el relleno, que as&iacute; se solidific&oacute;. Pintamos con laca la superficie exterior del cuerpo y la dejamos secar. Sobre esta endurecida superficie aplicamos una Soluci&oacute;n mediante la cual pudiesen quitarse m&aacute;s adelante, sin arrancar la piel, las finas hojas de seda transparente que peg&aacute;bamos sobre ella. Una vez hecho el vendaje de seda, lo recubrimos con otra capa de laca (de una clase diferente) y el cad&aacute;ver qued&oacute; listo para la fase siguiente de la preparaci&oacute;n. Primero lo dejamos secar durante un d&iacute;a y una noche. Cuando volvimos a la habitaci&oacute;n, estaba ya bien seco y duro, en la actitud del loto. Lo llevamos procesionalmente a otra habitaci&oacute;n situada m&aacute;s abajo, que era un horno construido de tal manera que las llamas y el calor circulaban por fuera de sus muros y manten&iacute;an la estancia a una temperatura elevada e igual.<br />El suelo estaba cubierto con una gruesa capa de polvo especial y en el centro de ella colocamos al cad&aacute;ver. Abajo, los monjes se dispon&iacute;an ya a encender el fuego. Luego fuimos llenando la habitaci&oacute;n, desde el techo al suelo, con una sal especial de cierto distrito del T&iacute;bet y con una mezcla de hierbas y minerales. Quedamos en el pasillo y cerramos y sellamos la puerta de la habitaci&oacute;n con el sello de la lamaser&iacute;a. Dimos la orden de encender el horno. Durante una semana estuvo encendido, alimentado con ramas, manteca y bo&ntilde;iga de yak. Corrientes de aire caliente recorr&iacute;an la C&aacute;mara de Embalsamar. Al final del s&eacute;ptimo d&iacute;a no se a&ntilde;adi&oacute; ya m&aacute;s combustible. Las llamas se fueron extinguiendo. Los gruesos muros de piedra cruj&iacute;an y gem&iacute;an al irse enfriando. Por fin, estuvo el corredor lo bastante enfriado para que pudi&eacute;semos entrar. Pero hab&iacute;a que esperar otros tres d&iacute;as hasta que la habitaci&oacute;n se hubiera enfriado. As&iacute;, once d&iacute;as despu&eacute;s de haberla sellado, rompimos el sello y empezamos a quitar la masa de sal, hierbas y minerales que hab&iacute;amos metido all&iacute;. Esta labor nos llev&oacute; un par de d&iacute;as. Por fin, qued&oacute; vac&iacute;a, excepto el cuerpo, que permanec&iacute;a sentado en la posici&oacute;n del loto.<br />Lo levantamos con el mayor cuidado y lo llevamos a la habitaci&oacute;n de arriba donde hab&iacute;a sido embalsamado y donde podr&iacute;amos examinarlo mejor a la luz de las lamparillas.<br />Fuimos arranc&aacute;ndole suavemente el vendaje de seda hasta que qued&oacute; la piel al descubierto. Hab&iacute;a sido un trabajo perfecto. Aparte de que la piel era mu cho m&aacute;s oscura, parec&iacute;a el cuerpo de un hombre dormido que en cualquier momento pod&iacute;a despertarse. Conservaba la misma forma que un hombre vivo y no ten&iacute;a arrugas. De nuevo aplicamos una capa de laca al cuerpo desnudo y luego les toc&oacute; su turno a los orfebres. Eran art&iacute;fices de perfecta habilidad, capaces de cubrir la carne muerta con oro. Realizaban su labor lentamente, aplicando una capa tras otra de un oro fino y blando.<br />Fuera del T&iacute;bet el oro vale una fortuna, pero nosotros lo consideramos s&oacute;lo como un metal sagrado. Por ser incorruptible, el oro simboliza el estado espiritual definitivo del hombre.<br />Los monjes orfebres trabajaban con un cuidado exquisito, atentos a los m&aacute;s peque&ntilde;os detalles. Cuando terminaron hab&iacute;an conseguido una estatua de oro exactamente igual a un ser humano y en la que aparec&iacute;an hasta los m&aacute;s &iacute;nfimos detalles de la piel, de las coyunturas, etc... Trasladamos el cuerpo, que ahora pesaba mucho con el oro, al Sal&oacute;n de las Encarnaciones y lo colocamos en un trono de oro, como las dem&aacute;s figuras que all&iacute; se encuentran desde hace muchos siglos sentadas en fila como jueces solemnes que contemplan con ojos semicerrados las debilidades de la actual generaci&oacute;n.<br />All&iacute; habl&aacute;bamos en un susurro y and&aacute;bamos de puntillas, como para no despertar a estos muertos vivientes. Me atra&iacute;a muy especialmente uno de los cuerpos. No s&eacute; qu&eacute; extra&ntilde;o poder me ten&iacute;a inmovilizado ante &eacute;l, completamente fascinado. Parec&iacute;a estarme mirando sonri&eacute;ndose con una expresi&oacute;n omnisciente. Me sac&oacute; de aquel trance alguien que me toc&oacute; levemente en el brazo. Me sobresalt&eacute; y casi me desmay&eacute; de terror.<br />&mdash;Ese eres t&uacute;, Lobsang, en tu Encarnaci&oacute;n Anterior. Cre&iacute;amos que te reconocer&iacute;as.<br />Muy conmovidos, salimos ambos. Sellaron la puerta.<br />A partir de entonces tuve libre acceso al Sal&oacute;n de las Encarnaciones y pude estudiar con toda calma las muchas figuras all&iacute; reunidas. Iba solo y me sentaba a meditar ante ellas. Cada una ten&iacute;a escrita su historia, que yo estudiaba con el mayor inter&eacute;s. All&iacute; encontr&eacute; toda la historia de mi Gu&iacute;a el lama Mingyar Dondup en sus encarnaciones anteriores y un resumen de sus facultades y m&eacute;ritos, as&iacute; como los honores que se le hab&iacute;an conferido y c&oacute;mo hab&iacute;a abandonado este mundo en cada encarnaci&oacute;n.<br />Tambi&eacute;n estaba mi historia y, como es natural, la estudi&eacute; con toda mi atenci&oacute;n. Hab&iacute;a noventa y ocho figuras de oro. Era una c&aacute;mara abierta en la roca y su puerta estaba muy bien oculta. Ten&iacute;a ante m&iacute; la historia del T&iacute;bet.<br />O, por lo menos, eso me figuraba yo. En realidad, la historia primitiva no la reconocer&iacute;a hasta m&aacute;s adelante.</p><p>CAP&Iacute;TULO DECIMOS&Eacute;PTIMO.</p><p>&Uacute;LTIMA INICIACI&Oacute;N.</p><p>Despu&eacute;s de haber asistido en varias lamaser&iacute;as a una media docena de embalsamamientos, me envi&oacute; a buscar el Abad de Chakpon.<br />&mdash;Amigo m&iacute;o &mdash;me dijo&mdash;, por orden directa del Dalai Lama ser&aacute;s iniciado como abad. Como has solicitado, te seguir&aacute;n llamando &laquo;lama&raquo;, como Mingyar Dondup. Me limito a transmitirte el mensaje del M&aacute;s Profundo.<br />As&iacute;, en mi calidad de Encarnaci&oacute;n Reconocida, ten&iacute;a de nuevo el status conque abandon&eacute; la Tierra unos seiscientos a&ntilde;os antes. La Rueda de la Vida hab&iacute;a dado una vuelta completa.<br />Poco despu&eacute;s entr&oacute; en mi habitaci&oacute;n un lama anciano y me dijo que deb&iacute;a someterme a la Ceremonia de la Muerte Peque&ntilde;a.<br />&mdash;Porque sabr&aacute;s, hijo m&iacute;o &mdash;a&ntilde;adi&oacute;&mdash;, que hasta que hayas pasado por la Puerta de la Muerte y hayas regresado, no podr&aacute;s saber de verdad que no hay muerte. Tus estudios en el viaje astral te han llevado muy lejos, pero esa nueva experiencia te har&aacute; conocer zonas mucho m&aacute;s distantes, m&aacute;s all&aacute; de toda conexi&oacute;n con esta vida y penetrar&aacute;s en el pasado de nuestro pa&iacute;s.<br />El adiestramiento preparatorio era muy dif&iacute;cil y largo. Durante tres meses administraron rigurosamente mi vida. Unos platos especiales hechos con hierbas de sabor horrible fueron a&ntilde;adidos a mi men&uacute; diario. Me insist&iacute;an en que fijase s&oacute;lo mis pensamientos en lo puro y santo. &iexcl;Como si hubiera mucho donde elegir en una lamaser&iacute;a! Incluso la tsampa y el t&eacute; me eran racionados. Una austeridad r&iacute;gida, una disciplina a&uacute;n m&aacute;s estricta y muchas horas de meditaci&oacute;n; &eacute;sta fue mi vida durante aquellos meses.<br />Por fin, al cabo de ese tiempo, decidieron los astr&oacute;logos que hab&iacute;a llegado la hora, pues todos los presagios eran favorables. Pas&eacute; veinticuatro horas ayunando hasta que me sent&iacute; tan vac&iacute;o como el tambor de un templo.<br />Luego me condujeron por los pasadizos secretos que hay debajo del Potala.<br />Descend&iacute;amos sin cesar, alumbrados por las antorchas que llevaban los otros, pues yo no pod&iacute;a tener nada en mis manos. Eran los mismos corredores interminables por donde hab&iacute;a pasado ya. Por fin llegamos al final y nos encontramos frente a un muro de roca. Entonces gir&oacute; una entrada secreta y se nos abri&oacute; otro pasadizo a&uacute;n m&aacute;s oscuro y estrecho que ol&iacute;a a aire viciado, incienso y especias. Varios metros m&aacute;s all&aacute; nos vimos detenidos por una enorme puerta cubierta de oro que se fue abriendo lentamente, mientras parec&iacute;a protestar con unos crujidos, que produc&iacute;an repetidos ecos a una gran distancia. Apagaron las antorchas y encendieron las l&aacute;mparas. Entramos entonces en un templo oculto en un gran espacio abierto en las rocas por la acci&oacute;n volc&aacute;nica hac&iacute;a much&iacute;simo tiempo. Estos pasadizos hab&iacute;an conducido en tiempos lava derretida. Ahora unos diminutos seres humanos pasaban por all&iacute; creyendo que eran dioses. En fin, me dije que deb&iacute;a concentrarme en la tarea que me esperaba, ya que estaba en el Templo de la Sabidur&iacute;a Secreta.<br />Me conduc&iacute;an tres abades. El resto del s&eacute;quito lam&aacute;stico hab&iacute;a desaparecido en la oscuridad, como se disuelven los recuerdos de un sue&ntilde;o.<br />Los tres abades, de una edad mu y avanzada, estaban ya como disecados por los a&ntilde;os y ve&iacute;an alegremente que se les acercaba la hora de ser llamados a los Campos Celestiales. Aquellos tres ancianos, que eran probablemente los metaf&iacute;sicos m&aacute;s grandes de todo el mundo, estaban dispuestos a iniciarme en los &uacute;ltimos misterios. Cada uno de ellos llevaba en la mano derecha una l&aacute;mpara y en la izquierda una gruesa barra de incienso encendida.<br />Hac&iacute;a un fr&iacute;o muy intenso, un extra&ntilde;o fr&iacute;o que no parec&iacute;a de este mu ndo.<br />El silencio era profundo y los d&eacute;biles sonidos que se percib&iacute;an s&oacute;lo serv&iacute;an para acentuar a&uacute;n m&aacute;s ese ominoso silencio. Nuestras botas de fieltro no dejaban huellas; parec&iacute;amos fantasmas desliz&aacute;ndonos. Las t&uacute;nicas de brocado de color de azafr&aacute;n de los abades produc&iacute;an un leve roce. Horrorizado, sent&iacute;a cosquillas y sacudidas. Me reluc&iacute;an las manos como si me hubieran a&ntilde;adido una nueva aura. Vi que los abades tambi&eacute;n reluc&iacute;an. Y que la extremada sequedad de aquella atm&oacute;sfera y la fricci&oacute;n de nuestras telas hab&iacute;an engendrado una carga est&aacute;tica de electricidad. Un abad me entreg&oacute; una varilla de oro y murmur&oacute;:<br />&mdash;Ten esta varilla en la mano izquierda y p&aacute;sala por la pared conforme vayas andando. As&iacute; no sentir&aacute;s molestia alguna.<br />Segu&iacute; sus instrucciones, pero recib&iacute; una descarga de electricidad que casi me hizo dar un salto. Poco despu&eacute;s ya no sent&iacute; ninguna molestia.<br />Una tras otra se fueron encendiendo las lamparillas. Era como si se encendiesen solas, pues no vi que nadie lo hiciera. Al aumentar la temblona luz amarillenta, vi unas gigantescas figuras cubiertas de oro, algunas de ellas medio enterradas en montones de piedras preciosas. Un Buda emerg&iacute;a de las tinieblas tan enorme que la luz no le llegaba m&aacute;s arriba de la cintura.<br />Tambi&eacute;n fueron apareciendo otras formas confusamente: im&aacute;genes de diablos, representaciones de los deseos y de las pruebas que ha de sufrir el hombre antes de lograr convertirse en s&iacute; mismo.<br />Nos acercamos a un muro sobre el cual aparec&iacute;a pintada una Rueda de la Vida de cerca de cinco metros de di&aacute;metro. La vacilante luz la hac&iacute;a parecer como si girase y tambi&eacute;n daban vueltas mis sentidos al ver aquello.<br />Seguimos avanzando hasta que cre&iacute; inevitable que tropez&aacute;semos con la pared de roca. El Abad que me conduc&iacute;a desapareci&oacute; y lo que me parec&iacute;a una oscura pared era en realidad una puerta oculta. Por all&iacute; se entraba a un camino que descend&iacute;a continuamente: un empinado y estrecho camino, muy tortuoso, cuya oscuridad se intensificaba a&uacute;n m&aacute;s por contraste con la d&eacute;bil luz de las l&aacute;mparas que llevaban los abades. Segu&iacute;amos caminando a tropezones y resbal&aacute;bamos con frecuencia. El aire era casi irrespirable y yo ten&iacute;a la impresi&oacute;n de que todo el peso de la tierra presionaba sobre nosotros. Era como si estuvi&eacute;semos penetrando en el coraz&oacute;n del mundo. Despu&eacute;s de doblar un &uacute;ltimo recodo del tortuoso pasadizo, se abri&oacute; ante nuestros ojos una caverna de roca veteada de oro. Una capa de roca, una capa de oro, una capa de roca, y as&iacute; sucesivamente. A enorme altura brillaba el oro como estrellas en una noche tenebrosa y la tenue luz de nuestras l&aacute;mparas produc&iacute;a all&aacute; arriba vivos reflejos.<br />En el centro de la caverna hab&iacute;a una casa negra y brillante, como hecha de &eacute;bano pulimentado. Por sus paredes se ve&iacute;an extra&ntilde;os s&iacute;mbolos y diagramas como los que yo hab&iacute;a visto en los muros del t&uacute;nel del lago. Nos dirigimos hacia la casa y penetramos por una puerta muy alta y ancha. Den tro hab&iacute;a tres ata&uacute;des de piedra negra con curiosas inscripciones y grabados.<br />No ten&iacute;an tapas. Mir&eacute; dentro y al ver su contenido contuve la respiraci&oacute;n y estuve a punto de desmayarme.<br />&mdash;M&iacute;ralos, hijo m&iacute;o &mdash;exclam&oacute; el Abad que nos dirig&iacute;a&mdash;. Eran dioses de nuestro pa&iacute;s en los tiempos anteriores a la &laquo;llegada de las monta&ntilde;as&raquo;.<br />Recorrieron el T&iacute;bet cuando los mares ba&ntilde;aban nuestras costas y cuando en el cielo hab&iacute;a estrellas diferentes. M&iacute;ralos, hijo m&iacute;o, porque solamente los iniciados han podido verlos.<br />Volv&iacute; a mirar, fascinado. Tres figuras de oro desnudas yac&iacute;an ante nosotros:<br />dos hombres y una mujer. En el oro estaban reproducidos con absoluta fidelidad todos los detalles del cuerpo humano. Pero &iexcl;qu&eacute; tama&ntilde;o! La mujer tendr&iacute;a unos tres metros de longitud all&iacute; tendida, y el mayor de los dos hombres no tendr&iacute;a menos de cuatro metros y medio. Eran de cabezas grandes y algo c&oacute;nicas por arriba, de mand&iacute;bulas estrechas y con una boca peque&ntilde;a y de labios finos, de nariz larga y fina, ojos rectos &mdash;no oblicuos, como los de los orientales&mdash; y muy hundidos. En nada parec&iacute;an estar muertos. Eran como seres humanos que durmiesen. Nos mov&iacute;amos con much&iacute;simo cuidado y habl&aacute;bamos en voz extremadamente baja, temiendo despertarlos.<br />Vi a un lado la tapa de uno de los ata&uacute;des; en ella aparec&iacute;a grabado un mapa del firmamento, pero las estrellas ten&iacute;an un aspecto rar&iacute;simo. Mis estudios de astrolog&iacute;a me hab&iacute;an familiarizado con el aspecto del cielo nocturno y lo que estaba viendo era completamente distinto.<br />El decano de los abades se volvi&oacute; hacia m&iacute; y me explic&oacute;:<br />&mdash;Est&aacute;s a punto de convertirte en Iniciado y con ello podr&aacute;s ver el Pasado y el Futuro. Pero tendr&aacute;s que hacer un gran esfuerzo final. A muchos les ha costado la vida y otros muchos han tenido que abandonar la tarea.<br />Pero nadie puede salir de aqu&iacute; vivo si no triunfa. &iquest;Est&aacute;s preparado? Y &iquest;deseas verdaderamente someterte a la gran prueba final?<br />Dije que estaba dispuesto y con gran deseo de hacerlo. Entonces me condujeron a una losa de piedra situada entre dos de los sepulcros. Obedeciendo sus indicaciones me sent&eacute; en la actitud del loto con las piernas cruzadas, el torso erguido y las palmas de las manos hacia arriba.<br />Encendieron cuatro barras de incienso, una por cada sepulcro y la cuarta para mi losa. Los abades tomaron cada uno una l&aacute;mpara y se marcharon en fila. Al cerrarse la pesada puerta negra me qued&eacute; solo con los tres dioses antiqu&iacute;simos. Pasaba el tiempo mientras yo meditaba sentado en mi losa de piedra. La l&aacute;mpara que me hab&iacute;an dejado chisporroteaba y acab&oacute; apag&aacute;ndose. Durante unos momentos sigui&oacute; rojizo el pabilo y sent&iacute; un olor de tela quemada, y luego tambi&eacute;n este punto luminoso se apag&oacute;.<br />Me tumb&eacute; de espaldas en mi losa e hice los ejercicios especiales de respiraci&oacute;n que me hab&iacute;an ense&ntilde;ado durante tantos a&ntilde;os. Las tinieblas y el silencio eran oprimentes. Bien se puede decir que era el silencio de la tumba.<br />De pronto se puso mi cuerpo r&iacute;gido, catal&eacute;ptico. Los miembros se me fueron durmiendo y los invadi&oacute; poco a poco un fr&iacute;o helado. Ten&iacute;a la sensaci&oacute;n de estarme muriendo. S&iacute;, muri&eacute;ndome en aquella tumba de hac&iacute;a tantos siglos. A m&aacute;s de ciento treinta metros bajo la superficie. Sent&iacute; una violenta sacudida en el interior de mi cuerpo y la impresi&oacute;n inaudita de un extra&ntilde;o roce y crujidos como si estuvieran desdoblando y desenrollando cuero muy viejo. Paulatinamente fue llen&aacute;ndose la tumba de una luminosidad azul p&aacute;lida como la de la luz de la Luna en un alto desfiladero. Sent&iacute; como un balanceo, un movimiento de elevaci&oacute;n y descenso. Por unos instantes pude imaginarme que me hallaba volando una vez m&aacute;s en una cometa o tirando de ella desde abajo y que sub&iacute;a y bajaba por la fuerza del aire. Entonces comprend&iacute; que efectivamente estaba flotando por encima de mi cuerpo carnal. Y precisamente cuando pude darme cuenta de lo que me ocurr&iacute;a, empec&eacute; a moverme inconfundiblemente: ascend&iacute;a como una nubecilla de humo. Por encima de m&iacute; ve&iacute;a una deslumbrante claridad, algo as&iacute; como una taza de oro iluminada por dentro. De mi cintura colgaba un cord&oacute;n de Plata azulada que lat&iacute;a y reluc&iacute;a lleno de vitalidad.<br />Mir&eacute; hacia abajo y vi mi cuerpo tendido. Yac&iacute;a como un cad&aacute;ver m&aacute;s.<br />Aparte del tama&ntilde;o y del oro, poca diferencia hab&iacute;a entre mi cuerpo y los de los tres dioses que ten&iacute;a junto a m&iacute;. Era una experiencia absorbente. Pens&eacute; en las mezquinas preocupaciones de la humanidad actual y me pregunt&eacute; c&oacute;mo podr&iacute;an explicarse los materialistas la presencia de estas inmensas figuras.<br />Pero de pronto me di cuenta de que algo obstaculizaba mis pensamientos.<br />Ten&iacute;a la sensaci&oacute;n de no estar ya solo. Me llegaban trozos de conversaci&oacute;n y fragmentos de pensamientos ajenos. Por mi visi&oacute;n mental empezaban a pasar como fulgurantes ramalazos ciertas im&aacute;genes. A gran distancia, alguien parec&iacute;a estar tocando una enorme campana de profundos tonos.<br />Este sonido se fue acercando r&aacute;pidamente hasta que por fin fue como si estallara dentro de mi cabeza y vi gotitas de luz de colores y r&aacute;fagas de matices desconocidos hasta entonces para m&iacute;. Mi cuerpo astral era arrastrado de un lado para otro como una hoja por un vendaval. Sent&iacute; unas punzadas de dolor como si me pincharan con hierro al rojo vivo. Me sent&iacute;a solo, abandonado, una insignificante part&iacute;cula de un implacable universo. Descendi&oacute; hacia m&iacute; una densa capa de niebla y con ella me envolvi&oacute; una calma que no era de este mundo.<br />Poco a poco se desvanecieron las tinieblas que me envolv&iacute;an. No s&eacute; de d&oacute;nde me llegaba el rugir del mar y el silbante ruido de los guijarros al ser arrastrados por las olas. Aspiraba el aire salino y percib&iacute;a perfectamente el olor penetrante de las algas. Era una escena familiar: me tumb&eacute; boca arriba sobre la c&aacute;lida arena y estuve contemplando las copas de las palmeras. Pero algo hab&iacute;a en m&iacute; que segu&iacute;a record&aacute;ndome que nunca hab&iacute;a visto el mar y que ni siquiera hab&iacute;a o&iacute;do nunca hablar de las palmeras.. De un cercano bosquecillo me llegaban unas voces rientes, voces cada vez m&aacute;s fuertes, porque eran las de un feliz grupo de personas muy bronceadas por el sol que se me acercaban. &iexcl;Gigantes! &iexcl;Todos ellos eran gigantes! Mir&eacute; hacia abajo y vi que tambi&eacute;n yo era un gigante. Las impresiones se acumulaban en mi campo de percepci&oacute;n astral: hace innumerables siglos la Tierra giraba m&aacute;s cerca del Sol y en la direcci&oacute;n contraria a la de ahora. Los d&iacute;as eran m&aacute;s breves y m&aacute;s c&aacute;lidos. Surgieron formidables civilizaciones y los hombres sab&iacute;an m&aacute;s que ahora. De los espacios celestiales lleg&oacute; un planeta errante, que choc&oacute; con la Tierra. Y la Tierra sali&oacute; de su &oacute;rbita y empez&oacute; a girar en la direcci&oacute;n contraria. Se levantaron los vientos que agitaron las aguas, las cuales inundaron la Tierra y hubo diluvios universales. Espantosos terremotos sacudieron el mundo. Unos paises se sumergieron y otros emergieron. Las tierras c&aacute;lidas y agradables que constitu&iacute;an el T&iacute;bet perdieron sus magn&iacute;ficas playas y se elevaron, como disparadas, a un promedio de tres mil metros sobre el nivel del mar. Y sobre este territorio crecieron inmensas monta&ntilde;as que escup&iacute;an ardiente lava. En las zonas m&aacute;s altas sigui&oacute; floreciendo la fauna y la flora de aquel mundo desaparecido, pero &eacute;ste es un tema que sobrepasa los l&iacute;mites de un libro, y una parte de mi &laquo;iniciaci&oacute;n astral&raquo; es demasiado secreta y sagrada para que me atreva a publicarla.<br />Poco tiempo despu&eacute;s sent&iacute; que las visiones se iban oscureciendo y borrando.<br />Gradualmente fui perdiendo la consciencia astral y la f&iacute;sica. M&aacute;s tarde experiment&eacute; la desagradable sensaci&oacute;n del fr&iacute;o, pero se trataba ya de un fr&iacute;o normal, de un fr&iacute;o de este mundo, el que puede sentirse cuando se lleva mucho tiempo tendido sobre una losa bajo la helada oscuridad de una b&oacute;veda. En mi cerebro o&iacute;a estos pensamientos:<br />&mdash;S&iacute;, ya ha vuelto a nosotros. &iexcl;Vamos en seguida!<br />Pasaron unos minutos y vi que se iluminaba d&eacute;bilmente la tumba.<br />Eran las l&aacute;mparas de los tres viej&iacute;simos abades.<br />&mdash;Te has portado muy bien, hijo m&iacute;o &mdash;me dijo el que los dirig&iacute;a&mdash;.<br />Te has pasado aqu&iacute; tres d&iacute;as. Ahora ya lo sabes todo. Has muerto y has vivido.<br />Con gran dificultad me incorpor&eacute; y logr&eacute; por fin ponerme en pie. Me tambaleaba de debilidad y hambre. Salimos de esta c&aacute;mara funeraria que nunca habr&iacute;a de olvidar y respiramos por fin el aire m&aacute;s puro de los otros pasadizos. Sent&iacute;a un hambre extremada, y entre ella y las portentosas exp eriencias que hab&iacute;a vivido, estaba a punto de desmayarme. Pero tard&eacute; poco en comer y beber hasta hartarme y aquella noche cuando me acost&eacute; tuve la convicci&oacute;n de que pronto deber&iacute;a abandonar el T&iacute;bet y marchar a pa&iacute;ses extranjeros como estaba predicho. A los pa&iacute;ses que se me figuraban entonces tan extra&ntilde;os. &iexcl;Ahora puedo decir que eran y son mucho m&aacute;s extra&ntilde;os de lo que pude imaginar!</p><p>CAP&Iacute;TULO DECIMOCTAVO.</p><p>&iexcl;ADI&Oacute;S, TIBET!</p><p>Pocos d&iacute;as despu&eacute;s, cuando mi Gu&iacute;a y yo est&aacute;bamos sentados en la orilla del R&iacute;o de la Felicidad, se acercaba un jinete a todo galope. En cuanto mir&oacute; en nuestra direcci&oacute;n y reconoci&oacute; al lama Mingyar Dondup se detuvo tan bruscamente que levant&oacute; una nube de polvo.<br />&mdash;Tengo un mensaje del M&aacute;s Profundo para el lama Lobsang Rampa &mdash;dijo en cuanto hubo descabalgado junto a nosotros.<br />Y sac&oacute; de dentro de la t&uacute;nica el largo rollo envuelto en el pa&ntilde;uelo de seda ritual. Me lo entreg&oacute; arrodill&aacute;ndose tres veces ante m&iacute;, volvi&oacute; a mo ntar en su caballo y se alej&oacute; al galope.<br />Ahora estaba mucho m&aacute;s seguro de m&iacute; mismo. Lo ocurrido en los subterr&aacute;neos del Potala me hab&iacute;a dado una gran seguridad. Abr&iacute; el mensaje y lo le&iacute; antes de pas&aacute;rselo a mi Gu&iacute;a y amigo el lama Mingyar Dondup:<br />&mdash;Tengo que ver al m&aacute;s Profundo esta ma&ntilde;ana en el Parque de la Joya.<br />Tambi&eacute;n t&uacute; tienes que venir, Maestro.<br />&mdash;No es corriente que se adivinen las decisiones de nuestro Precioso Protector, pero creo, Lobsang, que pronto tendr&aacute;s que marcharte a China.<br />En cuanto a m&iacute;, como ya te he dicho, regresar&eacute; muy pronto a los Campos Celestiales. Aprovechemos, pues, este d&iacute;a lo mejor que podamos, ya que tan poco tiempo nos queda para estar juntos.<br />Por la ma&ntilde;ana recorr&iacute; la familiar senda hasta el Parque de la Joya. Me acompa&ntilde;aba el lama Mingyar Dondup. Ambos &iacute;bamos pensando lo mismo:<br />que &eacute;sta ser&iacute;a quiz&aacute; la &uacute;ltima vez que camin&aacute;semos juntos. Este pensamiento deb&iacute;a de conoc&eacute;rseme en la cara, pues, cuando vi yo solo al Dalai Lama, dijo:<br />&mdash;La partida, los momentos de tomar nuevas sendas, son siempre penosos.<br />Aqu&iacute; en este pabell&oacute;n me paso muchas horas meditando, pregunt&aacute;ndome si har&iacute;a bien en quedarme o en marcharme cuando nuestro pa&iacute;s sea invadido. Cualquiera de estas dos decisiones causar&iacute;a dolor a algunos.<br />Nuestro camino est&aacute; ah&iacute;, inexorable, ante nosotros, Lobsang, y para ninguno resultar&aacute; f&aacute;cil. La familia, los amigos, nuestro pa&iacute;s, todo ello ha de ser abandonado, y ya sabes que la Senda que hemos de tomar supone muchas penalidades, torturas, incomprensiones, falta de fe... En fin, todo esto es muy desagradable. Las costumbres de los extranjeros son muy extra&ntilde;as y desconcertantes. Como ya te he dicho en otra ocas i&oacute;n, s&oacute;lo creen en lo que ven por sus propios ojos. S&iacute;, s&oacute;lo creen en lo que pueden someter a prueba en sus c&aacute;maras de la Ciencia. Sin embargo, la mayor de todas las ciencias, la ciencia del Super-Ser, &eacute;sa la desconocen por completo. Pero &eacute;sta es tu senda, la que has escogido antes de venir a esta vida. Lo he preparado todo para que puedas marcharte a China dentro de cinco d&iacute;as.<br />&iexcl;Cinco d&iacute;as! Hab&iacute;a contado con cinco semanas. Mientras mi Gu&iacute;a y yo sub&iacute;amos por la empinada cuesta de nuestra Monta&ntilde;a de Hierro no hablamos en absoluto. Cuando est&aacute;bamos ya dentro del Templo, me dijo el lama Mingyar Dondup:<br />&mdash;Tendr&aacute;s que visitar a tus padres, Lobsang. Enviar&eacute; a un mensajero.<br />&iquest;Mis padres? El lama Mingyar Dondup hab&iacute;a sido para m&iacute; m&aacute;s que un padre y que una madre. Y pronto saldr&iacute;a de este mundo. Desde luego, antes de que yo regresara al T&iacute;bet, al cabo de unos cuantos a&ntilde;os. Lo &uacute;nico que podr&iacute;a ver de &eacute;l para entonces ser&iacute;a su estatua, su cuerpo embalsamado y cubierto de oro en el Sal&oacute;n de las Encarnaciones, como una t&uacute;nica vieja y desechada.<br />Estos cinco d&iacute;as tuve much&iacute;simo que hacer. Del Museo del Potala me trajeron ropa occidental para que me la probase. No es que fuera a llevarla en China, ya que all&iacute; ser&iacute;a m&aacute;s adecuada mi vestimenta de lama, pero conven&iacute;a que mis compa&ntilde;eros viesen c&oacute;mo me quedaba. &iexcl;Qu&eacute; traje! Aquellos espantosos tubos de tela me apretaban las piernas y no me atrev&iacute;a a doblarlas.<br />Comprend&iacute; entonces por qu&eacute; no pod&iacute;an sentarse los occidentales en la actitud del loto: su ropa tan estrecha se lo imped&iacute;a. Desde luego, pens&eacute; que hab&iacute;a arruinado toda mi vida futura por tener que llevar aquellos tubos de tela. Me pusieron una especie de sudario blanco y me ataron en torno al cuello una horrible tira de no s&eacute; qu&eacute; tejido, y haci&eacute;ndome un nudo corredizo, me lo apretaron como si fueran a estrangularme. Encima me pusieron una absurda prenda con parches y agujeros. En aquellos parches era donde los occidentales guardaban las cosas en vez de llevarlas en el interior de la t&uacute;nica, como es lo normal. Pero lo peor no hab&iacute;a llegado a&uacute;n. Me pusieron en los pies unos gruesos y pesados guantes y me los ataron fuertemente con unos cordones negros que terminaban en unos remates met&aacute;licos. Los mendigos que se arrastran de rodillas por la carretera de Lingkhor apoy&aacute;ndose en las manos llevan a veces en &eacute;stas unos guantes parecidos, pero eran lo bastante sensatos como para no ponerse en los pies sino buenas botas de fieltro tibetanas. Cre&iacute; que aquel instrumento de tortura me destrozar&iacute;a los pies y que no podr&iacute;a ir a China. En la cabeza me colocaron una taza grande invertida con un borde todo alrededor y me dijeron que estaba vestido como un caballero occidental disfrutando de sus ocios. Claro que tendr&iacute;an ocio, pues &iexcl;c&oacute;mo iban a trabajar vestidos de semejante manera!<br />Al tercer d&iacute;a visit&eacute; a mis padres. Fui solo, y a pie, lo mismo que hab&iacute;a salido por primera vez de mi casa en direcci&oacute;n al monasterio. Pero esta vez era lama y abad. Mi padre y mi madre me esperaban en casa como a un hu&eacute;sped excepcionalmente distinguido. En la tarde de aquel d&iacute;a entr&eacute; con mi padre en su despacho y firm&eacute; y anot&eacute; mi rango en el Libro de la Familia.<br />Luego regres&eacute; tambi&eacute;n a pie a la lamaser&iacute;a que durante tanto tiempo hab&iacute;a sido mi verdadero hogar.<br />Los dos d&iacute;as restantes transcurrieron pronto. En la tarde del &uacute;ltimo d&iacute;a tuve otra entrevista con el Dalai Lama para despedirme de &eacute;l y recibir su bendici&oacute;n. Me apen&oacute; mucho abandonarle. La pr&oacute;xima vez que lo viera &mdash; ambos lo sab&iacute;amos muy bien&mdash; s&oacute;lo quedar&iacute;a de &eacute;l su cuerpo embalsamado.<br />Ya no estar&iacute;a all&iacute; su esp&iacute;ritu.<br />Al amanecer del d&iacute;a siguiente emprendimos el viaje. Me marchaba tan a disgusto que iba mucho m&aacute;s lentamente de lo que deb&iacute;a. Otra vez me encontraba sin hogar, camino de lugares extra&ntilde;os y teni&eacute;ndolo que aprender todo de nuevo. Cuando llegamos al desfiladero nos volvimos desde aquella altura para contemplar un buen rato y por &uacute;ltima vez la ciudad santa de Lhasa.<br />Por encima del Potala volaba una cometa solitaria.</p><p>&nbsp;</p><p><br />FIN</p><p>*&nbsp;&nbsp;&nbsp; *&nbsp;&nbsp;&nbsp; *</p><p>&nbsp;</p>]]></description><pubDate>Tue, 15 Jan 2008 21:43:00 +0000</pubDate></item></channel></rss>
